Un maletín frágil
Su presencia es perceptible, pero indiferente a la vista común. Caminando sobre una avenida principal va un hombre a paso acelerado. Es un hombre alto y delgado, con su cabello negro oscuro bien recortado. Viste elegantemente, con un traje negro y corbata de un tono rojo marrón, una combinación que de vez en cuando se ve en esas tiendas de ropa de los suburbios. Su cara estaba demacrada. Las cuencas de sus ojos sobresalían, tenía un gesto de cansancio excesivo y el gesto de su rostro mostraban una clara amargura. Caminaba mirando con desprecio cada centímetro de acera que pisaba.
En su mano derecha cargaba un maletín, un maletín raído y viejo de tamaño mediano. Parecía tener un peso importante, porque el hombre parecía cargarlo con dificultad. No le importaba que ese día el clima estaba templado y apacible, ni que era un día particularmente silencioso. Durante su trayecto pasó al lado de algunos parques viejos, parques que sólo podían llamarse así por el pasto que crecía sin medida y por los viejos juegos para niños, despintados y en ocasiones descompuestos, como si hubieran sido olvidados.
El hombre voltea a ver su mano izquierda, porta un reloj de oro, las agujas marcan las 17:26. Esto parece enfurecerle y camina aún con más rapidez. Rebasa personas y perros, se desespera aún más cuando el semáforo le impide cruzar. No le importa chocar con personas o con objetos, parece esclavizado y manipulado por algo en su interior. Un automovilista se desespera y hace sonar su claxón contra él, él le responde con un gesto obsceno y sigue caminando. No parece tener voz.
Pronto llega al cruce con otra avenida, aún más grande que aquella en la que iba caminando. Mira con expectación, parece que su destino está cerca. Un perro lo mira atento y se acerca a oler sus zapatos enlodados. El hombre se molesta e intenta alejar al perro de una patada, pero el perro es ágil y evita el golpe. Pronto tiene oportunidad de cruzar la avenida y continua caminando derecho.
El hombre llega a un lugar, un lugar descuidado pero sin embargo, muy frecuentado cada día. Es un lugar maloliente, lleno de basura en cada esquina. Tiene puestos de comida, que ofrecen precios baratos, pero a los que ni los perros más hambrientos se acercan. Se escuchan los gritos de los residentes de aquel lugar, el fugaz paso de los transeúntes. Es un paradero, un paradero de microbuses y autobuses, que esconde ratas animales y ratas humanas, que es reflejo del desinterés del gobierno y de los propios residentes. Pero al hombre no le importa, no le importa el estridente sonido de las bocinas que se encuentran cerca de él, no le importa nada de lo que ve, más lo que hay a unos 50 metros de distancia.
Lo que hay es una construcción grande, de blanco, con grandes ventanales y con un sinfín de anuncios publicitarios de marcas y tiendas. Hay un letrero en letras doradas que dice "Plaza Comercial y Corporativa". Se ve el gran espacio de las tiendas de Liverpool, Sears y Sanborns, contrarias a dónde está el cine. A la plaza la rodean más puestos, pero más limpios que los del paradero. El hombre sabe como llegar, su tedio comienza a aminorarse. Pero un presentimiento lo lleva a sacar su teléfono celular, mira un mensaje que acaba de llegarle y en él nace una sensación de odio que lo hace acelerarse otra vez.
¿Pero qué fue lo que vio este hombre? A su celular había llegado un cobro enorme, producto de un fraude. Un cobro que lo hacía pagar un enganche por una residencia, un enganche tan alto que ni con todos los ahorros de su vida podría pagar. Este ya era el último recordatorio, los cobradores del banco irían a embargarlo y ni aún así sería suficiente. Era el fin. Pero él sabía a dónde correr, el sabía dónde terminaba esto. Se aferró a su maletín y comenzó a correr.
Pero antes de tomar velocidad, se encontró con una niña, cerca de la salida del paradero. La niña lo veía fijamente, igual que el perro. El hombre trató de ignorarla, pero no pudo. Se vio obligado a detenerse por una fuerza extraña. La niña se acercó a él. Era una niña de escasos 10 años, usaba un vestido sencillo, se cubría con un ligero abrigo de botones y usaba tenis, lo cuál le daba un curioso aspecto. Su cabello era castaño claro, sus ojos eran de color miel, pero penetrantes, tenía una sonrisa gentil e inocente.
-Le he pedido que se detenga señor-dijo con una dulce voz-necesito platicar con usted.
El hombre sintió un escalofrío, no había visto a esa niña jamás en su vida. Trató de huir pero no pudo, sintió una presión en la garganta. Parecía tener voz otra vez.
