Dafne Montufar (Parte 4)
Román Nava sonrió. Por un momento dejó
la dureza de su porte y la miró tiernamente sin articular palabra. Sabía que el
nombre de Dafne Montufar ya no se le iba a olvidar. Ya podía nombrar a la razón
de sus alucinaciones, ya sabía que era real.
Y ella lo miró también, demostrando
fortaleza. Pero ella sabía que en su interior, sus ideas de obstinación estaban
por desvanecerse. Finalmente no pudo más y soltó un suspiro suave y
aliviado. Decidió preguntar con una voz suave y entrecortada:
-Y bien, Román, ahora que sabes mi
nombre, ¿qué harás?-.
Román se quedó impávido y ninguna de
las imágenes que transitaban por su mente se volvió palabra. Se produjo un
silencio eterno de unos cuantos segundos. Él bajó ligeramente la mirada,
acomodó su sombrero y la miró fijamente:
-¿Qué haré? Darle nombre a mis
pensamientos, un bello nombre, ya decía yo. Y encontrarte más seguido
naturalmente. Esquivar los fantasmas de los caminos para encontrarte, porque sé
que tú también desearás encontrarme a mí. ¿Quién eres, Dafne? Para hacerme
decir estas cosas.
-Soy lo mismo que tú eres para mí. Un
sueño y la pesadilla de perder el control, de perder lo que uno creía seguro.
Eres una tentación a la distancia y una atracción tan cercana. Soy lo que
soñaste y hasta hoy, pudiste nombrar-hizo una pausa-Somos locos Román,
soñadores y locos.
Román asintió con la cabeza y sintió en
la piel esa locura de la que hablaba Dafne. Por su mente pasaron un montón de
historias y novelas que había leído cuando era más joven, cuando estuvo cerca
de encontrar la muerte. Jamás creyó que lo que leía, podía hacerse palpable.
Incluso lo fantasioso pertenecía a la realidad.
-¿De dónde vienes Román?-preguntó
Dafne, acercándose más a él.
-Hoy mismo vengo de Rioverde, a traerle
estos contratos a tu padre, de unos inversionistas gringos que dicen haber
encontrado su paraíso.
-No, no, ¿dónde naciste? ¿Dónde está tu
tierra?-.
Román ladeó la cabeza y miró hacia el
cielo, las nubes se movían con rapidez.
-Eso…eso no importa demasiado. Ya te lo
diré en otra ocasión. Lo que puedo decirte, es que no soy un mensajero
convencional. Acepté este trabajo porque casi nadie quería tomarlo. Pero he
aprendido más de los caminos verdes de lo que jamás pensé-.
Su diálogo se vio interrumpido. Volvía
el capataz con Egidio Montufar. Ambos se separaron rigurosamente. Román fingió
acomodar la montura de su caballo. Dafne guardó silencio y salió al encuentro
de su padre.
-¿Tú qué haces aquí, mujer? Estos no
son tus asuntos- increpó Egidio.
-No veo el motivo que tiene usted de
mantenerme ignorante de lo que hace-respondió Dafne.
El hacendado sintió escapar sus
impulsos, alzó su mano con porte cruel. El capataz miró a su jefe esperando su
reacción. Román trato de ocultar otro impulso de furia. Dafne se mantuvo firme.
Egidio se limitó a gritar: “¡Fuera de aquí!” y avanzó tiránico hasta donde
estaba Román.
-Entonces, ¿qué traes muchachito?-dijo
aún fúrico.
-Dwight Preston, reciente inversionista
de la Robson Company de los Estados Unidos, desea firmar un contrato con usted
para adquirir un 40 por ciento de su producción de frutas y vegetales. También
propone una inversión conjunta para reparar el camino hacia el puerto y
librarlo de asaltantes. Los contratos están aquí, si desea verlos.
Egidio Montufar leyó concienzudamente
los contratos, aunque cada tres líneas pedía la explicación de algo que no
entendía. Román le explicaba, impasible. El capataz se limitó a limpiar la
empuñadura de su machete mientras observaba la escena.
Egidio pensó un instante y dio su
respuesta. Se aseguró de que Dafne ya se había ido y se resolvió a decir:
-Dile al gringo ése que haré una cena
el próximo sábado por la noche. Lo espero aquí, para discutir lo que quiere.
Los gringos son tramposos, sé que me puede engañar. Anda, dile. Ten, para que
quites esa cara-le dijo dándole discretamente unas monedas de plata.
-Señor Montufar, quédese el contrato,
para que lo discutan juntos en la cena y lo pueda usted…analizar mejor.
-Está bien, dile al gringo que lo
espero aquí. Que aprenderá lo que es comer.
-Le diré, hasta luego señor Montufar.
Gracias-.
Román se montó en su caballo y se fue
galopando, la noche estaba a punto de caer y debía llegar al paraje más cercano
para dormir. Aún tenía que dejar mensajes en otras haciendas al día siguiente,
y necesitaba hacerlo lo más pronto posible.
