Parlamento de Zopilotes
PARLAMENTO DE ZOPILOTES
Me fui
a la sierra porque deseaba apartarme de la ciudad un momento, y porque quería
encontrar algo de congruencia en mi vida. Hablábamos en la universidad mucho de
defender a los campesinos, indígenas y en general a los habitantes de las
tierras rurales sin jamás habernos ensuciado de lodo o sentido el sudor en un
campo de cultivo. Esperaba sentirme mejor, dejar de pensar que sólo proponía
consignas en el aire mientras vivía con cierta comodidad.
No fue
complicado llegar a estas montañas cálidas, cubiertas de espirales, remolinos y
laberintos de vegetación en intrincados cerros, que sólo dejaban unas pocas
planicies donde se habían establecido desde siglos atrás. El transporte era
precario: las partes del camión chirriaban y se bamboleaban con fuerza en la
carretera con una pésima pavimentación. Iba tomando nota de los paisajes, del
silencio estoico de la gente y su hábito de rezar cada cierto tiempo.
Sus
plegarias tuvieron aún mayor sentido cuando un par de hombres armados pararon
el camión. Pidieron una “tarifa” especial a todos los pasajeros, y al chofer
mismo. Les pagué sin mayor detenimiento unos cien pesos. Noté que además de sus
cuernos de chivo y unos afilados machetes, llevaban una bolsa negra que
mostraban a los que tardaban en entregar el dinero o alguna pertenencia que
tuviera ese valor. Al ver lo que había en el interior, varios pasajeros hacían
una cara de pánico. Algunos, por su pobreza, se quedaron hasta sin zapatos o
morrales. Un hombre detrás de mí le preguntó a otro qué demonios había en la
bolsa:
-Una
cabeza de uno de autodefensas, compadre-le contestó el otro, parsimonioso.
La
visión en mi mente me horrorizó, pero continué mi camino con cierta
tranquilidad. Había venido a la sierra finalmente a darme cuenta de sus formas
de vida, y si la violencia era parte de ello, era importante tener constancia
de ello. Quién sabe qué otros horrores habría de ver en el viaje y tendría que
estar listo. Intenté platicar con mi compañero de asiento, un anciano delgado
con la piel pegada al hueso que miraba a su alrededor con melancolía. No articuló
palabra: me hizo señas de que no sabía español.
Me bajé
en el primer pueblo de esa región de la sierra y me adentré en las calles con
discreción. Algunos ancianos me miraban intensamente desde sus puertas con
cierto recelo y murmuraban. Al lado de las casas había sembradíos donde algunos
niños estaban trabajando. Noté la escasez de hombres jóvenes y maduros. Reinaba
un silencio incómodo, sólo interrumpido por el viento y el sonido de las
herramientas de trabajo. El murmullo que había visto en otros pueblos parecía
muerto ahí.
Esa
tarde comí en el pequeño mercado del lugar unos sopecitos con salsa
verde que devoré en poco tiempo. Me los tuve que pasar con aguardiente de caña
porque en ese momento no tenían agua disponible: nadie había ido aún al pozo
esa tarde y la sed era terrible. La bebida embriagante me produjo un ardor
espantoso en la garganta, pero lo resistí. Intenté entablar una conversación de
nuevo, pero las respuestas eran muy cortantes. Finalmente, esa mujer que me
sirvió la comida me hizo una sugerencia que parecía un secreto: “Vaya a ver a
Don Eustaquio”.
Me
dieron indicaciones de dónde encontrarlo: en la casa más elevada del cerro que
estaba a las espaldas del pueblo. Que me fuera por tal camino, que no se me
ocurriera meterme entre los sembradíos y que estuviera atento de lo que
encontrara, además de no tocar o molestar a los animales. Ah, y nada de fotos.
Seguí las instrucciones minuciosamente haciendo anotaciones en clave cada
cierto tiempo de lo que veía.
Llegué
a casa de Don Eustaquio por allá de las 6 de la tarde. Esperaba ver a un viejo
sabio con quien entablar una conversación y responder mis dudas. Pero no, era
un hombre de unos 35 años. Me recibió con amabilidad, me ofreció refresco (que
parecía un lujo en ese lugar) y me preguntó directamente qué hacía yo en el
pueblo. Le conté brevemente quién era, cuáles eran mis inquietudes e incluso le
mostré mi credencial de la universidad. La miró con curiosidad, alzó las cejas.
-Pues
bien, ¿quieres ver o escuchar lo que pasa? No te ilusiones con que será
sencillo, aquí nadie va a hablar. Les cortan la cabeza, así de fácil; los usan
de abono, de las fosas que están más allá de lo que alcanza la vista. Les han
cortado la lengua sin cuchillo. ¿Qué quieres? Están amenazados. Mejor vete tan
pronto como puedas.
¿Por
qué no pude ser prudente e irme? No lo
sé, algo me inspiró a quedarme.
