Carnaval
CARNAVAL
Las cartas sobre la mesa
Me dijeron que yo había inventado una nueva forma del
abandono. Me importó poco hasta que comencé a sentir una extraña incomodidad al
estar solo. De pronto el silencio comenzó a ser bastante incómodo y mis pasos
demasiado pesados. Las calles se volvieron de plomo, el aire se envileció como
si fuera atravesado por corrientes de polvo. Y me sentí ausente de algo que no
conocía. Vi mis años marcados en mis dedos, temí por el tiempo perdido y sentí
los bolsillos vacíos.
¿Cómo definir mi propia ausencia?, si jamás entendí qué
representaba mi presencia para los demás. Mis ideas parecían luces
vacilantes que se apagaban en cualquier instante, que cualquiera podía
traspasar mi cuerpo y que era flexible a las intrincadas formas de la ciudad.
Pensé que mis palabras no generaban mis recuerdos, mis caricias eran
reciclables y los daños en los demás eran estelas de miedo ficticias,
llenas de falsos escalofríos y culpas internas.
Pensé mucho en esos días, en la representación de mi
propio abandono y de que quizás después de todo, estaba equivocado. Traté de
tomarlo a la ligera, seguir con mis labores de cada día, beber el mismo rancio
jugo de naranja y de tomar café fermentado por el rápido envejecimiento de las
calles. Hablé lo necesario, lo indispensable. Leí el periódico con tristeza, vi
a familia y comí con ellos cubierto de una pequeña capa de amargura. Luego
sentí dolor.
Y no fue un dolor momentáneo. Una noche, mientras
quemaba promocionales de psicólogos repara-todo en la estufa, pensaba en que
quizás todo se había jodido cuando me abandoné a mí mismo. No hubo que leer
nada, ni escuchar la palabra de algún sabio. El problema era saber en dónde
demonios me había dejado y en qué momento las personas empezaron a parecer
muñecos líquidos. Vi mi rostro de dudosa reputación, marcado con ojeras
permanentes y rayos pardos de sol ocultos en mi piel. Me vi carente de
vitalidad, impotente de cualquier deseo ocioso.
Fue una madrugada llena de escalofríos, aunque era
junio. Muchos gatos callejeros visitaron mi ventana, algunas de mis plantas se
cayeron varias veces y tuve un sueño en el que los murciélagos cantaban más
dulce que los canarios. Me revolvía inquieto entre las sábanas, sudando como
desesperado. Quise gritar que estaba solo, pero no pude. Por unos momentos creí
haber perdido la capacidad de hablar.
En la mañana mi voz seguía normal. Hubo una lluvia
matutina que sólo sirvió para salpicar las calles. Tenía un extraño impulso
violento por romper cosas y vengarme de seres que inventaba sólo porque no
podía golpearme a mí mismo. Me sentí culpable de poder investigar todo, menos
mis propios nudos mentales. Aquel día no tenía que ir a trabajar, así que
decidí dar un paseo a Coyoacán, sin ganas de comer nada ni de ver a nadie más
que mi propio reflejo en los diminutos charcos recién formados.
Caminé por las calles que me llevaban al centro, la
mañana estaba un tanto brumosa. Casi nadie caminaba a mi alrededor. Pisaba las
banquetas quebradas por las raíces de los árboles, cansadas de tantos pasos
cortos o acelerados sobre ellas. Escuché el canto peregrino de las aves urbanas
y aspiré ese aroma de recuerdo quebrado que tienen esas calles. Sentí que después
de mi tránsito sólo dejaba una nube de tristeza insípida.
Pero cerca del mercado comencé a ver mucha gente. Y
ahí, en la marea de personas, vi a Angélica. Pero no se veía cómo la recordaba,
a pesar de que apenas habían pasado escasas semanas de que nos habíamos visto.
Conservaba su piel blanca, su estatura pequeña, pero tenía una sonrisa inquieta
y el cabello teñido de varios colores. Me miró, me sonrió, pero salió
corriendo. Aún a la distancia veía su silueta inconfundible.
Seguí el impulso de ir tras ella sin saber por qué.
