El Tiempo de Buen Humor
EL TIEMPO DE BUEN HUMOR
Hubo unos días en que
me fui de la ciudad, lejos, lejos. A Centroamérica con sus fronteras diminutas,
a los colosos de los Andes, a los volcanes dormidos, al centro del mundo en el
Ecuador, sólo porque había pasado demasiado tiempo sin escucharme a mí mismo.
Fueron varios, suficientes para que cuando volviera la gente me contara cosas
raras que habían ocurrido en mi ausencia. Dudé de sus palabras, luego de mis
oídos y finalmente de la realidad misma.
Me contaron que uno de
esos días el tiempo amaneció de buenas. Y nadie hasta entonces sabía que
semejante cosa tenía sentido del humor. Lo supieron cuando el amanecer se
postergó más de lo usual; los tonos rojizos del cielo se prolongaron por horas sin
que el reloj avanzara demasiado. Hubo tráfico como todos los días, pero nadie
llegó tarde a su destino porque los minutos no avanzaban. Todos se miraban
confundidos, como si estuviesen dentro de una gran broma.
Los pájaros trinaban
confundidos, volaban agitados entre las copas de los árboles y los perros
ladraban con rumbo a los cuatro puntos cardinales en el mayor desorden. Los
niños corrían felices, llenos de energía, imaginando cosas en las calles o en
los autos mientras los llevaban a sus escuelas, donde no estaban muy seguros de
si dar clases o tomarse el día por esas circunstancias. Los padres no los
reprendían, sólo los miraban conmovidos.
La gente prendió el
televisor, el radio y navegó por internet para saber qué estaba pasando. Nadie decía
nada al respecto. Los locutores y conductores hablaban sonrientes con palabras
incomprensibles, con la mirada perdida, como si todos hubiesen acordado
drogarse. La cintilla de las noticias transmitía fragmentos viejos de poemas.
Cuando el prolongado
amanecer sucumbió y el día empezó como tal, todos entraron en un estado de
perdición, del cual recuerdan fragmentos mínimos. No hubo horas, ni minutos ni
segundos. Cualquier intento por medir el tiempo se perdía en pensamientos
vagos. Dicen que el tiempo fue deprisa para quienes lo desearon y lento para
quienes lo añoraban. Los que vivían en el tedio sintieron un alivio
rejuvenecedor; los enamorados pasaron el rato hasta que se cansaron y se vieron
tal cual eran.
Los viajes en auto
parecían hechos en avión. Los ríos asfixiados en tuberías de la ciudad brotaron
sin razón alguna en sus cuencas y a nadie pareció importarle. Los semáforos se
portaron de forma caprichosa pero sorpresivamente no hubo accidentes. Y la
gente respiraba tranquila, como si estuvieran en un ocioso día en el campo.
Nadie corría ni estorbaba; todos caminaban con una fabulosa pereza
contemplativa.
Las miradas duraban mucho
el tiempo, la imagen de las pupilas del otro se quedaba guardada en la mente
con un regocijo extraño. La música se ralentizó, las canciones se hicieron muy
largas pero bellas; las pinturas y grafiti, en cambio, se materializaban en
escasos minutos. Hubo una explosión de color a la par de una armonía sonora
dominante. Muchos terminaron salpicados de pintura, con la piel decorada en un
fantástico desorden. Los orgasmos y las caricias fueron como una lluvia de
meteoritos: infinitos, fugaces, incontables.
Las soledades se hicieron
mínimas, suficientes y las ausencias desaparecieron entre parpadeos lentos.
Psicólogos, psiquiatras, médicos, brujos y charlatanes no trabajaron por falta
de clientela. Nadie mencionó la palabra futuro, por lo que no hubo ataques de
ansiedad espontáneos. De pronto los planes previos parecían superfluos,
inconsistentes, posibles pero innecesarios. Las agendas y muchos celulares se
consumieron por combustión espontánea.
Con esos fuegos, muchos
se entretuvieron. Decían que miraban cosas entre las flamas, como si se tratara
de una película interminable que nunca aburría. Lo contemplaron como los
antiquísimos ancestros lo hacían en las cavernas, para ampararse del frío e
inventar historias para inventarle sentido a todo. Algunos, perdidos en las
visiones, lo tocaron. Al sentir la quemadura, ellos creían despertar por
instantes, pero después volvían al ensueño.
Cuando en cierto
momento del día empezó a llover la mayoría no se preocupó por refugiarse, sólo
unos pocos. Decían que a pesar de que la tormenta se escuchaba con fuerza y
unos gigantescos relámpagos brillaban en el cielo, se sentía como una llovizna
ligera, de esas que se quedan en la ciudad cuando hay huracán en la costa. La
sintieron refrescante, permanente y alegre. Bebían, comían y danzaban bajo ese
interminable chipi chipi.
Según me cuentan, nadie
supo cómo terminó realmente aquel día y mucho menos si duró realmente 24 horas
o no. Sólo en un instante ya era el día siguiente y todo había vuelto a la
normalidad. Los primeros días después se sentían tímidos o incómodos de hablar
con los otros de esa experiencia. Al más mínimo comentario sentían una
vergüenza infantil espantosa. Con el tiempo, en las cafeterías, bares,
elevadores y pasillos comenzó el chismerío al respecto. Todos contribuyeron a
crear la historia que estoy contando, que alguien se molestó en compilar y
contarme cuando volví de mis viajes.
Me sentí dudoso de qué
tenían que ver todas esas cosas con que el tiempo estuviera de buenas. La
respuesta era sencilla: el tiempo estuvo a su favor para hacer lo que tuvieran
que hacer y la ensoñación era el placer mismo de conseguirlo. Pero nadie sabía
a ciencia cierta como todo eso había ocurrido. Nadie en el resto del mundo
había pasado por lo mismo y los intentos científicos de explicarlo fracasaron
al poco tiempo por falta de evidencia. Los que persistieron fueron tachados de
parapsicólogos.
Los primeros días
envidié esta peculiaridad que vivieron mis vecinos y hasta los ciudadanos más
cuerdos. Hubiese querido experimentarlo en lugar de andar huyendo al otro lado
del continente. Si les creí fue porque lo juraban con mucha seguridad y porque
sabía que en ciertas cosas la imaginación no les daba para tanto. De todos
modos, tantas personas no podían haberse puesto de acuerdo para joderme. No era
alguien tan importante.
Me preguntó el
carnicero para qué querría que el tiempo estuviera de buenas. Lo hizo mientras
cortaba cuidadosamente mis filetes, sin haberme preguntado nada antes. Le dije
que sólo quería que los días no fueran tan rápido, que me alcanzara la vida
para estar con quien quisiera estar. Me pidió que me dejara de estupideces, que
eso lo podía hacer en cualquier momento. Le creí, me quité el reloj.

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