Habitación Roja


HABITACIÓN ROJA

Vi que apretabas tus labios cada que pasábamos por una curva, aunque llevamos un rato por un camino recto. Ignoras lo gris del cielo, así como las nubes que casi besan la tierra y nos envuelven poco a poco. Callo, y callas. La misma música se va a ninguna parte. Tomo con fuerza el volante, respiro y te miro de reojo. No creo que estés aquí, pero estás. Suspiramos al mismo tiempo. Tu risa está ausente pero mi ansiedad crece a cada momento.

No sé dónde tengamos que parar. Quizás ni siquiera no nos persiguen, pero seguro que nos maldicen. Vamos malditos, pero juntos. No nos guía el miedo, sino la necesidad de escapar. Tal vez por unos días, o quizás por mucho más tiempo. Allá en la ciudad, en los edificios, estamos vetados. Nos escabullimos en el momento justo, como un espejismo. Pero nuestra ausencia responderá todas esas preguntas a las que no pudimos hacer frente.

A ratos tus ojos se cierran y tu mandíbula se relaja. Tu cabello de cascada tropical oscura se expande por el asiento. Aspiro tu aroma, y no quiero volver a abrir la ventana. Allá afuera no está lo que necesito, sólo aquí. Recuerdo la sensación atronadora la primera vez que te vi; la gran pregunta de en qué parte de esta geografía laberíntica habías estado antes y la premonición de que podías tirarlo todo con un dedo, y hacer que girara como un trompo errante.

Y yo apenas una bengala invernal en aquellos primeros días. Me encontrabas en todas partes, sin querer. Los días se acomodaron como la nieve sobre el suelo. Fui un remanso de sombra en tus días, entre las cosas que ocultabas en tus pensamientos. La sonrisa y la danza de los ojos son los mayores delatores, como grandes faros anunciando una tierra nueva, una realidad distinta que nadie habría pensado. Nadie lo sabía, y ahora quizás lo sepan todos. Veo ese lenguaje nuestro, que antes nunca terminó por nacer y brillar, trazado en la niebla que corre y se extiende a nuestro alrededor.

Abres los ojos, poco ha cambiado. Atravesamos un valle estático, como si estuviéramos atrapados en alguna pintura. Sonríes un momento y siento que mi rostro se ilumina también de algún modo. Me preguntas si sé lo que estoy haciendo.  Niego con la cabeza, y miro al horizonte. Mis respuestas vacías lo dicen todo. Me leías desde antes, aunque omitías el resultado de tus observaciones. Acertaste sin falla, fuiste más lejos. En algún momento no tuve nada que confesar. Y el aura de misterio sigue estando en el futuro.

Quise cada instante antes de que te fueras. Sabía que te irías, y que jamás volvería a verte. No importaba lo que me decían otros. Quise tomar esa pizca efímera entre mis manos, deseando congelar y ralentizar esos momentos porque estos días siempre vuelan y seguro que antes de ponerme a cavilar un poco sobre la vida, ya tendré canas en todas partes. Quise superar las cuentas aceleradas del tiempo que se iban entre mis dedos cada noche. Dejé de pensar, encendí el cerillo, le puse fuego a todo. Sabía que estarías ahí, ajena a las llamas, inmersa en ese mundo que sentí que jamás podría tocar. Hasta esa noche, hasta hoy.

Y ese fuego mismo no quemaba, solo era una habitación roja donde podíamos rendirnos a la incertidumbre, y el exterior desaparecía. Sabemos que nunca fue un lugar, ni una cueva a la que pudiéramos huir. Si así fuera, no estaríamos en esta carretera. Ese espacio iba y venía con nosotros, solo nuestros ojos podían verlo. Pero cada día crecía, se volvía más difícil de ocultar. Las sombras nos delataban, las sonrisas inoportunas, los ojos que parecen estar en todas partes. En algún momento tuve que mirar más allá de ti, y la tormenta misma ya nos rodeaba.

Lo primero que te dije cuando tomamos este camino sin fin era que detestaba el orden de la vida, y que ese caos que venía contigo parecía ser el verdadero sentido de estos días aciagos. Me dijiste que siempre supiste que te irías y que no parecía ser este el tiempo ni la realidad apropiada. “No lo es”, te contesté. Pero de cualquier forma estábamos ahí. Solté el volante un momento y te besé en un instante mínimo. Abrí los ojos y retomé la dirección del camino, que seguía siendo plano. No podía estar en ninguna otra parte.

Pudo haber sido nuestra la paz. O tal vez la nada, si estos caminos no fueran una encrucijada sin remedio. Han pasado varios minutos sin que necesite mover mucho el volante. Siento como si pudiera soltarlo. El sueño se va apoderando de mí. Distingo mis ojos cansados en el espejo. Te mantienes absorta en tus pensamientos, dejas de mirarme. Mi cabeza cae lentamente, siento el cuerpo sedado.

Me despiertas, tienes las manos en el volante. Mis pies no soltaron los pedales. No hay gritos, ni sensación de pánico. El camino nos lleva consigo, no estuvimos amenazados de salirnos hacia la nada. No entiendo nuestra suerte, ni el poder de tu sonrisa o el poder de los deseos. Me dices que no hay lugar para nosotros y comienzo a creerte. Ya no podemos dar vuelta atrás. Desearía preguntarte en qué país de fantasmas estamos, pero aún siento el encanto feroz de tu piel y el discurso de tus besos que me explota la cabeza y me hace reír como idiota.

Han pasado quién sabe cuántas horas sin que la niebla se disipe o se atraviese otro auto. Decido intentar detener el auto y lo logro en pocos segundos. Desciendo del vehículo y doy unos pasos torpes sobre el asfalto que parece suave. Allá, a mis pies se extienden unas ciénagas inmensas con aroma frutal. Niego con la cabeza, y me río al aire, feliz de estar en ninguna parte. Vuelvo al auto, sonreímos con complicidad por estar en la habitación roja de nuevo. Nos fundimos rodeados por la niebla, donde nadie nos mira, ni nos persigue y donde la jodida realidad no nos marca el paso.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Nívea

Idilio Costero

Blitz (Lluvia de Fuego)

Astillas de Cuba (Parte 1)

Lago Espiral: Parte I