Un destino perdido (parte 3)
Ocenetl los llevó por un sendero fuera del pueblo y
lentamente el aire comenzó a cambiar, conservaba esa sensación de misterio pero
ahora los tres viajeros sentían con fuerza en sus mentes, la idea de que ya no
habría marcha atrás.
-Preparen sus ojos-dijo Ocenetl con decisión- comenzarán a
ver lo que realmente hay aquí, y quizás, si son incrédulos, sentirán ganas de
dejar salir un grito que sólo les hará comprender que lo que ven no es parte de
su imaginación.
Los tres asintieron con la cabeza y se acercaron a un camino
que cortaba una colina. Ocenetl les hablaba de lo importante que era para su
pueblo el cambiar lo posible acerca de ellos mismos, pero dejar que la
naturaleza siguiera su instinto de cambiar por sí misma. En eso Alejandro
volteó hacia la colina y casi perdió la respiración, mirándolo fijamente había
otro jaguar, más grande de los que había visto alguna vez en el zoológico. El
jaguar clavó su mirada en los ojos de Alejandro mientras caminaba, no con miedo
ni con agresividad, simplemente como aquel que ve algo desconocido.
Alejandro sólo alcanzó a decir: “Miren”. El jaguar de un
salto, les impidió el seguir caminando. Todos perdieron la calma menos Ocenetl.
Ocenetl se limitó a agacharse para estar a la misma altura que él, le dijo
algunas palabras y el jaguar se fue, parecía un domador sin látigo.
-¿Qué fue eso?-preguntó asustada Lizbeth.
-Los animales de este lugar no son como los del resto del
planeta, o al menos los que ustedes conocen. Ellos son inteligentes, cuidan su
territorio. Incluso ellos saben que ustedes no son de aquí. Los jaguares
ocultan conocimientos dentro de sí, no de la misma forma que los humanos, pero
nuestro pueblo aprendió como descifrar esa particular manera y ahora hay un
entendimiento mutuo, porque no ocultamos falsedad en nuestros pensamientos.
Siguieron caminando y cuando dejaron atrás la colina, se
internaron en un pequeño bosque. Caminaban con cuidando pisando pequeñas ramas
caídas y sintiendo que la humedad del ambiente se apoderaba de sus cuerpos. Los
arboles eran muy frondosos y espesos. Se escuchaba en lo alto el canto de
algunas aves, cantos que ni el músico más prolífico podría imitar. El camino se
hizo más estrecho en cierto punto, había que pasar cerca de los árboles. Cuando
Julián rozó con su camisa la corteza de uno, recibió como respuesta tres
impactos indirectos que lo habían hecho recargarse contra el árbol, pero sin
ningún dolor.
Los demás y él mismo voltearon y había tres flechas sobre su
ropa, con tal puntería de que habían atravesado su ropa y no su cuerpo.
Alejandro y Lizbeth estaban incrédulos. Ocenetl miró con tranquilidad, intentó
tranquilizarlos y les dijo que no se movieran.
De entre los árboles, con el mismo sonido que el viento mueve las hojas,
salieron 5 seres. No eran humanos, eran demasiado ágiles y demasiado extraños.
Vestían con túnicas negras y marrones, sus pies no eran perceptibles, portaban
arcos de tamaño mediano con un carcaj lleno de flechas. Portaban una máscara
que cubría sus rostros, una máscara oscura que se mimetizaba con la naturaleza.
Ocenetl sacó una insignia, tallada en una piedra verde (que
Lizbeth reconocería como jade) que contenía una escritura antigua y un animal que no pudieron reconocer. Los
seres miraron la insignia y miraron a los viajeros. Así de rápido como
llegaron, se fueron, pero no dejaron de sentirse observados.
Cuando le quitaron las flechas a Julián, Alejandro y Lizbeth
notaron que las flechas estaban talladas en una madera muy fina, la punta no
era de acero, era de un material negro y resistente. Cuando Alejandro miró
fijamente la flecha, notó que ocultas entre las líneas propias de la madera
había figuras, dignas del mejor tallador de madera del mundo.
-Ellos son los guardianes del bosque. No son humanos, son
espíritus. Se dejan ver físicamente porque la sensación de miedo no siempre
detiene a las almas imprudentes. Ellos creyeron que ustedes lo eran. Su
puntería es legendaria. Tenemos amistad con ellos, mientras no destruyamos lo
que ellos aman-dijo Ocenetl mientras caminaba a paso moderado.
-¿El bosque?-preguntó Lizbeth.
-No sólo el bosque en sí, su propia libertad y lo que hay en
él-respondió Ocenetl.
-Señor Oce…One- balbuceó Julián
-Ocenetl-respondió secamente.
-Ocenetl, ¿qué mundo es éste? Usted dice que esto no es
parte de mi imaginación, pero parece obra de una sobredosis de drogas.
Ocenetl rió estruendosamente y respondió:
-No necesitamos de drogas, Julián, supimos preservar la
magia dentro de nuestra propia cotidianeidad. Esa es la diferencia con el
exterior.
