Un destino perdido (Parte 4)
Estaban ya amarrados con improvisadas cuerdas pero que los
apretaban violentamente contra un grupo de árboles blancos y retorcidos, que a
simple vista parecían muertos en vida. De todo su cuerpo escapaba un sudor frío
mientras veían a un grupo de caníbales afilar sus armas. Un hombre viejo, de
gran barba blanca grisácea y de mirada perversa, se acercó a ellos con unos
braseros en los que se quemaban lentamente algunas hierbas. Las hierbas
despedían un olor que aturdía la mente. Lizbeth cerró con fuerza los ojos, los
olores comenzaban a debilitarla severamente.
Pero había alguien que parecía recuperar la calma. Alejandro
había dejado de sudar. En su mente trataba de bloquear el desagradable olor y
de realizar una actividad que se le había olvidado en los últimos minutos:
pensar. Fijó su profunda mirada en lo que había delante de él. Un caníbal, al
ver su mirada, tuvo un arranque de furia y derribó un árbol delgado con su
hacha.
Alejandro trató de hablar, pero no podía. Su garganta estaba
seca y sus cuerdas vocales se mantenían estáticas. Los caníbales parecían comenzar a festejar la
llegada de los viajeros. Lanzaron alaridos, unos se peleaban contra otros y
comenzaron a preparar las gigantescas ollas y una zona seca cubierta de rojo
escarlata dónde seguramente destazaban los cuerpos. El ahora brujo Ocenetl,
pedía calma. Lanzó con furia una invocación al cielo, y en cuanto su voz cesó,
el cielo se oscureció un instante.
Alejandro trató de mover sus manos, pero el intento le
provocó un profundo dolor, físicamente estaba imposibilitado, pero
¿mentalmente? Esa fue la idea que tuvo. Trató de bloquear sus pensamientos de
miedo y pensar en algo de luz. Pensó en el amor a su familia. Dentro de su
mente comenzó a sonar una melodía triste pero dulce que opacaba los ruidos
salvajes de los caníbales. Fue entonces que Alejandro consiguió concentrarse.
En la profundidad de sus pensamientos volvió a ver el bosque verde y exuberante
que habían atravesado y entre la espesura del bosque miró dos ojos brillantes y
amarillos.
Sabiendo que debía ir hacia allá, Alejandro fue hacia los
ojos amarillos. Fue entonces que un jaguar descomunal rugió mostrando sus
enormes colmillos y sus poderosas garras. Era difícil creer que fuera un
animal. Era un jaguar capaz de derribar a un elefante de un zarpazo. Alejandro
lo miró fijamente, fue entonces que notó que pese al poder de ambas miradas,
ninguna se incomodaba ante la otra. Era un equilibrio de fuerzas esplendido que
Alejandro jamás había sentido. Entonces Alejandro sintió en su mente una orden
“Abre los ojos”.
Los abrió. Sus padres ya habían caído inconscientes y tres caníbales se acercaban con cuchillos
oscuros al ritmo de unos gigantescos y estruendosos tambores. La multitud
coreaba enloquecida. En los hombres que portaban el cuchillo había una mirada
de odio. Pero entonces un peculiar sonido se escuchó.
Algo cortó el viento e hizo contraste con los tambores. Los
tres hombres y otros cinco de la multitud cayeron instantáneamente. Se oyó otro
sonido y cayeron otros más. Se produjo una confusión. Los tambores cesaron y
los caníbales sacaron sus armas. Se lanzaron ante la nada, a encontrar aquello
que los había amenazado. Pero los que se acercaron ferozmente, fueron
atravesados por artefactos parecidos a espadas de color blanco. Los atacantes
parecían invisibles.
El jefe caníbal ordenó la retirada, ya que el número de
caídos indicaba que estaban rodeados y que sólo podían escapar por cierta parte
del terreno. Obedecieron rápidamente y se llevaron con rapidez lo que pudieron.
Algunos trataron de llevarse a los viajeros, pero fueron alcanzados antes de
siquiera alzar su brazo. Los caníbales gritaban con furia, el aire de
perversidad absoluta cambió y ahora se había vuelto el puro aroma de la
batalla. Se escucharon voces diferentes, voces fuertes e incomprensibles. Una
de ellas se escuchaba más potente y parecía dirigir a las demás. Estas voces
también inspiraban miedo, pero no parecían precisamente perversas.
Lizbeth y Julián despertaron de su letargo, Alejandro tenía
la mirada desorbitada. De algún lugar salió una poderosa luz blanca, que
parecía producto de una explosión, atravesó a toda velocidad el descarnado
bosque y alcanzó la silla dónde se había sentado el jefe. Fue entonces que el
cielo comenzó a clarear y que vieron realmente lo que ocurría.
