Tarde de un jueves
No es muy tarde aún, son
alrededor de las 18:00 y es jueves. Uno de tantos microbúses que atraviesa la
Ciudad de México se detiene por cuarta vez en menos 15 minutos ante un
semáforo. Algunos automovilistas que no alcanzaron a cruzar, hacen sonar su
claxon, o simplemente se hunden en un gesto de desesperación. No hacen mucho
caso de lo que vienen escuchando en su estéreo o de lo que les alegró quizá la
mañana. Se ven hundidos por una luz roja de efímera duración.
Y dentro del microbús, que no es
muy grande y mantiene los mismos asientos de cuero viejos de hace unos 15 años,
cada persona está pérdida dentro de sí y algunos comparten la frustración de
los automovilistas, no paran de ver el reloj, ya sea el de muñeca o el del
celular. Allá en los asientos de atrás, hay dos adolescentes de unos 16 años,
parecen venir juntos pero ambos tienen la mirada pérdida en su respectivo
celular. Otra mujer cerca de ahí, lee apaciblemente. Alguien más llama por
teléfono con una voz excesiva de lo que sería necesario. Hay tres señoras, que
parecen de mal genio, sentadas en diferentes asientos, algunas llevan bolsas.
Otros llevan audífonos como
solución ante la música grupera a alto volumen que el chófer decidió imponer a
sus pasajeros. Otro pasajero mira hacia la ventana y algunos miran a todas
partes y a ningún lado a la vez. Hay un hombre que no deja de mirar a una mujer
joven que va vestida con ropa deportiva. Pero en el tercer asiento, del lado de
la ventana, en la izquierda del microbús hay alguien diferente.
Es una chica joven, de cabello
castaño y largo, de ojos muy vivaces. Va vestida de manera casual, pero
juvenil. No va vestida a los “malos modos” como dicen algunas señoras de edad
un tanto avanzada que creen tener criterio sobre la moral, aunque quizás habrá
quien se queje de su forma de vestir, que no es convencional ni a la moda, pero
ella simplemente se ve bien. Pero lo que lleva puesto pasa a segundo término, cuando
lo que realmente resalta de ella capta la atención: su sonrisa.
Ella sonríe dulcemente, con sus
labios pintados de un tenue color carmín, a veces muestra un poco de su
dentadura, blanca y reluciente, que le da un brillo adicional. Pero su sonrisa
no es simplemente algo estético, proyecta la alegría que tiene dentro de su
ser, la alegría que comparte al mundo. Su sonrisa es espontánea, no es forzada
en ningún sentido, no es una sonrisa de pose ni de comercial, es una sonrisa
cálida que invita a sonreír también.
Sus ojos, que no son claros ni
oscuros, también brillan y hacen juego con su sonrisa. Cualquiera sin dudarlo,
diría que está feliz. Lleva un audífono del lado derecho y tiene un libro
delgado a medio meter en su mochila, que está en el suelo de su asiento. Lleva
algunas pulseras coloridas en sus brazos y sus manos no están quietas, a veces
tamborilean, otras veces las recarga suavemente sobre su rostro o las pega a la
ventana mientras observa. Parece disfrutar la música de su audífono y parece
que la música contribuye a su felicidad. Ella tararea y a veces canta entre
murmullos las canciones en inglés de esa estación que escuchan jóvenes, adultos
y viejos, mueve su cabeza rítmicamente, las ondas del sonido crean movimiento
en ella.
Nadie está sentado al lado de
ella. Los pasajeros mirones y en ocasiones los otros que voltean ocasionalmente
para ver por dónde transita el microbús la miran con extrañeza. Las señoras con
su habitual mal genio, alzan las cejas al ver su sonrisa y su alegría. Un hombre
se rió de ella y volvió a perderse en su celular. Otros la miran e
inmediatamente desvían la mirada a otro lugar o dicen sin necesidad de
palabras, que es algo ridículo. Encuentran extraño todo esto que han visto todo
el camino y que se acrecentó un poco con el semáforo en rojo.
