Tan Sólo Nos Queda La Vida
TAN SÓLO NOS QUEDA LA VIDA
(EL BOSQUE MARINO)
El ajetreo de la carretera la hace sostenerse con fuerza a
las cajas de fruta perfectamente apiladas del camión. El ruido y el calor
intenso son inevitables: ella va de contrabando a un lugar desconocido. Apenas
y puede mirar el camino por una pequeña mirilla. El chófer maneja tranquilo
creyendo que sus intentos de imitar las voces de la música norteña no son
escuchados.
A Milene le pareció buena idea colarse entre la carga del
camión cuando el chófer se despedía del proveedor con cerveza en mano. “Lo que
importa es salir de aquí, no importa cómo” pensaba ella. La falta de dinero y
una fuerza de voluntad desmesurada la habían colocado ahí. El atardecer iba a
caer y el camino parecía no terminar.
El chofer pisa el freno con gran violencia y ella sale
disparada contra una enorme caja de naranjas. En cuanto se repone del golpe, pone
su vista en la abertura: están en un acotamiento y hay un par de camionetas
enfrente del camión. El conductor desciende del camión y se mantiene inmóvil.
De los otros vehículos descienden dos hombres armados con
sendos fusiles de asalto y cadenas de oro al cuello. Liberan el seguro del
arma, miran, apuntan…luego comienzan a reír. Se acercan al conductor y lo
saludan, como si de un familiar se tratara. Agradecen y abordan el camión,
mientras el chofer original se retira a una de las camionetas.
Quizás no toda la carga era de naranjas. Milene aprovechó
para abrir discretamente una de las puertas de la caja de carga y caer,
sigilosa, al pavimento. Luego corrió a ocultarse detrás de una gran ceiba. Sus
pasos siempre habían sido discretos y su ligera figura, imperceptible. Nadie la
miró. Se quedó ahí hasta que el cambio de relevos terminó.
Quién sabe qué habrían hecho esos hombres al ver a una
muchacha de 14 años. Ella camina en la carretera por unos minutos. No hay
señalamiento alguno y a su alrededor sólo está la exuberante vegetación de la
selva, de un verde inmenso y profundo. El camino se abre entre ese paraíso
olvidado y sopla un viento frío.
Finalmente, encuentra un letrero verde y oxidado con el
nombre de un pueblo seguido de una flecha que señala a la derecha. Hay otro
camino ahí, apenas perceptible entre los follajes trenzados de los árboles. Se
dirige hacia él; tiene hambre y no pretende buscar comida entre la interminable
fronda.
Pasan quince minutos, veinte…el camino sigue como vereda
entre la selva y algunos campos ganaderos sin granja alguna. Finalmente, las
casas y las calles trazadas empiezan a aparecer. Reina el silencio y sólo silba
el viento. A veces pasa uno que otro automóvil. No hay señales de un mercado,
de una iglesia ni de un local comercial.
A lo lejos empieza a divisarse la línea de una gran playa de
aguas esmeraldas con un buen número de enramadas y palapas. Milene se dirige
hacía ahí: seguro venderán algo de comer. Pero están solas. Unos cuantos restaurantes
blancos están en un extremo, pero completamente cerrados.
Desconcertada, vuelve a las calles del pequeño pueblo y
siente como el cansancio se apodera de sus músculos. El sol amenaza con caer
detrás de una gran hilera de cerros exuberantes y escarpados; el sonido del mar
resuena en sus oídos, va al ritmo de sus pasos. Ve una silueta de una mujer que
camina cruzando una calle y corre hacia ella.
-Oiga, disculpe, ¿algo que vendan de comer por aquí?
-Uy, mijita. ¿Ahorita? Va a estar muy difícil que halles
algo, ya todos cerraron. Hoy casi no hay venta. No eres de por aquí, ¿verdad?
-No, yo…vengo de lejos.
-Y tan sola que estás. Ven conmigo, seguro me sobró algo de
comer que pueda darte.
-Muchísimas gracias.
Ambas se dirigen a una casa grande y vieja en el corazón del
pequeño pueblo. La mujer, con un vestido sencillo y un rostro que ha sido
lentamente absorbido por el tiempo, abre la puerta. Adentro el clima es fresco,
gracias a un gran ventilador. Luego de un cordial “estás en tu casa”, Milene se
sienta en el comedor. Antes de recibir un sendo plato de caldo de camarón,
observa y a lo lejos ve a un hombre descansando en una hamaca, mirando al
infinito. Se escucha el murmullo de varios niños jugando.