Había decenas de guerreros, ataviados con armaduras ligeras
y con sus grandes espadas, algunos también llevaban lanzas y otros arcos. Sus
armas no eran de acero, eran de otro material que jamás habían visto. Sus armas
estaban manchadas de una sustancia negra.
Algunos de ellos montaban en seres parecidos a caballos, pero que sin
duda eran más fuertes y más veloces. Detrás de los guerreros salieron al menos
dos docenas de felinos y animales parecidos a lobos y coyotes. Tenían su propia
armadura, pero sus prominentes colmillos hacían creer que no la necesitaban.
Los guerreros miraron a los viajeros, y una parte de ellos,
salió a la carrera, en dirección a dónde habían huido los caníbales. Los demás
aguardaron un momento. El bosque seguía pareciendo terrorífico. Los tres
viajeros se miraron sonriendo pero con una gran confusión. Escucharon entonces
un sonido constante. Creyeron ver que un gran animal se acercaba corriendo.
Parecía un lobo gigante, tenía un cuerpo enorme y poderoso, pero no dejaba marca
en la tierra. Montado en él venía un hombre con un casco que ocultaba su cabeza
y una túnica que les pareció familiar. El animal se detuvo y el hombre bajó de
un salto.
-¿Por qué ustedes, humanos del exterior, nunca
escuchan?-preguntó el hombre.
Los viajeros reconocieron la voz, era Ocenetl.
-¿Señor Ocenetl? ¿Pero cómo? ¡Explíquese!- gritó aterrado y
confundido Julián.
Ocenetl hizo una señal al resto de los guerreros y estos se
alejaron a toda velocidad.
-Les dije claramente que confiaran en mí y en ustedes
mismos, pero dejaron que el miedo los dominara. Acabaron envueltos en una
atmósfera de terror. Se perdieron de mi vista de pronto, entre la oscuridad.
Los llamé a gritos y no aparecían, hasta que una señal me hizo encontrarlos.
-¿Cómo terminamos ahí? ¡Pero lo vimos a usted y usted era el
dirigente de esos caníbales! ¿Qué señal?- dijo Lizbeth alarmada.
-Calma. Permítanme explicarles. Ustedes se dejaron llevar
por su miedo interno y cayeron en la trampa que pusieron aquí, la oscuridad no
es visible en su totalidad aquí, a menos que se le invoque y ustedes la
invocaron con esos pensamientos negativos. Si ustedes sustituían la confianza
por el miedo, otra cosa hubiera ocurrido. Yo no soy dirigente de los caníbales.
Ustedes vieron a un poderoso brujo, puede adoptar la forma que quiera, a placer
y goza de confundir y hacer sufrir a sus víctimas. Él no es nuestra amenaza más
peligrosa, pero tiene suficiente poder para volverlos locos. Los caníbales
están cegados, su mente no puede generar otra cosa que no sea la violencia y la
barbarie. En otro tiempo fueron un pueblo nómada, que en su desesperación cayó
ante el poder del brujo. Los guerreros fueron a perseguirlos, mi amigo los
encontró a tiempo y vinieron aquí tan rápido como pudieron. Posiblemente no
consigan capturarlos en su totalidad, pero los harán huir temporalmente de
estas tierras. La señal, al parecer fue gracias a Alejandro. No perdió la
cabeza y consiguió crear una visión positiva entre las tinieblas. Lo vimos como
una luz y sabíamos que estaban ahí. La oscuridad es cambiante y
confusa-contestó Ocenetl.
-¿Fui yo? Y ¿Quién es tú amigo? ¿Podría decirnos de una vez
a que se refiere con oscuridad?-preguntó Alejandro, tratando de asimilar tanta
información.
-Sí fuiste tú- respondió Ocenetl riendo- y por mi amigo me
refiero a él-señaló al animal- es un Itzcuilonpoztli, algo que ustedes
conocerían como un lobo. La diferencia es que él no se come a los niños, bueno,
a decir verdad en el exterior tampoco, pero sabemos que muchos tienen esa idea
errónea. Comprenderás más acerca de la amenaza de este lugar cuando lleguemos a
nuestro destino. Ahora síganme, aún hay algo de camino que recorrer.
Ocenetl les dio algo de comida envuelto en una tela suave,
era carne bañada en una deliciosa salsa roja. Ocenetl se negó a decirles de
dónde había salido esa carne, asegurando que no entenderían aún si él les
explicaba. Los viajeros, hambrientos, se limitaron a comer.
Atravesaron otra pequeña sección de bosque entre dos lomas y
divisaron un valle de corta extensión cubierto de pastizales y pequeños
arbustos. El cielo se había nublado un poco, pero esta vez de manera natural.
