Astillas de Cuba (Parte 4)


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Así como La Habana Vieja es la consecuencia de la historia española, Miramar es eco de la época de Cuba como paraíso casi estadounidense. El trazo ordenado y pulcro de sus calles, así como sus casas bajas pero suntuosas son otra dimensión de La Habana. Muchas de ellas pertenecen al corredor de embajadas del país, y otras tantas a extranjeros o artistas de la isla.

En Miramar reina más el silencio y la soledad. Las voces son menos, los pasos apenas hacen ruido e incluso los ruidosos autos parecen ir de puntitas. Predominan las casas blancas de patios nostálgicos con jardines bien cuidados. Los árboles son más abundantes y brindan sombra ante el terrible calor del día. Las resonancias del pasado aún están presentes.



 Cerca del triste Acuario Nacional, hay un pequeño pedazo de playa. No hay arena, sino una superficie rocosa de formas caprichosas que revela un bosque de coral solidificado. A veces aparecen restos de los rituales santeros. El mar rompe con melancolía y calma entre las rocas. Algunas personas hacen esnórquel y unos pocos intentan pescar.

El mar de esta playa de roca difiere al de la zona central de La Habana, donde es un estanque plano surcado por los barcos. Aquí el océano luce más libre, y tiene tonos índigo y esmeralda sin parecer exótico. El horizonte luce inmenso y sería el consuelo de algún romántico esperando contemplar la inmensidad de la nada. El feroz viento no levanta mucho las olas. La soledad de las calles llega hasta aquí. No hay ni un solo espacio de sombra, sólo el pasado fosilizado bajo los pies.



Bastan unos minutos para escuchar la propia música del océano. La vista de Miramar podría consolar a alguien quebrado o bien, sumirlo todavía más en la nostalgia. Los cubanos se refieren a esta zona como una de las más bellas y caras de La Habana. El Parque del mismo nombre reproduce construcciones de perfiles griegos e italianos, como si una semilla neoclásica hubiera germinado ahí.

Los locales son conscientes de que en su ciudad hay espacios de bullicio y de silencio, que coexisten sin muro alguno y que están a la disposición del paseante. Si La Habana Vieja tiene sus fantasmas antiquísimos, Miramar también tiene los suyos, aunque de aires más recientes. La embajada rusa conserva la estructura gris imponente del uso de la arquitectura como poder, que es herencia de la fuerte presencia de la Unión Soviética en la isla.



 Destaca también el gran número de embajadas africanas y asiáticas que están una tras otra. En algún tiempo, cuando había misiones cubanas de intervención en países africanos, el gobierno de Fidel se justificaba diciendo que esas naciones eran tan hermanas de la isla como América Latina. Más allá de la propaganda, tenía razón en algo: Cuba está más cerca de ese continente de lo que cualquiera podría pensar. La geografía puede ser relativa en términos culturales.



Para explicar la soledad en Miramar sería necesario conversar con esos fantasmas ocultos entre la hiedra, los edificios viejos y las casas bellamente decoradas. Por lo pronto, queda absorberse entre sus calles, beber algo frío y quizás sentarse en el tierno parque John Lennon, donde los cubanos afirman que uno puede ir a tomar una siesta sin que nadie lo moleste. El silencio cubano es tan entrañable como el mojito perfecto.


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El cuerpo cubano es la abundancia en armonía. Alguna cualidad vertiginosa tiene la isla para que de sus tierras nazcan generaciones enteras en donde la exuberancia física sea el elemento común tanto en hombres como mujeres. Es una observación común en los visitantes la generosidad de los cuerpos cubanos; pocos se sienten en posición de competir con ello.

 Es cierto que podemos hallar una de esas raíces en el componente genético africano subsahariano.  En la cuna de la humanidad, como si fuera un reflejo de los asombrosos ecosistemas de esa región, los seres humanos, además de contar con un tono de piel más oscuro, desarrollaron cuerpos más esbeltos, que fácilmente encajarían con los arquetipos eternos de la fertilidad y la fortaleza.



No obstante, el componente europeo no es tan lúcido en ese aspecto como el africano. Aún así, parecería que la mezcla genética entre ambas partes dio luz a cuerpos esbeltos de notables curvas y relieves. La piel bien puede ser clara u oscura, pero el asombro suele ser el mismo. Los vestidos coloridos de algunas mujeres suelen generar un contraste alucinante que cualquier amante de los tonos y colores debería ver.