Era cierto que esa mujer me había gustado buena parte de mi vida, aún y cuando
sólo sabía su nombre, y que hablábamos de vez en cuando con una amabilidad
inusitada. La soñé una infinidad de veces, en la mitad de un suburbio
neoyorquino o en una montaña andina. Pero fuera de eso, nada me haría seguirla
desesperadamente. Mis piernas habían despertado de un letargo inducido.
Corría y su cabello cambiaba de colores, como las
luces de navidad. Chocaba con muchas personas. Los escalofríos volvieron: los
conocía a todos. El silencio de la calle entre semana se rompió. Nació un
bullicio del pavimento y las banquetas que se proyectó hasta el cielo y las
calles circundantes. Aquello se volvió un carnaval frente a mis ojos
incrédulos. Me llamaban decenas de veces de un lado y de otro por mi nombre,
con voces alegres y desenfadadas.
Ahí estaban mis familiares, cercanos y lejanos. Mis
padres con el mismo entusiasmo que en sus días de primerizos, los tíos y primos
tan chismosos como siempre, los de otras ciudades con sus conversaciones
relajadas que no iban a ninguna parte y con música en sus palabras. Noté que ya
nadie detestaba a nadie, ni se secreteaban o hablaban mal del otro; no se
acordaban de herencias, ni de disputas añejas o futuras. Parecían quererse y me
reconocían alegremente de formas que nunca había visto.
Oía trompetas, percusiones y aplausos alegres.
Angélica seguía corriendo y me sonreía sin chocar con nadie. Veía esos labios
suaves como un durazno, sus ojos de otoño ir y venir entre la gente. Ahí estaban
mis amigos también, platicando entre sí y bailando sin importarles nada.
Bebían, se abrazaban los que eran hippies y los oficinistas, decían que la
alegría era igual a la pena. Los de la infancia dialogaban con mis compañeros
de trabajo. El cielo ya se había
despejado, pero los rayos solares no quemaban.
Escuchaba sus conversaciones y todos hablaban de mí.
Contaban anécdotas y recuerdos, recientes o de muchos años atrás. Sus opiniones
eran diversas, a veces incluso se quejaban de algo mío, pero lo hacían en un
tono alegre. Decían tenerme cariño, se burlaban de momentos ridículos, pero no
me hacían sentir vergüenza. Cuando los miraba por más de tres segundos, me
decían que me perdonaban por el abandono, aún si yo no había dicho nada antes.
Me invitaban a ir y quedarme. Pero Angélica seguía corriendo y no podía
alcanzarla.
La miré, ella retrocedió un poco. El carnaval
incrementaba su ritmo, la gente saltaba con una alegría que probablemente jamás
habían sentido. Angélica reía y su risa era como un amanecer fluorescente, su
voz era vino tinto templado, su cuerpo una sierra joven nacida del diálogo
entre los bosques y la nieve, su cabello los ríos de mil colores teñidos por
las piedras. Noté que la extrañaba sin jamás haber salido con ella. Que me
hacía falta, sin jamás haberla tenido en cuenta.
En ese momento pude alcanzarla y tocar su mano. Me dio
un beso en la mejilla y su piel se sintió cálida como un trago de café en
invierno. Nos fuimos caminando juntos entre toda esa multitud que aún me
hablaba y disfrutaba la fiesta. Platiqué con ellos, reímos y dejé de sentirme
aplastado por mi propio peso. Les preguntaba cosas de mi vida, como un lector
curioso y ellos respondían sin problema alguno. Resolví algunas dudas, pedí
disculpas y por primera vez en mucho tiempo expresé un poco de cariño.
Les pregunté cuando terminaría esto, pero me dijeron
que no sabían y que no tendrían control sobre el final. “La vida es lo que es”
me repetían, una y otra vez. Angélica seguía a mi lado, sus palabras
desprendían canela. Le pregunté de una vez por todas si esto era real. Me dijo
que la realidad estaba dentro y afuera, que la fiesta existía o desaparecía
según mis latidos. Mis recuerdos daban vueltas frente a mí, me sentí ansioso.
Me tendí de rodillas, me agarré con fuerza del suelo y miré al cielo. Ella me
dijo: “Vive, no abandones, que el olvido es la muerte”. Tomé su mano, seguía
sonriendo. Me quedé tendido en el suelo. Coyoacán respiraba en mis oídos, mi
vida estaba en su lugar.

Comentarios
Publicar un comentario