No dijeron nada, la respuesta los dejó fríos. De pronto
notaron el final del bosque, a lo lejos sólo se veía el cielo. Caminaron y
notaron que se acercaban a un precipicio.
-Sigan caminando detrás de mí, no se detengan-ordenó
Ocenetl.
Pero al llegar al precipicio Ocenetl desapareció entre la
bruma de una nube. Los demás no supieron que hacer. Sentían el vértigo del
precipicio, mas no se atrevían a mirar por debajo. Notaron que enfrente de
ellos había otro cerro verde con un camino débilmente trazado.
-¡Les dije que siguieran!-gritó Ocenetl. Estaba por debajo
de ellos.
Caminaron entonces y pisaron la superficie de un puente. Era
el puente más raro que habían visto jamás. Era de piedra con un gran decorado
en los extremos. Las nubes ya se habían apartado. Se dieron cuenta de que ahora
la pequeña extensión de bosque parecía una isla. Estaba sostenida por una
superficie de roca estrecha. A lo lejos vieron el pueblo. Voltearon y se dieron
cuenta que el puente atravesaba el curso de un caudaloso río.
El sonido del río era estruendoso. Sus aguas eran rápidas, y
las rocas que se atravesaban en su camino eran bañadas en su totalidad por las
violentas corrientes. Sin embargo las aguas eran de un color azul turquesa, tan
profundo que los viajeros bien podrían perderse mirando esas aguas.
-Tengan cuidado-sugirió Ocenetl- Nadie en su sano juicio se
atrevería a cruzar ese río ni a saltar sobre él. Si las corrientes no los
ahogan, es probable que los seres que habitan ahí o la propia belleza del río
terminarían arrastrándolos a sus profundidades. Y quien sabe dónde acabarían.
-¿Seres? ¿Más allá de peces?-preguntó Alejandro.
-No seas ingenuo muchacho, así como hay espíritus en el bosque,
hay espíritus en el río y algunos otros monstruos que causan terror en los cocodrilos.
Ya tendrás oportunidad de conocerlos después.
Terminaron de cruzar el puente y pudieron ver una gran
montaña. Tenía zonas pobladas de verde y muros sólidos de roca intercalados lo
cual le daba un aspecto sobrenatural. En lo alto se veía una construcción
magnífica. Había torres con grecas y cuatro pirámides rodeando una construcción
de dos pisos. Lucía como un castillo, pero un castillo que recordaba a una zona
arqueológica. Sólo que esta construcción era simplemente magnífica, más allá de
lo que hubiesen visto antes.
Pese a que la construcción aún se hallaba lejos, Alejandro
podía mirarle con un detalle extraordinario. Había esculturas de guerreros, de
animales, de seres que parecían dragones y de seres sobrehumanos. Pero la
escultura del centro, era un jaguar, pero más majestuoso aún que el que había
visto hacia unas horas. Lo vio y sintió un rugido poderoso. Se asustó y dejó de
ver hacia la construcción.
-Mirabas con mucha atención hacia allá ¿verdad?-le dijo
Ocenetl a Alejandro poniendo una mano sobre su hombro- es un lugar sagrado para
nosotros, es un templo. No somos sanguinarios ni hacemos rituales especiales.
Simplemente es un lugar para mostrar al mundo nuestra admiración por lo que hay
en él y cuando vamos ahí, nos encontramos profundamente a nosotros mismos.
También tiene una interesante vista de las estrellas. No es el único lugar así,
pero al menos es el más importante de esta zona. Hay otras maneras de llegar,
pero ya las verán después. Sigamos.
Dejaron el cerro verde desde el cual se veía el templo y
esta vez Ocenetl les ordenó ascender por un paso estrecho, cruzando de un cerro
a otro. El ascenso era en espiral. Mientras subían sin parar, escucharon que la
tierra se estremecía. Una manada de ciervos de gran tamaño, atravesaron el
camino y consiguieron derribar en un par de ocasiones a Lizbeth. Alejandro notó
miedo en sus ojos y sus movimientos.
-Algo los asustó-comentó Ocenetl-es probable que la
oscuridad se haya acercado inusitadamente a nosotros.
-¿La oscuridad? ¿Está por anochecer?-preguntó Julián.
-No Julián, es un decir. Hablo de que algo siniestro asustó
a esa manada de ciervos. Más allá de lo que vi en ellos, presiento que está
cerca algo por lo que haya que temer- respondió Ocenetl.
Ocenetl trató de tranquilizarlos y los llevó a la cima del
cerro. Notaron que no sentían cansancio alguno, se sentían frescos y libres,
como nunca.
-Muy bien, los traje aquí para que vean con claridad dónde
se encuentran. Esta es nuestra tierra, la tierra de La Entrada. Hay cerros, colinas,
bosques y pequeños valles. Allá está el pueblo del que venimos-señaló Ocenetl
hacia la izquierda. Este cerro tiene propiedades de visión extraordinarias.
Quiero que cierren los ojos y vuelvan a mirar.