El hombre cubano es mirón. La mayoría no pierde oportunidad en voltear a ver a cuanta mujer le parece atractiva o sensual, sin embargo, la mayoría de las veces el contacto queda ahí. Son pocos los que se atreven a lanzar algún piropo que, desde luego, casi nunca es bien correspondido. En las calles de La Habana hay propaganda que afirma que “acosar te hace no evolucionar”. La idea es audaz, pero quizás todavía insuficiente para combatir ese problema global.

Los cuerpos cubanos son reflejo inherente de la sensualidad cultural, pero no en un sentido fetichista. Las armonías entre hombros y caderas siguen el cadencioso ritmo vital de las calles de La Habana; la picardía y la simpatía son el complemento verbal de lo físico. Cualquiera que pensara que un cubano o cubana es sumiso ante la seducción, caería en un error terrible. Su ingenio puede darle la vuelta a la situación en cuestión de segundos o añadirle un componente todavía más picante.



El baile es el momento de mayor lucidez de los cuerpos: su expresión más natural que los hace integrarse con la música para generar un pequeño incendio festivo. Ya sean ritmos de antaño o más modernos, resulta difícil imitar su gracia natural que hace que los pasos de danza parezcan sencillos. Además, el ballet de La Habana está reconocido como uno de los mejores del mundo; seguramente por la herencia rusa que vino de la Unión Soviética, al igual que aquellos misiles y la Iglesia Ortodoxa de cúpulas que asemejan al oro bizantino del patriarca.



Los cuerpos cubanos son, en sí mismos, un atractivo turístico. Más allá de la coqueta vista, es la expresión cultural y kinésica de ese pueblo. La tierra hace a los cubanos y viceversa. Al igual que los detalles de La Habana Vieja, sería imposible un recuento de toda la variedad de formas corporales; sin embargo, es innegable que la proporción áurea está en muchas de ellas. Los cubanos no se parecen a Fidel, son más semejantes a las tierras ricas de la isla.

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La lluvia en Cuba es una experiencia efímera, como si fuera producida por un chasquido generoso. El viento no deja quietas a las nubes y las mantiene en un tránsito constante, lo cual le da un poco de frescura a las tardes cálidas. Las nubes tapan los rayos solares por escasos segundos y mantienen formas constantes, que requieren de mucha imaginación para interpretarlas.



El cubano tiene ya la providencial habilidad de mirar un cielo totalmente soleado y decir que va a llover. Su palabra es ley: en escasos quince minutos, las nubes se juntan con prisa como si fueran pinchadas. Después de varios pestañeos, el cielo ya está gris y la condena parece inevitable. En La Habana nadie corre porque empiece a llover: parece algo tan natural como tomarse un café después de almorzar.

El Castillo de los Tres Reyes del Moro otorga una vista alucinante de La Habana, y por siglos ha sido un punto geoestratégico de la bahía. Los españoles construyeron una serie de grandes fortalezas para defender el enclave caribeño que era parte importante de la ruta entre tierras hispanas y las colonias. Cualquier barco que intentara atacar, sería cañoneado desde tres frentes lo que reducía la posibilidad del éxito. Quizás por eso se mantuvo por siglos a salvo de incursiones inglesas y británicas, hasta la guerra con los yanquis después del sospechoso hundimiento del Maine.



Es un mirador natural desde el cual se admira la grandeza de la ciudad y también un auténtico templo para contemplar el juego de la lluvia. A lo lejos se ven las nubes con sus hileras grises, que bien podrían parecer que van de la tierra al cielo y no al revés. Las gotas son gruesas y tapizan el suelo en cuestión de segundos. Basta guardar silencio un momento para escuchar la comunión entre el mar y las nubes, al igual que las olas agitadas que ascienden como ondas ociosas.

Los charcos que se forman dan lugar a reflejos caprichosos, y a ecosistemas instantáneos. De ahí nacen postales pequeñas pero bellas. A los pescadores les importa un carajo que llueva, y tratan de seguir el refrán de “A río revuelto…” hurgando con sus vistas y cañas entre las aguas. Incluso los perros, que en la ciudad suelen ser pequeños y de gesto amable, se mantienen atentos a las olas del mar. Las aves cantan con más fuerza y sacuden su plumaje.


