A mi espíritu lo capturó el bosque.
El
viento corta la tarde, que se recupera de una esporádica lluvia primaveral y
que ha dejado la tierra cubierta de agua y el viento rebosante de humedad. El
panorama se ha ido despejando y ya se ven a lo lejos los cerros aun cubiertos de
árboles y vegetación, que han escapado de la devoradora ciudad. El Sol ya se
asoma a lo lejos, escapando de entre las nubes.
La
gente no se extraña de nuestra presencia, pues es normal que en un domingo
cualquiera ,algunas personas escapen de los cielos grises para ir a ver los
cielos azules y respirar de verdad. Los que viven bajo el cobijo de los
antiguos árboles no se percatan de esto y sólo aprovechan sus vidas de la
manera en que pueden.
La
comida no es variada, los lugareños siempre ofrecen lo mismo para el gusto de
la mayoría, la gente ríe, respira y busca desesperadamente señal de telefonía.
Para fortuna o desventaja, no hay tal. El bosque y las montañas que han sido
amenazadas tantas veces resguardan su ambiente.
Estos
bosques del sur han sido un poco olvidados y descuidados de la población en
general. Antes causaban admiración y ahora apenas se ven desde el interior de
la gran ciudad, porque los ocultan las nubes de polvo y humo, además de las
telarañas invisibles que mantienen la vista en el suelo y no más allá de la
mirada. Los comentarios lo dicen y el silencio también.
Hemos
ido de visita, a visitar a una persona que escapó a los bosques, buscando
disfrutar su soledad, hasta que la inesperada presencia de su hijo llegó. Los
perros del lugar han alabado su presencia, pues los han liberado de la crueldad
irracional e inconsciente de aquellos a quienes enseñaron que los animales
sienten lo mismo que un mueble de madera. Viven en un pueblo que intenta
hacerse urbano, pero que no puede escapar de su esencia. Viven dónde el
sombrero y la corbata intentan tomar un papel protagónico en el día a día.
Los
cafés corren, la plática también y el
frío comienza a escurrirse por la tarde. Se habla de ideas, de sueños, de
viejos recuerdos, se habla de la muerte con frialdad y a mí me causa un
escalofrío. La madera conserva el calor del día y el calor de los corazones. Me
pierdo mirando fotografías de todo, del país, de la gente y de los grandes
escritores y periodistas a quienes he aprendido a admirar. Y cuando las fotografías
se terminan, miro el deambular de la gente y el como la carretera corta los
senderos de árboles. Una melancolía se apodera de mí.
He
visto esas montañas desde que tengo uso de razón, porque basta caminar unos
cuantos metros para observar la majestuosa montaña que se levanta sobre las
demás, cubierta de bosque de oyamel y pino en sus faldas, y con su punta rocosa
cada vez más árida por los malos cuidados. Se alza en una majestuosa curva
trazada cuidadosamente que culmina en una punta afilada que corta el viento. Lo
relacionan con las águilas, aunque estas aves ya no viven más ahí.
Me
he perdido mirando sus formas y sus relieves, la forma en que el bosque se
acomodó a su estructura y el cómo luce como un eterno vigía de la ciudad. Ahí
conocí la nieve, a mi propia manera, con la misma cara de asalto que expresó
Aureliano Buendía al conocer el hielo. He dejado una parte de mí en ése lugar y
esta tarde me ha vuelto a encontrar.
Soy
un hombre de ciudad y mi familia también. Por lo tanto resulta extraño sentirse
observado y perseguido por los espíritus milenarios de este bosque olvidado.
Las casas de piedra y madera parecen hablar por si solas, parecen ocultar
secretos que desbaratarían a muchos entre gestos de sorpresa, gritos y
suspiros. Parece que en cualquier momento saltará un lobo poniendo en ridículo
el cuento de Caperucita Roja, parece que el bosque respira y habla, aún entre
las más modernas mansiones que los adinerados han construido ahí.
Se
habla de historias y leyendas, se habla de duendes huyendo entre las macetas y
de los perros que aúllan en las noches y huyen de la oscuridad, pero yo no
percibo eso, sólo percibo una esencia que escapa un poco de mi imaginación.
Sólo percibo una magia si se le puede llamar así.
Ha
llegado el momento de despedirse y me siento terriblemente vacío. Siento como
si se me escapara el alma, como si la tierra hubiese absorbido mi espíritu
social y festivo. Siento como la introspección se apodera de mí y vivo en dos
mundos al mismo tiempo. Me despido con la mejor sonrisa que puedo y abordo la
camioneta que me llevará de vuelta a mi refugio en los suburbios.
