Dafne Montúfar (Parte 5)

Cinco hombres armados. Los tiros cruzaron el aire sin impactar a Román, pero las picas de madera consiguieron alcanzarlo y derribarlo contra el agreste suelo. Trata de alzar la cabeza, pero una bota le presiona el cuello. No puede escapar, está rodeado.
Han revisado su caballo y encontrado pocas cosas de valor. Román no solía cargar con joyas y el poco dinero que llevaba lo guardaba cautelosamente. La montura es lo que llama la atención de los asaltantes, es de un cuero fino y lustrado.

El hombre que presionaba su cuello lo incorpora y le da un puñetazo. Otro se acerca con un machete, con un filo brillante. La muerte está cerca otra vez. Ahora es Román quien es revisado, encuentran su dinero y recibe otro golpe aún más fuerte que lo deja sin aire. Sólo se mantiene consciente por la adrenalina de tener la hoja del machete en el cuello.


-¿Y entonces qué, Mauro? ¿Qué le hacemos a este?-pregunta uno de los asaltantes.-Dejemos que se muera como venía. Sólo.


Un gesto de aprobación. Los asaltantes llevan el cuerpo de Román hasta el barranco y lo dejan caer rodando. Vuelven a disparar una carga de balas en contra de él, se pierden entre la nube de tierra que levanta. Los asaltantes vuelven a lo profundo de la sierra, con un nuevo caballo.
Román despierta. Se encuentra desorientado, no sabe dónde está. Trata de levantarse apoyándose en un tronco. Consigue mantenerse en pie, pero el dolor en la espalda y las piernas lo hace caer de nuevo. Repite el procedimiento y consigue dar pequeños pasos entre la maleza.

Sabe que es mejor descender la barranca y buscar un camino cerca del río. Cuida sus pasos para evitar rodar de nuevo. No tiene nada para sobrevivir y sabe que si no encuentra algo pronto, morirá en cuestión de horas. El hambre y la sed se vuelven obstáculos atroces. Las hileras de árboles en la pendiente se hacían interminables.


Durante horas sólo se guió por la poca luz de luna que caía. Dentro de poco, una luz llamó su atención y se dirigió hacia ella. Sintió sus piernas más libres y no tardó mucho en aproximarse. Las caprichosas luces que cruzaban el cielo lo atemorizaban, al igual que los ruidos, cada vez más profundos.


Descubrió una pequeña choza de piedra, con ciertos tallados en su costado. Una serie de caminos cortaban la maleza y permitían acercarse. Un silencio extraño cortó los ruidos que Román oía en la barranca. La luz que provenía de las ventanas se hacía más intensa a medida que se acercaba.


Román tocó la puerta. La luz desapareció y pronto volvió. Abrió un hombre, envuelto en una túnica gris, de baja estatura, prominente cabello blanco y barba desordenada. Sus ojos eran profundos, de color esmeralda. En un instante observó a Román.

-Pase, pase adelante señor Nava. Siempre hay lugar para los viajeros perdidos y errantes.


Román hizo un gesto de asombro y estuvo a punto de correr. Pero prefirió pasar, ya nada podía perder. El viejo lo hizo sentarse en una silla y desapareció. Sólo llegaba un olor agradable, de cocina en viernes. En las paredes de la choza no había prácticamente nada.

Encontró un libro a unos cuántos metros de él. Lo abrió y sólo vio páginas vacías. Lo cerró, pero algo lo hizo volver a abrirlo. Fue entonces que de entre el papel comenzaron a dibujarse runas, mapas, dibujos viejos y pictogramas. El libro comenzó a pesar, hasta hacerse insoportable.

“Páginas vacías para lo que se escribe ahora, que borra el pasado. Román Nava, nos da gusto verte”. Román ahogó un grito y depositó el libro en el piso. El viejo volvió, sonriente. Cargaba una mesa. Pronto puso en ella un plato de comida y un tarro de pulque.


Román sintió desconfianza, pero su estómago no. Comenzó a comer y se sintió mejor. El viejo sólo lo miraba, curioso. Ninguno de los dos articulaba palabra. En ocasiones, el viejo susurraba para sus adentros. Román no le prestaba mucha atención.


La comida se terminó. Román se atrevió a hablar:-Señor…fui asaltado hace unas horas, me arrojaron a la barranca. Caminé por horas y entonces encontré este lugar. Le agradezco su hospitalidad, pero ¿quién es usted? ¿Dónde estoy?

-Ya lo sé, Román. Sé quiénes te asaltaron, sé lo que viste, lo que temes, lo que aspiras y lo que piensas de mí. No puedes mentir, pues no me puedes ocultar nada. Mi nombre, es pronunciable pero aún temible para muchos. Así nos llaman a los de nuestra clase. Pero eso no importa. Estás lejos, muy lejos y sí escapas ahora te perderás para siempre. Sólo puedes salir, sí yo lo quiero.


-Y ¿por qué usted no habría de querer dejarme ir? Sólo dígame el camino y desapareceré de sus tierras. No quiero ser molestia…

Román no pudo hablar más.


