Astillas de Cuba (Parte 3)
* * *
El Parque Almendares
parece una incrustación de reserva selvática entre la ciudad de La Habana sin
parecerse en forma alguna a otros parques urbanos del mundo. Recibe su nombre
del río homónimo y también es un punto concurrido por los turistas que, con sus
respectivos guías, se internan ligeramente en el paisaje bajo el cobijo de
árboles centenarios entre la vegetación exuberante.
Las ceibas son auténticos
templos naturales, con sus troncos más anchos que veinte personas juntas, y una
complejidad de ramas que avanzan a todas partes del cielo, y raíces que se
extienden por profundidades poco imaginadas. Son seres vivientes venerados por
la tradición religiosa cubana, a pesar de que su presencia en la zona puramente
urbana es poca más allá de los parques. En cualquier relato fantástico, una
ceiba podría tragarse a un cristiano sin que nadie lo notara.
Un hombre camina
apaciblemente, y en su mano derecha carga de las patas tres gallinas muertas.
Cualquiera pensaría que las lleva para alguna comida familiar. Pero una leve
pestilencia proveniente de la ribera del río revela otros fines que son parte
importante de la cultura cubana, y un culto que lo mismo ha cautivado a locales
como a extranjeros que acuden a la isla: la santería.
La santería, como muchos
ritos y tradiciones latinoamericanos, es producto del sincretismo cultural. Es
una de las expresiones religiosas más puras de la mezcla entre las apenas
sobrevivientes creencias autóctonas, el catolicismo español y, sobre todo, la
religión africana. Nuevamente Africalatinoamérica. Por ahí suena el nombre de
Chango’o, dios importante de las religiones del centro del continente negro y
que por mucho tiempo fue identificado por la tradición católica como una
representación del demonio.
Los ritos santeros
parecen incluir distintas fases del pensamiento religioso de la humanidad,
desde lo arcaico hasta conceptos más recientes donde la base de la fe de los
creyentes está en buscar protección. Retoma desde el primigenio culto a las
fuerzas de la naturaleza, pasando por el concepto de sacrificio ritual, hasta
nociones de los santos cristianos. Todo cabe y tiene lugar.
Los escenarios naturales
son el templo del ritual santero en esencia. La comunicación con los santos
(protectores o guías) se realiza en esos entornos. El proceso es un intercambio
de favores: los suplicantes darán al santo un banquete (sea de carne, frutas o
lo que pida), y este, en agradecimiento, cumplirá sus peticiones.
El lugar para colocar el
banquete puede variar según la voluntad del santo: el río, algún árbol
legendario o el mar. El río Almendares es aprovechado con estos fines también.
Los creyentes celebran en círculo con sus respectivos tambores y cánticos, sin
importar si los miran. Si el santo pidió carne, pueden sacrificar tanto
gallinas como cabras. Los restos son dejados ahí, lo cual provoca en algún
momento el aroma de la descomposición.
La gran exuberancia del
Parque Almendares parece cubrir los mismos rituales sin perder su belleza verde
de distintos tonos. Las ramas forman caprichosas formas que asemejan a la
naturaleza. Un guía no duda en señalar, entusiasmado, una formación que
claramente asemeja a un elefante hecho por ramas de enredadera. En la cabeza,
dos orificios asemejan los ojos: son nidos de pájaro. La naturaleza prevalece
con sus propios códigos. El río fluye hasta el mar. Los ecos de los tambores
permanecen en los oídos por varios minutos.
* * *
La Fábrica de Arte Cubano
es un híbrido entre centro cultural y centro nocturno, como ningún otro en La
Habana. Es sábado y la fila se prolonga por varios cientos de metros, integrada
tanto por cubanos como por extranjeros. El edificio es un antiguo almacén
industrial restaurado, decorado con murales creativos y que incluye en su
interior tanto obras de arte como la música de ritmos incansables que ha hecho
de Cuba uno de los epicentros del baile en el mundo.
La fila avanza a pasitos
muy discretos. Los taxis invaden la calle contigua y en una esquina hay un
local con escaso mobiliario donde un par de hombres sirven mojitos casi
clandestinos para aliviar la espera. Parecería la fila de un concierto
largamente esperado. El personal de seguridad es duro y prepotente. La gente no
deja de llegar. Las cubanas jóvenes visten ilusorios vestidos que se amoldan a
la exuberancia de sus cuerpos; los cubanos visten con sencillez, pero con
distinción.
