Un Destino Perdido (Parte 5)

Salieron de su estado de trance con cierta dificultad y con los ojos muy abiertos. Escuchaban el estruendoso sonido del extraño mar y veían con incredulidad todo su alrededor. Fue entonces que cayeron en cuenta de lo que había dicho Ocenetl.
-¿Nuestro nuevo hogar? ¿A qué se refiere?-preguntó Lizbeth.
-Vengan conmigo, la noche está por caer y lo ideal sería regresar al pueblo antes del crepúsculo. Si ustedes han visto mucha magia en el día, no se imaginan lo que verían por la noche. Aún no están listos-respondió Ocenetl.
-El día ha parecido muy largo, pareciera que hubiésemos vivido tres días en uno solo-comentó Alejandro.
-El tiempo tiene efectos curiosos aquí. Para algunos los días son sumamente cortos y para otros son sumamente largos, depende de la persona y de lo que pase por su mente. No sé bien porque este día te parezca tan extenso, no comprendo muy bien acerca de esos asuntos. Lo que sé es que aquí no medimos el tiempo no nos apuramos por él, vivimos y hacemos lo que tenemos que hacer.
-Es curioso, para mí es difícil imaginar un mundo sin reloj-comentó Julián.
-¿Sin qué?-preguntó extrañado Ocenetl.
-Ah, un instrumento para medir el tiempo-respondió Julián.
-Ya veo, nuestros mundos son tan diferentes. Al parecer podríamos aprender mucho uno del otro, pero no garantizo el aplicar lo que ustedes me cuenten, sólo es por satisfacer la curiosidad. Hemos estado mucho tiempo lejos.
-¿Lejos?-preguntó Lizbeth.
-No debí haber mencionado eso, como sea lo entenderán mejor dentro de poco-contestó Ocenetl.
Y caminaron lejos del mar, volvieron a atravesar los peñascos, pero esta vez tomaron un camino distinto, ya no por la pradera, sino por un camino que era bordeado por otra serie de peñascos, de menor tamaño que los que estaban junto al mar. Entre los peñascos se veía a lo lejos un bosque, pero extrañamente el bosque no parecía selva ni tampoco parecía un bosque de pinos. Había otro tipo de árboles difíciles de describir pero que daban un aspecto imponente. Y como si existiese un extraño conjuro, al mirarlos por la mente atravesaba un pensamiento fuerte: “No entrar”.
-¿Qué hay en ese bosque?- preguntó Alejandro.
-Es un bosque viejo y lleno de misterios. En ocasiones pareciera tener conciencia propia. Se ha mantenido de una sola forma por cientos de años y el simple intento de cambiar algo dentro de ese lugar podría resultar mortal. Es un bosque realmente hermoso, pero si deseas entrar, debes andar con mucho cuidado.
Alejandro asintió con la cabeza y sintió curiosidad por visitar el bosque, pero sabía que el tiempo no les alcanzaría y que difícilmente sus padres aceptarían el ir, así que prefirió guardarse el deseo para después. Eso si había un después.
Los peñascos dejaron de aparecer por el lado derecho y ahora en su lugar había un prado de pasto de un color verde intenso, parecía como si alguien se hubiera tomado la molestia de cortarlo. Era incluso más brillante que el pasto de un campo de golf. Pero el prado era cortado por una gran extensión de palmeras y árboles de tronco grueso cubiertos de enredaderas que parecían cubiertos de agua proveniente de una lluvia, aunque en el suelo no había rastro alguno y en el cielo sólo había nubes blancas.
-Lo que ven a su derecha-dijo Ocenetl pareciendo un poco un guía de turistas- es uno de los numerosos pantanos que hay por aquí, es de un tamaño pequeño realmente y se llama Kalminach. No tenemos tiempo de ir ahí, sólo se los digo por si tenían curiosidad.
Y comenzaron a percibir la sensación de humedad del pantano, pero luego de caminar unos 30 minutos esa sensación desapareció y su camino esta vez se volvió entre un gran número de árboles frutales. Algunas frutas las conocían, como el mango y el plátano, pero otras eran inusualmente grandes o pequeñas y de colores exóticos. Había algunas casas de madera en alto que parecían abandonadas, pero por el aspecto de los árboles, parecía que alguien se dedicaba a cuidarlos todo el día, pero en su camino no se encontraron con nadie y sólo escuchaban sus pasos entre la tierra.
Ocenetl se detuvo un momento, miró el cielo y miro con atención los árboles como si estuviera buscando algo, murmuró unas palabras y les pidió que siguieran caminando. Después de unos minutos escucharon otro ruido estruendoso que hacía muy complicado el hablar. Se acercaron poco a poco después de Ocenetl y vieron lo que era.