-Volverás a ver a tu caballo, deja de preocuparte por eso. Sólo habré de decirte que te espera un camino difícil. No es que te esperen los caminos de la perdición como habrás de pensar alguna vez, pero sí te esperan más vivencias que querrán acabar con tu vida. No eres cualquier hombre y lo sabes. Tu pasado aún se marca en tu rostro, incluso ella, lo nota y sabes de quien hablo.

Los que asalten tu camino no habrán de acabarse. Lo que hagas con ellos, será lo que haga la diferencia. No llegaste a mí, por haber sido asaltado y estar malherido. Te dije que siempre había lugar para los viajeros errantes y eso eres, porque te asusta el destino, lo que aún no se escribe. Espero que dejes el camino errante atrás, porque la próxima vez que caigas, yo no estaré para salvarte. Nadie lo hará.Román, el amor no te llevará al vacío, ni te hará caer. Serás tú quien lo domine y no él a ti. No pretendo revelar tus más profundos pensamientos al respecto. Sólo te diré una cosa, has encendido un fuego que no habrá de acabarse y del que no podrás escapar. Tú sabrás lo que haces con él.


Las palabras calaron hondo dentro de Román. Se levantó de la silla e intentó que esas revelaciones cayeran en su cabeza. Un destino prodigioso no estaba escrito para él, ni tampoco era el elegido de alguna causa perdida. En cambio, tenía la inventiva de crear su propio destino, todo eso a lo que temía. La idea del fuego inagotable lo confundía.


Se quedó pensando y mirando las estrellas, más abundantes que nunca. Por el cielo corrían también esferas de fuego y volaban grandes aves negras que jamás había visto. Parecía una alucinación, pero él sabía que no era así. Se quedó dormido dentro de poco.


El sonido de una explosión lo despertó. Las estrellas se perdieron y el cielo comenzó a tornarse rojo. Se acercaba el amanecer. El viejo y Román se quedaron mirando el alba. Román preguntó muchas cosas sucesivamente. El viejo únicamente respondió:


-Soy únicamente portador de muchos misterios y secretos, cosas que aún no podrías entender. Conocí a gente que tú quisiste, escribí historias que tú recuerdas desde niño y alguna vez enseñé cosas que las personas olvidan cada vez más. Confía en mis palabras, yo no te revelaré tu destino ni nadie lo hará, más que tú. La fortuna es un consuelo que no dice nada.


Román lo miró y asintió.-Cuándo el Sol ascienda y se encuentre sobre la punta de aquella montaña pasarán por ti. No reveles lo que pasó, podría no ser bueno para ti. Guarda lo mejor de esta experiencia y continúa tu camino, Román.


-Gracias, maestro-dijo Román, sin ser muy consciente de sus palabras.


Y en efecto, cuando el Sol cruzaba la punta de una montaña gris y lejana, una partida de gente a caballo apareció. Román los reconoció. Eran el inversionista Dwight Preston, dos escoltas, un compañero mensajero y su caballo…montado por alguien más.


Su compañero lo vio y miró a los otros jinetes, incrédulo. Descendió del caballo y se acercó a Román. Román se puso en pie y se saludaron, su compañero le dio un abrazo y sonrió.


-¡Vaya, hombre! Todos te daban por muerto y mira, apareces vivo en pleno camino. Debes conocer los caminos mejor que los arrieros.

Román le dio una palmada en la espalda y no dijo nada. Saludó a Preston y a los escoltas. El hombre que montaba su caballo alzó la cara y Román sintió que sus entrañas se consumían. Era el jefe de la banda de asaltantes. Pero algo lo detuvo y contuvo su ira.


En el pueblo más próximo le consiguieron un caballo. Le contaron que su compañero había sido enviado a suplirlo, luego de haber sido notificados que había caído en el camino. Alguien dio la voz de que había muerto. Y así el rumor había crecido.




El día siguiente sería la cena de Egidio Montufar. Tendrían que apresurarse. Román no sabía que creía Dafne con los rumores, pero sabía que tenía que llegar. No había más.


Dafne vivía esperando que fuera sábado. Incluso se mostró menos agresiva con su padre que de costumbre y dedicó sus días a cosas distintas. Escribía cosas para luego romperlas. No encontraba las palabras que quería para Román.


Su padre le comentaría, en una comida:-Y que al mensajerito ese, se lo cargaron. Eso andan diciendo. No llegó a dar mi mensaje y se perdió por ahí. Pobre, sí sabía de estos caminos olvidados de Dios.


Dafne apenas y pudo seguir comiendo. Los días pasaron a estar llenos de angustia y tristeza. El destino de Román era incierto y a nadie parecía importarle. La noticia se olvidó en unas pocas horas para su padre y al parecer sería lo mismo con otras personas, incluso el propio Dwight Preston.


Ella quería ir a buscarlo, aunque sabía que probablemente tampoco volvería del fatídico viaje. La adrenalina le hizo olvidar riesgos y comenzar a planear su búsqueda. Tendría que ser después de la cena, cuando la vigilancia se hiciera más débil. Para Dafne, Román no podía estar muerto.


