Videncias
VIDENCIAS
Gabriela
no sabía qué hacer con las sorpresas de la vida. A pesar de llevar 11 años
casada, aún no se acostumbraba al ajetreo de tener que mudarse cada dos años
por el trabajo de su esposo. Cada cambio era como un terremoto en sus frágiles
costumbres y en las amistades que iba tejiendo día con día. Él había pasado de
escuchar con tranquilidad sus quejas a una abierta indiferencia; la ambición lo
mantenía con los ojos en la oficina. Mientras tanto, ella se enrolaba en
distintos trabajos, todos tan temporales como un empleo de estudiante.
Era
aquella una ciudad seca y pequeña, azotada constantemente por pequeñas
tormentas de arena o polvo que dificultaban la vista y hacían de sacudir una
actividad inútil. Gabriela volvía a casa en una tarde radiante y limpia, que
contrastaba con el viento polvoriento habitual. Volvía a sentir la tranquilidad
y empezaba tomarle cariño a esas calles abiertas y rectas. Cuando el recuerdo
de la pelea matutina con su esposo por la mañana rompió el instante tranquilo
con una punzada, escuchó un silbato.
En
la esquina más cercana, un hombre ciego pedía ayuda para cruzar la avenida,
pero nadie se detenía a auxiliarlo. En un primer momento, Gabriela intentó
evitarlo, pero al final se decidió a ayudarlo. El hombre, de unos 40 años,
vestía un elegante traje que hacía lucir su figura alta; su piel era morena y
su cabello, escaso pero brillante. Incluso su bastón tenía unos sutiles
grabados que brillaban con el reflejo solar.
“Qué
exótica voz tiene este hombre” pensó Gabriela, apenas después de haber cruzado
la avenida. El ciego se presentó: Fernando Esquivel. Ella intentó despedirse,
pero Fernando le pidió ayuda para llegar a su casa, que estaba a tres cuadras.
Las dotes de su voz, se traducían en una gran habilidad para la conversación.
En apenas unos pasos, Gabriela ya hablaba de sí misma con sus hábiles
preguntas. Fernando se atrevió a hacer una descripción detallada del aroma de
ella, como si fuera un perfumero experimentado. Ella se sonrojó: en cinco meses
el marido no se había dado cuenta de lo que este hombre en escasos tres
minutos.
Se
quedaron unos minutos más conversando en la entrada de la casa de Fernando.
Ambos compartían una sensación de soledad que habían curado en apenas unos
minutos de plática. Ella se quedó con su número, y prometió llamarle en alguna
tarde. Volvió complacida a casa y se felicitó a sí misma por su decisión de
haber hecho un nuevo amigo por ser buena persona. Pero, a la vez, tenía una
inquietud extraña en la piel; una efervescencia cálida que le inquietaba las
piernas. El marido llegó esa noche, sin ganas de nada, y cayó dormido en pocos
minutos en el sillón. Ella repasaba la escena de la tarde.
La
tarde siguiente, Gabriela acarició el teléfono a punto de marcar el número de
Fernando, pero prefirió esperar: no deseaba parecer desesperada. Habló con
algunas amigas, pero omitió el tema. La ansiedad aumentaba, y salió a dar un
paseo a la ciudad. Esta vez una tormenta de arena la hizo refugiarse en la
tienda más cercana: una librería. Repasó las novedades y los títulos clásicos
con desgano, pero se interesó en la gran colección de audiolibros que tenía el
lugar. Se interesó por un título de la repisa más alta: “El lenguaje del
cuerpo”.
Se lo llevó, y lo escuchó al volver a casa. El
relato era ágil, ingenioso y detallista. Ella lo imaginó en la voz de Fernando.