Lo hicieron y al abrirlos casi perdieron el equilibrio.
-Ahí están los otros pueblos, están más lejos de lo que
creen. Esta es nuestra forma de vida. La naturaleza nos hizo a nosotros y somos
parte de ella. Preferimos vivir en los espacios que ella nos da y aprender a
disfrutar los que ella guarda para sí.
Las montañas lucían surrealistas, los cerros lucían como
desprendidos con la facilidad que se desprende un pedazo de plastilina. El
cielo era en partes azul y en partes violeta. Las nubes tenían una forma
caprichosa. Veían los numerosos ríos y lagos. Parecía un mapa tridimensional
más allá de cualquier tecnología. Notaron que los bosques los rodeaban y
parecían no tener fin. A lo lejos se veían algunos valles, de un verde sin
igual. Y en el horizonte una superficie azul turquesa, oculta por algunos
peñascos de roca sólida.
-Nos dirigimos hacia esos peñascos-dijo Ocenetl como si
hubiera adivinado la dirección de su pensamiento- No tardaremos mucho en
llegar. Ahora será mejor comenzar a descender. Será mejor que la oscuridad no
nos alcance aquí arriba.
Descendieron rápidamente y bajaron a una planicie donde
había árboles de pequeña estatura, era otro tipo de bosque pero no era
frondoso. Lo que lucía era el brillo del pasto, y alrededor de los árboles
había una luz amarilla.
-Quiero que tengan cuidado en este lugar, debemos cruzarlo.
Confíen en lo que les dije y en sí mismos. No podemos detenernos ni dar marcha
atrás. Vamos-indicó Ocenetl.
Y comenzaron a caminar entre esa planicie. De pronto Julián
pisó algo y notó que era un hueso largo, blanco, un hueso humano sin lugar a
duda. Siguió caminando y no comentó nada. Alejandro y Lizbeth se sintieron
observados nuevamente, pero nadie parecía rodearlos.
La luz amarilla se hizo más tenue y notaron que el cielo
perdía su color azul característico y que tomaba un color rojo, demasiado
intenso para un atardecer. Al fundirse con el amarillo daban un tono de
misterio y en especial un sentimiento dentro de los sentimientos de los tres
viajeros: miedo.
Volvieron a perder de vista a Ocenetl, sólo que esta vez no
hubo ninguna nube. Se miraron confundidos pero el miedo no los dejaba hablar. Continuaron
caminando por instinto hacia un lugar donde había árboles secos. En todo su
recorrido no habían visto algo sin vida.
Notaron que un árbol parecía haberse vuelto una silla. Y
sobre la silla había figuras siniestras, de criaturas que helaban la piel con
solo mirarlas, aún si era en madera.
Notaron que había un hombre de espaldas, con cierta
vestimenta que rodeaba su cuello y su cintura, también tenía un faldón de tela
raída. En su espalda tenía un trazo extraño, que a Alejandro le hizo pensar una
sola cosa: asesinar.
El hombre se dio la vuelta y notaron que era Ocenetl, sólo
que su vestimenta en realidad se asemejaba a la de un brujo. Los colores que
teñían su piel eran blancos y negros, y de su cuerpo emanaba un halo rojo. Los
miró con furia. En un instante los rodearon más hombres que parecían
subordinados de Ocenetl. Gritaron juntos. Fue un grito desgarrador, lleno de
odio, que los hizo temblar. Miraron con horror. Los hombres portaban lanzas,
hachas y armas propias de un carnicero.
Se lanzaron sobre ellos y los capturaron con mucha
facilidad. Los viajeros estaban desarmados. Miraron a Ocenetl con terror y
decepción. Su guía había resultado ser un brujo que los atrajo hábilmente hasta
una trampa mortal.
Mientras los llevaban capturados, los viajeros pudieron ver
grandes fogatas y grandes ollas de metal de las cuales emanaba un olor
espantoso. El lugar estaba lleno de huesos por todas partes y al ver comer a un
grupo de esos individuos, notaron lo que eran: caníbales.
Pero más allá del miedo que inspiraban por el simple hecho
de serlo, había un miedo en el aire más duro y debilitador de lo que pudieran
imaginar. Era una sensación de que lo único que los rodeaba eran sensaciones de
miedo y del mal en una de sus formas más puras.
Ocenetl los miró y se burló. Los tres viajeros sentían como
su esperanza había desaparecido y que sus vidas no tardarían en esfumarse de
ese lugar. Perdieron toda confianza y se miraron con pánico. Un pánico que los
devoraba y que los hacía sentir más perdidos que nunca.
CONTINUARÁ…

No necesitamos de drogas, Julián, supimos preservar la magia dentro de nuestra propia cotidianeidad. Esta fue mi parte favorita, (además del giro final que da la historia)por ser una de las características del México Antiguo.
ResponderEliminarEsa era una idea que quería comunicar desde hace mucho y encontré la ocasión aquí (: Gracias por leerme, mañana ya estará la cuarta parte, linda noche ;)
ResponderEliminar