-¿Quién eres? No nos conocemos, disculpa pequeña, pero tengo prisa-dijo tratando de apartarla.
-No hay prisa que no sucumba ante la necesidad, espere un momento por favor, ¿está seguro de correr e ir a ése lugar?
-Tú no lo entiendes, tengo que ir-fue entonces que el hombre razonó- ¿y tú cómo sabes que voy hacia allá? ¿Quién eres?
-No lo entiende ni lo entenderá. Su cuerpo y tus gestos gritan a dónde va y qué hará, no puede esconderlo, no de mí.
-¿Cómo es posible éso? Nadie lo sabe, ¡Nadie! Nadie comprende ni nadie escucha-gritó el hombre desesperado.
-Yo lo sé, sé que usted fue víctima de un fraude orquestado por un grupo de economistas, un grupo de economistas que financian cosas que usted no se imagina, más aterradoras de lo que pueda imaginar. Sé que lo despidieron en nombre de la productividad y la competencia, sé que su familia, su esposa y su hija se fueron a Texas. Que su hija lo extraña con toda su alma, que su esposa vio más el interés que el amor. Que usted jamás escuchó ni observó lo suficiente para notarlo. Que su carro fue robado y que su casa está a punto de desaparecer. Y que usted invirtió su dinero en ese maletín y lo que lleva ahí, para hacerle al mundo, lo que usted sufrió-dijo con una voz melodiosa pero determinante la niña.
-No tengo opción, no hay salida para mí, no puedo escapar. Le haré al mundo el mismo daño que él me hizo, haré justicia y seas lo que seas, debes dejarme ir.
-No señor. El mundo no le hizo ese daño, porque el mundo es todo aquello que le rodea y créame que una entidad tan grande no se interesaría en aplastarlo. Usted es víctima de lo peor que pudo juntar la humanidad para un hombre común, no del mundo en sí. No continúe esta tétrica cadena, no aniquile inocentes. Sea libre, sea lo contrario.
-¿Libre? ¿Cómo ser libre en este momento? ¿A dónde iría? ¿Cómo remediaré todo este odio en mi interior, todo este dolor?
-Sí, libre, lo remediará con amor, con lo mejor que usted tiene dentro de sí-dijo la niña tomándolo de la mano- ahora voltee hacia arriba por favor, ha centrado su vista en el suelo todo el tiempo.
El hombre miró al cielo y entonces pudo ver ese hermoso cielo. Un cielo que se había tornado nublado y en el que jugaban diversos tonos y matices de azul entre las nubes, las nubes se movían por una sutil corriente de aire. El sol se había ocultado detrás de las nubes pero la luz aún se proyectaba en los espacios vacíos y los rayos delgados irradiaban entre los edificios. El cielo tenía algo de mágico, no parecía común que esa simple vista despejara al hombre por un momento de ese odio que lo carcomía. Pero pudo inhalar calma, algo que parecía más satisfactorio que cualquier otra sensación que hubiese sentido en los recientes 15 años.
-Entonces, ¿puedo ser libre?-preguntó el hombre
-Claro que sí, sólo suelte ese maletín y deje sus penas ahí, vamos le ayudaré.
Y el hombre dejó caer el maletín, cuando cayó sonó un golpe seco. El hombre se deshizo de la corbata y se desfajó la camisa. Dejó el celular al lado del maletín. Soltó una lágrima que cayo sobre sus objetos. Dio un gran suspiro y se puso a caminar al lado de la niña.
La gente que lo vió, dijo ver a un hombre que primero lloraba y que luego trataba de sonreír. Las lágrimas se transformaron pronto. El hombre no dejó de caminar. Sin embargo, la gente jamás vio a ninguna niña a su lado. Hasta dónde un chófer de autobús pudo contar, se supo que el hombre había llegado caminando a un pueblo entre una sierra verde y frondosa y que ahí buscó rehacer su vida, dejando atrás la ciudad y los terribles golpes que había recibido. Pronto encontraría una mujer ahí, una mujer que realmente se enamoró de él. La niña desapareció realmente, incluso para él. Le indicó como llegar, pero se fue argumentando que había muchas locuras que evitar y muchas desesperaciones que esfumar.
El maletín se quedó por casi una hora en el paradero. Alguien lo recogió y trato de abrirlo, pero no pudo. Alguién más robó el celular. Dentro de poco el maletín terminaría en manos de la policía, y el contenido que había dentro tuvo que ser visto por un experto, puesto que nadie entre la policía sabía que era. El experto soltó una exclamación de horror al ver lo que había ahí. Era una potente bomba de detonación, una bomba expansiva de gran poder. Si el hombre la hubiera detonado, habría volado con el centro comercial, el lugar que había sido su centro de trabajo desde que era un egresado joven y con aspiraciones, el lugar dónde se encontró con los demonios que lo habían carcomido en cuerpo y alma. Y la niña sigue por la ciudad con su encanto, no es muy sencillo verla, pero calma es lo que se siente cuando está cerca...