Me
pierdo de nuevo, mirando la ventana. Veo la gran montaña que luce perfectamente
escalable, que invita a venir, que me hace pensar en el abuelo alpinista que
jamás conocí. Miro los claros del bosque abiertos por cabañas humeantes, rodeadas
de los árboles que forman una muralla. La música suena en mis oídos pero no traigo
auriculares. ¿Será que ése paisaje irradia música?
Mis
recuerdos vuelven a bombardear, me traen imágenes de niño, corriendo o sólo
observando, también de mi perro corriendo como un conejo. Veo algunos oscuros
rostros en la carretera y veo cal derramada sobre un cuerpo gris. El súbito temor
por la muerte también vuelve a aparecer.
El
bosque me está llamando, ahora lo siento. Me llama a que salte del automóvil y
salga corriendo hacia él. Un sudor frío recorre mi piel y dejo de escuchar a mí
alrededor. La melancolía es lo único que prevalece, que domina. Me siento débil
y pequeño. Las montañas se apoderan de mi espíritu en instantes intermitentes.
La
mancha urbana y los edificios vuelven a aparecer y salgo de este estado de
trance, el alma me vuelve al cuerpo pero sigo sintiéndome sólo. Algo falta,
algo necesito…sigo sin sentir nada a mi alrededor. Los intrincados caminos modernos no causan
efecto en mí. Me quedo dormido, con un sueño indiferente y oscilante. El sueño
escapa al llegar mi cuarto, me quedo en la oscuridad pensando en nada y en todo
a la vez. Me siento reflexivo, con
muchas dudas que ni siquiera puedo formular.
La
noche ha caído, vuelvo a beber café pero no sabe más que a agua simple. Me
oculto entre las sabanas y no puedo dormir. No puedo dejar de imaginar
historias y situaciones, no puedo dejar de confrontar ángeles y demonios, no
puedo contar ovejas porque se convierten en venados que corren y escapan…entre
los bosques.
Ahí
está la respuesta. Escapó de mi casa con sigilo y me pierdo en las oscuras
calles, alumbradas por las miserables nuevas y “flamantes” luminarias. Escapo
al Sur, evadiendo asaltantes, carreras callejeras de autos, gritos ahogados,
panteones susurrantes y las sirenas de las patrullas que están donde menos
deben de estar. El cansancio no se hace presente, pues si el alma es
hipnotizada, el cuerpo obedece sin mayor contratiempo. Me caigo tres veces pero
no importa, debo calmar a mi espíritu con mi voluntad.
Llego
a los bosques, cercano el amanecer. Con sudor en la frente, las piernas
agarrotadas y una vaga preocupación por mi mundo normal y cotidiano. Sé que es
normal esa oscuridad apabullante cuando el amanecer está por llegar, pero esto
escapa de lo esperado. La oscuridad invade y sólo puedo ver el contorno de los
árboles, un contorno plateado. NI siquiera puedo ver mis propias manos.
Una
luz muy brillante aparece entre los árboles, pero no siento miedo. Siento
emoción y euforia, sin haber consumido un solo gramo de droga o alucinógenos.
Recibo el mensaje en mi mente…mi curiosidad y mi espíritu me han condenado a
recorrer esos bosques hasta haberlos atravesado y conocido a la perfección.
Pero
también sé que no será una expedición científica ni que saldrá en National
Geographic, en los artículos de media página. Mi expedición será diferente. Puedo
saberlo al ver esas sombras danzando entre los árboles, al ver el fuego rozar
la madera sin quemarla, al ver las luces brillantes recorrer el cielo. Puedo
saberlo con sólo mirar tantos seres rodeándome y saltando a mí alrededor. Soy
un extraño y conocido a la vez. Nadie me encontrará y nadie verá lo que veo
hasta que yo acabe mi misión. No entiendo de causas ni motivos, ni sé si esta
es la famosa otra dimensión. Sólo sé que me he visto obligado a perderme en
este bosque, sin saber por cuanto tiempo, hasta comprender todas las maravillas
que hay en él, ocultas ante los seres humanos de mal juicio. Mi destino es
tétrico pero emocionante, estoy sólo pero acompañado. No importa el número de
pellizcos, es verdad lo que siento, lo que vivo. Es verdad que algunas personas
escuchan mis susurros y mis suspiros y corren creyendo que soy un fantasma,
pero no lo soy. Estoy tan vivo como ellos.
Īsan Rokr
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