Dafne Montufar (Parte 3)

Pasaron los segundos y ella no despegó sus ojos de ese extraño pedazo de papel. Por un momento leyó lo siguiente:

“Don José:
He considerado la idea de enviar a Dafne a Europa, para que esas ideas que tiene desaparezcan y luego regrese a decirme que siempre tuve razón. Será pertinente que se vaya en unos 3 días, a más tardar. Pase a la Hacienda lo más pronto que pueda.
Egidio Montufar”

Esas palabras hicieron que su corazón diera un vuelco. Miró incrédula y sonrió emocionada. Pero algo faltaba. Entrecerró los ojos y los volvió a abrir y se dio cuenta de que había sido una jugarreta de su mente. Pero el papel seguía ahí. Volvió a leerlo y recordó porque fue tal la sorpresa al ver las letras. Esta vez leyó más cautelosamente:

“No sé cuál sea tu bello nombre, por eso no te lo escribo, pero me gustaría saberlo. Hay algo extraño en todo esto. Mi caballo se detuvo a la mitad de la noche cerca del río y no se quiso mover más. Sentí entonces el incontrolable deseo de escribir. Saqué mi pluma y la poca tinta que me quedaba, use como luz la Luna. Te escribo por impulso, desde una parte de mí ser que no conocía y que hoy ha aparecido de esta forma tan extraña. ¿Sabes qué siento? Atracción. Una atracción profunda, misteriosa e insaciable. No sé si tu aroma se escapó con el viento y llegó hasta a mí, ordenándome hacer esto. No sé si en realidad seas una hechicera, que pretende llevarme a la perdición, pero dudo que lo seas.

No te asustes, mi destino era escribirte y el tuyo que lo leyeras . Sé perfectamente que lo leerás, sé que te quedarás en la madrugada en medio del insomnio y que no encontrarás explicación. Sé que tendrás miedo, aunque no debes tenerlo, así como yo no debería temer de mis impulsos de escribir una hoja y sentir deseos de aventarla con el viento. No soy un príncipe de Europa, ni tengo sangre azul. No soy más que un viajero con sangre mestiza y  estoy orgulloso de ello. Ahora que la tinta se acaba, sólo quiero saber una última cosa… ¿cuál es tu nombre? ¿Dónde puedo encontrarte? Probablemente las más extrañas coincidencias conduzcan a un destino ineludible para los dos.
A tu merced
Román Nava”.

Lo leyó una vez más y no pudo controlar el deseo de volver a leer la carta otra vez. La caligrafía era inconfundible. Parecía traído de su sueño, pareciera que esa carta escapara de sus sueños, pero era imposible. ¿Se estaba volviendo loca? Se llevaba las manos a las sienes y no alcanzaba a comprender. Puso las manos sobre el papel de la carta y recordó su sueño. Ahora sentía que tocaba las facciones del jinete con sus fríos y tímidos dedos, sin embargo no veía su rostro. Sólo sentía su imponente presencia. No escuchaba su voz, pero sus palabras reverberan en todo su ser.

Fue entonces que dio por hecho que la carta, la manera en que se escribió y el cómo había llegado hasta ella eran una circunstancia misma del destino. No había explicación,  no parecía coherente que dos personas a kilómetros de distancia sintieran un vínculo aún más fuerte que si sólo estuvieran a centímetros.

Se puso a pensar en el jinete. Según sus observaciones, él era un mensajero, un mensajero elegante sin ser ostentoso.  Un mensajero con personalidad y fuerte presencia. Un mensajero que escribía como un escritor consumado, como si su inspiración fuera tan grande como su espíritu. Un mensajero que se presentaba como un viajero. Sabía que encontrar a un mensajero que escribiera de esa forma, creyera en lo inexplicable y que confiara de esa manera en el destino era algo imposible, algo utópico. Entonces realmente ¿Quién era él? ¿Era un hombre en el exilio que se ganaba la vida con el simplista trabajo de mensajero? ¿Era un espía o un militar? ¿Era el demonio que la estaba tentando en un momento de debilidad? No lo sabía.

Tal y como predijo el viajero, Dafne no pudo conciliar el sueño el resto de la noche.  Acariciaba su cabello y seguía pensando. Daba vueltas en su cama y esta parecía más incómoda que nunca. Vio la noche cada vez más oscura, para luego amanecer y escuchar el trino de las aves.

Dafne no terció muchas palabras ese día con su padre. Lo culpaba indirectamente por su ligera alucinación acerca de que el finalmente accedía a enviarla a Europa. Egidio tomó la actitud de su hija con indiferencia y dedicó el día a supervisar como iba la cosecha y de qué manera podría venderla a los comerciantes de la capital o del interior del país. Su hacienda era famosa por producir frutas, verduras y cereales de gran calidad, sus tierras eran sumamente fértiles.

Dafne dedicó su día a ordenar la biblioteca. Se detenía en ocasiones a leer algún fragmento a leer algún poema. Cada cosa que leía le recordaba al incidente de la madrugada. Guardaba la carta celosamente en su vestido. Si su padre la descubría, podían ocurrir dos cosas: Que la vigilaran las 24 horas del día o que perdiera los estribos y la mandara a un manicomio.

Llegaron las 4 de la tarde. Entonces su día cambió. Ahora ella sentía lo mismo…sentía el impulso de escribir, de escribirle al jinete. Sabía que en parte se estaba volviendo loca, pero se dejó guiar por su instinto.

