La Marea Guinda

Dedicado a todos mis compañeros, amigos y personas especiales del Politécnico y de la UNAM. Si estuvieron ahí, recuérdenlo para siempre como un orgullo personal. Si no pudieron estar, siéntanlo en este texto. Por los buenos tiempos del movimiento, por la unión y la solidaridad. Gracias a todos. 

LA MAREA GUINDA

Fui politécnico. Lo fui por elección y por convicción. A pesar  de que su sistema nunca fue para mí y la carrera técnica de Turismo tampoco, le adquirí un gran cariño. Era mi segundo hogar. Era un estudiante muy crítico, pero eso no impedía que me entregara totalmente en esos tres años. Era parte de mi vida.

Siempre creí que el Politécnico necesitaba una mentalidad abierta y crítica. Detestaba la falta de libertad y la constante rigurosidad. Soñaba con debates, discusiones, con un mayor planteamiento en la realidad. La formación en el Politécnico era magnífica, pero necesitaba ser más abierta, más autónoma. Sí, desde entonces defendía la idea de que el Politécnico debía ser autónomo.

Dejé al Politécnico con un emotivo y nostálgico Huélum. Me fui orgulloso y triste. Una etapa terminaba para dar paso a otra. No obstante, sabía que el guinda lo llevaría en la sangre…para siempre.

Sabía que mi destino era ahora ser universitario, ser parte del gran “rival” del Politécnico. La rivalidad me parecía absurda y fundamentada en una mera competencia poco trascendente. Siempre había soñado que sus estudiantes dejaran sus diferencias y formaran una unión, en su beneficio. Me convertía en universitario porque quería ser periodista, escritor y fotógrafo.

Nadie de toda la gente que conocí en el Politécnico siguió mis pasos. La inmensa mayoría continuó su camino en la institución. Se sentía extraño, pero se sentía bien afrontar un reto único y era un orgullo decir que había pertenecido a las dos mejores universidades de México.

En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales hablé del Politécnico como hablaría un viajero acerca de una tierra extraña. Mis compañeros me hacían preguntas sobre cómo era ese sistema, como eran las clases, las materias, los alumnos…tantas cosas que contaba con nostalgia y diversión. Y yo aprendí de ellos. En algunos aspectos los envidiaba, pero por otra parte no me arrepentía de haber estado en el CECyT 13. Me hacía sentir orgulloso.

Siempre tuve la idea de que se podía hacer una analogía del Politécnico y la UNAM. Me recordaba a los griegos, el Politécnico era como Esparta y la UNAM era como Atenas. En teoría enemigos, pero en la realidad parte de la misma sustancia, parte de la misma “Grecia”. Y juntos podían combatir a un enemigo común, complementando sus carencias. Así lo concebía en mi imaginación.

Pasaron las semanas rápidamente. El 24 de septiembre se desató el caos. Al revisar mi Facebook  en la mañana encontré decenas de publicaciones con relación a la imposición del nuevo reglamento del IPN y un nuevo plan de estudios que pretendía tecnificar a los legendarios ingenieros de la institución e incluso a los licenciados de ciencias sociales y de médico-biológicas. Un verdadero desastre.

La ESIA de Zacatenco era la primera afectada y la primera en levantarse. El alboroto corrió como pólvora por todo el Politécnico gracias a las redes sociales. El descontento con estas medidas era absoluto. La aprobación de estas medidas en la madrugada era un acto cobarde.

Algunas otras escuelas comenzaron a alzarse en paro de labores. La información fue tomada  y difundida por los medios independientes principalmente. Se formaban asambleas y consejos. No faltaba la información fatalista. La indignación y el miedo eran generales.

Me sentí ofendido por estas medidas pese a que no me iban a afectar. Difundí la información que sabía persona a persona entre la gente de mi grupo que no tenía idea de lo que ocurría. Me escucharon. Podían apoyar la causa. Me parecía extraño que en mi facultad, que tenía fama de “rebelde y grillera” no se diera información al respecto. Se vivía en un idilio.

Finalmente los reflectores se posaron sobre la comunidad del IPN el jueves 25 de septiembre. Ese día hubo una gran marcha a Zacatenco con un gran poder de convocatoria. A la ESIA, se unió UPIICSA, la Escuela Superior de Turismo y algunas otras. Sabía que mis amigos y conocidos estaban metidos en eso. El naciente movimiento estudiantil comenzaba a moverse de forma colosal en total paz.

Sin porros…con puros estudiantes se pretendía hacer esta movilización. Más y más gente se sumaba, pues la causa era más que legítima. El IPN se levantaba después de años de permanecer en completo orden. Se levantaba por su propia supervivencia y por su propio honor, defendiendo los ideales con que había sido creado.