Egidio se despidió del capataz. Sacó un
puro, lo prendió y se quedó pensando un instante. Necesitaba ir a pensar, a
alguna parte. ¿Por qué? No lo sabía. Pero no quería volver a su despacho, no
ese día.
Caminó y caminó por los lindes de su
propiedad, cruzó los sembradíos con gesto indiferente, sin mirar a sus
esclavos. Nadie le habló y apenas notaron su presencia. El puro se consumía
lentamente.
Llegó hasta una de las pequeñas colinas
que bordeaban su inmensa propiedad. Ascendió rápidamente hasta la cruz que se
divisaba en uno de sus bordes. Encontró una silla vieja de madera y la cargó,
hasta llevarla a un costado de la cruz. Se sentó ahí y miró el panorama.
Atardecer rojo.
Los recuerdos invadieron su mente. Su
niñez, las palizas de su padre, la construcción de la Hacienda, el asesinato de
Carlos Mujica y su familia, los ejércitos de los azules y los de sombrero,
enfrentándose. La boda con la mujer que nunca le atrajo…esa mujer.
Matilde Avelar. La hija de Inocencio
Avelar, el hombre que tenía las tierras de al lado, las que estaban junto al
río. Las más fértiles. Apenas y la conocía de vista, cuando iba por agua al
río. No intercambiaba la mirada con nadie. Él sólo sentía indiferencia.
Egidio vuelve a recordar. Su padre y él
como trabajadores de la reciente hacienda, ambos capataces, ambos de la
confianza de Mujica. Y el día de invierno en que llegaron quince matones con
pistolas y machetes. Ellos fingieron pelear con los matones, tan real fue la
imitación que un tiro le voló el sombrero. Mujica y su familia tratando de
huir. Los gritos, la desesperación. Ellos como herederos.
“Ya es hora de ampliar las tierras,
hombre” le dijo su padre años después. Egidio jamás había tenido el menor
interés en las mujeres. “¿Y cómo?” “Pues con un matrimonio, chamaco, ¿con qué
más?”. Aventó una piedra al infinito del puro coraje.
La boda celebrada en el pueblo, que
quedaba tan lejos. Sonrisas falsas, los dos mirándose, apenas después de haber
intercambiado unas cuantas palabras. Bienes mancomunados, por supuesto, había
que ampliar las tierras. La luna de miel que más bien fue una luna de polvo.
El señor Avelar y su padre se fueron a
caballo a la capital, a arreglar los papeles de esa cosa… ¿cómo se llamaba?
Latifundio. No volvieron. Unos alzados los despojaron de sus vidas y de los
caballos. Egidio Montufar era el heredero de ambos.
Otra piedra a la colina. Los recuerdos
de su mujer. Tan tímida al principio, apenas y hablaba. Él, tan desinteresado.
El ser herederos de la propiedad más grande la región los hizo hablar. Trajeron
trabajadores, maquinaria, hicieron negocios sucios, condicionaron a otros
propietarios y al mismo gobierno del estado.
Jamás se besaron. Él intentaba hacerle
alguna caricia y ella apartaba su mano. Egidio comenzó a ser cruel con sus
trabajadores, porque Matilde era cruel con él. Era claro que los dos no se
querían ni deseaban estar juntos. Pero la tierra los mantenía unidos. Esa
ambición.
Las constantes indecisiones de Egidio
desesperaban a Matilde. Y pasaba lo increíble…Ella le gritaba, le increpaba, lo
hacía pedazos con palabras. Él no sabía cómo defenderse, la presencia enorme de
Matilde lo reducía a la nada, lo dejaba inmóvil.
El capataz les jugó una broma un día y
les dio una bebida alterada durante un brindis. La bebida alterada hizo
milagros y esa noche los dos fueron amantes y descargaron su furia de otra
forma. Sólo fue una noche y el capataz ya no apareció al día siguiente.
Su hija nació, existiendo entre la
dureza mutua de sus padres. El ambiente se cargaba de tensión, ambos se volvían
locos. Matilde se puso a maldecir a los indígenas que traían de Sonora, hasta
que uno de ellos invocó al río para que se la llevara para siempre.
Egidio jamás sintió eso que la gente
llamaba amor, ni por Matilde ni por nadie. Sentía como su presencia, de jefe,
de autoridad se rebajaba con esos recuerdos. “Que feo se siente, ¿verdad,
cabrón?” escuchó en el viento. Era la voz de Matilde, furiosa como siempre,
empequeñeciéndolo como a un insecto.
Egidio sacó una pistola y le disparó al
viento. El tiro se perdió a la distancia y cortó el silencio del atardecer.
Pateó la silla y se dirigió nuevamente hacia la hacienda dando tumbos con las
piedras que se atravesaban en el camino. “Malditos recuerdos” pensaba.