En un rincón oculto había una mesa y ahí se dispuso a escribir lo que pensaba. Su pluma fluía con una velocidad inusual, como si le dictaran rápidamente, como si su mente gozara de excesiva claridad. Se manchó los dedos de tinta y sin querer, con eso plasmó una parte de sí en su carta. Finalmente terminó y decidió leer lo que había escrito, dejando un poco su estado de trance:

“Román Nava:
Me sorprende la manera en que escribes, en que consigues desaparecer el resto del mundo con tus palabras y tu inusual caligrafía. Me sorprende que me tutees, que no intentes cortejarme con largas y cuantiosas palabras para decir la misma idea. Me has escrito con sencillez, pero tu sencillez es tan compleja y extraña que me resulta encantadora, hipnotizante.

Me pregunto por qué el destino ha actuado de esta manera, porque ha ido en contra de la lógica y de la razón, conduciendo a la locura y a una sensibilidad que no imaginaba. Me pregunto él porque pensaste en mí, por qué tu carta llegó y en si tan sólo me has visto alguna vez o si llevas observándome un largo tiempo y sólo finges que no. Yo te he observado y tus palabras corroboran que no es parte de mi imaginación.

Creía que eras un mensajero, pero ahora me doy cuenta de que no eres un mensajero convencional. Eres mensajero y viajero del destino. Y si te soy sincera, deseo que esas mismas circunstancias hagan a tu caballo enloquecer y cabalgar hacia aquí, hacia dónde estoy. No te permitiré saber mi nombre ni tampoco el lugar donde vivo. Deja que el destino te guié y entonces confiaré en que la realidad es más de lo que ahora pienso, en que verdaderamente debes estar aquí.
Con gusto de escribirte
D.M.”

Dafne se dirigió  hacia uno de los balcones. Esperó a que llegara el viento de la tarde soplando con fuerza y dejó ir su carta. Notó como se perdía entre las hojas de los árboles que arrancaba la fuerza del viento, la siguió con la vista hasta que se perdió después de la ribera del río.

Se dirigió a su jardín, se recargó bajo la sombra de uno de los frondosos árboles y se quedó dormida. Despertó un par de horas más tarde, sin haber soñado nada y con su conciencia un poco más tranquila. Se dispuso a volver a su habitación subiendo las escaleras, pero de pronto se detuvo. Notó que habían abierto la puerta de la hacienda, pero no veía a su padre. Decidió bajar a la entrada y ver que ocurría. Se aprovisionó de una pistola, que escondió hábilmente. El atardecer estaba por llegar.

Llegó hasta el patio principal de la hacienda y escuchó un diálogo sencillo y mundano, entre uno de los capataces y alguien más…

-Hace tiempo que  la Guardia Rural no pasa por aquí, será que al gobernador ya no le importa la seguridad o que los guardias se pusieron a asaltar los caminos que van a la capital- dijo el capataz .

-No sé qué sea peor, que estén o que no estén. Esos cerdos no son más ladrones vestidos de policías, dizque vienen en nombre del gobierno. ¿No será que el gobierno también es así?-.

-De política yo no entiendo hombre- dijo el capataz alzando los hombros-.

Volteó la mirada y los vio. Ahí estaba el capataz favorito de su padre, de nombre Ernesto y enfrente…estaba él. El jinete, el viajero, el hombre que le había escrito en la madrugada.

Vestía un saco oscuro y cómodo con hombreras, una camisa blanca y un pantalón marrón, junto con unas botas lastimadas por el tiempo. Tomaba la rienda de su caballo con fuerza. Parecía joven. Su cabello era castaño y sus ojos profundamente oscuros. Tenía ligeras patillas. Su voz no era estridente, parecía que se movía con el tiempo y que era parte misma del ambiente, era jovial y cálida, como los días en esa tierra.

Román, el jinete, no se percató de su presencia hasta que ella dio más y más pasos. Sus pies se movían en silencio y su vestido sonaba camuflado con el aire. Sentía frío en su piel y calor dentro. Sentía que no era capaz de articular palabra, ni siquiera para ofrecer un saludo. Sus dudas de sus experiencias se disipaban con cada paso.

Finalmente Román volteó y sus miradas se encontraron por primera vez de forma directa. El sostuvo su mirada, dejando que el capataz hablara sólo. Y la miró con intensidad, como si la realidad se mostrara de forma más maravillosa de la que él creía. Ella lo miró y sonrió. Sonrió como nunca. Sus mejillas se tornaron rojizas y sus ojos brillaron. Fue un instante pausado, un instante que los dos sentían que no tenía fin.

-¿Señor Nava?-interrumpió el capataz inoportunamente, se sentía ignorado.

-Dígale al señor hacendado que venga, tengo contratos, una compañía gringa quiere comprar un buen lote de sus productos-.

-Enseguida señor Nava- dijo el capataz que se fue a toda prisa.

Ambos volvieron a mirarse. Ahora Román sonrió también. Se quedaron en silencio un minuto y finalmente Román se decidió a hablar, más naturalmente que nunca:

-Y bien, al final tenías razón, ese mismo extraño destino me trajo hasta aquí. Mi caballo galopó como nunca, me llevó desde el paraje de Santa Elena hasta aquí en unos cuantos minutos. No eres como te imaginaba, eres mucho más hermosa y misteriosa.

Ella sólo respondió con un suspiro.

-Entonces, ¿me vas a conceder el gusto de saber tu nombre? Presiento que está no será la última vez que nos veamos y mis pensamientos necesitan saber a quién van dedicados-.
Ella dio una pausa y movió sus manos dulcemente por su cabello hasta llegar a su cuello. Miró a Román con firmeza y ternura a la vez. Finalmente con una sonrisa resolvió a decir:

-Mi nombre es Dafne…Dafne Montufar-.




CONTINUARÁ…

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