Hundidos
HUNDIDOS
Esa noche no halló
consuelo alguno entre sus sábanas. Llevaba un par de semanas viviendo en ese puerto
de construcciones viejas y penosamente cansadas. Ya no había hallado cupo en su
ciudad natal, aquella a la que había amado y detestado tanto con el pasar de
los años. Las nubes borrosas de una nueva vida cerca del mar le parecieron
atractivas. Pero la esperanza inicial se había disuelto y el panorama lucía tan
incierto como el cielo de luna nueva.
Al no poder dormir,
decidió dar una vuelta al cercano malecón. No extrañaba su vieja vida y
frecuentaba poco a los amigos que había dejado atrás. La nostalgia no era
aquello que le pesaba y lo mantenía inquieto todo el tiempo. Tampoco eran las
pocas personas que había conocido en el puerto, quienes lo trataban como a un
vecino más, a quien se le saluda de vez en cuando pero no se le invita a cenar.
Era de madrugada, el
bullicio porteño había disminuido poco a poco. Por las noches, el malecón
parecía un prolongado bar a cielo abierto, donde los locales iban a beber o a
bailar, con la brisa marina en las espaldas. La extravagancia y la combinación
de ritmos era habitual; las horas de la noche iban consumiendo los cuerpos
hasta hacerlos volver a casa a seguir el festejo, o quedarse a dialogar
incoherencias antes del amanecer.
Así encontró a varios
bohemios hablando, y las silabas de sus palabras se prolongaban como las agitadas
olas de la marea alta, que chocaba con fuerza contra el muro de piedra del
malecón que llevaba siglos ahí. Algunos casi dormían en soledad, sentados o
acostados bajo el regazo nocturno. Halló un lugar solitario un poco lejos de un
farol que parpadeaba como el faro distante.
El océano le pareció un
gigantesco pantano negro que se extendía hasta fundirse en el cielo, como si no
existiera otra cosa que aquella oscuridad. Sin embargo, podía distinguir las
olas que rompían, con sus tonos turquesa y verde. A veces el tenue viento
formaba pequeños remolinos. La espuma saltaba metros en el aire, pero parecía
que nunca tocaba a nadie. Sintió miedo de darle la espalda al mar, por lo que
permaneció mirando el flujo atemporal del mar.
En las olas del mar encontraba
preguntas, y su mente pensaba en las respuestas. Ninguna de ellas era
satisfactoria ni concluyente; las ideas iban y venían, se arrastraban por el
fondo y luego brotaban hacia el cielo. Su vida le pareció un fracaso
impostergable, y su plan de darle el giro triunfal con este nuevo trabajo en el
puerto, lejos de todo lo que había conocido, le parecía ingenuo y torpe. Se
preguntaba por qué no se sentía feliz ni alegre frente al nuevo reto. Lo hizo
una y otra vez, pero siempre hallaba el mismo espejo negro del horizonte.
Muchas personas pasaron
en ese lapso. A todas las miraba profundamente, y las escudriñaba con los
mismos ojos pesados que había conservado toda su vida. Sentía la diferencia con
todos ellos, a quienes miraba como ajenos. Deseaba hallar a un igual con quien
dialogar y encontrar una pizca de consuelo. Nadie de los que estaban a una
llamada de distancia podían comprender algo que no podía ser expresado con
palabras. Las personas no se sintieron intimidadas, siguieron su trayecto sin
alterarse. En aquel puerto todos miraban y eran observados sin que a nadie le
importara.
Finalmente, dejó atrás el
miedo de darle la espalda al mar y se sentó en el borde del malecón. Sintió que
el viento le brindaba un húmedo abrazo. Frente a sí, tenía a la ciudad portuaria,
en las escasas horas en las que dormía. Las luces se extendían hasta donde se
perdía la vista y las fachadas coloridas que brillaban en el día parecían
apagadas. Tuvo una sensación de extravío. Dejó de hacer planes en su cabeza y
suspiró aliviado. Ya nadie pasaba por el malecón.
Primero escuchó que el
ritmo de las olas disminuía. Volteó hacia atrás y el mar parecía una alberca;
quizás la marea alta ya había pasado. A lo lejos, se distinguían las primeras
luces del día que venía, como si nacieran en el horizonte. Gozó de ese instante
de calma, cerró los ojos y sintió que el sueño lo absorbía. Escuchó voces
armoniosas que no decían nada y la calidez de una multitud que no existía. No
pensó más.
El océano volvió a
agitarse. De entre las olas emergió un gigantesco tentáculo púrpura de decenas
de metros de longitud, con ventosas tan grandes como la ventana de una casa. Sintió
la proximidad de algo en la espalda, y después un cosquilleo que le erizó toda
la columna vertebral. Una sustancia pegajosa ya bajaba por su espalda. No pudo
voltear antes de que el tentáculo abrazara en un solo movimiento todo su cuerpo
y lo estrujara como un pez.
El tentáculo lo mantuvo
suspendido en el aire unos segundos. Miró de nuevo la ciudad porteña que,
indiferente, se preparaba para despertar en un nuevo día. Después, lo hundió con
fuerza en un instante en las profundidades. Conforme descendía, además de
perder cada vez más oxígeno, las aguas se volvían más claras de forma inusual.
Fue entonces que el
tentáculo lo condujo a un gigantesco monstruo marino, que parecía una caprichosa
combinación de calamar gigante y bestia griega. Miró sus gigantescos ojos, tan largos
como un edificio. Su cuerpo desesperadamente intentaba respirar, y su piel fue
tomando el color del tentáculo. En un último intento desesperado, gritó y
perdió la conciencia.
Despertó sin dolor, pero
sin encontrar sus piernas ni el resto de su cuerpo. Estaba en el mismo lugar
donde el monstruo lo había capturado. Otra vez era de noche, pero ya no pudo
contemplar su reflejo. El océano lucía igual de oscuro. Se puso a hablar, y al
fin pudo decir lo que sentía. Quiso encontrar alguien con quien conversar. Se
acercaba a cualquiera que se quedaba en el malecón y le hablaba sin obtener
respuesta. Aquellas personas sólo sentían frío, y un cosquilleo constante en la
oreja. De vez en cuando, el tentáculo seguía actuando en silencio.
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