La fila se vuelve pasarela,
pero nadie pasa ya. Hay tanta gente esperando afuera como la que está adentro. Los
idiomas se mezclan, y también se da apertura tanto al intercambio cultural como
al abierto ligue que ansía por consolidarse al entrar al lugar. Cercana la
medianoche, el personal de seguridad anuncia que nadie más pasará, aunque
algunos se alcanzan a colar con la mirada complaciente de los guardias de la
puerta. La decepción es generalizada, pero muchos se quedan esperando. Quizás
la oportunidad caiga en algún momento de la noche.
La Habana no duerme no
por los negocios, sino por la incansable rumba. La fiesta no es una variable
dependiente del dinero. La serpiente kilométrica que es el Malecón concentra a
personas de todas las edades tomando un pedazo del muro de piedra para armar su
propio festejo con alcohol, música, risas, gritos, perreo, coqueteo, besos y
cuerpos sudorosos que se encuentran.
La iluminación en el
Malecón es escasa, por lo que lo primero que asombra la vista es la profunda
oscuridad del mar. Apenas una región es iluminada por los faroles. A medianoche
la marea sube, por lo que la espuma de las olas a veces asciende más alto que
el muro de piedra, pero no salpica a nadie. Un monstruo marino ocioso bien
podría jalar con un tentáculo silencioso a algún desprevenido sentado en el
muro, y arrastrarlo a las profundidades sin que nadie se percatara. La rumba
alumbra la frontera con el océano de penumbra.
Para hacer fiesta en el
Malecón basta hallar un espacio seco donde quepa la horda de amigos tomando en cuenta
que habrá mucho baile. Cualquier bocina sirve: aún si el sonido de la música es
bajo, las voces se encargarán de amplificarlo. La voz enfiestada es extensión
del ritmo. Lo mismo puede sonar alguna rumba clásica que un moderno perreo.
Los más jóvenes se
inclinan por el reggaetón caribeño y beben con singular emoción. La herencia
del crisol cultural cubano los hace natos para el baile. Mueven sus cuerpos con
destreza, a veces superan al mismo ritmo. La proyección de la picardía y las
sensaciones tanto de risa como de erotismo implícito está presente en todo
momento. Sus siluetas relucen en la poca luz, los cuerpos se encuentran más
rápido que el compás de las olas.
En cierto punto, un
hombre profundamente ahogado en alcohol y penas, canta en voz titilante una
canción mexicana rodeado por un grupo de mariachis que emulan las míticas
serenatas de la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México. Pero lo que toca Cuba,
lo vuelve cubano. Quizás en ninguna parte de la nación mexicana haya un
mariachi que toque el tambor. Las fusiones culturales, con sus resultados
hilarantes en ocasiones, nunca se terminan. Los trajes de luces parecen
costeños y las voces dejan de ser graves para adquirir el risueño tono del Caribe.
A nadie le importa que
sea de madrugada. La fiesta morirá cuando tenga que hacerlo. Sobre el Malecón
hay obras expuestas de la Bienal de Arte, que son resguardadas por un
policía-uno por cada obra-, quien sólo se preocupa de que nadie raye o toque el
patrimonio artístico. El resto del Malecón es de los cubanos quienes rumbean
como nadie con el mar a las espaldas. La noche, la ebriedad, la música y el
baile se prolongan como ecos interminables. Muchas camas no serán tocadas hasta
el amanecer.
* * *
¿Quién celebra unos XV
años en domingo? Un mexicano común se haría esa pregunta teniendo en mente el
ritual churrigueresco del vals, el último juguete, la presentación de la
señorita en sociedad, entre todos los que conforman esa tradicional
celebración. En Cuba es, desde luego, una fiesta también, pero más parecida a
un feliz banquete sin tradiciones de apariencia principesca.
Massiel (la festejada)
quiso una fiesta con alberca. Ella es una chica de rostro afilado y dulce, de
piel oscura como el chocolate amargo, de voz tierna y cuerpo bello. El domingo
temprano, una guagua pasó por sus amigos y familiares para llevarlos a una gran
casa a las afueras de La Habana. Al igual que en cualquier excursión escolar,
los adolescentes cantan, ríen y chismean. El transporte atraviesa velozmente
los caminos habaneros y llega al lugar cerca del mediodía.
La alberca es el mayor
atractivo de una casa con sospechosas referencias mexicanas. La veintena de
adolescentes, a toda velocidad, exploran los caminos de la mansión. Algunos
tantean en la sala de juegos, pero la mayoría ya quieren huir a la alberca y
tardan escasos instantes en cambiarse a sus trajes de baño. Desde el primer
momento se sirven cervezas y botana.