Los porros trataron de desestabilizar el movimiento el sábado, pero la unión y rápida difusión de información lo hizo imposible. Facebook se inundaba de imágenes, frases de protesta, muestras de apoyo, tentativas de paro absoluto.

El movimiento del IPN ya era tema clave en la Ciudad de México. Pronto, algunos estudiantes de la UNAM comenzaron a mostrar su apoyo a esa causa dejando las diferencias de  lado. Los de la UAM hicieron algo similar, pero a menor escala. Se hablaba de manera histórica de una solidaridad entre universidades que no se veía desde hacía muchos años atrás. Era magnífico.

Se convocó a una marcha de tintes épicos para el día 30 de septiembre, sólo faltaba confirmar la hora. Las Asambleas discutían y decidían arduamente cada día los puntos que iban a defender. Había ideas moderadas y radicales, pero lo que estaba claro era que el despertar había llegado. Se formaron pliegos petitorios y se buscó formar uno de manera general.

El 29 de septiembre, finalmente se convocó a una asamblea en mi Facultad, para difundir información acerca de lo que ocurría en el IPN y de la marcha del 2 de octubre. Decidí ir junto con otros de mi salón, me interesaba saber qué era lo que dirían y si expresarían su apoyo de manera directa.

La asamblea se llevó a cabo en la explanada alta de la facultad, entre olores de cigarro y comida. La asamblea era dirigida por alumnos con alta actividad política en la Facultad, ya los había visto antes. Ellos dieron a conocer que venían desde las dos ESIME, algunos alumnos dispuestos a informar a la comunidad sobre lo que ocurría.

Llegaron alrededor de 8 alumnos con ropa del diario y aspecto cansado. Los seguía un adulto. Hablaron con cierta dificultad, era perceptible que muchas ideas transitaban por su cabeza, que se sentían en terreno ajeno y que las palabras les faltaban. Pero expresaron la idea importante. El IPN estaba a punto de ser la siguiente víctima de las reformas estructurales y sus estudiantes querían salvarlo.

La directora general del IPN, Yoloxóchitl Bustamante había aprobado el reglamento, pero sonaba poco lógico que fuera únicamente su responsabilidad. El reglamento era escabroso y terriblemente ambiguo. Se pretendía fomentar la enseñanza “operativa” sobre la crítica, orientar los fines del instituto hacia el sector privado, mermar la libertad de expresión, “robotizar” a los alumnos y formar un autoritarismo sin consulta previa. ¿En qué iba a acabar toda esa comunidad?

Los alumnos terminaron de hablar y habló el adulto que los acompañaba. Su aspecto era desaliñado pero eso no impedía que soltara un gran discurso. Nos llamó a que mostráramos nuestro apoyo y solidaridad a la institución hermana. Nadie se opuso a esta idea.

Traduje y complementé todo lo que dijeron los visitantes de la ESIME para mis compañeros que me rodeaban. Lanzaron un Huélum de despedida y me quedé impávido. Lo sentí en la sangre, así como los había sentido antes. En efecto, el IPN no me había abandonado.

Mi corazón reverberaba de emoción, de incertidumbre y de deseos de expresar todo lo que sentía. Descubrí que aún era politécnico, que quería defender a la institución que me formó por tres años y que quería defender a mis amigos y compañeros. No podía dejarlos atrás.

El 30 de septiembre comenzó en total tranquilidad. Pero las vibraciones de lo que vendría se sentían en el aire. Pasaron a informar que el contingente de la Facultad se iría  a las 12, hacia el Casco de Santo Tomás, porque de ahí saldría la marcha con rumbo a la SEGOB, para entregar el pliego petitorio a Miguel Ángel Osorio Chong.

Una de mis compañeras me dijo: “Nos da gusto de que vengas con nosotras, tú nos das confianza”. Sus palabras me traspasaron, no podía creer que dijeran eso.

El contingente de la Facultad de Políticas fue realmente pequeño. Llevaban algunas consignas impresas en papel kraft y algunas pequeñas banderas. La mayoría había estado participando activamente en la asamblea. No superábamos los 30. Comenzaron a entonar un canto de protesta que hacía alusión a los muertos por causas políticas. Finalmente lanzaron un Goya que inspiró a la mayoría.

Comenzamos a caminar hacia el metro Universidad tratando de mantener la cohesión y aprendiendo poco a poco los cantos de protesta. Mis compañeras cargaban un papel kraft que habían robado de la Facultad. Contenía no sé qué cosas de economía, pero podía ser útil para fabricar una pancarta.

Subimos las escaleras del metro con múltiples goyas. Nos congregamos en el metro y saltamos los torniquetes ante la mirada de desconcierto de las personas que estaban ahí. Al llegar al andén, uno de los nuestros informó que en Copilco esperaríamos a un contingente de la Facultad de Economía. Mostramos nuestra aprobación.

