Astillas de Cuba (Parte 2)
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La omnipresencia de los
héroes de la revolución cubana es más evidente, de forma obvia, en la Plaza de
la Revolución. Alejada ligeramente del centro de la ciudad, es una explanada
rodeada de edificios. En dos de ellos, hay sendos contornos de retratos del Che
Guevara y de Camilo Cienfuegos, como dioses supervisores de la obra
revolucionaria.
Debajo de cada una de
ellas, hay una cita del personaje. Che Guevara afirma la multicitada frase
“Hasta la Victoria Siempre”. En cambio, Cienfuegos dice “Vas bien Fidel”, en
alusión a un momento memorable en uno de los inmensos discursos de Castro. Entre
ellos ondea una bandera de la isla. Los turistas estadounidenses miran el lugar
con una curiosidad mayor a lo usual. Se toman fotos y contemplan los rostros
gigantescos, tanto con temor como con extrañeza.
Frente a la Plaza se
encuentra el memorial a José Martí, el otro gran prócer cubano que en un
sentido simbólico es casi como un dios de la isla. Su gran estatua blanca está
enfrente de una enorme torre de líneas quebradas que recuerda mucho a la Torre
Juche de Pyongyang en Corea del Norte. El lugar es el punto más alto de La
Habana y es visible desde distintos puntos de la ciudad. El diseño pareciera
evocar al de un faro con muchos ojos.
Debido al cercano 1 de
mayo, distintos puntos de la isla tienen gradas o plataformas propias para los
grandes discursos. La cercana promulgación de la Constitución sigue siendo el
principal tema de la agenda en los diarios cubanos, sobre todo en el Granma.
Los voceadores conservan la tradición que les dio el nombre: informan la
principal noticia mientras caminan por las calles ofreciendo el periódico tanto
a cubanos como extranjeros por igual.
La conversación pública
cubana aún fluye en tonos menores. El temor a que haya espías del gobierno
mantiene atemorizados a algunos, quienes optan por una discreción en su hablar
opuesta al fuerte tono de su voz. Otros, menos avergonzados, hablan con mayor
confianza. La organización política de la isla propicia también que la
ideología esté en todas partes: “En cada cuadra un comité, en cada barrio la
revolución”. El cuerpo es más grande que solo el Partido Comunista.
En algunos otros muros de
la ciudad hay consignas de lealtad absoluta a la Revolución o reivindicación a
Fidel. En otros más, una tercia de personajes históricos sonríe o mira con
fuerza a los ciudadanos como representantes de tres tipos de lucha distinta:
Julio Antonio Mella, Camilo Cienfuegos y Che Guevara. Lucha estudiantil,
campesina y guerrillera: “Todo por la revolución”.
Toda revolución sufre un
desgaste cuando se institucionaliza. El cierre y la relación complicada tanto
con la modernidad y la globalización han provocado distintas manifestaciones
culturales y políticas de todo tipo. Más allá de ahondar en el posible
financiamiento estadounidense a grupos opositores, es difícil de negar que la
sociedad y sobre todo las nuevas generaciones suelen cansarse de la austeridad
revolucionaria y miran con esperanza la aparente luminosidad de otros países.
En Cuba será imposible
encontrar propiamente muros que maldigan a la revolución o de una oposición
política radical. Las rejas de la censura han desarrollado nuevas formas de
creatividad en los artistas cubanos para comunicar mensajes de alta intensidad
sin exponerse al linchamiento gubernamental. Los murales y dibujos entre las
calles son más que expresiones culturales o destellos creativos: muestran a una
generación renovada e inquieta que quiere respirar fuera de la caja.
La combinación de motivos
propios de la cultura cubana, tanto ancestrales como modernos, se encuentra con
referencias extranjeras provenientes tanto de otros países americanos como de
naciones asiáticas. La lenta y tenue apertura al internet ha puesto en contacto
a los cubanos, con sus limitaciones, con la gigantesca era de la información y
de la imagen. Ellos encuentran canales y voces en otras partes del mundo. Los
escuchan, son escuchados. Lo saben: el aislamiento es político, no cultural.
* * *
Los automóviles cubanos
que datan de hace casi 50 años son ejemplo de la cualidad que permitió la
supervivencia del ser humano: la improvisación. Su coraza conserva los colores
y estructura con que fueron fabricados en tierras estadounidenses. Pero en el
interior y el motor tienen piezas modernas, la mayoría provenientes de países
asiáticos. De esta forma, pueden contar con un moderno estéreo para escuchar reggaetón, mientras que el turista puede
ingenuamente imaginar que viaja en una máquina del tiempo.
No obstante, también hay
vehículos modernos; la mayoría de ellos son de la marca coreana Hyundai. Las
guaguas actuales son también de diseño asiático y suelen ir saturadas de
pasajeros. Las filas para tomar el transporte público se prolongan y una
persona puede esperar hasta media hora para abordar.
Los taxis abundan casi
como una plaga, pero su elevado precio propicia que solo los turistas o algunos
cubanos con encargos especiales los usen. El taxista suele ser el que busca a
su pasajero y el precio se negocia antes de subirse. A pesar de que la
transacción suele ocurrir sin mayor problema y con el comentario guiado del
conductor, algunos chóferes no pierden oportunidad en querer confundir al
viajero con el complicado sistema monetario de pesos cubanos y pesos
convertibles.
Los taxistas suelen
mostrar al turista uno que otro punto de interés, además de dar algún consejo
acerca de cierto lugar por visitar. En tiempos en que en otros países el GPS se
vuelve tan indispensable como la gasolina, ellos suelen conocer la traza de las
calles de su ciudad y si tienen duda, le marcan a algún compañero con quien
debaten sobre si tal o cual calle se cruza o no.
