Copenhague
Los días oscuros no son
infelices, no para ellos. Betsy va recargada en el hombro de Otto, con los ojos
cerrados. Ambos están sentados en un vagón de un tren gris de alta velocidad
que está por arrancar e irse las afueras de la ciudad. Atrás ha quedado el
pequeño paseo por el muelle de Nyhavn, porque el Sol se ocultó demasiado
rápido. Es normal en estos días de invierno. Él ya no siente el frío, pero ella
todavía. Por eso se acurruca con mayor cuidado. No quiere dejarlo ir.
Otto sólo contempla la
escena reflejada en la ventana, como si se tratara de un instante congelado
sobre el que corre el viento. Las personas de asientos cercanos hacen poco
ruido. Se siente más conmovido por esos segundos que por las auroras boreales
de la semana pasada. Le intriga sentir la misma emoción adolescente que años
atrás con ella. A ambos les gusta ser inmaduros, jugar a ser bobos,
sorprenderse con cosas pequeñas y reír sin dar explicaciones.
Copenhague es una
ciudad oscura en los días de frío, iluminada por un montón de luces ecológicas
y con casitas viejas pintadas de colores. Las violentas mareas del Mar del
Norte no tocan el puerto. El lugar es idílico casi todo el año, con escasas
excepciones en los días de fiesta. Los habitantes distan de ser violentos como
sus ancestros vikingos. Varios de ellos provienen de Groenlandia y el Polo
Norte, por aquella catástrofe ecológica del deshielo; se aburren de pescar en
los mercados y de cuidarse de los perros, en vez de los osos polares.
Betsy no se duerme con
el andar relajante del tren. Viene a su mente, por tercera vez en el día, la
forma en que conoció a Otto. Ambos, sin saber del otro todavía, estaban tristes
en el aeropuerto de Frankfurt por no poder encontrar un lugar para vivir en una
Alemania colapsada por inmigrantes, ni siquiera porque ambos tenían antepasados
de ese país. Se conocieron en la fila de expiración de visas temporales que
apenas duraban un par de semanas. Volverían a su país con los recuerdos de una
Berlín vibrante, una nostálgica Múnich y el sabor alucinante de la cerveza en
el paladar.
Ambos se encontraron y
luego de unos minutos de plática, confesaron sus frustraciones y se sintieron
como tontos. Habían seguido sin pensar un sueño que era común en los jóvenes de
su país. Alemania se había amurallado a sí misma otra vez, no había lugar para ellos, pero no querían
volver a casa. La inesperada notificación de un programa de voluntariado en
Dinamarca cambió sus planes. Después de eso, unas cuantas llamadas a sus padres
de “no me esperen en casa” y luego lanzarse a la aventura sin pensar en nada
más.
Tenían miedo, pero
confiaron en el otro. El programa de voluntariado era de conservación ecológica
y ambos, sintiéndose culpables, quisieron dejarlo cada día. El deseo altruista
se oponía a turnos de más de diez horas, entre el frío y el mar, para intentar
retirar basura que estaba acabando con la población de aves de la zona. La
duración del programa era de tres semanas. Conocieron Copenhague esos días. Se
quedaron más por suerte que por voluntad. Enamorados de la ciudad, aceptaron
trabajos pequeños en cafeterías y sitios turísticos.
No se enamoraron a la
primera, a pesar de compartir un apartamento. Se veían como meros compañeros de
viaje y la atracción no parecía fluir entre ellos. Cayeron embobados primero
por los daneses y los vecinos suecos antes de pensar en ellos mismos. Otto le
contaba a sus viejos amigos que Betsy le parecía encantadora pero poco
atractiva. Ella decía algo similar. La diferencia llegó sin avisar. De pronto
ambos se miraban con mayor ternura, tenían más gestos por el otro y parecían
más preocupados por minucias.
Fue Otto quien se
despertó a medianoche, envuelto como tamal en un montón de cobijas, con sudor
frío. No concebía la idea de sentirse atraído por su compañera y sabía que si
se enamoraba, la dulce vida en Copenhague estaba en riesgo. A pesar de que
intentó sacar esas ideas de su mente, fue imposible. Se lo confesó una tarde
nublada mientras ella echaba la ropa a la lavadora. Betsy derramó el
suavizante, las manos le empezaron a temblar. No le dijo nada, pero lo abrazó
con fuerza. El amorío empezó después.
Al recordar eso, ella
se ríe y revela que sólo fingía dormir. Otto sale de sus pensamientos y le
dice: “¿Recuerdas Vor Frelsers Kirke?”. Ella asiente, bromea y lo tilda de
cursi. Él sólo la besa, le cuenta la historia de aquel día entre pequeñas
postales. Era sábado, se habían alejado del centro y paseaban por el tranquilo
barrio de Sankt Annæ Gade. Se sintieron curiosos de ir hacia una iglesia con
una gigantesca torre con un mirador. Él nunca la tomaba de la mano, pero aquel
día lo hizo. Subieron los 400 escalones. Se quedaron abrazados al final,
mientras miraban la ciudad. Reducían el vértigo a besos. Jugaban a que el
viento los tiraría de la torre.
Y como ese día había
habido muchos otros en los dos años que llevaban ahí. Un par de ocasiones
pensaron en dejarse, mudarse de ciudad y continuar con sus caminos. Lo
proponían más por miedo que por deseo real. Sintieron nostalgia muchas veces,
sobre todo cuando el frío les dejaba los pies morados. Deseaban volver a
tierras cálidas un día, pero nunca ponían fecha. Ya conocían la mayor parte de
Dinamarca, y no se aburrían de visitar lugares una y otra vez.
Esta tarde, de regreso
a casa, Otto piensa en anillos. Por primera vez en años pensó en matrimonio y
la idea le inquieta. Su mente le dice que no. Pero cuando mira a Betsy, con su
piel morena vuelta ligeramente clara, su cabello desordenado y la forma en que
sus manos se aferran a su espalda, lo piensa otra vez. “¿Será?” medita él.
Tiene todavía algo de tiempo de para pensarlo. Por lo pronto sólo sabe que la
quiere. Y que los días oscuros sin sol del invierno son más encantadores con
ella.
* * *
Abre los ojos, Otto. No
puedes verme, casi no distingues nada a tu alrededor. Tu espalda engarrotada se
acomoda entre el asiento de plástico. El susto te despierta. Venías muy tarde
de una fiesta y te has quedado dormido en el tren de una ciudad que evidentemente
no era Copenhague. Nadie te avisó antes de que se terminaba el servicio.
Sabes que te queda
esperar hasta las primeras horas de la mañana en que el tren vuelva a entrar en
circulación. Por lo pronto, sólo te queda acurrucarte. Y hace más frío que en
Dinamarca. Sobre todo porque Betsy no está aquí, aunque crees ver su reflejo en
la ventana. No sabes si existe siquiera. Sólo estás tú esta noche, como soñador
olvidado. Y sin ella, los días oscuros
sí pueden ser infelices.
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