Dafne Montufar (Parte 2)

El jinete bajó de su montura, Dafne aún no alcanzaba a mirarle el rostro. Se dirigió a la entrada de la hacienda y dejó los paquetes que llevaba a un capataz que se acercó a recibirlo. Dafne no percibió ni siquiera las vibraciones de su voz, pese a tener toda su atención centrada en él. Tan rápido como llegó, el jinete se fue y se perdió con facilidad entre los árboles y la oscuridad que comenzaba a hacerse presente.

Dafne no pudo poner su atención en otra cosa que no fuera esa visión y no tenía la menor idea de porqué. Se preguntaba a si misma si todo era producto del cúmulo de emociones que sentía. Trató de pintar en un lienzo, pero sólo consiguió esbozar garabatos que denotaban su desordenado estado interior.

Llegó la hora de la cena, fue al comedor principal con su padre, donde disfrutaron una pequeña comida, abundante en carne y frutas frescas recién cosechadas. El silencio era abrumador, porque hasta el sonido de los cubiertos se perdía. Las velas tintineaban. Egidio no pudo resistir más esta situación y preguntó con su estridente voz:

-¿Te encuentras bien Dafne? Ese silencio en ti es demasiado inusual-.
-El silencio es tan natural como las palabras, padre, y las palabras no desean escapar de mí esta vez-  contestó Dafne fríamente.
-¡Tú y tus ideas!-respondió enérgicamente Egidio-mi preocupación no tiene sentido con esas respuestas tuyas-.

Y se quedaron en silencio de nuevo, hasta que la comida se acabó y la Luna alumbraba con su luz las ventanas. Se retiraron ambos a sus aposentos. Dafne encontró incómoda su cama, ni la mayor comodidad del mundo podía hacerla dormir. Las visiones del atardecer seguían revolviendo su cabeza. Finalmente planteó una solución. Iría a buscar los misteriosos paquetes en el transcurso de la noche, en la madrugada, cuando los guardias y capataces dormían recargados dónde podían.

Esa noche Dafne leyó en la oscuridad como leería en un libro. En la oscuridad veía plasmados sus sentimientos, era extraño y fascinante a la vez. Esperó hasta que el silencio volvió a reinar, hasta que incluso los insectos y los murciélagos aleteando callaran. Entonces comenzó a bajar con total sigilo las escaleras que conducían de su habitación a la sala principal.

Dafne sabía cómo escabullirse, lo había aprendido desde niña. Sus pasos no hacían más ruido que la respiración de un niño dormido. Llegó a la sala principal y todo seguía igual. La luz de la Luna denotaba el contorno de las armas de su padre, que iban desde una pequeña espada, hasta un fusil de doble cañón de varios cartuchos, sumamente moderno. Dafne cruzó con cuidado y se dirigió a la oficina principal de su padre donde llegaba todo lo referente a la hacienda.

Dafne abrió la puerta, que estuvo a punto de dejar salir un profundo rechinido. Respiró hondo y pensó fríamente. Comenzó a acercarse con su delicado vaivén hacia la mesa, dónde ella había creído ver el paquete. Un paso y otro más…todo iba bien, hasta que sus movimientos se detuvieron instintivamente un momento y sintió un grito ahogado en su garganta.

Los frascos que su padre tenía en un estante habían comenzado a girar sobre sí mismos, chocando entre sí, perturbando el silencio. Ella trató de retroceder, de huir, pero se sintió encerrada. En medio de la oscuridad, un muro invisible le impedía moverse.

Escuchó pasos y escuchó respiraciones, escuchó gritos y escuchó preguntas, sentía como su padre estaba a centímetros de ella. Como si proviniera de un arma, una chispa iluminó el suelo de la habitación. La chispa creció y corrió con la velocidad de una bengala. Se formó un círculo  en el suelo y brotaron llamas. Las llamas bailaban entre ella y la mesa donde estaba el paquete. Siguió sin poder moverse.

Finalmente, con todos sus impulsos acumulados gritó con todas sus fuerzas y cerró sus ojos. Cuando los abrió, ella ya no estaba ahí. Estaba fuera de la habitación y la puerta estaba cerrada. Dafne estaba en el suelo, con el cabello revuelto, los nervios destrozados y el corazón trabado en intensas palpitaciones. Trató de dirigirse a la puerta, pero fue imposible abrirla. Prefirió volver a su habitación y tratar de dormir.

Consiguió conciliar el sueño, pero tuvo una enorme cantidad de pesadillas, producto de la aterradora experiencia que había tenido. Despertó cuando el amanecer ya había pasado, cuando el Sol iluminaba todo su rostro. Al levantarse se detuvo un momento en mirar su aspecto en un espejo, lucía demacrada.

