Casa de Muñecas
CASA DE MUÑECAS
Duermes tranquilo porque no sientes el peso de la
ansiedad ni del desconsuelo, porque sabes que tu día te espera con calma para
que hagas las mismas cosas de siempre y te vayas con un par de sorpresas al irte
a dormir. No sueñas nada porque en la calma la imaginación es perezosa, dulce
como un estanque de primavera. La respiración guía tu descanso, que a tu juicio
nunca es suficiente porque la aspereza del aire jamás será tan cálida como el
interior de tu cama.
Algo interrumpe tu vigilia. Son las tres de la mañana.
Sientes un peso adicional en tu cama. ¿Será que te excediste en el número de
cobijas, y ya pesan más que tu cuerpo? Las tanteas con cuidado, aún con los
ojos cerrados, intentas acomodarte de nuevo para volver a dormir, pero no
puedes. Ahora te sientes incómodo, sientes tu piel inquieta, piensas que algo
está mal. Te incorporas con dificultad, aún no logras despertar del todo.
Ahora lo ves, con la poca luz lunar que entra, como si
estuviera envuelto en una nube blanca. Hay algo debajo de tus cobijas y sábanas
que forma un bulto, como una pequeña montaña que emerge de tu cama. Hay un
movimiento sutil que va de abajo hacia arriba: también respira. No tienes
mascotas, los vecinos tampoco tienen gatos traviesos. ¿Qué será? El susto te
hace abrir bien los ojos. Ahí está la madrugada azul y un misterio en tu propia
intimidad que te asusta resolver.
Acercas tu cuerpo lentamente a ese ser que duerme
plácidamente al lado tuyo. Tu brazo se eriza: sientes una cabeza. Es como la de
una niña, se parece a tu sobrina a la que siempre peinan de cola de caballo;
así de pequeña, de suave y fresca. Pero tampoco hay niños a tu alrededor, y menos
en una época en la que ya nadie quiere tenerlos. Piensas, piensas, piensas…nada.
No hay explicación para que una niña se haya colado a tu apartamento y duerma
muy quitada de la pena.
Te alejas un poco, como si eso la hiciera desaparecer
o como si aún estuvieras soñando. Pasan un par de minutos, sigue ahí. Te
decides a levantar las cobijas para mirarla, pero pesan demasiado. Hasta que lo
haces con las dos manos logras quitarlas. Prendes tu lámpara, volteas con
miedo. No hay nada ahí, sólo la superficie blanca de siempre. Respiras
tranquilo, pero algo se mueve en tu cama y sientes nuevamente el peso.
Te aproximas sin pensarlo, sin saber qué decir.
Colocas tu mano y no llega al colchón. En efecto, la cabeza sigue ahí y se
mueve. Una pequeña mano agita tu brazo una y otra vez sin que puedas verla;
luego una risa breve pero profunda. Te levantas de la cama al instante, te
recargas en la pared más cercana. El susto a esas horas puede hacer que te
desvanezcas: el suelo parece moverse, viene un mareo repentino. Ves de nuevo el
colchón: tiene una pequeña zanja en un costado.
Luego su voz: suena como la lluvia sobre la tierra
mojada. Parece decir cosas, pero no entiendes nada; al final, sólo distingues
su risa. Dices cosas, le pides que se vaya. El silencio como respuesta. Te
desespera sentir que hablas con la nada. Vuelves a pensar que es un sueño e
intentas hacer movimientos bruscos para despertar. El resultado es un sudor
frío y viscoso que recorre tu cuerpo. No sabes qué hacer. Si tomas el teléfono,
nadie vendrá a salvarte de una amenaza que todos juzgarán como imaginaria. Si
lo grabas, quizás nada saldrá. Te queda rezar, pero no tienes fe.
¿Qué quieren los niños? “Algo de cariño, ternura,
juegos” piensas. ¿Qué significa tocar la nada? No tendría que haber problema.
Superas tu miedo inicial, te acercas a esa zanja de la cama. Pones tu mano y
sientes un cuerpo pequeño, frío, que a veces tiembla de frío. El contacto dura
unos cuantos segundos, antes de que surja un grito…y no es tuyo. Es agudo,
penetrante, ni tapándote los oídos te deshaces de él. Todo se agita.
Luego risas, muchas risas, no sólo de ella sino de
todas partes a tu alrededor. Pequeñas manos tocan tu espalda, tus piernas, tus
brazos…se cuelgan del cuello. Mientras más intentas quitarlas, más se aferran
con fuerza. Caminas con dificultad, dicen muchas cosas pero tampoco puedes
entenderlas. Parecen demandar tu cariño: las más lejanas a ti empiezan a
lloriquear. Aún no puedes ver nada y te acercas otra vez a la lámpara.
Enciendes la luz. Por toda tu habitación hay formas
vacilantes de colores que se mueven de un lado a otro, como nubes flotantes.
Cuando la luz lunar las toca, se agitan y oscilan de una esquina a otra. Las
risas siguen ahí, los lloriqueos también. Se acercan a tus manos, tu piel se
pone pálida. Te acercas al espejo que tienes al lado del armario: tu piel tiene
manchas blancas, no parpadeas, tus pupilas están dilatadas. En tus hombros hay
un par de pequeñas calaveras grises que se mueven de un lado a otro y te pesan
como bultos de plomo.
Tratas de huir a la puerta pero está cerrada con
varios candados que jamás habías visto. Piensas en romper una ventana y
mientras tanto gritas por ayuda. Al fin la nada se disuelve: distingues a la
multitud de niñas que vienen hacia ti. Algunas parecen gemelas, otras parecen
venidas de partes muy lejanas del mundo y unas tantas más tienen algunas
malformaciones en su cara o cuerpo. Te miran con curiosidad, dan brincos y
revolotean.
Se acercan a ti, te abrazan. Sientes su alegría
mezclada con tristeza, de ellas proviene un aire enrarecido que respiras con
dificultad. Unas lágrimas salen de tu rostro. Te quedas inmóvil, aspiras hondo.
Contemplas sus rostros, que parecen disolverse lentamente, mientras cierras los
ojos y tu cuerpo pierde su peso. Te desmayas, la puerta se abre. En unas horas,
uno de tus vecinos que sale siempre muy temprano a trabajar te encuentra tirado
en el pasillo. Se limita a cargarte y dejarte arropado en tu cama.
Despierta, ya es de día. La luz solar ilumina tu
rostro. Te incorporas con dificultad, te duele todo el cuerpo. ¿Qué sorpresas
te depara el nuevo día? Notas que tu colchón está muy hundido. Hay algo frío a
tu alrededor. Destapas las sábanas y encuentras varios esqueletos pequeños, con
elegantes y dulces vestidos de todas partes del mundo.

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