La curiosidad de Dafne no tenía
límites. Y el maltrato de su orgullo por su padre frente al hombre que la
mantenía soñando había causado una ira que no la abandonaría en al menos tres
días. Mientras su padre se ausentó en su inusual paseo, ella decidió ir a su
despacho.
Bajó nuevamente las interminables
escaleras, pasó con indiferencia al lado de unos capataces que dialogaban con
sendos tarros de pulque y se internó en el amplio cuarto.
El despacho de Egidio estaba
desordenado, como de costumbre. Había documentos por todos lados, órdenes de
suministro de la tienda de raya, algunas gacetas, pero ¿dónde estaba eso que
buscaba? No tardó mucho en hallarlo, en un costado de la mesa de trabajo.
Los contratos estaban ahí, con
rimbombantes letras, algunos sellos y caligrafía mecanizada. Los contratos eran
extensos, había palabras extrañas por todas partes, mencionaban a la ley, al
gobierno, las propiedades, algunas cifras…”Nada más que un robo elegante” pensó
Dafne.
Siguió recorriendo con su vista los
contratos, profiriendo largos bostezos. No encontraba nada interesante, nada
que llamara la atención. Trató de acercar la silla para sentarse, pero en una
mala jugada de la silla, ella terminó en el suelo, con los contratos caídos
sobre su pecho y su rostro. El librero atrás de ella se tambaleaba bruscamente.
Se incorporó rápidamente, ordenó las
hojas del contrato que se hallaban regadas por todo el lugar. Estaba a punto de
terminar cuando notó que una página era demasiado pesada. La pesó ligeramente
con sus delicadas manos. Seguía siendo inusual, pero no se veía nada extraño.
Rasgó con sus uñas el papel y entonces lo encontró.
Era una nota, cuidadosamente
sobrepuesta en la gruesa hoja de papel. Era casi imposible notar su presencia.
¿Sería alguna clausula secreta? ¿Sería finalmente la comprobación de sus
sospechas de los negocios sucios de su padre? Algo valioso tenía que haber ahí.
Abrió la hoja cuidadosamente y leyó:
“Sabía que tu curiosidad te traería
hasta aquí. Dudo que el viento siga siendo nuestro cómplice. Detesto los versos
de poemas románticos que recuerdo en mi mente, porque los creo falsos. Porque
todo es distinto. Deseo volverte a ver, el tiempo que sea posible y sé que
felizmente nos habremos visto para cuando tú leas esto.
Los contratos son un excelente pretexto
para estar cerca de ti y para dejarte este mensaje. Te veré en la cena, Preston
me llevará con él, aún no me dice el motivo. Hasta entonces te seguiré
pensando. Más emocionante que cualquier otra cosa, es el misterio que te rodea.
El deseo de conocerte, más allá de mirarte.
Román Nava”
Dafne sonrió y escondió la nota
camuflada en su vestido. Terminó de ordenar el desastre de los contratos y huyó
grácilmente a su habitación. Tenía que encontrarle un buen escondite a esas
palabras. Un escondite que ella viera todo el tiempo y que los demás ignoraran
siempre.
Román cabalgó hacia los cerros y se
internó rápidamente en el sendero que llevaba al paraje de Cruz Alta. Los árboles
y la vegetación casi inundaban el camino. Se percibía el olor de la lluvia aún
fresca, del día anterior. Román sólo pensaba en Dafne y en la nota que le había
dejado. “Si la descubre el imbécil de su padre, se acabó esto. Jamás la veré
otra vez” pensó.
Continuó vadeando el camino y encontró
las huellas de otro jinete, que sin duda iba más rápido que él. ¿Sería algún
rural? Quién sabe. El sendero era más un atajo que un camino propiamente. Sólo
los que conocían el lugar mejor que la palma de su mano se internaban ahí.
“El demonio les juega malas pasadas
ahí, hombre, váyase con cuidado. Que los senderos cambian y las almas
penando…pobrecitas, atacan a los incautos. Tenga cuidado, oiga” le
dijo alguna vez un hombre viejo, en una cantina del pueblo, justo cuando
comenzaba a ser mensajero.
Román continuó hasta un borde del
sendero, dónde los árboles unían sus ramas para hacer un túnel dónde apenas se
filtraba la luz. Encontró un machete tirado en el piso, con manchas carmesí en
la hoja. No quiso levantarlo, ni averiguar. Continuó su camino, tomó firmemente
las riendas y acarició la cacha de su pistola.
El destino ya lo esperaba. Dos hombres
de ropas viejas y gastadas fueron a su encuentro con improvisadas y delgadas
picas de madera. Trata de evadirlos. Suenan disparos desde las ramas de los
árboles. Las hojas de metal cortan el aire. Voces. Gritos. Maldiciones. El
caballo relinchando. El destino ya estaba ahí.

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