Astillas de Cuba (Parte 3)


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El Parque Almendares parece una incrustación de reserva selvática entre la ciudad de La Habana sin parecerse en forma alguna a otros parques urbanos del mundo. Recibe su nombre del río homónimo y también es un punto concurrido por los turistas que, con sus respectivos guías, se internan ligeramente en el paisaje bajo el cobijo de árboles centenarios entre la vegetación exuberante.


Las ceibas son auténticos templos naturales, con sus troncos más anchos que veinte personas juntas, y una complejidad de ramas que avanzan a todas partes del cielo, y raíces que se extienden por profundidades poco imaginadas. Son seres vivientes venerados por la tradición religiosa cubana, a pesar de que su presencia en la zona puramente urbana es poca más allá de los parques. En cualquier relato fantástico, una ceiba podría tragarse a un cristiano sin que nadie lo notara.



Un hombre camina apaciblemente, y en su mano derecha carga de las patas tres gallinas muertas. Cualquiera pensaría que las lleva para alguna comida familiar. Pero una leve pestilencia proveniente de la ribera del río revela otros fines que son parte importante de la cultura cubana, y un culto que lo mismo ha cautivado a locales como a extranjeros que acuden a la isla: la santería.



La santería, como muchos ritos y tradiciones latinoamericanos, es producto del sincretismo cultural. Es una de las expresiones religiosas más puras de la mezcla entre las apenas sobrevivientes creencias autóctonas, el catolicismo español y, sobre todo, la religión africana. Nuevamente Africalatinoamérica. Por ahí suena el nombre de Chango’o, dios importante de las religiones del centro del continente negro y que por mucho tiempo fue identificado por la tradición católica como una representación del demonio.

Los ritos santeros parecen incluir distintas fases del pensamiento religioso de la humanidad, desde lo arcaico hasta conceptos más recientes donde la base de la fe de los creyentes está en buscar protección. Retoma desde el primigenio culto a las fuerzas de la naturaleza, pasando por el concepto de sacrificio ritual, hasta nociones de los santos cristianos. Todo cabe y tiene lugar.

Los escenarios naturales son el templo del ritual santero en esencia. La comunicación con los santos (protectores o guías) se realiza en esos entornos. El proceso es un intercambio de favores: los suplicantes darán al santo un banquete (sea de carne, frutas o lo que pida), y este, en agradecimiento, cumplirá sus peticiones.


El lugar para colocar el banquete puede variar según la voluntad del santo: el río, algún árbol legendario o el mar. El río Almendares es aprovechado con estos fines también. Los creyentes celebran en círculo con sus respectivos tambores y cánticos, sin importar si los miran. Si el santo pidió carne, pueden sacrificar tanto gallinas como cabras. Los restos son dejados ahí, lo cual provoca en algún momento el aroma de la descomposición.


La gran exuberancia del Parque Almendares parece cubrir los mismos rituales sin perder su belleza verde de distintos tonos. Las ramas forman caprichosas formas que asemejan a la naturaleza. Un guía no duda en señalar, entusiasmado, una formación que claramente asemeja a un elefante hecho por ramas de enredadera. En la cabeza, dos orificios asemejan los ojos: son nidos de pájaro. La naturaleza prevalece con sus propios códigos. El río fluye hasta el mar. Los ecos de los tambores permanecen en los oídos por varios minutos.

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La Fábrica de Arte Cubano es un híbrido entre centro cultural y centro nocturno, como ningún otro en La Habana. Es sábado y la fila se prolonga por varios cientos de metros, integrada tanto por cubanos como por extranjeros. El edificio es un antiguo almacén industrial restaurado, decorado con murales creativos y que incluye en su interior tanto obras de arte como la música de ritmos incansables que ha hecho de Cuba uno de los epicentros del baile en el mundo.

La fila avanza a pasitos muy discretos. Los taxis invaden la calle contigua y en una esquina hay un local con escaso mobiliario donde un par de hombres sirven mojitos casi clandestinos para aliviar la espera. Parecería la fila de un concierto largamente esperado. El personal de seguridad es duro y prepotente. La gente no deja de llegar. Las cubanas jóvenes visten ilusorios vestidos que se amoldan a la exuberancia de sus cuerpos; los cubanos visten con sencillez, pero con distinción.

