Un destino perdido (Parte 1)


Eran las 7 de la mañana del sábado 27 de julio. Amanecía en la ciudad de México, era un amanecer como cualquier otro, con pequeños detalles que sólo notaría aquel que admira con detenimiento cada mañana. El aire traía el aviso de un día caluroso y sin lluvia, un tipo de clima que ya tenía hartos a muchos.

 

Y una de estas personas era Alejandro, un joven de 15 años que vivía en un suburbio común y corriente. Pese a que lucía como un adolescente normal, inspiraba sin saberlo una sensación de miedo y misterio a las personas a su alrededor, sólo las personas más cercanas a él sabían discernir entre esta extraña imagen que proyectaba y entre quien realmente era.

 

Apenas la noche anterior, Alejandro se había quedado perdido con sus audífonos y sus pensamientos hasta las 2 de la mañana, cuando finalmente el sueño lo venció. Era su manera de relajarse luego de una semana difícil y confiaba más  en poderse despertar tarde al otro día.

 

Pero el sonido de tres golpes en su puerta lo despertó de súbito, era su madre:

-Alejandro, ya levántate, ya mero salimos.

Alejandro se talló los ojos, soltó un bostezo y se incorporó poco a poco

-¿Salir? ¿A dónde?

-Ya verás, te gustará, vamos fuera de la ciudad y ya sabes que es mejor llegar temprano.

-De acuerdo, está bien, ahorita voy.

 

Alejandro se paró entre bostezos de su cama, vio el desorden de su habitación y se dispuso a elegir ropa, una actividad que no le llevaba mucho tiempo. Eligió una playera color verde con motivos abstractos de un bosque, que tenía la leyenda ‘Forest’. Eligió sus jeans favoritos y sus tenis de uso diario. Se peinó y salió refunfuñando por dentro acerca de la hora. Entro al auto de su padre, un Chrysler Spirit 1991 de color blanco. Y se dirigieron hacia la salida oriente de la ciudad, la carretera hacia Puebla.

 

Sus padres no quisieron hablarle a Alejandro del destino a donde irían, así que luego de preguntar sin respuestas convincentes, Alejandro tomó sus audífonos y volvió a perderse en su música mientras veía un poco de la ciudad en sábado. Había un poco de tráfico, pero no demasiado, por lo que pudieron salir rápido hacia la carretera.

 

Alejandro tenía una curiosa sensación. Sentía que su padre iba demasiado rápido con el auto, pero miraba el velocímetro y no rebasaba los 120 km/h. Y llegaron a Puebla con una rapidez sorprendente, en apenas 1 hora y 15 minutos. Siguieron a ese ritmo inusual hasta Córdoba, Veracruz donde tomarían una desviación a otra carretera que llevaba al sur del  larguirucho estado de Veracruz.

 

-¿Hasta dónde vamos a llegar?- preguntó Alejandro con un gesto de sorpresa, ante el inusual hecho de que estuvieran tan lejos y que ni siquiera fueran las 10 de la mañana.

 

-Ya verás pronto, iremos a un lugar que te gustará, habíamos estado planeando este viaje desde hace tiempo, queríamos que fuera una sorpresa para ti- le respondió su madre mientras comía una manzana.

 

-Vaya que ha sido sorpresa, no pensé que llegaríamos tan lejos-dijo Alejandro con cierto tono irónico.

-Y aún hay más- dijo su padre riendo.

 

Y atravesaron los paisajes verdes y exuberantes del sur de Veracruz, múltiples ríos y montañas teñidas en su totalidad de verde, producto de las intensas lluvias de la temporada. ‘Ojalá lloviera así en la ciudad’ pensaba Alejandro mientras veía numerosos anuncios de lugares ecoturísticos.  Más tarde vería un típico señalamiento verde que indicaba una desviación a Coatzacoalcos, él pensó que era una alucinación.

 

Los paisajes verdes cambiaron un poco, dejaron de aparecer los cerros para que apareciera una planicie verde también, con algunas lagunas y ríos a su alrededor. Las comunidades diferían un poco, era curioso para Alejandro ver las casas pobres entre la naturaleza que se mostraba majestuosa en ese verano. Había personas conduciendo ganado, otras personas sembrando frutas tropicales, algunos retenes del ejército y un múltiple número de nombres de comunidades que atravesaban. Alejandro sentía asombro por lo que veía y sentía curiosidad de conocer más a detalle estos lugares, pero el auto de su padre seguía en movimiento, atravesando de manera fugaz esta región tropical.

