Arena de Oro
ARENA DE ORO
Nadie sabía qué inspiró al oficial Rodrigo Sotomayor a
dar un paseo nocturno, cuando con trabajos habían conseguido encender una
fogata con restos de madera de cactácea seca. Era cierto que en el desierto solía ser más factible caminar por la noche, pero las estrellas no ayudaban a alumbrar
mucho y los trajes del siglo XVII todavía eran incómodos para recorrer esas
grandes distancias. Pero las órdenes eran incuestionables, así que la pequeña
comitiva de seis hombres armados se movió en dirección al norte. La promesa era
volver a la fogata en un par de horas.
Fueron los caprichos del gobernador de la intendencia
de Durango los que llevaron a Sotomayor y a sus hombres realizar esa expedición
al vecino desierto de Chihuahua. Él pretextaba que los reportes del siglo
pasado de los viajes al desierto para descubrir las ciudades de oro-que habían
fracasado sin resultado alguno-, habían sido falsificados para que el naciente
gobierno virreinal tuviera recursos para sostenerse y ahuyentar a los
cazatesoros. Así que la misión, poco más de un siglo después, era
reencontrarlas.
Seguramente las ciudades estaban en el desierto, para
que los rayos ardientes del sol terminaran con la codicia o ambición de quienes
se dirigían ahí, y eventualmente con sus propias vidas. No era necesario pasar
muchos días ahí para que el calor enloqueciera a los viajeros. Las tribus que
aún habitaban esos páramos se movían constantemente en un peregrinar interminable,
buscando sobrevivir y quizás otra águila parada sobre un nopal en un lago
milagroso indicado por los dioses.
Sotomayor se molestó al saber que tendría que buscar
las ciudades de El Dorado de nuevo, pero fue persuadido por el gobernador de
que la falsificación era comprobable y que el descubrimiento del oro infinito
los llevaría fácilmente a la riqueza. Con tantos recursos, llevarían la capital
novohispana a Durango y el mundo tendría un nuevo epicentro. Las aspiraciones
eran tan grandes como sus sueños.
Los seis hombres que llevaba el oficial eran de su
entera confianza y habían servido a su lado para proteger algunos pueblos de
las incursiones de tribus aguerridas, como los apaches, que arrancaban el cuero
cabelludo a cualquier cristiano. La aventura les pareció un modo de salir de la
rutina y de encontrar riqueza en las gigantescas montañas de arena y páramos
inhóspitos que se extendían más allá de cualquier horizonte.
Pero llevaban un par de meses sin encontrar nada. Los
reportes de algunos viejos sabios que el gobernador tenía presos indicaban la
ubicación en unas coordenadas no tan lejanas, además de desmentir el mito de
que cambiaban de lugar cada año movidas por fuerzas misteriosas. Pero Sotomayor
y sus hombres ya habían pasado hasta cinco veces por el punto elegido sin
encontrar nada. Sus días se resumían en encontrar comida debajo de las rocas,
extraer agua de las gigantescas cactáceas y mascar yuca asada en los momentos
de mayor desesperación.
Después de unos veinte minutos de caminata bajo esa
noche estrellada en donde todo alrededor parecía igual, Sotomayor se tropezó al
dar un paso, y se levantó con gran sorpresa. Con sus manos palpó lo que había a
su alrededor. Eran espigas de oro, que crecían en un campo de cultivo infinito
frente a ellos. Sus hombres se apresuraron a comprobar el descubrimiento y
sonrieron felices entre ellos. Hicieron chocar sus ligeras armaduras y se
abrazaron. Habían hallado el camino a El Dorado.
-¡Llegaremos a Cibolá en poco tiempo! Prepárense y mantengan
los ojos abiertos. Debemos recordar el camino de vuelta con nuestro señor.
¡Demos gracias a Dios! -anunció el oficial.
Siguieron caminando por unos veinte minutos y tomaron
unas espigas doradas caídas que cayeron en una bolsa. Las estrellas alcanzaban
a iluminar ese oro delgado y sumamente brillante, como si hubiera sido pulido
por cientos de años. “Ahora, las estrellas son nuestras” proclamó triunfante
Sotomayor, y sus hombres lo secundaron. A
la proximidad se veía una colina. Cuando llegaron a ella divisaron siete urbes
iluminadas como gigantescos luceros conectadas con grandes calzadas, y
aparentemente desprotegidas.
