Mictlancihuatl
MICTLANCIHUATL
Mictlán I
Maldeciré a aquella que
me deje en silencio, detenga mis pensamientos y me vuelva tan pequeño como
frágil. Si ese momento llega, sabré que todo estará perdido y que me veré
inmerso en una marea que no podré controlar. Pero ese día aún está lejos, ni
siquiera se distingue en el horizonte. Tengo tiempo para respirar, carcajearme,
pensar…mantener un estilo de vida basado en mis placeres y vicios
complacientes. Yo sé que no hay nada después de la muerte. Que todos pecan por
gusto, y se arrepienten por convivir.
Para mí, esto de las
relaciones amorosas es un juego interminable. Me han dicho que soy un maldito
tantas veces que no puedo recordar cuándo fue la primera. Esas mujeres no
entienden la esencia de lo que hago y ven en mí algo irreal. Yo carbonizo todas
sus aspiraciones principescas, las hago polvo y antepongo la brutalidad de mi
sinceridad…pero sólo cuando quiero terminar de jugar. Antes de la realidad
viene la ficción a conveniencia; escucho para después saber qué responder, para
complacer y mantener el control.
No necesito ser güero
de ojo azul para lograrlo. A nadie le importa mi cuerpo realmente. Si se
enamoran de mí es por el oído, no por los ojos. Tengo las palabras perfectas en
el instante preciso: le doy vuelta a mis frases, las vuelvo ingeniosas,
misteriosas, a veces agridulces, sutiles o fuertes sin ser escandalosas. Mi
vocabulario es como un paquete gigantesco de condimentos para todas las
situaciones. Soy el producto de novedad, el ejemplo del hombre que seguro no
existía en este mundo, un poco de consistencia en medio de muchas flaquezas.
Recibo el poder de esa admiración y hago con él lo que me venga en gana. Nada
es al azar.
Los términos de donjuán
y galán están superados, demeritados, ridiculizados hacia una cultura popular
que está por dejar de existir. No recibo un nombre en especial. Vivo en las
palabras, pensamientos e ilusiones ridículas de ellas, pero no en sus buenas
conciencias. Al carajo con los idiotas que usan chamarra de cuero y se creen
muy malos; con los sombrerudos que se creen muy cabrones. Patéticos todos. Se
disuelven en agua, se inflan con aire. Nadie tiene mi capacidad de ser cruel ni
de destruir hasta la raíz. Soy un temor desconocido que estalla en la cara en
el momento de mayor felicidad. Juego porque quiero y puedo. Esa es mi vida.
Olvido sus nombres a
propósito, confundo citas y situaciones a complacencia, recuerdo detalles que
me benefician pero ignoro cumpleaños. Recibo más mensajes de buenos días que el
presidente y veo más corazones en mi pantalla en unas horas que un puberto en
San Valentín. No me interesa llegar a viejo para decir que me acosté con
tantas. El número no importa, pero sí sentirme vivo. Siempre hay tiempo para
llevar al juego al límite y para inducir a otras personas a convertir las
anacrónicas relaciones en una reproducción moderna de Sodoma y Gomorra. Que se
queden monógamos los pingüinos. Los humanos no nacimos para eso.
Al volver de bañarme
encuentro una nota escrita con cuidadosa caligrafía. Antes de leerla, observo
primero ansioso la rebuscada forma de las letras. No sabía que Erika escribía
tan bonito. Pero al leerla, palidezco: “¿Me aceptarás a mí, amor mío? Soy alta,
delgada, sublime…sé que no has conocido a nadie como yo. Y tú que crees que
tienes a tu disposición todos los corazones posibles, gustarás de encontrar el
mío. Sé que temblarán tus piernas, pequeño. De mis ojos jamás te olvidarás.
¿Serás mío?". No está escrito con tinta sino con un extraño polvo blanco
que parece tiza pero huele a yeso. El papel se siente como un hielo. Una mano
toca mi hombro.
Volteo al instante y la
veo ahí, magnífica. Alta figura, de vestido multicolor, velo turquesa. Delgada
hasta lo insano. Me mira pero no veo sus
ojos, me toca pero no tiene piel, huele mi temor sin nariz. Es la muerte
encarnada como en cualquiera de mis pesadillas de niño, pero mucho más hermosa.