El cocotaxi es quizás la
forma más simpática e ingeniosa de transporte. La base es una motocicleta con
un motor considerable, que es cubierta por una estructura circular que asemeja
a un coco amarillo. Los vehículos se mueven con gracia, pero sufren en las
subidas, sobre todo si el turista tiene kilos por repartir. Se rentan por hora
a 25 CUC, y los guías suelen elegir las rutas para el turista con las paradas
que este desee. Van con velocidad desde el Malecón hasta los místicos parques
naturales cercanos.
Cierran la pinza de los
transportes turísticos los bicitaxis, que quedan como recuerdo del brutal
“periodo especial” de escasez. Los ágiles y atléticos conductores impulsan con
un pedaleo constante sus vehículos, se retan unos a otros y luchan por esquivar
baches. Tienen un mayor sentido del humor que los conductores de otros
vehículos y suelen evitar a toda costa a los policías de tránsito porque su
zona reglamentaria solo es La Habana Vieja.
Pese a que el centro de
La Habana no parece tan grande en un mapa cualquiera, los ardientes rayos del
sol y la extraña relación del espacio en las calles provocan que las distancias
parezcan más largas de lo que son. El calor y los pies cansados conspiran para
que cualquiera busque un mojito a la menor provocación o algún helado (o gelato) para recuperar la frescura
ocasional que traen las corrientes de viento.
* * *
La Habana Vieja no es una
zona detenida en el tiempo. El reloj y el calendario avanzan a ritmos
caprichosos. Pareciera que la modernidad y el viento erosionan las casas
coloniales, algunas hechas de un material semejante al adobe y otras de una
piedra que parece ser más resistente al embate de los siglos. Es una región de
humedad y bullicio de voces donde no suenan los motores.
No hay sonidos de
motores, pero sí el sonido convergente de muchas conversaciones. Las calles y
callejones conservan los nombres de antaño. El tiempo ha rasguñado las
construcciones y ha dejado heridas a algunas de ellas. Algunas ya están en los
huesos, casi derruidas. Otras, las más cuidadas, conservan los colores
brillantes que juegan eternamente al contraste con el cielo y la gente.
Las casas están vueltas
“solares”, lo que en México conoceríamos como una vecindad. El mismo bullicio
delata la alta densidad poblacional. El repertorio de ropa es público: los
balcones de hierro son usados como tendederos, pero también como puntos de avanzada
donde los habitantes miran la vida transcurrir. Sus miradas proyectan
curiosidad, pero sus oídos son agudos. Ellos miran, pero también se saben
vistos.
El turista es apenas un
insecto extraviado con cámara fotográfica. Los cubanos están más que acostumbrados
a vivir con estos seres repletos de curiosidad que vienen de distintas partes
del mundo y que no dejan de asombrarse por la vitalidad misteriosa de las
calles. Las construcciones rebasan, por lo regular, los tres pisos. El espacio
es estrecho, por lo que parecería ser una zona nublada constantemente.
La composición de
detalles en las calles de La Habana Vieja es prácticamente barroca. Harían
falta semanas y meses para realizar un registro documental suficiente, y aún
así quedaría en duda, porque la cotidianeidad revela detalles espontáneos tanto
visuales como auditivos que no dejan de ser sorpresivos. Siempre habrá una
conversación ingeniosa o una escena contradictoria que despierte la atención.
La calle es vida para los
cubanos. Se sienten tranquilos respirando el aire fresco y mirando las horas
pasar. Los juegos de dominó pueden prolongarse por horas; los jugadores a veces
son tan numerosos como el público que los observa. Otros venden frutas y
verduras en cajas de madera abiertas que recuerdan a pinturas o litografías latinoamericanas
de hace más de dos siglos.
En La Habana Vieja pueden
convivir abiertamente escenas de un pasado que no ha dejado de existir con los
pinchazos de la era del internet. Puede haber un vendedor de frutas o un
pregonero, junto con unos adolescentes absortos mirando Facebook en su celular
o escribiendo mensajes con los flamantes paquetes de datos móviles que
recientemente fueron permitidos. La tradición persiste porque la isla resiste,
aunque el estómago sea una molestia persistente.
A pesar del desgaste de
las calles y construcciones, sería erróneo hablar de un “barrio bajo”. La
delincuencia es escasa a pesar de las dificultades. Muchos cubanos aún confían
en lograr ganarse una moneda del turista a través de la conversación y la
persuasión. Otros se prestan para las fotos amplificando sus expresiones
faciales o diciendo cualquier cosa después de pretender adivinar su
nacionalidad.
Si en verdad el tiempo
estuviera congelado en La Habana Vieja, no podríamos interactuar con el lugar
ni entenderlo. Aún después de 60 años del régimen, nadie sabe a ciencia cierta
cuánto durará este ecosistema social único en el mundo. A pesar de ser un
espacio de tradición y resistencia, es un entorno frágil por las condiciones de
escasez. Ojalá su esencia no esté ligada al estatus político de la isla.
Los edificios restaurados
por los 500 años de la ciudad contrastan con las ruinas habituales encontradas
en muchas calles. La zona muda de piel en algunos puntos que son más atractivos
para los turistas, pero en las demás se conserva el caprichoso y serpenteante
avance del tiempo. Son los bullicios de la cultura cubana los que realmente
pintan estas calles viejas. La música y los aromas nos brindan postales de un
espacio que no sabemos por cuánto tiempo más podremos admirar. Solo los mojitos
y el tabaco lucen realmente atemporales.
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