Luego de desayunar, vio de nuevo a su padre, quien parecía de súbito, muy contento y alegre, algo bastante extraño en él. Reía, pero no lo hacía con alegría, lo hacía con gesto de crueldad y ambición. Miró contento a Dafne y se animó a contarle:

-Hija mía, el presidente nos ha otorgado un reconocimiento y un permiso especial, podemos expandir nuestros terrenos hasta limitar con los de la compañía minera norteamericana y aprovechar todo lo que hay ahí. Ahora soy considerado persona de honor en la capital y puedo acceder a cuanto yo quiera, casi tendré el mismo poder que el gobernador, ¿no te da gusto?-.
-Me alegro padre-volvió a responder Dafne con indiferencia- espero aproveches de forma buena esta oportunidad, espero no destruyas los bosques que he visto desde mi infancia-.
-¿por qué te preocupa tanto eso? Ya lo ha dicho el presidente, lo que importa es la paz y el progreso. Se nos ha dado esta tierra rica en recursos, sería una tontería no aprovecharlos-.
-Tal vez esa no sea la forma correcta de aprovecharlos, padre-.
-Suenas como esos indígenas yaquis, que les encanta cacarear sobre su tierra, la creen tan sagrada como el asiento del Papa, nunca entenderán lo equivocados que están-.

Dafne dirigió una mirada furiosa a su padre y este hizo un gesto de fastidio y optó por irse. La crueldad de Egidio al parecer no tenía límites, ahora estaba entre sus planes acabar con el bosque y enriquecerse como cerdo aún más. Le molestaba a Dafne la codicia de su padre. Dafne creía que el oro no era más que motivo de disputa y locura entre los hombres, prefería evitar las joyas, porque para ella, eran símbolo de ambición.

Se la pasó el resto del día leyendo y dibujando. Su mente ya parecía funcionar correctamente. Por la tarde decidió mirar desde lejos la labor de los esforzados trabajadores, el cómo sembraban y cosechaban con tanta velocidad. Si alguno se tardaba o cometía un error, era ferozmente castigado por los capataces. Los trabajadores tenían la mirada pérdida y la frente llena de sudor. Trabajaban porque de eso dependía su vida. A lo lejos se veía la tienda de raya, que tantas veces pidió Dafne administrar, pero Egidio no la dejó. Según Egidio, si Dafne administraba, la hacienda se iría a la quiebra.

Llegó el atardecer y esta vez nada interesante ocurrió. Tuvo otra cena frígida con su padre y se retiró a dormir. Logró dormirse rápidamente y esta vez por su mente no se atravesó ninguna pesadilla. Se despertó de pronto en la noche, porque el calor de sus cobijas se había ido.

Sentía algo frío en su mano, algo helado. El terror la paralizó en ese instante. No podía mover su mano. Trató de calmarse pero era imposible, su mano había dejado de estar cálida y ahora era fría también. No notó que incluso sus parpadeos se habían detenido. Se quedó paralizada unos segundos más hasta que volvió a parpadear.

Entonces pudo mover su mano otra vez, palpó lo que tenía en su mano, pero no pudo distinguir qué era. Encendió como pudo una vela, con la mano aún temblorosa y cargada por ese objeto que no reconocía. Cuando la luz de la vela alumbró su mano, casi suelta lo que cargaba…era un cuchillo negro de obsidiana. Lo depositó en la mesa, ni siquiera pudo articular un rezo.

 Decidió tomarlo para enseñárselo a su padre, pero en cuanto sus dedos tocaron la empuñadura, comenzó otra vez a ver círculos de llamas y a ver como los objetos de su cuarto se movían solos. Lo soltó rápidamente y la visión se fue. Apenas y podía respirar de la impresión. El fuego se había ido y en su habitación todo seguía en orden.

Volvió a quedarse dormida y en sueños volvió a ver al jinete que había visto en el atardecer, esta vez vestido de negro, cabalgando. Veía como se detenía en la ribera del río, se bajaba de su caballo, se recargaba en un árbol y se ponía a escribir en una hoja de papel, con una caligrafía un poco descuidada pero firme.

Cuando terminaba de escribir, volvía a cabalgar a toda velocidad, esta vez hacia la hacienda. El jinete lanzaba el papel que había escrito, que se perdía entre el viento que soplaba fuerte en esa madrugada. El jinete volvía a perderse entre las sombras.

Dafne despertó de su sueño, aún no amanecía. La vela que había prendido seguía encendida. Notó que en suelo, cerca de la ventana y su cortina blanca, había un papel enrollado y optó por abrirlo creyendo que había caído de alguna mesa. Quitó el hilo que enrollaba al papel se acercó a la luz de la vela para leerlo, lo leyó una vez y no comprendió su contenido, se perdió en la caligrafía, en el aroma que desprendía, en el calor que desprendió en su ser y que fundió el hielo de sus pensamientos… no lo podía creer, no podía ser…




CONTINUARÁ…

Gracias por comenzar a leer esta historia, si les ha gustado, compartanla ;) eso me ayuda bastante, si desean decir algo de ella o hacerme alguna queja o sugerencia pueden comentar. Si han comenzado a leer por esta parte 2, les recuerdo que en http://idealisticexplosions-ir.blogspot.mx pueden ver la parte 1, además de historias anteriores de temas diversos que creo que también los podrían interesar, de nuevo...¡Muchas Gracias!
Īsan Rokr

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