Īsan Rokr
En su mano derecha cargaba un maletín, un maletín raído y viejo de tamaño mediano. Parecía tener un peso importante, porque el hombre parecía cargarlo con dificultad. No le importaba que ese día el clima estaba templado y apacible, ni que era un día particularmente silencioso. Durante su trayecto pasó al lado de algunos parques viejos, parques que sólo podían llamarse así por el pasto que crecía sin medida y por los viejos juegos para niños, despintados y en ocasiones descompuestos, como si hubieran sido olvidados.
El hombre voltea a ver su mano izquierda, porta un reloj de oro, las agujas marcan las 17:26. Esto parece enfurecerle y camina aún con más rapidez. Rebasa personas y perros, se desespera aún más cuando el semáforo le impide cruzar. No le importa chocar con personas o con objetos, parece esclavizado y manipulado por algo en su interior. Un automovilista se desespera y hace sonar su claxón contra él, él le responde con un gesto obsceno y sigue caminando. No parece tener voz.
Pronto llega al cruce con otra avenida, aún más grande que aquella en la que iba caminando. Mira con expectación, parece que su destino está cerca. Un perro lo mira atento y se acerca a oler sus zapatos enlodados. El hombre se molesta e intenta alejar al perro de una patada, pero el perro es ágil y evita el golpe. Pronto tiene oportunidad de cruzar la avenida y continua caminando derecho.
El hombre llega a un lugar, un lugar descuidado pero sin embargo, muy frecuentado cada día. Es un lugar maloliente, lleno de basura en cada esquina. Tiene puestos de comida, que ofrecen precios baratos, pero a los que ni los perros más hambrientos se acercan. Se escuchan los gritos de los residentes de aquel lugar, el fugaz paso de los transeúntes. Es un paradero, un paradero de microbuses y autobuses, que esconde ratas animales y ratas humanas, que es reflejo del desinterés del gobierno y de los propios residentes. Pero al hombre no le importa, no le importa el estridente sonido de las bocinas que se encuentran cerca de él, no le importa nada de lo que ve, más lo que hay a unos 50 metros de distancia.
Lo que hay es una construcción grande, de blanco, con grandes ventanales y con un sinfín de anuncios publicitarios de marcas y tiendas. Hay un letrero en letras doradas que dice "Plaza Comercial y Corporativa". Se ve el gran espacio de las tiendas de Liverpool, Sears y Sanborns, contrarias a dónde está el cine. A la plaza la rodean más puestos, pero más limpios que los del paradero. El hombre sabe como llegar, su tedio comienza a aminorarse. Pero un presentimiento lo lleva a sacar su teléfono celular, mira un mensaje que acaba de llegarle y en él nace una sensación de odio que lo hace acelerarse otra vez.
¿Pero qué fue lo que vio este hombre? A su celular había llegado un cobro enorme, producto de un fraude. Un cobro que lo hacía pagar un enganche por una residencia, un enganche tan alto que ni con todos los ahorros de su vida podría pagar. Este ya era el último recordatorio, los cobradores del banco irían a embargarlo y ni aún así sería suficiente. Era el fin. Pero él sabía a dónde correr, el sabía dónde terminaba esto. Se aferró a su maletín y comenzó a correr.
Pero antes de tomar velocidad, se encontró con una niña, cerca de la salida del paradero. La niña lo veía fijamente, igual que el perro. El hombre trató de ignorarla, pero no pudo. Se vio obligado a detenerse por una fuerza extraña. La niña se acercó a él. Era una niña de escasos 10 años, usaba un vestido sencillo, se cubría con un ligero abrigo de botones y usaba tenis, lo cuál le daba un curioso aspecto. Su cabello era castaño claro, sus ojos eran de color miel, pero penetrantes, tenía una sonrisa gentil e inocente.
-Le he pedido que se detenga señor-dijo con una dulce voz-necesito platicar con usted.
El hombre sintió un escalofrío, no había visto a esa niña jamás en su vida. Trató de huir pero no pudo, sintió una presión en la garganta. Parecía tener voz otra vez.
-¿Quién eres? No nos conocemos, disculpa pequeña, pero tengo prisa-dijo tratando de apartarla.
-No hay prisa que no sucumba ante la necesidad, espere un momento por favor, ¿está seguro de correr e ir a ése lugar?
-Tú no lo entiendes, tengo que ir-fue entonces que el hombre razonó- ¿y tú cómo sabes que voy hacia allá? ¿Quién eres?