-¡Una cascada! ¡¿Cómo vamos a atravesar?!-preguntó Julián casi gritando.
-Síganme, es por aquí-indicó Ocenetl.
Estaban ante un precipicio. La poderosa cascada tenía unos 50 metros de alto y unos 100 de largo. La cantidad que caía de agua era impresionante y el fondo del precipicio sólo se veía la espuma del agua al caer. Más allá se veían los árboles que bordeaban al río que salía de la cascada. Siguieron a Ocenetl por un camino que descendía por un espacio del precipicio. Era estrecho, pero no tanto como para perder el equilibrio. Por fortuna ninguno de los tres tenía temor a las alturas.
El camino llegaba hasta la ladera misma de la cascada, el agua los salpicaba. Miraron con incertidumbre a Ocenetl que los llamó para que se acercaran más.
-Vengan después de mí-indicó- vamos a atravesar al otro lado de la cascada.
-¡¿Enserio?!-preguntó Lizbeth.
-¡Confíen!-gritó Ocenetl.
Y lo siguieron. Luego de dejar atrás la molestia de sentir el agua en la cara, notaron que efectivamente había un paso. Caminaron con cuidado y luego de dar una pequeña vuelta, notaron que ahora caminaban detrás de la incesante cortina de agua. El ruido era aún más ensordecedor pero la vista era fascinante. Extrañamente la roca que estaba contraria a la casaca no estaba húmeda.
Ocenetl les indicó que giraran a la izquierda y comenzaron a entrar en un túnel, el túnel no era cálido ni frío. No incomodaba a los viajeros.
-Llegaremos por este túnel al pueblo. Antes era un viejo refugio, hoy en día lo usamos sólo como atajo. Creo que no se sentirán incómodos de atravesarlo.-dijo Ocenetl.
-¿La cascada era del río que habíamos atravesado?-preguntó Alejandro.
-Sí, su desembocadura no está muy lejos. No es muy sencillo atravesar la cascada y llegar a este túnel, siempre es necesario hacer algo antes de entrar o serías arrastrado por el agua en segundos.
-¿Algo?-preguntó Lizbeth.
-Una pequeña invocación de que nuestras intenciones son honorables-respondió Ocenetl.
El túnel estaba iluminado por antorchas, colocadas aproximadamente cada 5 metros. Daba la impresión de que no se consumían porque parecían nuevas. Durante todo el camino encontraron muchas inscripciones en las paredes y un gran número de pasadizos. Introducirse por un pasadizo supondría entrar a un laberinto, así que no se alejaron del camino recto en el que iban.
En varias ocasiones observaron sombras transparentes que atravesaban a toda velocidad y algunas voces agudas que se escuchaban en la distancia. En ocasiones se escuchaban pasos acelerados y a veces sólo ráfagas de aire helado. El terror nuevamente comenzó a hacer presa a los viajeros.
-Mantengan la calma-dijo Ocenetl al ver la facción que habían adquirido sus rostros- no son peligrosos. Son duendes y otros seres parecidos. Ellos me conocen, sólo quieren impresionarlos.
Tardaron un poco en creer las palabras de Ocenetl, pero en cierto momento volvieron a respirar con tranquilidad. Luego de caminar por lo que ellos supondrían que serían dos horas, vieron una luz blanca que caía en forma vertical. Sonrieron y  Ocenetl les dijo que habían llegado al final del túnel.
Ascendieron por unas escaleras perfectamente trazadas, con grecas y bordes elaborados. Aparecieron en un borde del pueblo cubierto de árboles y con una construcción de piedra blanca. No era de mármol ni de nada que se le parezca, era una piedra sólida, opaca pero hermosa. Ocenetl les dijo que era de coral, el coral había sido regalo de un pueblo lejano.
Siguieron por una calle del pueblo, ya había sido el atardecer y comenzaba a oscurecer. Encontraron personas que caminaban vestidos con ropa un tanto extraña y hablando dialectos incomprensibles. No miraban con extrañeza a los viajeros, los miraban con total naturalidad. Algunos saludaron a Ocenetl.
El pueblo se hallaba en silencio, el bullicio que habían encontrado cuando llegaron parecía haber desaparecido. Cruzaron el pueblo y se dirigieron hacia una zona en alto, dónde iniciaba la selva. El camino estaba perfectamente trazado, con piedras pequeñas que marcaban el límite. Se veían al menos unas siete casas blancas a lo lejos con luces encendidas.