Sotomayor imaginó las columnas de soldados avanzando
sobre las calzadas, las campanadas de las futuras iglesias y el transporte de
ese oro fabuloso a España, que los pondría en la mira del rey, y que los
harían más poderosos. En América estaba realmente el centro del mundo, de ahí
se expandía hacia la periferia, no al revés. Imitarían un poco a Cortés, pero
serían más listos que él para apoderarse de las ciudades. Sólo faltaba ubicarla
en un mapa.
Pero al descender de la colina, la visión pareció
esfumarse y el camino lucía confuso. Todos se miraban extrañados caminando de
nuevo sobre la arena inclemente del desierto, pero aún conservaban las espigas
doradas en sus bolsas. Había un montón de rocas alrededor. Finalmente
encontraron algo semejante a una nueva vía, pero cubierta de una piedra negra
extraña con pintura amarilla en el centro. Se quedaron a un costado. Sotomayor
pidió perdón por su soberbia. Las estrellas seguían ahí, pero no eran suyas.
* * *
El prisionero del cartel finalmente había confesado y
revelado la ubicación de una caleta en medio del desierto, que le pertenecía al
capo recién asesinado en una emboscada a las afueras de Guaymas. Dijo la verdad
después de haber perdido un trozo de oreja, un par de dedos, fragmentos de piel
y casi un ojo. El “Coctelero”, que había ordenado la tortura, envió a cuatro de
sus sicarios a recuperar la recompensa. Un momento después, ejecutó al soplón.
Los sicarios llevaron una camioneta grande porque el
tesoro parecía ser muy grande, entre columnas de dólares, joyas, alcohol, armas
y oro. Todos sabían que podían llevarse las cosas con mucha facilidad y huir de
su patrón, pero era claro que no llegarían demasiado lejos, y que la propia
policía los entregaría. Así que se dirigieron diligentes al desierto cercano.
La ubicación había sido marcada detrás de una colina de rocas.
Vestidos casi como vaqueros de los western, pero con grandes cadenas de oro
y armas de cartuchos infinitos, llegaron al punto marcado de la carretera y se
estacionaron a un lado. Era un camino local no muy transitado en esas horas,
por lo que no se preocuparon de ser silenciosos. Llegaron con gran alboroto,
escuchando corridos y con grandes carcajadas después de bromear entre ellos.
Al bajar del vehículo, se les borró la sonrisa de la
cara. Vieron a Sotomayor y a sus hombres mirándolos extrañados. Ahí estaban, en
un sitio impensado siete hombres vestidos a las usanzas militares coloniales,
con grandes barbas y rostros quemados por el sol, armados con fusiles
rudimentarios y sables. Los sicarios se miraron entre sí confundidos, pero acto
seguido les apuntaron.
-¡En el nombre de Dios y de Su Majestad! ¿Quiénes sois
vosotros?-gritó Sotomayor, adelantándose a sus hombres.
-¡Chinguen a su madre, pinches disfrazados! Órale, ¡al
suelo!
Pero los españoles permanecieron firmes, y uno de los
soldados disparó su fusil. Los sicarios respondieron con una ráfaga que derribó
a los exploradores y les dejó la cara embarrada en la arena. Pero al
aproximarse a ellos, notaron que no había sangre de sus cuerpos. Saquearon sus
pertenencias, se llevaron lo que juzgaron que eran antigüedades y los dejaron
ahí. Avanzaron hacia el sitio de la presunta caleta, pero no encontraron más
que esa colina de rocas impasible.
Volvieron frustrados a la camioneta luego de unas tres
horas. En el camino dos de ellos jugaban con las espigas de oro encontradas y
veían que había grabados diminutos en ellas. Por lo menos podrían sacar algo de
dinero con ellas, y calmar la ira del patrón. Se encaminaron de vuelta a la
casa de seguridad, después de haber avisado de su fracaso. Se pusieron de acuerdo
para no decir estupideces o incongruencias acerca de lo que había pasado.
De camino notaron que el ambiente desértico cambiaba y
que la arena daba paso a unos grandes campos de espigas doradas. A lo lejos,
muy a lo lejos se veían brillos dorados entre los cerros también. Los sicarios
se miraron confundidos, creían estar alucinando al ver esos campos, pero se
vieron seducidos por ese brillo interminable. El conductor detuvo la camioneta,
contemplaron la inmensidad dorada. Pensaron en sus sueños. Un instante y todos
tenían sus armas afuera. Se dispararon entre sí sin mediar palabra. Los cuatro
hombres quedaron moribundos. El conductor, agonizante, vio que en el costado del camino aún
peregrinaban Sotomayor y sus hombres. Él mismo se dio el tiro de gracia. Las
estrellas seguían ahí.

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