Predominaba un gran silencio, no se escuchaba más allá de sus pisadas y sus
voces. Comenzaron a atravesar el pastizal y Lizbeth creyó ver, que delante de ella
pasaba corriendo un venado pero al instante desaparecía. Se dio un ligero golpe
en la cabeza y continuó caminando. Pero unos metros después vio a una joven
vestida de blanco, que también desapareció al instante, no resistió más y
preguntó:
-Ocenetl ¿Qué estoy mirando? Veo animales y personas que se
desvanecen.
-Sí, yo también y estos hombres no tardarán en notarlo.
Verás, este pequeño valle es conocido como Atlahuayna. Atlahuayna es un lugar donde residen animales
desde tiempos inmemoriales que vagan sin tener conciencia de que aparición en
el mundo físico es intermitente, están ahí, pero son visibles poco tiempo.
Junto con los animales conviven espíritus de seres humanos, son almas que no
han conseguido atravesar el camino que lleva hacia la paz. Son almas buenas,
pero confundidas dentro de sí mismas, se la pasan queriendo cruzar más allá, al
lugar dónde vamos.
-¿Aquí residen todas esas almas?-preguntó Alejandro.
-No, hay más lugares, pero en otras partes de estas tierras.
Casi todas estas almas vivieron aquí en estas tierras alguna vez, aunque
también hay almas perdidas del exterior. No representan una amenaza. No nos
harán daño porque no son celosos de su espacio, ellos sienten alegría dentro de
sí cuando alguien cruza por aquí. Y es en parte, esa alegría por los demás, lo
que finalmente los liberará.
Nadie dijo anda ante esto y siguieron caminado por el
pastizal. Vieron más animales, conejos, zorros, ciervos, aves y algunos
reptiles. No se parecía en nada a la selva. Vieron a personas, algunas mujeres jóvenes,
algunos guerreros que vagaban arrastrando sus armas, hombres y mujeres viejos y
algunos niños. Todos proyectaban cierta calma y los viajeros no temieron, sólo
desearon dentro de sí que estas almas consiguieran escapar.
Terminaron de atravesar el pastizal y se encontraron ante
los peñascos de roca sólida que había mencionado anteriormente. Ascendieron por
un camino entre las grandes moles de roca gris y húmeda. Atravesaron por un
estrecho paso entre dos de los peñascos y bajaron por una escalinata cubierta
del pasto. Delante de ellos había un espacio parecido a un balcón que bordeaba
los peñascos y que tenía un ancho de unos 10 metros. A lo lejos se veía un
horizonte azul.
-Vengan conmigo-ordenó Ocenetl con voz tranquila.
Lo siguieron y se acercaron al balcón. Ahí vieron, hasta
entonces, lo más impresionante de lo que había sido su viaje. El horizonte azul
cobraba forma. Era el mar, pero de una forma jamás imaginada.
El mar chocaba contra los peñascos. El mar no era de un
color oscuro, era de un color azul turquesa, pero más bello de lo que hubieran
imaginado. Dentro del mar se formaban imponentes remolinos que adoptaban formas
que parecían jeroglíficos. La fuerza del océano lucía impresionante. En algunas
partes sobresalían rocas, que hacían recordar a los islotes. Había algunas
nubes concentradas en la parte baja y grandes aves de color gris sobrevolaban
la superficie. El mar era atravesado por dos delgadas líneas de color gris.
Miraron con atención y descubrieron que eran: carreteras. Pero las carreteras
eran intocables, estaban perfectamente secas y se veían pasar a objetos a toda
velocidad. No eran automóviles, eran muchos más rápidos.
-Supe que querían ver unas lagunas marinas y bueno, aquí
tienen una de las nuestras, que a mi parecer no le pide nada a las suyas-dijo
Ocenetl riendo- pero esta es una de las más importantes. En esos caminos son
atravesados por vivos y muertos. A los vivos los lleva a las ciudades y pueblos
lejanos y a los muertos a su destino final de paz. El mar nos da señales y nos
demuestra lo pequeños que somos. Le debemos un gran respeto y es tan importante
para nosotros como nuestros bosques. Hay una cantidad de misterios enorme en
esos mares, pero no es tiempo de hablar de eso aún. Los traje aquí porque algo
se llevarán de este lugar en sus corazones para siempre y querrán volver
seguido a perderse mirando su inmensidad. Esta visión curará sus mentes y su
espíritu si ustedes la aceptan.
-La aceptamos-dijeron los tres.
-Muy bien, esperaba esa reacción de ustedes, estén aquí el tiempo
que necesiten, cuando estén listos, los conduciré a su nuevo hogar-dijo
Ocenetl.
Los viajeros no entendieron en el momento el significado de
esas palabras. Habían perdido momentáneamente conciencia de que eran forasteros
y de que querían volver a casa. Simplemente miraban ese misterioso mar que iba
colándose en lo más profundo de si mismos. El mar limpiaba a conciencia sus
temores, dejándolos con mirada inocente ante la extraña magia de aquel lugar.
CONTINUARA…

Comentarios
Publicar un comentario