Ritmo de la Noche

RITMO DE LA NOCHE

¿Te has preguntado a dónde vamos? Ya es de noche.  Apenas han pasado unos minutos luego de haber despertado cubiertos de sudor en un lugar donde el calor amenaza con evaporarnos. Pero este no es un infierno o algo similar. Es un sitio que se regenera cada noche entre voluntades curiosas y atentas que cubren las calles de esta pequeña ciudad joven. No queremos irnos de aquí, ya no queremos volver a casa.

No deseas moverte de dónde estás. Te recargas lentamente en una de las paredes blancas, cruzas las piernas en posición de loto y te dispones a leer el libro que habías pospuesto todo el año. No quiero interrumpirte, ni preguntarte qué haremos mañana. De pronto el futuro se vuelve intrascendente por temor a que no seamos capaces de lidiar con él. En su lugar, te digo que daré un paseo. Volveré con la cena.

Mientras camino por las calles, tengo que secarme el sudor de la frente en varias ocasiones. En las primeras cuadras predomina un silencio que se corta a ratos por el sonido de las televisiones que escapa por la ventana. El único motivo por el que hago esto es para evitar una pereza complaciente que me haga perder la razón. El aire fresco proveniente del mar refresca las ideas, revitaliza el cuerpo.

Es el primer jueves del año. El ambiente festivo recorre las calles. Hay muchas risas, charlas animadas, música suave que resalta las ondas melódicas de la juventud misma. Reconozco a algunas personas que he conocido en el transcurso de estos días, pero no deseo saludarlas de momento. Antes de quedarme ahí, deseo ir un momento a la playa.

El sonido de las olas al romper en la oscuridad me causa cierta incertidumbre. No alcanzo a distinguir las profusas crestas blancas. Camino por una senda de palmeras iluminada con luminarias tenues. Si fijo mucho la vista, pareciera que los surfistas siguen ahí, tanteando con sus tablas los caprichos de la marea alta. Muchas veces he querido imitarlos, pero temo salir ahogado.

A lo lejos se ve un grupo de pescadores con sus redes al hombro que se disponen a pasar su noche en altamar. Van concentrados, nada les hace perder la atención. Se suben parsimoniosos a su bote luego de vadear las olas en un momento de calma. Traté de hablar con ellos un día, pero son hombres de pocas palabras que intentan mantener la formalidad obligada a toda costa, aún en sus anécdotas. No revelan con facilidad algún secreto.

En su lugar encuentro un diario de viaje tirado en el suelo. Me siento en la arena para leerlo, me motiva la curiosidad. Está escrito con caligrafía cuidadosa en inglés. Su narrativa es un tanto confusa. Distingo los nombres de algunos lugares, desde Tijuana hasta aquí. Contiene algunos dibujos de costas y bahías. Alguien se atrevió a hacer un recorrido muy largo. Noto que tiene marcas de quemadura en uno de los costados. Cerca de ahí, hay restos de una fogata.

Antes de volver a leer, alguien me arrebata el pequeño libro con cierta torpeza. Es un güero delgado de mirada confundida. Toma el diario y lo abraza. Algunas lágrimas escurren por su descuidado rostro barbado. Trato de hablarle en inglés, de consolarlo con alguna frase de cortesía. Él comienza a contar su historia. Finjo que lo escucho haciendo afirmaciones con la cabeza, pero en realidad no entiendo nada.

Al final, coloco mi mano sobre su hombro. Él atina a decir un “Gracias, amigo” con acento californiano, y luego se pierde entre la línea de la playa. En mi mano dejo un pequeño obsequio: un cigarro de marihuana. No me apetece. Prefiero dejarlo enterrado en la arena, envuelto en un papel. Dibujo una cruz ahí. Quizás sea el tesoro de alguien.

Mi mente me traiciona. Escucho voces dulces que dicen mi nombre detrás de mí. Al voltear, no hay nadie. Me intimidan y a la vez me causan una sensación extraña. Pienso en los cantos de las sirenas, pero sé que es ridículo. Sólo son mis deseos jugando con mis sentidos, para hacerme creer que no todo lo real es lo que veo.

Para contrarrestar las voces complacientes, recito nombres de chicas que recuerdo. Luego imagino el zumbido en sus oídos, seguido de alguna anécdota. Noto también como al decir cada uno, una silueta a la distancia voltea. En el momento en que más me divierto con esa actividad inusual, una ola feroz me alcanza los pies y me hace tantear mis pasos. Quizás el océano me pide que me calle de una buena vez.

Por tal motivo, decido volver a las calles, con la intención de conocer alguna persona nueva. Los grupos de personas hablan tantos idiomas distintos que no comprendo cómo se entienden entre sí. Mi inglés de juguete no sirve de mucho en ese contexto. Sin embargo, la fiesta tiene un lenguaje universal que me hace presentarme en varias ocasiones sin mayor problema.

Termino, sin querer, bailando entre varios círculos de personas y recibiendo shots de regalo. Es la hermandad de la noche, de la que nadie se acuerda en la resaca del día siguiente. Luego de escabullirme de más bebidas, decido quedarme un momento en la orilla de un club al aire libre. Al lado de mí hay una chica morena que me parece muy familiar.

Ambos nos volteamos a ver. Sólo atino a sonreír. Afortunadamente habla español. Se llama Jessica y viene de una lejana islita caribeña llamada Curazao. Ambos platicamos de nuestros lugares de origen, también de lo que nos trajo aquí. A ella le parece interesante nuestro vagabundeo, aunque debo confesarte que por algún motivo no te incluí en la historia. Odiarías que te negara, pero sólo imaginé hacerlo así.

Diría que ella y yo tuvimos una química inmediata. Ambos tenemos la seductora fragancia de la celebración nocturna. Nos unimos a una de las fiestas cercanas. Ella baila muy bien, me deja un poco ruborizado. Al poco rato, su amiga la saluda, luego la mira con una sonrisa pícara y se pierde entre la gente. Es un gesto de complicidad para algo que quizás no olvidemos.

Los ritmos de la música house se apoderan de nuestros cuerpos. La celebración continúa con euforia y la sensación compartida de que este día podría ser el último. El ambiente nos absorbe. Nos sentimos ligeros e hiperactivos. En un pensamiento soberbio, creemos que este lugar ha sido creado especialmente para nosotros.

Pero en todo ese frenesí, siento una especie de culpa que me inhibe la sonrisa a momentos. ¿Será que te conservo una fidelidad implícita? No lo sé. No imagino cuál sería tu reacción al verme aquí, pero tampoco deseo irme. Dejaré que las cosas fluyan, así como me dijo mi amigo el otro día. Deseo que sigas disfrutando tu lectura o lo que sea que hagas, que vuelvas a dormir tranquila y que no me esperes.


Pero no es tan sencillo. La culpa me persigue todavía. Antes de que intente abandonar el lugar para volver contigo, un tipo ebrio choca conmigo. Al apartarme de él, te miro a la distancia. Ahí estás, bailando con otro gringo menos confundido que el que vi hace rato. Te estás besando con él, tus cejas tienen una expresión coqueta, complaciente. Por instantes, tengo un hueco en el estómago. Jessica me mira extrañada, pero toma mi mano para seguir con el baile. Me río de la ironía y la beso. Ya será mañana.


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