-No lo entiende ni lo entenderá. Su cuerpo y tus gestos gritan a dónde va y qué hará, no puede esconderlo, no de mí.
-¿Cómo es posible éso? Nadie lo sabe, ¡Nadie! Nadie comprende ni nadie escucha-gritó el hombre desesperado.
-Yo lo sé, sé que usted fue víctima de un fraude orquestado por un grupo de economistas, un grupo de economistas que financian cosas que usted no se imagina, más aterradoras de lo que pueda imaginar. Sé que lo despidieron en nombre de la productividad y la competencia, sé que su familia, su esposa y su hija se fueron a Texas. Que su hija lo extraña con toda su alma, que su esposa vio más el interés que el amor. Que usted jamás escuchó ni observó lo suficiente para notarlo. Que su carro fue robado y que su casa está a punto de desaparecer. Y que usted invirtió su dinero en ese maletín y lo que lleva ahí, para hacerle al mundo, lo que usted sufrió-dijo con una voz melodiosa pero determinante la niña.
-No tengo opción, no hay salida para mí, no puedo escapar. Le haré al mundo el mismo daño que él me hizo, haré justicia y seas lo que seas, debes dejarme ir.
-No señor. El mundo no le hizo ese daño, porque el mundo es todo aquello que le rodea y créame que una entidad tan grande no se interesaría en aplastarlo. Usted es víctima de lo peor que pudo juntar la humanidad para un hombre común, no del mundo en sí. No continúe esta tétrica cadena, no aniquile inocentes. Sea libre, sea lo contrario.
-¿Libre? ¿Cómo ser libre en este momento? ¿A dónde iría? ¿Cómo remediaré todo este odio en mi interior, todo este dolor?
-Sí, libre, lo remediará con amor, con lo mejor que usted tiene dentro de sí-dijo la niña tomándolo de la mano- ahora voltee hacia arriba por favor, ha centrado su vista en el suelo todo el tiempo.
El hombre miró al cielo y entonces pudo ver ese hermoso cielo. Un cielo que se había tornado nublado y en el que jugaban diversos tonos y matices de azul entre las nubes, las nubes se movían por una sutil corriente de aire. El sol se había ocultado detrás de las nubes pero la luz aún se proyectaba en los espacios vacíos y los rayos delgados irradiaban entre los edificios. El cielo tenía algo de mágico, no parecía común que esa simple vista despejara al hombre por un momento de ese odio que lo carcomía. Pero pudo inhalar calma, algo que parecía más satisfactorio que cualquier otra sensación que hubiese sentido en los recientes 15 años.
-Entonces, ¿puedo ser libre?-preguntó el hombre
-Claro que sí, sólo suelte ese maletín y deje sus penas ahí, vamos le ayudaré.
Y el hombre dejó caer el maletín, cuando cayó sonó un golpe seco. El hombre se deshizo de la corbata y se desfajó la camisa. Dejó el celular al lado del maletín. Soltó una lágrima que cayo sobre sus objetos. Dio un gran suspiro y se puso a caminar al lado de la niña.
La gente que lo vió, dijo ver a un hombre que primero lloraba y que luego trataba de sonreír. Las lágrimas se transformaron pronto. El hombre no dejó de caminar. Sin embargo, la gente jamás vio a ninguna niña a su lado. Hasta dónde un chófer de autobús pudo contar, se supo que el hombre había llegado caminando a un pueblo entre una sierra verde y frondosa y que ahí buscó rehacer su vida, dejando atrás la ciudad y los terribles golpes que había recibido. Pronto encontraría una mujer ahí, una mujer que realmente se enamoró de él. La niña desapareció realmente, incluso para él. Le indicó como llegar, pero se fue argumentando que había muchas locuras que evitar y muchas desesperaciones que esfumar.
El maletín se quedó por casi una hora en el paradero. Alguien lo recogió y trato de abrirlo, pero no pudo. Alguién más robó el celular. Dentro de poco el maletín terminaría en manos de la policía, y el contenido que había dentro tuvo que ser visto por un experto, puesto que nadie entre la policía sabía que era. El experto soltó una exclamación de horror al ver lo que había ahí. Era una potente bomba de detonación, una bomba expansiva de gran poder. Si el hombre la hubiera detonado, habría volado con el centro comercial, el lugar que había sido su centro de trabajo desde que era un egresado joven y con aspiraciones, el lugar dónde se encontró con los demonios que lo habían carcomido en cuerpo y alma. Y la niña sigue por la ciudad con su encanto, no es muy sencillo verla, pero calma es lo que se siente cuando está cerca...
Īsan Rokr

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