La lluvia revuelve y le da frescura a La Habana, que renace del baño vespertino. Aún en la tormenta, el cielo no pierde lucidez. Cuba ha sido azotada por distintos desastres naturales en años recientes, en donde hasta cayó un meteorito. Pero una tarde lluviosa no es más que un soplo húmedo de vida en una ciudad bulliciosa. Jamás lloverá café, pero mientras puede caer felizmente por nuestra garganta mientras contemplamos una vista de ensueño.



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Como cronista quisiera inventar la frase perfecta cuando me preguntan “¿Qué tal Cuba?”. Dudo que exista, o si alguna la vez la hubo, seguramente estará en la pluma de escritores más prodigiosos. Desde luego que no es una región suspendida en el tiempo, y la agitación mundial también impacta la isla. Tan solo en 2019 hubo turbulencia suficiente con la aprobación de una nueva constitución y el crecimiento de generaciones que han coexistido entre la fuerza ideológica presente en todas partes y la tentación de la globalización que está ahí afuera.

Los cubanos jóvenes contemplan el mundo globalizado como el niño castigado que ve jugar a sus amigos en la calle desde la ventana. Los brillos de la cultura del confort, que tienen su puerto más cercano en Miami (con todo y la comunidad cubanoamericana de más extrema derecha posible). Al final, es deseable que los cubanos encuentren la vía para ser libres sin fundirse en la estela de los poderes globales. La dignidad es una de las cosas que no ha escaseado en seis décadas.



Cuba no es el paraíso revolucionario ni un círculo del “infierno socialista”. En estas semanas, el gobierno cubano luce presionado por todas partes. El gobierno estadounidense promete una nueva apertura comercial si los cubanos retiran su apoyo a Venezuela; si no, vendrá un bloqueo más duro. La escasez y el racionamiento de recursos vitales ya inició. El pueblo paga con su estómago los devaneos geopolíticos; los orgullos de los gobiernos no parecen ir a ninguna parte.



La música, el océano, la comida, el baile, la conversación eterna y el ron mantienen el ánimo en la isla frente a la adversidad. Los problemas mantienen despierto el ingenio, lo mismo que las gigantescas hileras del ánimo. El tabaco jode el sistema respiratorio, pero mantiene la mente alejada de ansiedades elementales. La fiesta, como en muchos otros contextos difíciles, saca a relucir la felicidad vital del ser humano por compartir la alegría con el otro.



El turismo mantiene viva a la isla, a pesar del régimen desigual del sistema cambiario. La curiosidad del visitante alimenta muchos estómagos, aunque éste no sea consciente. Los cubanos son los mejores embajadores de su tierra y nadie podrá hablar de su cultura como ellos; aún si inventan mitos e historias, el resultado es una narrativa nacional auténtica. El turista puede vivir muchas experiencias en La Habana e incluso llegar a sentirse como rey…pero es más que indispensable que vea, aspire, huela, pruebe y sienta más allá de la moderna zona hotelera.

Cuando el tiempo pase y estos días caigan, dirán muchas cosas sobre la isla, tanto ciertas como falsas. Me atrevo a anticipar que, aunque los cubanos criticarán muchas cosas del pasado, también sentirán una reverenda nostalgia. Ojalá sea la libertad la que les dé su propio futuro, sin que sea dictado por la oficina de ningún país. Nadie negará que son notables profesionistas y pensadores capaces de algo distinto.



Para entender a Cuba, hay que escuchar muchas voces, tanto locales como extranjeras. La complejidad cultural es un desafío, aún si se le compara con otro país latinoamericano o caribeño. Mis palabras son una visión más, un reflejo de una semana en La Habana en la primavera de 2019. Quien la lea notará quizás aciertos o errores, así como posibles interpretaciones extrañas. Los cubanos son la mayor virtud de su propio país. Algunos misterios jamás serán revelados. Mientras escribo estas últimas líneas sólo deseo tomar un café mientras contemplo la lluvia desde El Morro. Pienso, y escucho en mi mente la melodía con la que me fui y vine:

“De Alto Cedro voy para Marcané
Llego a Cueto, voy para Mayarí
(…)
Limpia el camino de pajas
Que yo me quiero sentar
En aquél tronco que veo
Y así no puedo llegar”

A Bere Hayumi, por ser una maravillosa compañera de viaje 

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