-No,
Don Eustaquio. Yo quiero conocer, para llevar la verdad de este infierno allá a
la ciudad, para, usted sabe, difundirlo sin comprometer a nadie. Todos serán
anónimos, hasta usted. Me bastará unos días y su apoyo. Volverá la luz al
pueblo.
- ¿La
luz, qué chingados es la luz para nosotros? La miseria sólo ha sido reinventada
en estos pueblos desde que la gente es capaz de recordar. Te ganarás allá un
nombre por tu osadía, pero sólo eso. Nadie vendrá.
- ¿Acaso
no ve algo distinto en mí? De no ser así, ¿por qué me recibió en su casa?
El
hombre reflexionó un momento, asintió con la cabeza, y miró hacia la ventana.
-Bueno,
pues. Quédate ahí. Tú lo pediste.
Se fue
a su habitación de dónde sacó un brasero de barro que tenía incluido un espejo con
una sustancia negra maloliente y humeante. Sin previo aviso, la estrelló en mi
cabeza. Sentí que perdía el conocimiento, pero algo despertó en mí. Sentí cómo
si se me cayera la piel y el cabello. Mi cuerpo se volvió ligero. El aroma se
introdujo en mi cuerpo, todo lucía borroso. Cuando ese trance pasó, ya no
estaba Don Eustaquio, sólo un zopilote que me indicó el camino. Noté que yo
mismo me había vuelto uno y agité las alas. El hombre era un nagual y en ese
momento yo también, sólo por un tiempo.
Volamos
por varios cerros hasta llegar a un risco donde no florecía la vegetación y
había un sinfín de orificios similares a cuevas plagados de murciélagos. Ahí,
en la cúspide había por lo menos otros cincuenta zopilotes, casi pegados con
los otros que aleteaban constantemente. Algunos alzaban el vuelo y otros
volvían. Parecía entender su lenguaje, y tener su olfato. Olía la carne
podrida, los huesos, y sobre todo el reciente aroma de la muerte.
El
nagual se paró en medio de ellos y los otros hicieron una leve reverencia con
la cabeza. Me miraron a mí con recelo y dos de ellos se acercaron revoloteando
como gallinas gigantes a atacarme, pero él los detuvo. Les dijo que era hora de
parlamento. Los otros se acomodaron rápidamente y del desorden inicial no quedó
nada. Se ubicaron estratégicamente en las rocas. Todos se miraban entre sí. Me
colocaron a mí al centro.
Los
escuché hablar. Pero no emitían palabras, sólo chillidos y señas casi
teatrales. Me dijeron que estaban gordos, muy gordos y que cada vez volaban con
mayor dificultad. Pero que debían aprovechar ese regalo del cielo de encontrar
tantos cadáveres que devorar, de esa carne humana que no es buena, pero que
llena lo suficiente. Uno de ellos me dio a entender: “Somos los guardianes de
su muerte, no sus causantes”.
Vi sus
cabezas negras, sin plumas, con sangre seca aún sin caer y noté que, en efecto,
estaban más llenos de lo normal. Dialogaron de sus problemas de disciplina para
evitar caer en la tentación de seguir comiendo y sobre todo de que si alguno de
ellos se atrevía a matar para obtener más alimento sería devorado por los otros
en castigo. Parecían entenderse bien. A ratos se dirigían a mí. El nagual les
había dicho que me contaran lo que supieran: los otros zopilotes, esos que no
vuelan, deseaban saber qué pasaba.
Pero
los zopilotes no disfrutan de hablar demasiado, son más viscerales y prefieren
liquidar todas las dudas en una exhibición. Me pidieron que los siguiera en la
profundidad de la vegetación hasta un claro de tierra quemada, con un olor
fétido impresionante. Ahí había todavía más aves devorando restos humanos. Noté
que había personas de todas las edades, pero sobre todo mucha gente que parecía
de la zona. Quizás eran unos cien cadáveres.
Me
dijeron que unos hombres les habían llevado ese festín, y ellos dudaban de si
había sido una ofrenda como en los viejos tiempos ancestrales o si había sido
por deshacerse de ellos. Les dije que era la segunda. Pareció no importarles y
bajaron por un bocado más, sólo uno, si no, no tendrían fuerza para subir de
nuevo al risco. Me quedé con esa visión de estos guardianes de la muerte, que
eran los últimos testigos de una realidad descuartizada.
Volví a
mi forma humana en la mañana. No encontré a Don Eustaquio para agradecerle,
sólo un reguero de plumas negras. Me fui a casa, no quise quedarme más. Valoré
el silencio de los pobladores, y no volví a preguntar. Antes de irme en el
camión de nuevo vi a una mujer con el rostro curtido y arrugado derramar una
lágrima con el rostro inexpresivo. Y esa lágrima se quedó dentro de mí, oscura
y dolorosa como un veneno insoportable. Mi deseo primario al contar esto es que
los zopilotes adelgacen de nuevo, y que las únicas lágrimas entre esas montañas
sean las de los ríos.

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