Apenas unos veinte
minutos después de que el chapoteo comienza, la familia llama a los amigos a
cantarle feliz cumpleaños a Massiel. Naturalmente, las mañanitas no suenan en
la isla. Los jóvenes parecen ansiosos. Acto seguido, la mamá abre botellas de
sidra y los moja con la espuma. Ellos abren la boca como pájaros hambrientos,
ríen, saltan, y reciben la bendición del alcohol, el cual toman como leche con
chocolate.
La fiesta sigue en la
alberca, mientras los mayores continúan la conversación siempre acompañados por
su respectiva lata de cerveza o vaso de ron. Andar por ahí sin un vaso al lado
es mal visto, y no pasará mucho tiempo antes de recibir una nueva bebida. La
botana consiste en pedazos de chicharrón y de sándwiches cubanos de queso. La
mayor parte de la música es reggaetón puertorriqueño, con espacios de rumba
cubana o de salsa caribeña.
El cuerpo femenino en
Cuba se desarrolla con una velocidad y dimensiones asombrosas. Cualquier incauto
pensaría que las quinceañeras que bailan y se divierten en la alberca rebasan
los 18 años. Los chicos se ven, en efecto, como chicos. En este contexto, la
diferencia de maduración entre mujeres y hombres es mucho más evidente.
Los jóvenes reproducen las
mismas raíces africanas e hispánicas en sus cuerpos. La tendencia a bailar con
la misma naturalidad con la que hablan rápido se amplifica con los ritmos del
perreo. Mueven, agitan y azotan la cadera con una gracia natural que es
difícilmente igualable. Los ritmos y los músculos se vuelven uno solo, como
espejo del otro. Algunas y algunos son mejores que otros. El baile no es
censurado por los mayores, sino que es apreciado con total calma. No hay lugar
para golpes de pecho.
Los fotógrafos corren con
prisa de un lado a otro para cumplir los caprichos de la familia que festeja.
El siguiente intervalo en la fiesta es partir un suntuoso pastel de chocolate. La
tradición de la mordida es común en Cuba también, pero llega a niveles más
extremos. La cara de Massiel termina cubierta de merengue y la cobertura de
chocolate. Sus amigos se embarran entre sí el resto. Sin embargo, queda una
superficie sin tocar que será el pastel que se repartan el resto de los
invitados para comerlo.
La reserva de alcohol
está lejos de agotarse, y los tragos comienzan a provocar los primeros estragos
entre la familia. Los menores de edad beben cerveza con cierta discreción,
aunque otros lo hacen con menor preocupación. Con la rumba, los mayores también
bailan y parecen recordar viejos tiempos. Los cubanos crean la fiesta sin guías
ni patrones más allá de la festividad de sus propias almas.
La comida llega cuando se
acerca el atardecer, cerca de las siete y consiste en una pierna de cerdo asada
y condimentada. La carne es suave y jugosa, está acompañada también de arroz.
Cada uno come lo que desee, pero al final sobra mucha carne que será
aprovechada en los últimos momentos de la fiesta por aquellos que deseen
reducir los efectos del alcohol.
Poco después, llega un
nuevo momento de feliz caos en la fiesta. En un espacio apartado empieza a caer
la espuma, y se sumergen en ella. Juegan, hunden a los otros en ella, algunos
nadan o bailan. La frescura blanca cubre y baña como el jabón a los cuerpos;
las voces son risueñas y escandalosas, nadie se salva de terminar en el mar
espumoso. Los amantes se encuentran, los chicos juegan y el ritual se prolonga
por un buen rato hasta que todos vuelven a la alberca por una última sumergida.
Es domingo y al otro día
hay tanto escuela como trabajo. La fiesta debía terminar en algún momento,
aunque nadie parecía querer irse. La guagua vuelve por los invitados, y el
festejo se prolonga por varios minutos más entre los asientos y pasillos. El
movimiento hace tambalear a algunos, pero nadie devolvió el estómago. La noche
en La Habana es fresca. Massiel luce feliz: ha celebrado, ha festejado y
recibido el cobijo de sus amigos y familiares. Las quinceañeras cubanas no
necesitan el vestido de corte austriaca y la familia no necesita animadores. La
fiesta se lleva en las venas; nace y muere donde sea, se vuelve entrañable
hasta el fin.
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