Dientes relucientes, felizmente esquelética, huesos opacos, manos largas y
dedos frágiles. No porta una guadaña ni demuestra oscuridad en su vestimenta,
pero sí muestra una sencilla opulencia. Habla sin cuerdas vocales. Su voz es
poderosa, como si proviniera de una caverna y atraviesa los poros de piel.
El aroma del copal que
despide su figura me hipnotiza, me provoca mareo. Se ve más bella todavía
cuando se cubre de niebla. Yo tengo consistencia de trapo, palabras torpes,
súplicas que no salen de mi garganta. Sé que su aparición, por el motivo que
sea, significa el final de la vida. Sé que no estoy soñando y que mis
concepciones sobre la muerte sirvieron para un carajo. Ella ríe a su manera,
acaricia el aire como si fuera su cabello, juega con sus joyas de jade. Domina
la atmósfera, me provoca frío.
Me pide que la toque y
sus huesudas manos llevan las mías a tocar su cráneo, liso y con escasas
porosidades. Mis dedos se quedan fríos, palidecen hasta volverse blancos. Me
llama por mi nombre una y otra vez, fingiendo una voz de amante cautivada. Pero
como no soy capaz aún de articular palabra, me habla al oído. Sus palabras me
hacen caer de rodillas. Ella me toma con sus manos, me sacude de un lado a otro
con ternura, como a un niño pequeño. Del terror paso a sentirme adormecido. No
obstante, sé que cerrar los ojos sería el final.
Lo único que puedo
decir una y otra vez es su nombre, sin poder articular nada más allá. Ella
parece disfrutar. Me arropa con su amplio rebozo, me envuelve entre fragancias
extrañas y desconocidas. De algún sitio saca una botella de tequila e inclina
la botella en mi boca. El licor recorre mi cuerpo y arde como si hubiera
arrojado diez cerillos encendidos dentro. Siento un placer desconocido. Me
siento sumiso, ridículo, pero deseo que me sorprenda más. Exclamo sonidos
extraños como los de un animal.
Ella no es una bruja
como para que me convierta el réptil, pero hace del tiempo y el espacio lo que
quiere. Me deja tendido en el suelo. De sus manos fluye sangre que se seca
segundos después, voces agónicas dando sus últimos deseos, sonidos de choques,
corazones pulsantes que se detienen, respiraciones aceleradas que desaparecen,
casquillos de balas y hojas de cuchillo afiladas. Pero acabada la tragedia,
viene la fiesta. Ahora llueve café diluido, panecillos diminutos, rezos
repetitivos y después una marea de papel picado, velas que forman hileras de
fuego, fruta que llena todo mi piso y comida suficiente para acabar con el
hambre en el país.
Yo sólo estoy en medio,
sin moverme. Mi corazón se acelera a tal punto que pienso que será el siguiente
en llover de sus manos. Ella me alza de nuevo, me pone en pie y me toma de la
nuca. Se acerca a mí. Veo luces desenfocadas de múltiples colores. Con sus
dientes muerde mis labios, los deja morados y brotan delgados hilillos de
sangre. Sus dedos dibujan uno de esos corazones que me envían a diario sobre mi
cuello y luego pasan por mi espalda. En consecuencia tengo un escalofrío tan
brutal que permanezco en el suelo contorsionándome por varios minutos.
"Viene el final,
querido" me dice, sardónica. En un parpadeo estoy en mi habitación, pero
dentro de un ataúd. Hay un montón de gente ahí también, pero todos ellos están
en los huesos también. Algunos visten de forma cotidiana, pero otros de forma
estrafalaria. Hablan y su murmullo es desesperante, inagotable. La música suena
fuerte también, ente mariachi y un grupo norteño. Y ella, La Muerte, está a mi
lado, hermosa, fingiendo que llora. Sus colores resaltan en el lugar. No sé si
temerle o quererla. Desconozco si estoy vivo o muerto. Sólo sé que existo y todos
los que me acompañan también.

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