Llegaron a la que se encontraba más próxima. Miraron a Ocenetl con duda. Pero lo siguieron. Si hasta entonces el resto de los peligros anteriores no los había matado, entrar a una sencilla casa no parecía arriesgado.
Dentro de ella había una mujer muy bella limpiando. Levantó la mirada, les sonrió y siguió con su trabajo. La casa era sencilla, el techo era rojo y dentro había varias habitaciones. Había superficies que parecían camas, un cuarto que al parecer era una cocina, un baño muy improvisado, una mesa, grabados en las paredes y un librero de caoba que contenía una gran cantidad de libros.
-Este es su nuevo hogar. Desde mucho antes de que ustedes aparecieran los sabios del pueblo habían ordenado que esta casa fuera para los viajeros que estaban por llegar.  Su llegada fue un tanto inesperada. No teníamos aviso alguno al respecto. Espero disfruten su estancia. Ahora debo irme, mañana volveré por la mañana con los sabios. Querrán verlos y tendrán mucho que platicar con ellos. Fue un honor haber sido su guía.
-¡¿Qué?! ¡Espere!-Gritó Lizbeth alarmada-¿cómo que nuestro nuevo hogar? Tenemos que volver a nuestro hogar, tenemos que encontrar nuestro carro, debemos volver.
-Lo lamento, pero creo que eso es imposible. Consiguieron llegar y sobrevivir por una razón y el que volvieran de donde vinieron supondría algo muy extraño en estas circunstancias-respondió Ocenetl.
-Pero, por favor, entiéndanos. No sabemos dónde estamos. Quedamos fascinados con el lugar pero es tiempo de volver a nuestro hogar, a dónde pertenecemos. Aun no entiendo qué clase de magia hay en este lugar y sé que no alcanzo a comprender ni una pizca de lo que es. Pero no podemos quedarnos aquí, nuestras vidas están fuera de este lugar. Por favor sé que usted puede hacer algo, las circunstancias no tienen que ser como usted las supone-dijo Alejandro.
Y Alejandro miró profundamente a Ocenetl. Ocenetl trató de esquivar su mirada pero no puedo. Entonces vieron que el rostro de Ocenetl se llenaba de sorpresa e incertidumbre. No pronunció palabra, titubeó y casi pierde el equilibrio. Luego de recuperar su apacible mirada habitual, consiguió decir:
-Esperen aquí, por favor, vendrá alguien con ustedes y veremos…que se puede hacer.
Y se retiró a paso acelerado, con prisa. Los viajeros se quedaron hablando de cómo harían para encontrar el auto y de lo difícil que sería llegar en la madrugada del lunes. Hablaron un poco más y finalmente entendieron que compartían un sentimiento en común: miedo a no poder escapar. La mujer que limpiaba se había ido sin pronunciar palabra.
Luego de unos largos minutos escucharon unos pasos lentos que se acercaban. A la pequeña casa entró un anciano vestido con una túnica blanca. La túnica tenía grabados en diferentes colores de símbolos de animales y tenía una inscripción que se asemejaba a los que habían visto antes. Poseía un gran collar negro y un anillo de una piedra verde que reconocieron como jade. Venía seguido de Ocenetl.
-Bienvenidos viajeros-dijo el anciano con una voz profunda, debía ser alguno de los sabios-o mejor dicho debería llamarlos por sus nombres, Lizbeth, Julián y Alejandro, hijo de ambos. Siéntense, por favor.
Y se sentaron sobre una de las camas, Ocenetl esperó en la puerta y el anciano permaneció de pie.
-Mi nombre es Kinech Tlamen. Soy padre de Ocenetl y uno de los llamados sabios de este pueblo. Hasta hace poco tenía indicios de que habían llegado pero no fue hasta que Ocenetl me lo confirmó con una gran cara de asombro. Al parecer ya han paseado un poco por aquí y conocido el Gran Mar.
Los tres asintieron con la cabeza.
-Me alegra saber eso-continuó Kinech- han conocido un poco de este rincón, un poco de lo que amamos, de lo que tememos y de nuestra realidad cotidiana. Sé de dónde vienen, he estado ahí en alguna ocasión y seguramente se han encontrado con una gran cantidad de diferencias que los han hecho pensar que es producto de un sueño sumamente elaborado.
-Sí, tiene usted razón-contestó Julián- pero acláreme una cosa ¿estamos en México, en Tabasco? ¿Estamos en otro mundo? En particular ¿dónde estamos?
