Te descubriste mintiendo al escribir. Lo recuerdas, hubo un
momento en que se detuvo todo. Y tus palabras eran pocas, salían a cuentagotas,
se morían al entrar en contacto con el aire. Tomar las letras en el papel era
una forma de confesión confiable, sin fallas, para deshacer un poco el nudo
permanente de tu garganta. Lo justificabas, te sentías feliz. Buena terapia,
ahórrate el psicólogo. A tus 17 años la vida se resume en tormentas invisibles
para los otros. Sólo las ves tú.
La sospecha vino desde antes. Te leías y no te entendías. Solemnidad
exagerada en tus letras, el sudor súbito de no tener nada que decir sin recitar
las profundidades del diccionario, las combinaciones artificiosas que parecían
no tener rumbo, datos que nadie recuerda…labios sin oído. Del cielo cae una
lluvia con cierto aroma tropical. Los recuerdos flotan, el orgullo vencido
renace como cada tarde. Censuras tu gracia, condenas la espontaneidad. Todo
bajo las formas o nada.
Pero allá afuera la ciudad transcurre sin preocuparse de ti;
no te cubre en su regazo, no te da las respuestas que esperas. A tus 17 años la
simpleza es todo aquello que no ves; claro para los otros, imperceptible para
ti. Es primavera, tiempo de sequía. Cada año las hornillas solares se encienden
con más fuerza y la gente suda más sin poder evitarlo. El asfalto arde, el humo
es generador de bochorno. Pero hoy llueve sin que nadie lo hubiera previsto. Y
en las calles aparece el bullicio de las almas que corren a cubrirse.
Escuchas el ruido del tráfico como si viniera de muy lejos.
Estás sentada en tu silla favorita sin prender la luz. Hace tan sólo unos
minutos, la luz solar iluminaba sin piedad tu ventana; ahora la oscuridad
nublada alimenta tu pereza. Piensas en él, allá lejos sin sentir las bondades y
maleficios de la lluvia. Piensas que te miente, como nadie, con la pericia de
un genio y el ocio de un príncipe renegado. Imaginas que tu cabello rizado no
le es suficiente, y que sueña con
mujeres talladas por el sol. Que no son como tú. Eso crees. Escribes y el trazo
queda inconcluso.
Afuera tus padres y hermanos, con sus cien ideas sobre ti,
todas contradictorias. Tienen amor, reglas, consejos, aspiraciones de verte de
tal o cuál forma. Quizás un día se rindan contigo, o finjan hacerlo y guarden
una esperanza oculta para ti. Puede que te acepten después de todo, aún si con
el tiempo no te aceptas tú misma. Dices que sus respuestas no importan, pero
cargas con cicatrices y heridas venidas de días atrás. Afirmas que tu silencio
se debe a recuerdos pasados.
Dices que esperabas la lluvia para poder concentrarte y
pensar. Han pasado semanas sin que tu orgullosa brillantez aparezca. ¿Se habrá
ido? Tienes cenizas blancas en las manos y el viento de la lluvia las hace
volar sobre tu pecho y tu espalda. Admites que te gusta un poco tu tristeza,
por la inusual dignidad que te dan los nudos en la garganta. Ríes sin motivos,
porque los motivos se agotan. La vida es frágil en la ciudad, nunca sabes
realmente si volverás.
Los diarios narran tristezas que apenas te tocan. Siempre
puedes cubrirte en tus palacios mentales de hielo y fuego. Aunque en las
últimas semanas has encontrado las puertas cerradas. Y tu cabello no es tan
largo para hacer una cuerda y escalar la pared con tu fuerza de princesa desertora.
El vacío fuera del hogar mental te produce escalofríos y una lacerante ansiedad
que a tu corta edad es una leve ventisca comparada con las tormentas que
vendrán después. O quizás contigo se invierte: viene el caos primero, la paz
después.
Llueve con la furia de un dios hambriento y frustrado. El
bombardeo de agua empapa a los incrédulos, molesta a los parsimoniosos,
despierta a los somnolientos e inquieta a los que esperan alguna persona o respuesta.
Viene el granizo, los vientos helados gobiernan los cielos y dejan un legado de
bolas de unos cuantos centímetros de diámetro que apedrean cabezas necias,
perros desorientados, jóvenes sin paraguas y un montón de vidrios tibios que
terminan estrellados.
Respiras, tus brazos se tensan. Observas de reojo tu reflejo
en el espejo más cercano: la curva pronunciada de tus labios, tu nariz felina,
los ojos pardos y tu piel como arena agitada. Quizás ha llegado el llamado. Le escribes
una carta, las palabras fluyen. Escuchas sus preguntas en tu mente, le cuentas
cosas, confiesas tus impresiones, revives ideas ociosas condenadas al exilio,
haces gala de tus lecturas del Siglo de Oro español y las obras de Shakespeare
a media tarde. Referencias aquí, allá. Él lo debe saber todo.
Le escribes a alguien que no existe, y que vivió cosas que
nunca ocurrieron. Él no miente, porque sabe que es único dueño de su ficción, y
la realidad no esclaviza sus palabras. ¿Lo creaste tú? No, él ya estaba ahí. Su
propósito no era encontrarte: no te esperaba, ni te buscaba. Pero te escribe de
vuelta. Sus palabras son como un viento extraviado que sólo puedes leer en tu
mente. No puedes oler su tinta, y él no puede ver tu rostro. Tú mueres de
curiosidad por sus letras, él por tu imagen.
Tus miedos provocan su ceguera, y su lejanía que no puedas
olfatear sus letras. Entonces queda un vacío que crece. La lluvia prevalece y
te descubres escribiendo la carta número 28 de una correspondencia instantánea
que va y viene sin palomas mensajeras, ajena a las condiciones de tiempo,
fluyendo en las telarañas invisibles donde dialogan los desconocidos. Hubo un
tiempo en que los escritores tenían una nutrida correspondencia, que después de
sus muertes se volvían libros y libros. Piensas que te encantaría que
publicaran la de este día, y de los venideros.
Te descubres mintiendo porque tu solemnidad de yeso viejo
tiembla con el viento y el granizo. La ceniza blanca que te cubre viene de esos
monumentos caídos en tu interior. Las palabras espontáneas te liberarían,
navegarían entre las corrientes urbanas como los corsarios indultados en las
aguas caribeñas. Quizás entonces la distancia sería menor y apreciarías el
inusual olor de la inmaterialidad. Sentirías menos miedo, él podría ver tu
rostro. Luego quién sabe. Aún si caes, pequeña mentirosa, lo único que tienes
son tus palabras.
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