Sus audífonos de cancelación del ruido la colocaron en otro mundo. Entre
voluntad e instinto, dentro de un rato cerró los ojos y empezó a acariciar su
cuerpo. Sintió con mayor detalle su piel, los trazos de sus músculos, y la
unidad armoniosa que formaba su cuerpo; no necesitaba más espejo que el tacto…y
el olfato, el gusto, el oído. Que se fueran al carajo los años, ella seguía
siendo hermosa y podía ir por todo. El marido llegó y la descubrió en la faena
consigo misma; sintió un brote de excitación, pero al final se dio la vuelta.
La ambición le había dormido muchos apetitos.
El
esposo hizo un comentario revelador en la mañana, mientras ambos desayunaban
con la habitual frialdad: “Yo no soportaría quedarme ciego. Que me maten mejor, mis ojos son todo”. Ella
se encogió de hombros. En la tarde, la espera se volvió insoportable. Gabriela
tomó el teléfono y llamó a Fernando. Él acababa de llegar a casa, y contestó
con la agilidad de quién conoce su espacio mejor que la palma de su mano. La
conversación duraba y duraba, desde las líneas generales sobre la ciudad hasta
detalles íntimos.
Él
se sentía atraído por el entusiasmo de ella, pero también despertó una habitual
curiosidad. Con la gracia de un reportero hábil, le pidió a Gabriela que se
describiera a sí misma. Él hizo preguntas de todo hasta profundizar los
detalles. “Tengo ya el retrato de ti misma en la mente, y sé que tus palabras
no mienten”. Ella se sintió halagada y le platicó del libro incendiario de la
noche anterior. Él dijo que podía recitar algunas páginas para ella y darle un
toque personal. Entonces Gabriela tomó la avanzada: “Sí, pero no por teléfono.
Ven a mi habitación y cuéntaselo a mis oídos.”
Arreglar
la inusual cita de lectura fue sencillo. El esposo llegaría bastante tarde por
la presentación de un producto. Fue fácil enviar un taxi por Fernando y
traerlo. La calle en la que Gabriela vivía era sencilla y discreta; por si
acaso, pegó en su puerta una calcomanía de que apoyaba una organización civil de
auxilio a los invidentes. Fernando avanzó con la discreción de un gato, como si
sintiera todo el espacio a su alrededor.
Ella
sirvió el vino y algo de botana. Notó que su aroma era distinto y se sintió
nerviosa ante la presencia de Fernando. Él seguía haciendo uso galante de la
voz y de su hábil mente. Ella le llevó el audiolibro. Él se puso los
auriculares, y logró emular en pocos minutos la voz del narrador. Gabriela se
tendió sobre el sofá escuchando su voz, viviendo su fantasía acústica. Fernando
sintió una agradable inquietud con el relato. Jugó con las pausas y las
aceleraciones. El sentido del oído se volvió insuficiente y el cuerpo de ambos
tenía una intensa ansiedad.
Gabriela
se disculpó por la precipitación, pero él atajó: “Es aquí a donde teníamos que
llegar”. Le llevo con rapidez a su habitación, y dirigió sus manos a su cuerpo.
Fernando tomó su cuerpo como Ray Charles habría reconocido un piano. “Nunca he
estado con alguien como tú”, dijo Gabriela con la voz entrecortada. “Y tampoco
lo olvidarás”, respondió él. Halló fácilmente sus labios y el resto de su
cuerpo, las caricias acertaban en ubicación e intensidad. Ambos sentían ya el
calor insoportable que llama a la desnudez y a la tormenta de los impulsos.
Pero se escucharon unos pasos en la escalera.
Gabriela
susurró: “Rápido, escóndete debajo de la cama”. No tuvo una mejor idea. Se
arregló en unos instantes el cabello y la ropa, y avanzó hacia el encuentro del
marido. Él lucía visiblemente más animado: la presentación del producto había terminado
rápido y con total éxito. Ahora sentía unas inusitadas ganas de aprovechar la
amplia recámara con ella. Gabriela no pudo evitar que pasara. El marido perdió
el calor de la sangre al encontrar a un hombre ciego tendido en el piso,
creyéndose seguro bajo una cama imaginaria.

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