-Están en México y a la vez están en otro mundo. Nosotros no le llamamos México porque jamás formamos parte de esa nación, pero han llegado aquí dentro de esa nación, es un poco difícil de entender. Verán, nosotros somos descendientes de los que habitaron alguna vez parte de su nación hace miles de años. Somos los que nos perdimos, los que salimos del curso natural del planeta Tierra. Los ancestros cuentan que abandonaron sus viejas ciudades porque descubrieron un portal que conducía a este lugar y por el inminente peligro que se avecinaba. El peligro que ustedes mismos cargan al hablar, que cargan dentro de sí. Conservamos lo que éramos y avanzamos. Encontramos magia en estas tierras y la entendimos un poco, pero es tan compleja que no terminamos de entenderla. Aprendimos a vivir con la naturaleza y a no destruirla, a amar nuestras vidas y cada pedazo de tierra que pisamos, cada gota de agua que bebemos. Hay muchas comunidades aparte de esta. Otras cerca de aquí, otras después del Gran Mar y otras aún más lejos. Nos parecemos pero somos diferentes. Miramos al cielo y vemos lo mismo que ustedes verían, las mismas estrellas, los mismos planetas. No es fácil acceder a este lugar. No es visible desde dónde ustedes vienen, ni siquiera imaginable. Estamos completamente ocultos y muy pocos han conseguido entrar, todos por un fin. A aquellos que llegan por error, la niebla los mata en cuestión de segundos. Pero con ustedes no fue así y ahora comienzo a entender porque.
 -¿A qué se refiere?-preguntó Alejandro.
-Tú, muchacho-dijo Kinech señalando a Alejandro- tú eres el hombre que estábamos esperando. Tú nos salvarás para siempre de la oscuridad.
-¿Yo? ¿Por qué? ¿La oscuridad?-preguntó Alejandro, aunque en su mente imaginaba otras mil preguntas más.
-Aún no puedes entenderlo, pero hay algo en ti, en tu esencia, en tu mirada y en tú alma. Por eso consiguieron entrar aquí, pero particularmente tú, tienes una cualidad especial. Cuando hablamos de oscuridad, nos referimos a la corriente siniestra que invadirá nuestro mundo. Que terminará con esta paz y con todos los esfuerzos que hemos logrado. Pero tú puedes evitar esta corriente siniestra, no sólo aquí, también en tú mundo. Si vences, podrás llevar la paz a tu mundo y todos te escucharán, todos caerán ante tu voz y ante tus palabras, tanto como ustedes cayeron atraídos hacia este lugar.
-¿Lo dice enserio?-preguntó Alejandro.
-Claro que sí, estoy completamente seguro. Pero por lo que veo, aún no llega el tiempo de que cumplas tu misión. Pero lo sabrás y para entonces, deseo con todo mi corazón que estés listo. Ahora entiendo mejor porque han venido. Debías conocer el lugar antes. Ya volverán, a su tiempo. Tienes algo, Alejandro, algo nunca antes visto. Por eso mismo tienes la posibilidad de pertenecer a dos mundos. Ahora ven, esto es para ti.
Y le colgó un collar, un collar de oro con incrustaciones de jade. Era la forma de la cabeza de un jaguar, aunque estaba tan perfectamente elaborada, que parecía irreal. Alejandro sintió una sensación muy agradable al sentir el collar. Julián y Lizbeth sonreían.
-Ahora es tiempo de que vuelvan. Será cuestión de unos segundos.
Se despidieron afectuosamente de Ocenetl y Kinech, ya no existía ningún miedo ni duda. Parecían realmente disfrutar esas cálidas palabras.
-Tú tienes el poder muchacho, eres el elegido, cambia tú mundo y preserva el nuestro-dijo Kinech.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Alejandro, Lizbeth y Julián aparecieron sentados en la sala de su casa. La luz estaba prendida y la televisión también. Era la noche del domingo. El Chrysler Spirit estaba en el garaje. Todo parecía normal. Parecía un sueño. Los tres no pronunciaron palabra alguna. Simplemente se miraron y comenzaron a sonreír.
Pero había sido real, eso descubrió Alejandro cuándo tocó su pecho y encontró el collar brillando más que nunca. “Ya llegará el tiempo de volver” pensó Alejandro.
FIN…

A todos los que leyeron esta historia, gracias. Gracias por sus comentarios y realmente espero que les haya agradado esta historia. Dentro de poco publicaré más, en ocasiones de temas diferentes o similares. Si tienen alguna sugerencia háganmela saber. Y si les gustó y quieren difundirla, adelante. Esta historia tiene un pequeño mensaje y espero que lo encuentren, Linda noche.

Īsan Rokr

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