Cruz Rosa


Cruz Rosa

Mis pasos eran incómodos, aunque la banqueta era suave. Era una tarde de nubes inmóviles en el cielo, ligeramente bochornosa y de aspecto tibio. Había bajado al cercano tianguis a comprar fruta y otras cosas. Caminaba por la avenida principal cuando vi a lo lejos una camioneta pickup negra, de vidrios polarizados. Abrieron una puerta y arrojaron algo. Luego arrancaron a toda velocidad, no tenían placas. No recuerdo haber visto sus rostros o reconocer algo en especial. Nada más que el aroma de la muerte.

Primero hubo un silencio sepulcral por el impacto y a los pocos segundos, el brote del asombro entre la gente que caminaba por ahí se volvió un alboroto insoportable. Caminé hacia allá, el gentío aún no llegaba. Era una muchacha. Recuerdo haberla visto en el mercado, entre las calles, quizás alguna vez arriba de una motoneta. Nunca supe su nombre.

Ahí estaba ella, sin nada. La habían arrojado sin vida, sin prenda alguna, atada de manos y piernas, y con una manzana en la boca como una macabra alusión a un platillo caro. No miré por mucho tiempo su rostro cenizo, consumido, borrado por la violencia. Su cuerpo parecía azotado. Entre la gente que miraba se fundían tanto el dolor como el morbo, se volvían una sustancia viscosa que les hacía concentrar la mirada en ella y balbucear cualquier tontería como intento de explicación.

La policía llegó en unos 15 minutos. Me quedé paralizado, sin poder decir una palabra en todo ese tiempo. Me preguntaron cosas los vecinos, se desesperaron de que no pudiera siquiera abrir la boca. Alguien ya había traído una sábana, salida de quién sabe dónde para cubrir el cuerpo sobre el asfalto. Hubo alguien que sabía su nombre. Empecé a escuchar llantos y lamentaciones sinceras por primera vez, también alguna alusión religiosa, y el reclamo constante de que esas cosas nunca habían ocurrido aquí.

El ritual macabro tenía un mensaje. Mientras el gobierno hablaba de terrorismo contra los mexicanos en el exterior, el terrorismo interno parecía ser una cuestión diaria. Con la policía, llegó la horda de la prensa roja a tomar fotografías, hacer preguntas a los vecinos que dijeron cosas tan contradictorias que era imposible sacar una conclusión. Nadie sabía realmente que había pasado.

Me quedé escuchando, recargado en una pared. Había perdido la bolsa de mis compras, no recordaba en qué momento la había soltado. Creí que la gente maldeciría a los asesinos, o al nido del crimen organizado que había crecido enfrente de nuestras narices y había traído el aroma a muerte a nuestras parsimoniosas calles. Pero no. La culpaban a ella. Por su ropa, por sus amigos, por ser mujer, por la naturaleza casi demoniaca del hombre, porque se lo había buscado y porque la juventud estaba extraviada en estos días. Ella, ella se lo había ganado: no tenían escrúpulos en sus acusaciones.  

Nunca supe su nombre. Y su rostro con vida aparece en mis recuerdos como gotitas de sudor cristalinas sobre mi frente. Recuerdo haberme enojado mucho, llegar a mi casa diciendo que no había sido su culpa y ser ignorado, callado por las circunstancias. El alboroto en la calle se extendió por varias horas. Pasó gente de muchas partes, miraban desde las ventanillas de los camiones y los autos. Las sirenas no se callaron en un buen rato.

En las redes sociales, el caso se difundió en cuestión de horas y se volvió un enjambre de zumbidos, de opiniones bienintencionadas y malintencionadas donde nadie tenía la verdad. Ni el maldito rostro de los asesinos. Sólo la condena, la indignación, el reflejo de un país dividido por los siglos de los siglos, y de un machismo inevitable, que se esparcía como plaga por todas partes.

Recuerdo haber visto la difusión del caso en el noticiero nocturno. Su nombre no importaba. Sólo la escena bárbara de su cuerpo tendido en el asfalto, los lamentos y lágrimas de su madre hablando frente a un micrófono pidiendo justicia, las declaraciones frías del procurador, las voces que se subieron para el golpeteo y chacaleo político…pero nada más. Apagué la televisión y dejé de mirar las redes sociales. No había nada. Y su vida era como una cifra más, una herramienta, un chispazo de miseria.

Y al día siguiente miré en las noticias los datos de más muertes de mujeres, en todo el país. No había tregua un solo día, como si se tratara de un exterminio selecto por razones oscuras. Luego se supo que hasta los mismos policías violaban menores de edad. Y de los militares y marinos, se sabía desde hace años. Ahí estaban los malditos números frente a mis ojos, monstruosos, brutales…pero aparentemente insignificantes en el mexicano común. Casi me mentaron la madre cuando dije que la patria mexicana se había vuelto asesina y que casi nadie miraba al otro como su igual.

“Se matan entre ellos”, decían muchos. Como plaga, como demonios contra demonios. “¿Y las mujeres?”, preguntaba. Alguien me dijo que eran malas por naturaleza y que se lo buscaban. Otros más que las víctimas lo merecían por rechazar o tratar mal a los hombres. Y otros muchos más que mataban más a hombres que a mujeres. Me llené de rabia y no dije nada. Pensé en las mujeres que quería, y que nadie podía garantizar su seguridad. Pusieron una cruz rosa en la esquina donde arrojaron el cuerpo de la muchacha. Reportaron más muertes, un par en la universidad. Al día siguiente, ya sonaban los tambores de guerra.

Ellas marcharon por las calles, como tantas otras veces. Gritaron, se unieron, avanzaron como hermanas, aunque pensaran distinto. Las llamaron locas histéricas, como siempre. Tenían razón, como siempre. Le causaron un berrinche a un secretario, y dejaron torpe a una gobernante. Iban con furia a exigir su seguridad, nunca más solas. Algunas rompieron ciertas cosas, insignificantes. Entonces muchos se preocuparon más por las piedras que por miles de vidas. Nadie podía volverme a decir que la sociedad mexicana era amorosa y solidaria, si le daba la espalda a sus propias mujeres.

Cuando marcharon, cerré mi boca. Sólo fui una instancia de rebote, para que sus voces se oyeran más fuertes. Y así otros hombres, mostrando que, aunque nuestro género era una mierda, podía tener remedio y ser distinto. Pero nuestras voces no importaban, sólo las de ellas: su lucha. Discutí con otras personas, a veces sin lograr cambiar nada. El monstruo era gigantesco, el gobierno no tenía empatía ni armas para combatirlo. Recordé el rostro de ella cuando vivía. Y las historias de las mujeres a mi alrededor. Teníamos una deuda impagable.

Pasaron un par de meses. La cuota de feminicidios seguía siendo brutal, y cada uno parecía un golpe más hondo. Era de noche y bajé a comprar cosas para el desayuno del día siguiente. En una esquina oscura, me asaltaron en cuestión de diez segundos. Entregué todo, y volví caminando con pesadez hasta casa. Pero al mirar la cruz rosa sobre la esquina, supe que tenía menos probabilidades de ser violado, desaparecido y asesinado…sólo por ser hombre. Era una seguridad escalofriante. Las lágrimas y la sangre seguían corriendo. Pero ellas no tenían paz, y hasta que no la tuvieran, nadie realmente la tendría.



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