Los preparativos para la cena fueron fastuosos. Se preparó un festín. Llegaron barriles de pulque y cerveza europea de importación, junto con varios vinos. Prepararon comida de todas las carnes posibles. Invitaron a cuanta gente importante hubiera en la región. “Habrá que impresionar al gringuito” pensaba Egidio.

El motivo de la celebración era en primera apariencia la llegada del capital del señor Preston a la región, que era visto como un remedio mágico que curaría los males de la región. Nadie habló de los contratos y nadie pensó que existiese mayor ambición de parte del norteamericano. La hospitalidad tenía que brillar.





El día de la cena llegó y los festejos comenzaron desde la tarde. Los invitados comenzaron a llegar desde las 6 de la tarde. Se preveía que el atardecer llegaría antes de lo previsto y los invitados pretendían llegar con luz de día. El casco de la hacienda lucía más adornado que nunca y las bebidas corrían por todas partes.


El estilo afrancesado del presidente no le gustaba a Egidio. Prefería un estilo rural ostentoso y abundante. Había traído músicos de diversas partes del estado. Inundaban el ambiente con diversas melodías. Era un frenesí.


Dwight Preston y su comitiva llegaron, cercanas las 7. Los recibieron las fanfarrias y algunos tiros de salva, por parte de los militares que habían asistido. El inversionista sonrió alegrado y saludó al anfitrión de la fiesta. Pronto se internaron entre la gente y comenzó el festejo a gran escala.


Román Nava cabalgaba al lado del asaltante. Su caballo lo miraba. El asaltante se mostraba frío y absorto ante la presencia de Román. Ninguno de los dos dijo nada. El asaltante cuidó bien sus armas en todo momento.

Cuando ambos dejaron los caballos, Román se detuvo un momento. Sacó unos cuántos documentos que le había entregado Preston y comenzó a ordenarlos. El asaltante se fue. En ese momento, aprovechó para recuperar sus pocas pertenencias, todas menos su pistola y su caballo. “Ya tendré ocasión” pensó.


Román se adentró entre las personas, con ropas nuevas, buscando a Dafne. No la veía por ninguna parte. Se detuvo a platicar con su compañero mensajero, sin revelar detalles de su noche perdida. Las fiestas le desagradaban. Le traían malos recuerdos.


Finalmente, encontró a Dafne saliendo de un grupo de gente con el que su padre la estaba presentando. Sus miradas se encontraron. Ambos sonrieron, se quedaron impávidos por un momento y luego se acercaron poco a poco entre la gente. Una lágrima se le escapó a Dafne y fue a parar en su hermoso vestido.  


-No, no…no estás muerto. ¡Estás aquí!-dijo ella incrédula.-Te dije que vendría, pasara lo que pasara-dijo él, feliz como no lo había estado en mucho tiempo-ya habrá un momento para que estemos solos, lo prometo. No quiero que don Egidio sospeche, ni tampoco alguna chismosa.-Está bien, Román-consintió ella.

La hora del banquete llegó y la comida no dejo de aparecer en las mesas. Preston, comió como nunca en su vida. Los cocineros habían puesto lo mejor de sí en cada platillo. Ese día no se olvidaría en varios años, como una de las mejores cenas jamás vistas. Desde entonces, Preston despreciaba la comida de Nueva York.

Egidio y el inversionista se retiraron un momento a hablar en el despacho del hacendado. Los invitados y los capataces comenzaron a beber alegremente y pronto terminaron siendo todos compadres. Se les olvidó la posición social, gracias a los mágicos efectos del pulque y la cerveza. Los que bebían vino, se mantenían indiferentes, añorando París.


Fue en esos momentos que Román se apartó de la mesa pretextando ver a su caballo. Dafne se alejó también, mencionando que iría al tocador. Se vieron a lo lejos y con una mirada Román indicó el camino. El asaltante los seguía, con la pistola escondida.

Se encontraron en las caballerizas. Román percibió la presencia del asaltante y supo qué hacer. Tomó una estaca de madera de la caballeriza y la sostuvo. Dejó de caminar. El asaltante se aproximó con pistola en mano. Román dio una brusca vuelta e impactó al asaltante con la estaca dejándolo inconsciente. Recuperó su pistola.

Román tendría la decencia de dejar al asaltante con vida. Lo dejó aún inconsciente cerca del estiércol de los caballos. Ya buscaría una oportunidad de acabar con su vida. Sólo su compañero estaba enterado de su condición de asaltante. El resto de las personas podrían atribuirlo a un pleito de borrachos.


Román liberó a su caballo y encontró a Dafne en la puerta de la caballeriza. Ambos se acercaron y tomaron sus manos. Román atinó a decir:


-Sabes que al menos esta noche, nuestro lugar no está aquí.

Ambos se subieron en el caballo y escaparon hacia los cerros cercanos. Egidio tenía un puesto de vigilancia abandonado cerca de ahí. Se fueron sigilosamente entre el alboroto de la fiesta y la música. Esa noche tenían un lugar a dónde ir, algo que vivir. Conocerse más allá de efímeros momentos. Un tiempo y espacio para los dos. 



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