Los Rotos


LOS ROTOS

El crujido violento en el piso hizo voltear a todos. Los clientes veían el desastre y se miraban entre sí, con un leve gesto de horror pero a la vez con curiosidad por saber qué vendría después. Incluso alguien caminando en la cálida y ventosa tarde poblana se asomó al local de venta de talavera, extrañado por el acontecimiento. Los dueños del lugar, un hombre recio de pelo canoso con voluminosas cejas y una mujer de cabello crespo, salieron con gesto enfurecido contra el culpable.

Y el culpable permanecía respirando con agitación, mirando al suelo esos trozos de cerámica con decorado azul. El joven, de piel morena y rostro ojeroso, no sentía ni culpa ni placer, a pesar de que él mismo había tomado el oneroso plato base de caprichosas formas albiazules y lo había azotado. Sentía curiosidad por las piezas regadas a sus pies, veía en ellas muchas tramas rotas que sólo se volverían polvo. El regaño de los locatarios lo sacó de la ensoñación.

El dueño pedía el pago de la vajilla entera, que ahora había quedado incompleta. El joven lo miró con desdén, como quien escucha una discusión sin rumbo. Alzó los brazos ligeramente, suspiró y sacó algunos billetes con los que pensaba comprar ropa. Le pagó al dueño, y antes de que terminara de contarlos, tomó un plato más pequeño de la misma vajilla. Lo azotó contra el piso y salió de la tienda diciendo: “para que valga la pena”. Se perdió entre los delgados ríos de turistas, cerca del Parián.

A pesar de que los otros platos azules lucían tentadores, se limitó a dejar el impulso destructor. El dinero no importaba mucho, pero tampoco deseaba desperdiciarlo. No era un tipo que soliera romper cosas ni golpear paredes cuando se enojaba. Lavaba los trastes con cuidado, y la única vez que rompió algo, fue la taza conmemorativa de generación, que intentaba acomodar en un estante más alto. En el momento lo asumió como algo simbólico, y ahora, también. Un ritual.

*  *  *
No fue mi culpa. Sé que no lo fue. Me sigue pareciendo muy irónico que después de aborrecer la labor familiar artesanal de generaciones y abandonar la tradición para alcanzar el sueño de la ciudad, vuelva a los orígenes. Y los extraño. Para colmo, no soy tan malo en lo que hago. Yo dibujo, ella duerme. No trazo su cuerpo con el lápiz, ni con los dedos nunca más. De mi mente salen ornamentos y formas, de mi mente y de todas partes. Concentro mi mente en el contorno puro, y lo inerte tiene vida.

El papel es el simulacro de la cerámica. Y si estos dibujos estuvieran en cualquier vajilla, podrían venderla en un buen precio. La miro a ella durmiendo y sé que no puedo tocarla nunca más, si acaso preguntarle qué le parece mi dibujo sin esperar una respuesta generosa. Ella duerme tranquila, quizás por más horas de las que esperaba; vino aquí a refugiarse, tocó mi puerta con furia, al parecer alguien la seguía. Le abrí sin pensarlo, no cuestioné nada. Faltan, si acaso, unos 30 minutos antes de que despierte.

Aquí las luces de la mañana siempre parecen azules, lo cual le confiere cierto ambiente de ensoñación. Esta es la extraña calma de la pareja que fue, y que a pesar del caos de los últimos días, sabe brindar protección. Por lo que fuimos y lo que somos. No somos tan extraños, y esto no será una reconciliación nostálgica, ni tampoco un sexo furtivo deseando recobrar lo perdido. Ella despertará, y se irá. La miro, sonrío.

Mientras me preparo un café silenciosamente, siento un dolor de la chingada. Las cuerdas de mi garganta se atoran, como si fueran azotadas por una tormenta y mi estómago se retrae como si el mar quisiera llevárselo. Dejo que las lágrimas se larguen. Tomo mi dibujo y me bebo el café. Veo algunos dibujos viejos que hice en los meses pasados y todos son parte de un universo triste de formas. Serían una vajilla para comer llorando. La escucho despertar, contengo la respiración y empiezo un nuevo trazo que sé que jamás voy a terminar.

*   *   *
Cuando el joven vio aquel plato, distinguió los rasgos de una vajilla triste. Recordó el dibujo de aquella mañana y sus implicaciones. La mañana amable pero fría con ella, el relato completo de la pareja de hombres que la seguían. Después, cuando su hermana fue a recogerla y llevarla a casa, así como su gesto de desaprobación. Y que después de que se fue, el departamento entero seguía oliendo a ella. No hubo más dibujos en un buen tiempo.

“Las piezas rotas forman nuevos universos”, pensó. Recordó a los asiáticos que pagaban por entrar a una habitación aislada para romper cuanta cosa pudieran, como una terapia contra el estrés. Se sentía más liberado. Parecía que aquella ansiedad súbita de sentir que la encontraría en cualquier calle se había ido. Ahora podía ver a Puebla, la ciudad que lo había arropado, sin un velo de nostalgia. Y muchas cosas parecían nuevas. Dio un largo paseo, sin rumbo fijo. Sintió curiosidad por dibujar arquitectura y después hacer miniaturas de templos y edificios.

Ya lejos de la zona turística, encontró un pequeño taller. Ahí figuraba un plato similar al que había roto, pero pintado de rojo y blanco. No sabía si podía llamarle talavera o no, a esas formas que sugerían tanto un atardecer intenso como lagos dulces de sangre. Notó que tenía una pequeña grieta en un costado, por lo que el precio era inusualmente barato. Se lo llevó y volvió al centro poblano. Decidió sentarse en una banca del zócalo, y se sintió cobijado por los árboles. Dejó de pensar, y solo acariciaba la cerámica como si hubiera recuperado un tesoro milenario.

Una silueta tapó la luz del farol cercano. Volteó a mirar a la culpable. Era una mujer joven, si acaso apenas mayor que él. Vestía desenfadada, su cabello descendía hasta la mitad de su espalda. Le preguntó que dónde había conseguido aquel plato inusual. El joven, absorto en ella como quien encuentra una playa secreta en sus vacaciones, no escuchó. 

Repitió la pregunta y se presentó: "Me llamo Marisol". Su voz parecía poner en orden todo. Incluso las figuras mismas del plato parecían distintas. Ella se sentó a su lado, e intentaron encontrarle sentido a esas formas rojas en la impecable cerámica blanca. Dejó de importar aquel taller donde lo había comprado. Conversaron por un buen rato, cenaron juntos. En los días que siguieron él no quiso pensar en que ella sólo había venido por unos meses, ni en lo efímero de ese redescubrimiento de Puebla. Se concentró en seguir explorando las formas del plato rojo, como si fuera un oráculo, con deseos de no romperlo nunca.




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