Niebla Amarilla

NIEBLA AMARILLA

Hoy desperté con humo cubriendo mi cara. Mis ojos secos intentaron derramar lágrimas, pero sólo ardieron. Tosí sin control por varios minutos. Noté que por descuido había dejado la ventana abierta. Ya era de mañana, pero era difícil notarlo. Desde hace muchos días que nadie puede ver un amanecer soleado. La noche muere para dar paso a una oscuridad tenue, inconsistente, de nubes que parecen condenadas a no moverse y a reorganizarse con el escaso viento que de vez en cuando nos llega de las montañas.

No sentía que pudiera levantarme. Mis pulmones se expandían y contraían sin control buscando un poco de oxígeno, el pulso era débil. Pensé que importaba un carajo llegar tarde al trabajo con tal de llegar bien. Sabía que de todos modos el tráfico no me ayudaría; no quería desfallecer sobre el volante mientras una hilera interminable de autos descargaba su ira con sus cláxones. Recordé a mis hijos, que para esas horas se dirigían a la escuela, llevados por su madre. Intenté ponerme en pie más por ellos, que por mí.

Lo que me aterraba de vivir como hombre soltero era que podía morir sin que nadie se diera cuenta hasta después de varios días. Era el precio de la distancia con la familia, que aún vivía en el pueblo y de una ex esposa que se mantenía lo más distante posible de mí. Esa mañana al despertar sentí que mis días estaban por terminar, cuando ese humo me recorrió la tráquea y sentí una espesura negra en todo el cuerpo.

Aquella noche había sido especialmente fría y las cobijas no fueron suficientes. Desperté en varias ocasiones, entre sueños. En una de esas vi que en mi habitación se extendía una extraña niebla amarilla, opaca pero con esporádicos brillos fluorescentes. A veces había silencio, en otras un ruido mecánico agudo que se amplificaba hasta perderse. Mis ojos permanecían abiertos en par, sin pestañear, la mandíbula tensa y una sensación de suspenso inagotable. Puse una pastilla debajo de mi lengua, contra la ansiedad. Me quedé dormido luego de un rato. Una pesadilla me despertó después.

Fue el médico el que me recetó las pastillas contra la ansiedad hace unos meses, luego de despertar en repetidas ocasiones viendo niebla de múltiples colores. Los malditos frasquitos blancos con catorce calmantes eran los farmacéuticos más vendidos de la ciudad. La mayoría los tomábamos y de mala gana por los efectos gástricos desastrosos que producían. La salud se volvió un aspiracional ilusorio, algo con lo que ricos y pobres soñaban a la vez.

La información era poca, pero las medidas preventivas muchas. Una de ellas era cerrar perfectamente todas las ventanas durante las noches, además de hacer ejercicio preferiblemente en gimnasios, modernizarnos para utilizar paneles solares (aunque a nadie le quedaba dinero después de tantos medicamentos), entre otras cosas. Hacía mucho que no escuchábamos el canto de las aves porque se habían muerto o se habían ido. Ya no recordábamos como en otros tiempos la silueta de las montañas próximas.

Los días eran grises por excelencia, pero la gente encontraba formas de entretenerse con la tecnología que jugaba a placer con los impulsos del sistema nervioso. La ilusión reducía la frustración y nadie deseaba hablar del futuro. Fui mucho tiempo parte de ese juego hasta que ya no pude más. Preferí la soledad, el paso lento de las horas, imaginar que las cosas eran distintas y que le enseñaba a mis hijos formas de admirar el mundo en vez de formas de protegerse de él. Mi romanticismo era una cosa rara para la mayoría, algo perfectamente inútil.

Al ponerme de pie di un par de pasos sin sentir las piernas. Prendí la luz: estaban pálidas y verdosas. Luego de unos segundos pude caminar con normalidad hacia el baño donde vi mi reflejo. Mi cara estaba negra como si la hubiera metido dentro de un anafre con carbón. El humo que había visto se extendía por todas partes. Quise activar el aire acondicionado, pero un apagón acabó con mis intenciones. Cada vez se volvían más frecuentes. Cuando se iba la luz, la ciudad entera caía en un letargo en donde la confusión reinaba y nadie sabía lo que ocurría.

Me acerqué a la ventaba abierta, para limpiarla rápidamente con uno de esos productos químicos mágicos. Luego la cerré. Contemplé por unos minutos la ciudad sin luz, envuelta en una creciente penumbra. Entre los constantes sonidos mecánicos se escuchaban algunos gritos, tanto de los electricistas intentando solucionar el problema como de peatones que caminaban errantes. Oí también un par de choques a la distancia. Los helicópteros alumbraban desde las alturas de manera efímera. El aviso dirigido a cualquier dispositivo electrónico era permanecer en un lugar seguro hasta que el problema pasara para evitar más caos.

En ese momento tronó el cielo y un resplandor azulado alumbró la ciudad entera por un segundo. Un gigantesco relámpago azotó un edificio y el estruendo retumbó por todas partes. Le siguieron otros que cayeron más lejos. La tormenta empezaba apenas. La sequía terminó, la lluvia cayó con fuerza. Los primeros minutos las gotas eran amarillas, despedían un olor espantoso. Quizás acabarían con las escasas plantas que quedaban en lugar de alimentarlas.

Pero la lluvia se volvió tromba y dejó de ser amarilla al poco tiempo. Desde entonces han pasado cuatro horas. Abrí las ventanas sin importar que mis cosas se mojaran con tal de que aquel humo se fuera. Olía a concreto mojado, el movimiento de los autos se detuvo y algunas personas corrían por las calles hasta terminar empapadas. Escuché ladridos de perros, algo que no ocurría desde hacía varias semanas. Al fin pude dar una bocanada de aire y la mantuve en mis pulmones como si inhalara el más embriagante perfume.


En estos momentos la tormenta parece detenerse. La esfera infinita de nubes oscuras se ha abierto por vientos más fuertes en sus extremos y ha dejado pasar un poco de luz solar. Se alcanzan a ver fragmentos iluminados de las montañas, extrañamente enverdecidas. Me conmuevo, quisiera tener a mis hijos aquí para mostrarles este regalo inusual de una naturaleza que aún no nos deja morir. Quisiera salir a las calles a correr y reír. Pero temo ser un veneno, más contaminante que humano.



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