Milene no revela su pasado, más allá de que terminó-más por
fortuna que por deseo-en el camino de entrada a ese lugar. La otra mujer la
mira extrañada y le pregunta por sus padres. “Ellos están bien, ya tendré
oportunidad de avisarles” le responde. La otra le ofrece el teléfono: marca el
número y no contesta nadie.
La invita a quedarse por esa noche y Milene acepta. Al otro
día, la ayudaría para llegar en un camión de pasajeros a la ciudad más cercana.
Ambas conversan ahora de temas menos importantes hasta que surge una duda de la
más joven: ¿por qué el lugar está así de abandonado? La respuesta es simple: no
hay turistas intrépidos que se pierdan para recibirlos en ese oasis en medio de
la selva y el mar.
El atardecer estaba por empezar y ese era un espectáculo que
ella no se podría perder, según la otra mujer. Desde un balcón se quedó pasmada
al ver cómo los tonos naranjas de los últimos rayos del sol y las crestas
turquesa del océano se iban uniendo hasta volverse inseparables. La oscuridad aún no aparece y Milene se siente
atraída por ir a la playa a caminar.
Desea ir sola y no encuentra respuesta contraria: sólo una
sonrisa cálida y sincera, seguida de un “Pero vuelve para cenar”. Nuevamente se
encuentra caminando en las calles del pueblo, entre casas viejas y miradas
discretas desde las ventanas. La playa está a escasos minutos y no pasa mucho
antes de que sus tenis comiencen a hundirse en un arena suave y oscura.
Tal vez un momento de calma y soledad era todo lo que
necesitaba, pero ahora no lo sabe. Camina en el borde en donde las olas rompen
tranquilamente hasta que una, extrañamente violenta, le salpica las piernas. El
pueblo comienza a verse lejos y en su lugar hay enormes campos de palmeras,
cargadas de cocos. Nadie se preocupa demasiado de la abundancia: la dejan ser.
Milene traza su nombre en la arena seguido de un corazón un
poco deforme. Desea con todas sus fuerzas que alguien le tomara fotografías en
ese lugar: es, sin duda, un mejor escenario que el espejo del baño. Recuerda
algunas cosas que la hacen sonreír y observa como una parvada de pelícanos se
zambullen en el océano para salir con peces grandes o volverlo a intentar.
Nunca se rinden: saben que lo que buscan no dejará de estar ahí, aún si el
flujo de las mareas se vuelve inusual.
Ella tiene muchas dudas sin respuesta aparente; muchas
sonrisas falsas y lágrimas reprimidas. Quisiera sentirse comprendida por una
vez, quisiera aunque sea inventar quién es ella misma. Nadie la escucha y no
habla lo suficientemente fuerte. Piensa muchas de esas cosas mientras observa a
los cangrejos jugar y esconderse entre los interminables agujeros de la arena.
A la distancia se observan unos extraños árboles, altos y de
hojas oscuras. A Milene le causa curiosidad y decide terminar su caminata
vespertina ahí. Pareciera que el cansancio hubiese desaparecido y se mueve con
mayor rapidez, imaginando en su mente su canción favorita. Le gusta sentir el
viento revolviendo su cabello y ver su reflejo en las diminutas marismas
cristalinas.
Los árboles resultan ser pinos y la puerta de entrada a un
bosque. El misterio invade el ambiente y causa en Milene una sensación de temor
y fascinación. Parece inaudito e incoherente encontrar ese lugar a orillas del
mar, en pleno clima tropical. “¿Y si todo esto es un sueño?” piensa. Los
pellizcos no dan resultado.
Luego de mucho pensarlo, decide averiguar qué hay dentro de
ese lugar. No encuentra nada más que los pinos, fijos como eternos centinelas
mirando al océano. Ella no sabe cómo llamar al silencio y paz que encuentra
ahí, a la sensación de dudar de la propia realidad: le llama magia. En el
jardín de niños le decían que en la costa había palmeras y no pinos.
“Nada está definido a ser de una sola forma” piensa ella. Se
sienta, recargada en un árbol, y comienza a mirar como la oscuridad finalmente
aparece. Las estrellas comienzan a aparecer acompañadas de una luna en cuarto
menguante. Y las olas continúan su paso infinito: hermoso y constante.
Milene recuerda y desea olvidar que marcó mal el número de
sus padres, porque huyo de ellos. No quiere que la busquen aunque sabe que su
nota de escapatoria es insuficiente. Tiene miedo de lo que será de sus días a
partir de ahora. Mira los pinos y sonríe entre lágrimas: se siente como ellos,
felizmente incoherente.
Cuando se incorpora para emprender el camino de vuelta, se da
cuenta de que detrás de ella está la mujer que la había recibido en su casa. Sin
más, ella le dijo:
-No hay tormenta eterna, mujer. Tan sólo nos queda la vida.

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