Bajamos en Copilco y ahí, ante la burla de algunos, mis compañeras comenzaron a pintar el papel kraft robado con una consigna, la que más me agradaba sin decirles. Con pintura roja, negra y blanca pintaron en letras prominentes: “Autonomía para el IPN. Facultad de Políticas y S.”

El contingente de Economía llegó cuando el papel kraft estaba listo. Nos fuimos esta vez en un par de vagones del tren, ante el susto de los usuarios que pronto abandonaron el tren. La pintura no se secaba y tuvimos que maniobrar para evitar que el cartel se arruinara. Fue imposible y quedó manchado, pero esas manchas le otorgaban personalidad.

Nos fuimos cantando consignas todo el camino hasta el Metro Hidalgo, donde debíamos transbordar para llegar a Metro Normal. Y de manera increíble y emotiva para mí, se intercalaba un Huélum por cada Goya, así, como si fueran uno sólo.

Hidalgo era un tumulto de gente. Los empleados del Metro e incluso la Policía Auxiliar ayudaban a agilizar nuestro traslado. Nos encontramos con gente de la UAM y nuestros contingentes casi se fusionaron en ése lugar. No sentimos la menor diferencia al respecto. La gente ya no nos miraba con temor, se callaba sus pensamientos, pero era visible que no eran negativos.

El tren vibró y tembló de Hidalgo hasta Normal. No importaba ir apretados; la hermandad y la defensa de la causa común eliminaban todo rastro de incomodidad y exaltaba un orgullo interior, casi nacionalista.

Casi perdimos a los de la Facultad al llegar al Metro Normal. Pero los encontramos luego de esquivar a los entusiastas de la UAM y a unos cuantos de la Facultad de Filosofía y Letras. En efecto el pequeño contingente casi se había deshecho en el trayecto, pero volvía a unificarse. El cartel finalmente se había secado y lo alzamos triunfantes, tapando un puesto de tacos.

El contingente se reagrupó con otros pequeños  contingentes de la UNAM. Ya teníamos una unión y ante mi sorpresa, los que cargábamos el cartel en ese momento íbamos a estar hasta el frente del contingente junto con los otros tres carteles que llevaban.

Atravesamos la avenida que estaba frente a nosotros parando el tráfico y provocando los frenéticos claxons de los automóviles (y casi golpeando a los transeúntes, porque el cartel no nos dejaba ver). Pero alzábamos  más y más nuestra voz de protesta ante la injusticia.

“Aleeeeeeerta” gritaba uno. “Aleeeeeerta” contestábamos. “Alerta, alerta, alerta  que camina, la lucha estudiantil por América Latina” gritábamos todos. Las otras pancartas de mis compañeros defendían ideas similares, algunas pedían justicia para las víctimas de la masacre de Ayotzinapa.

Atravesamos una calle local para incorporarnos al Circuito Interior. La marcha había iniciado a las 13:00 y ya eran las 13:30. Un viejito nos gritó desde una esquina: “Yo soy egresado de la ESIME, ¡adelante!”. Los vítores se lanzaron hacia él. Era motivador.

En total orden y con mucha energía llegamos hasta el Circuito Interior. Los contingentes marchaban ordenados y firmes, gritando consignas, alzando la voz. Los que esperaban a los costados nos aplaudieron cuando llegamos. Lanzamos varios Huélums y Goyas.

Los contingentes eran separados con delgados cordones, que mantenían el orden y la seguridad. Hicieron esperar a un contingente y entonces nos dejaron entrar. Nuestro contingente avanzó orgulloso. Los rayos del Sol eran intensos pero no mermaban los ánimos, sólo causaban gotas de bien merecido sudor.

Los que habían hablado en la Asamblea lideraban nuestro contingente e iniciaban los cantos de protesta. Ya había aprendido casi todos y la mayoría me agradaban. Cada paso que daba, me hacía sentirme más partícipe de esta lucha.

Delante de nosotros iba un contingente de la ESIA Tecamachalco y de algunas vocacionales. Detrás, iban algunos provenientes de las lejanas Facultades de Estudios Superiores (FES). Le llovían insultos a Yoloxóchitl, que por su difícil pronunciación, era coloquialmente llamada “Yolo”. A cada rato se le recordaba a los peatones y a los automóviles que circulaban cerca que no éramos porros, que éramos estudiantes.

Muchos sacaban fotografías, desde el celular hasta cámaras profesionales. Noté su interés y su emoción mientras lo hacían. Desde los puentes algunos miraban y nos apoyaban. Los automovilistas hacían soñar su claxon en apoyo a nosotros y alzaban el puño. Era inspirador, no estábamos solos. Como respuesta, gritábamos: “Ese apoyo sí se ve”.