 

Y cuando vieron un letrero que decía ‘Termina Veracruz, Principia Tabasco’ Alejandro no pudo contener su sorpresa y dijo:

-¡¿Tabasco?!

 

-Sí, ya pronto llegaremos hijo, sólo espera.

 

Alejandro se recostó en el asiento y pensó ‘¿Acaso están locos’? Unos kilómetros más adelante tomaron la desviación hacia La Venta (zona arqueológica olmeca) y Alejandro preguntó:

 

-¿Así que venimos a una zona arqueológica?

-No sólo a eso, pasaremos a La Venta de regreso, ahorita vamos hacía unas lagunas marinas que están más adelante. Nos recomendaron visitarlas, desayunaremos en un pueblito que se llama Villa Sánchez Magallanes.

-Mm está bien- respondió Alejandro con un sentimiento de extrañeza-.

 

Comenzaron a atravesar los campos llenos de palmeras que anunciaban la cercanía del mar. El aire tenía un aroma peculiar, mezcla de la humedad del clima tropical y del aroma del mar. Encontraron un letrero improvisado que decía ‘Libramiento a Sánchez Magallanes’ con una flecha hacia la derecha. El padre de Alejandro decidió tomar el libramiento y se internaron a un camino rural que cada vez se tornaba más exuberante, lleno de vegetación.

-¿Si es por aquí?-preguntó la madre de Alejandro

-Al parecer sí, aunque el camino está raro-respondió el padre de Alejandro.

 

El padre de Alejandro se llamaba Julián y su madre Lizbeth. Ambos se habían conocido 20 años antes, luego de enfrentar vidas difíciles y estaban dispuestos a compartir sus días, habían vivido muchas cosas y la confianza entre ambos era envidiable. Alejandro siempre se mostraba agradecido con su familia.

Y el camino resultó acabarse en la ribera de un río de aguas rápidas y de un ancho no mayor a 8 metros. Estaba rodeado de una vegetación selvática y el calor parecía amainar en ese lugar.

 

-Vamos a bajar a estirar las piernas y a tomar unas fotos- dijo Lizbeth con cierto entusiasmo.

Julián y Alejandro bajaron y luego de estirarse brevemente fueron caminando, esquivando los charcos de lodo. Había otras dos camionetas, una gris y otra blanca cerca del lugar. Se acercaron al río y miraron fascinados las caprichosas formas de las rocas que se atravesaban entre el río. Y de entre la espesa vegetación salió amenazante un felino, un jaguar de gran tamaño que despertaba con un gran rugido moviéndose con cautela y fijando la vista en ellos. Los tres se paralizaron y la cámara de Lizbeth apenas alcanzó a tomar una foto borrosa.

 

El jaguar se disponía a cruzar el río cuando apareció repentinamente un ciervo de color blanco, como salido de algún gélido paisaje de Siberia. El jaguar lo miró y retrocedió hasta perderse en la selva y el ciervo desapareció también caminando entre la vegetación. Se escuchó un fuerte aleteo y los tres pudieron ver como dos águilas alzaban el vuelo y se alejaban con rapidez.

 

-¿Qué acabamos de ver?-preguntó asustado Julián.

-No lo sé, fue muy extraño, que yo sepa no hay ciervos blancos en una selva y que el jaguar haya huido es aún más extraño.

-Que curiosidades encontramos en nuestro camino. Caminemos un poco más.

 

Pero antes de dar un paso los tres voltearon hacia direcciones diferentes, se sentían observados pero no  dijeron nada al respecto. A lo lejos vieron una pequeña choza, tomaron una foto y siguieron caminando viendo la mística combinación de las rocas, los árboles y la vegetación que se conjugaban en ese lugar, al cual los rayos del sol llegaban filtrados. No sabían a donde iban ni que buscaban, sólo caminaban en silencio, deteniéndose a mirar las tentadoras aguas del río y los rumores de la naturaleza. Estaban fuera de sí, hipnotizados en aquel lugar, hipnotizados caminando y con las pupilas dilatadas.

CONTINUARÁ...


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