La fila se vuelve pasarela, pero nadie pasa ya. Hay tanta gente esperando afuera como la que está adentro. Los idiomas se mezclan, y también se da apertura tanto al intercambio cultural como al abierto ligue que ansía por consolidarse al entrar al lugar. Cercana la medianoche, el personal de seguridad anuncia que nadie más pasará, aunque algunos se alcanzan a colar con la mirada complaciente de los guardias de la puerta. La decepción es generalizada, pero muchos se quedan esperando. Quizás la oportunidad caiga en algún momento de la noche.

La Habana no duerme no por los negocios, sino por la incansable rumba. La fiesta no es una variable dependiente del dinero. La serpiente kilométrica que es el Malecón concentra a personas de todas las edades tomando un pedazo del muro de piedra para armar su propio festejo con alcohol, música, risas, gritos, perreo, coqueteo, besos y cuerpos sudorosos que se encuentran.

La iluminación en el Malecón es escasa, por lo que lo primero que asombra la vista es la profunda oscuridad del mar. Apenas una región es iluminada por los faroles. A medianoche la marea sube, por lo que la espuma de las olas a veces asciende más alto que el muro de piedra, pero no salpica a nadie. Un monstruo marino ocioso bien podría jalar con un tentáculo silencioso a algún desprevenido sentado en el muro, y arrastrarlo a las profundidades sin que nadie se percatara. La rumba alumbra la frontera con el océano de penumbra.

Para hacer fiesta en el Malecón basta hallar un espacio seco donde quepa la horda de amigos tomando en cuenta que habrá mucho baile. Cualquier bocina sirve: aún si el sonido de la música es bajo, las voces se encargarán de amplificarlo. La voz enfiestada es extensión del ritmo. Lo mismo puede sonar alguna rumba clásica que un moderno perreo.

Los más jóvenes se inclinan por el reggaetón caribeño y beben con singular emoción. La herencia del crisol cultural cubano los hace natos para el baile. Mueven sus cuerpos con destreza, a veces superan al mismo ritmo. La proyección de la picardía y las sensaciones tanto de risa como de erotismo implícito está presente en todo momento. Sus siluetas relucen en la poca luz, los cuerpos se encuentran más rápido que el compás de las olas.

En cierto punto, un hombre profundamente ahogado en alcohol y penas, canta en voz titilante una canción mexicana rodeado por un grupo de mariachis que emulan las míticas serenatas de la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México. Pero lo que toca Cuba, lo vuelve cubano. Quizás en ninguna parte de la nación mexicana haya un mariachi que toque el tambor. Las fusiones culturales, con sus resultados hilarantes en ocasiones, nunca se terminan. Los trajes de luces parecen costeños y las voces dejan de ser graves para adquirir el risueño tono del Caribe.

A nadie le importa que sea de madrugada. La fiesta morirá cuando tenga que hacerlo. Sobre el Malecón hay obras expuestas de la Bienal de Arte, que son resguardadas por un policía-uno por cada obra-, quien sólo se preocupa de que nadie raye o toque el patrimonio artístico. El resto del Malecón es de los cubanos quienes rumbean como nadie con el mar a las espaldas. La noche, la ebriedad, la música y el baile se prolongan como ecos interminables. Muchas camas no serán tocadas hasta el amanecer.

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¿Quién celebra unos XV años en domingo? Un mexicano común se haría esa pregunta teniendo en mente el ritual churrigueresco del vals, el último juguete, la presentación de la señorita en sociedad, entre todos los que conforman esa tradicional celebración. En Cuba es, desde luego, una fiesta también, pero más parecida a un feliz banquete sin tradiciones de apariencia principesca.

Massiel (la festejada) quiso una fiesta con alberca. Ella es una chica de rostro afilado y dulce, de piel oscura como el chocolate amargo, de voz tierna y cuerpo bello. El domingo temprano, una guagua pasó por sus amigos y familiares para llevarlos a una gran casa a las afueras de La Habana. Al igual que en cualquier excursión escolar, los adolescentes cantan, ríen y chismean. El transporte atraviesa velozmente los caminos habaneros y llega al lugar cerca del mediodía.

La alberca es el mayor atractivo de una casa con sospechosas referencias mexicanas. La veintena de adolescentes, a toda velocidad, exploran los caminos de la mansión. Algunos tantean en la sala de juegos, pero la mayoría ya quieren huir a la alberca y tardan escasos instantes en cambiarse a sus trajes de baño. Desde el primer momento se sirven cervezas y botana.



