Dafne Montufar (Parte 1)

Ella ha vuelto a perderse en sus pensamientos otra vez. Sus dedos divagan de nuevo entre su frente y su hermoso cabello oscuro que envuelve su cuello y roza su espalda. Ella busca respuestas entre el cielo, ese cielo con nubes que se recortan entre las laderas de los cerros y sobre el que escapan algunos rayos de luz. Un ligero viento mueve las hojas de los árboles y trae muchos aromas a su mente, pero ninguno es el que busca.

Intenta ver el futuro, pero no ve más que las lejanas casas y el cómo esta vez sus manos se cruzan en su mirada. No hay bolas de cristal que sirvan, ni espejos de agua reveladores. El presente es complicado, es absurdo, está escaso de emociones.

Ella cree que ha perdido sus sueños, sus aspiraciones, cuando su padre ha denegado ese permiso. Su vida luce sencilla, demasiado, pero en realidad no lo es. Vive en una jaula de oro. Vive en la más hermosa hacienda de una tierra intrincada entre sierras y montañas, con ríos cortando la vegetación tan verde, con atardeceres que arrancarían suspiros hasta al paisajista más crítico.

Ella ha aprendido a amar su entorno, pero sabe que está envuelta en una turbia nube gris que no la deja respirar. Su padre es el dueño de la hacienda, un antiguo comerciante que se las ingenió para convencer al gobierno de que era un español interesado en invertir. Recibió la tierra, las facilidades e incluso…los esclavos, muchos de ellos como prisioneros de guerra desde las tierras indígenas yaquis. Su nombre era Egidio Montufar.

Tuvo una esposa ambiciosa, aún más ambiciosa que él, que creía que los trabajadores no eran ni siquiera animales. Murió en circunstancias extrañas. Mientras montaba a caballo en la ribera del río en una tarde de otoño, notó que uno de los trabajadores, un indígena de rasgos fuertes pero mirada dulce se atravesó en su camino. Ella desenfundó su pistola y lo amenazó para que saliera de su camino. Entonces muchas cosas pasaron al mismo tiempo…de la espalda del indígena salió un cuchillo de obsidiana negro, empezó a soplar un viento fuerte y estruendoso y el terreno perdió sus dimensiones. Su corcel negro brincó con gran furia y la derribó sobre el río que detuvo su flujo por un instante para dejarla caer y luego llevarla entre su atronadora corriente. El indígena escapó en el corcel negro y sólo se le llega a ver en ocasiones entre la sierra. De la hacendada no se supo más.

Provenía de una familia ambiciosa y sin embargo ella no era así. Ella habría sido la musa de los idealistas, pues su mente siempre escapaba a otros lugares, dónde el mundo era como ella creía que tenía que ser, sin ataduras, sin jaulas, sin esclavos en el nombre del progreso. Se imaginaba a si misma compartiendo sus ideas  en Europa, retratando con el arte sus sueños, su mundo, viviendo romances desesperados y escapando entre calles empedradas. Creía que la luz estaba en Europa, pero no en el lugar al que pertenecía.

Los maestros que contrató su padre para ella habían alimentado sus sueños, dándole cuanto libro pasaba por sus manos, en sus frecuentes viajes entre Francia y los pequeños puertos nacionales. Eran libros inspiradores, llenos de ideas, de surrealismo y utopía. Ella se derretía leyendo esos libros y con las historias que sus maestros le contaban. Le habían ofrecido llevarla a París, a la universidad, a tomar un lugar en todo ése mundo y ella no había dejado de pensar en eso desde que lo supo. Soñaba con presentarse con su bello nombre: Dafne. Pero ahora su padre había denegado el permiso, no había mucho que hacer. No podía escapar porque no conocía la sierra, no conocía el mundo exterior y nadie iba a rescatarla, estaba prisionera ahí.

Dafne creyó que sería una buena idea ir a dar un paseo al río, pero el capataz de la hacienda le negó el permiso, por órdenes de don Egidio. Se paseó entonces por el patio de la hacienda, sin encontrar nada más interesante que hacer que escuchar el canto de un cenzontle que se había parado a unos cuantos metros de ella. Cerró sus ojos y no encontró la paz que buscaba, encontró un desolador disturbio dentro de ella misma. La guerra cimbró su mente, aunque no sabía quiénes combatían ni porque.

Al dirigirse a su habitación, sintió pena por los trabajadores yaquis, por primera vez en su vida. Los había visto con desinterés antes, pero comenzó a reflexionar en que la desesperanza para ellos ya era cotidiana y para ella simplemente se trataba de una mala tarde. Ella podía huir de sus demonios y ellos no. Ella dormiría en una cama suave y ellos dormirían en el frío suelo, con dolores que destrozaban sus músculos. Por un momento se creyó un poco afortunada, pero no lo suficiente.

Dafne decidió esa noche preparar su telescopio para observar las constelaciones y así intentar aliviar su mala fortuna y sus malos pensamientos. Lo preparó minuciosamente, para que estuviera listo justo después del atardecer. Su mente iba y venía entre sus ideales de la universidad de París y los firmes muros que la retenían, vio volar a más aves e intentó ignorar algunos gritos que se escuchaban a lo lejos. Sus pensamientos volvían a centrarse en sí misma. Imaginó sus labios reflejados en un lujoso espejo en contraste con su piel clara y atractiva, imaginó cuantas miradas podría captar en una tarde de verano.

Se concentró en el atardecer hasta que los aros del Sol y los tonos rojizos se reflejaron en sus ojos. Sus bellos ojos castaños parecían no sufrir daño alguno. Las nubes de la tarde ya se habían ido. Cuando el Sol estaba a punto de perderse en la punta del cerro más cercano, desvió su mirada hacia el camino por el que se llegaba a la hacienda.




Ahí vio un jinete y su mente se quedó en blanco. Parecía ser alto y joven, se cubría con un sombrero y su ropa era elegante pero no demasiado, de un tono café que ella antes no había visto. Portaba un sable y una pistola, pero no era del ejército. En sus manos llevaba varios pergaminos y documentos. Supuso ella que sería un mensajero, el telégrafo aún no llegaba a esa región.

El jinete no la miró a ella, pero ella no dejó de mirarlo a él. Sintió su corazón acelerarse con el pulso con el que corría el río. Sintió que el mundo desapareció, que las paredes se esfumaban y que ahí seguía el jinete, impasible. Casi cayó del balcón en el que se encontraba por que se sintió prácticamente hipnotizada entre los matices del atardecer y los del extraño jinete. Ahora Dafne se sentía libre, más libre que nunca.
 
ĪR

CONTINUARÁ...

 Gracas por leer el inicio de esta historia, esperen la siguiente parte, la sorpresa y el misterio no dejarán de aparecer. 

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