Pero la realidad es que a ella no
le importa. No le importa que la miren extraño. Su campo de felicidad no es
alterado por la amargura gris de los demás, porque eso es lo que proyectan.
Aunque lo ideal sería que su comportamiento alegre y animado causara un cambio
positivo en los otros pasajeros, parece que ellos lo toman a mal. En realidad
no están abiertos a sentirse mejor.
Algunos de los pasajeros viven
preocupados del tiempo, porque según ellos el tiempo es dinero. Lo que proyecta
la chica de cabello castaño no es prioridad, puesto que para ellos es una “pérdida
de tiempo”, además de que temen el ridículo porque han vivido de la mano con la
idea de que la formalidad y la seriedad son lo socialmente aceptado, lo
correcto. ¿Pero esa seriedad no los convierte a la amargura?
Algunas señoras piensan de
guardar la compostura, y en esto, sacan a la luz sus preocupaciones y temores,
sus paradigmas y sus demonios que se convierten en una actitud hostil ante los
demás. No se necesita de la agresividad para vivir, si comprendemos lo que
podemos hacer y lo que el otro puede hacer. Ellas también podrían sonreír, no
solo a los otros pasajeros, a su familia, a sus vecinos, mostrar lo positivo
que todo ser humano tiene.
¿Por qué siempre lo negativo es más
contagioso que lo positivo? Porqué un mal gesto se dispersa rápidamente y una
sonrisa ajena llega a ser tomada con desprecio, porque se desconfía de las
palabras dulces y se alaban las palabras que lastiman ¿Por qué? ¿Por qué la
felicidad de la chica no pudo traspasar los grises muros de los demás y
alumbrarles un poco la tarde?
Claro que hay quien tiene las
puertas abiertas ante estos pequeños gestos y recibe cosas indescriptibles de
los extraños que les causan una buena sensación. Aunque no son realmente
extraños, ¿no somos acaso compañeros de mundo?
Y mientras divago entre estas
reflexiones, el camión ya ha avanzado unas 8 cuadras. Yo también estoy en ese
microbús y he centrado mi atención en todo. No sé si alguien notó mi presencia
o no. La chica guarda bien sus cosas y se levanta del asiento en medio de un
violento enfrenón del microbús. Ella se contonea hacia delante y su mochila
casi resbala de su hombro, pero sólo se ríe un poco y camina hacia la puerta
trasera, donde toca una vez el timbre y no pierde la calma cuando el chofer la
deja una cuadra más adelante.
Se baja a cierta velocidad y continúa
caminando por la calle que esta contigua a un parque cubierto de muchos árboles
y en dónde hay varios niños que juegan muy entusiastas. Ella sigue escuchando
su música, sigue sonriendo y voltea hacia el cielo, dónde ve como el sol va
cayendo entre algunas nubes grisáceas y observa como los últimos rayos de sol
se cuelan entre los árboles.
Yo también me bajé dónde se bajó
ella, estoy a cierta distancia, pero también puedo ver lo que ella ve y con
esto me hago la pregunta más importante de este pequeño viaje ¿Por qué sonríe
realmente además de la música? ¿Será el amor? ¿Será algún detalle que recibió?
¿Pensará en alguien? ¿Le tendrá simplemente amor a la vida y a las tardes de
los jueves? ¿Es una visión?
No lo sé y probablemente no lo sepa.
Ella me atrae, por lo que proyecta, porque sé que seguramente en su corazón
guarda cosas más valiosas que el más bello de los tesoros materiales. Es una
residente especial de esta ciudad, no por los méritos normalmente tomados en
cuenta, si no por lo que realmente es.
No sé si ella se percate de mi
presencia, y si se percata, espero que no piense que soy una amenaza. Ella no
puede verme, de eso estoy seguro. No la sigo para hacerle daño, la sigo porque
su luz me atrae y porque ese encantador encuentro es algo que hace tiempo no
veía. Ella no puede verme porque soy inmaterial, porque vivo vagando y
comprendiendo más de lo que alguna vez imaginé. Como quisiera tener voz para
decirlo, para decirles que de una vez por todas se decidan a ser una especie feliz.
Īsan Rokr
Īsan Rokr

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