Apenas unos veinte minutos después de que el chapoteo comienza, la familia llama a los amigos a cantarle feliz cumpleaños a Massiel. Naturalmente, las mañanitas no suenan en la isla. Los jóvenes parecen ansiosos. Acto seguido, la mamá abre botellas de sidra y los moja con la espuma. Ellos abren la boca como pájaros hambrientos, ríen, saltan, y reciben la bendición del alcohol, el cual toman como leche con chocolate.

La fiesta sigue en la alberca, mientras los mayores continúan la conversación siempre acompañados por su respectiva lata de cerveza o vaso de ron. Andar por ahí sin un vaso al lado es mal visto, y no pasará mucho tiempo antes de recibir una nueva bebida. La botana consiste en pedazos de chicharrón y de sándwiches cubanos de queso. La mayor parte de la música es reggaetón puertorriqueño, con espacios de rumba cubana o de salsa caribeña.



El cuerpo femenino en Cuba se desarrolla con una velocidad y dimensiones asombrosas. Cualquier incauto pensaría que las quinceañeras que bailan y se divierten en la alberca rebasan los 18 años. Los chicos se ven, en efecto, como chicos. En este contexto, la diferencia de maduración entre mujeres y hombres es mucho más evidente.

Los jóvenes reproducen las mismas raíces africanas e hispánicas en sus cuerpos. La tendencia a bailar con la misma naturalidad con la que hablan rápido se amplifica con los ritmos del perreo. Mueven, agitan y azotan la cadera con una gracia natural que es difícilmente igualable. Los ritmos y los músculos se vuelven uno solo, como espejo del otro. Algunas y algunos son mejores que otros. El baile no es censurado por los mayores, sino que es apreciado con total calma. No hay lugar para golpes de pecho.

Los fotógrafos corren con prisa de un lado a otro para cumplir los caprichos de la familia que festeja. El siguiente intervalo en la fiesta es partir un suntuoso pastel de chocolate. La tradición de la mordida es común en Cuba también, pero llega a niveles más extremos. La cara de Massiel termina cubierta de merengue y la cobertura de chocolate. Sus amigos se embarran entre sí el resto. Sin embargo, queda una superficie sin tocar que será el pastel que se repartan el resto de los invitados para comerlo.



La reserva de alcohol está lejos de agotarse, y los tragos comienzan a provocar los primeros estragos entre la familia. Los menores de edad beben cerveza con cierta discreción, aunque otros lo hacen con menor preocupación. Con la rumba, los mayores también bailan y parecen recordar viejos tiempos. Los cubanos crean la fiesta sin guías ni patrones más allá de la festividad de sus propias almas.

La comida llega cuando se acerca el atardecer, cerca de las siete y consiste en una pierna de cerdo asada y condimentada. La carne es suave y jugosa, está acompañada también de arroz. Cada uno come lo que desee, pero al final sobra mucha carne que será aprovechada en los últimos momentos de la fiesta por aquellos que deseen reducir los efectos del alcohol.

Poco después, llega un nuevo momento de feliz caos en la fiesta. En un espacio apartado empieza a caer la espuma, y se sumergen en ella. Juegan, hunden a los otros en ella, algunos nadan o bailan. La frescura blanca cubre y baña como el jabón a los cuerpos; las voces son risueñas y escandalosas, nadie se salva de terminar en el mar espumoso. Los amantes se encuentran, los chicos juegan y el ritual se prolonga por un buen rato hasta que todos vuelven a la alberca por una última sumergida.




Es domingo y al otro día hay tanto escuela como trabajo. La fiesta debía terminar en algún momento, aunque nadie parecía querer irse. La guagua vuelve por los invitados, y el festejo se prolonga por varios minutos más entre los asientos y pasillos. El movimiento hace tambalear a algunos, pero nadie devolvió el estómago. La noche en La Habana es fresca. Massiel luce feliz: ha celebrado, ha festejado y recibido el cobijo de sus amigos y familiares. Las quinceañeras cubanas no necesitan el vestido de corte austriaca y la familia no necesita animadores. La fiesta se lleva en las venas; nace y muere donde sea, se vuelve entrañable hasta el fin.

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