El tamaño de la marcha se perdía en el horizonte, era colosal, histórica y épica. Para mí, era un sueño verlos luchando por una causa justa, con una unión y cohesión que no creía posible. En alusión a los tintes enormes de la marcha, se gritaba: “No somos uno, no somos cien…pinche gobierno, cuéntanos bien”.

El camino era largo desde el Casco de Santo Tomás hasta la SEGOB (de la que que hasta ese momento, casi nadie conocía la ubicación). Las nubes no se apiadaban de nosotros y parecían haberse escapado.

Muchos recuerdos pasaban por mi mente en esos momentos, todos de la Vocacional; clases, maestros, compañeros, amigos, días alegres y frustrantes, Huélums y guinda por todas partes. Sentía el deseo de estar con todos ellos, pero era imposible, Me consolaba el hecho de que tenían que estar en alguna parte, tal vez igual de orgullosos que yo.

Pronto las proclamas se hicieron atronadoras e hicieron vibrar el cielo. El contingente de adelante entraba debajo de un puente y gritaba con todas sus fuerzas, el eco les devolvía su esfuerzo; el resultado era impresionante, la piel se enchinaba y latía fuerte el corazón.

Fue nuestro turno para entrar a ese espacio y entramos con total motivación. Rugió entonces un Huélum de hermandad que se sintió primero en los oídos y luego en todo el cuerpo. Las voces se alzaban como una sola, era imponente. Le siguió un Goya y un “Poli aguanta, la UNAM se levanta”. Era como soñar que toda la ciudad oía lo que decíamos, que en ese momento no existían más que esas palabras.

La marcha no era militar, pero los pasos sonaban con fuerza. No había orden perfecto, pero había unión, porque nadie le era ajeno al otro. Delante de nosotros marchaba ya un pequeño contingente de la UAM, que gritaba cada cierto tiempo. “¡Digna, Libre y Soberana…Arriba, Arriba, la Metropolitana!!”. A la derecha de nosotros marchaba otro pequeño contingente de la UACM.

Pronto entramos al Paseo de la Reforma, completamente invadido por la marea guinda. Parecía que los policías se habían evaporado. Caminábamos por el asfalto y en las banquetas se congregaban curiosos, fotógrafos y gente que buscaba a otros contingentes. Incluso algunos tenían pancartas de ser botiquines móviles, algo sumamente útil.

Había fuerza en cada acción, no había muchas risas y tampoco lamentos. Todos cuidaban de todos. El agua se rolaba entre los que la necesitaban y la poca comida también, a pesar de que casi nadie tenía hambre.

Los helicópteros de la policía comenzaron a rondar diligentes en el cielo. Eran saludados de la misma manera en que se saluda al portero del equipo rival en el fútbol. Algunos alzaban sus pancartas hacia ellos, aunque era imposible que los uniformados azules las vieran.

Algo de pronto desató mi desconfianza. En el camellón central de Reforma había un par de hombres con pasamontañas y ropa azul, uno de ellos con una motocicleta y una cámara. Trataron de apuntarnos. Fijé mi mirada en uno de ellos, ambos intercambiábamos desprecio. Se terminaron yendo sin causar mayor escándalo.

La gente salía de sus trabajos y de su vida cotidiana para vernos por un instante. Nos veían con orgullo, con admiración. Era ya ridícula la idea de que causaríamos vergüenza social. Cuando la causa y la lucha son justas, no hay que temer de la reacción ajena. Éramos héroes por un día. Nos aplaudían, algunos gritaban consignas o alzaban el puño. Un viejito portaba una pancarta que lo señalaba como egresado de la ENCB. A todos ellos, les llovieron nuestros agradecimientos.

Incluso los trabajadores de una construcción de un gran edificio detuvieron su labor para ver lo que ocurría. Nos veían con curiosidad, con un silencio expectante y algunos sonreían. Tuvieron la oportunidad de leer nuestras pancartas, porque pronto se las enseñamos a la distancia. Algunos comenzaron a mencionar a los obreros en los cantos de lucha.

El Ángel de la Independencia ya estaba frente a nosotros. Alrededor de él se congregaban todos los fotógrafos posibles. Había personas de traje que observaban y comentaban entre ellos. Los contingentes avanzaron lentamente, pues se necesitaba de avanzar ordenadamente en el nuevo trayecto. La figura dorada observaba al horizonte y nosotros también.

Vi a una chica del CECyT 13 que esperaba en el camellón, con una pancarta y esa playera blanca que nos habían dado el día en que el Politécnico nos había recibido en sus brazos. Me llenó de emoción verla porque era un pedacito de mi querida Vocacional. Grité el siguiente Huélum con mayor fuerza.

Algunos comenzaban a quedarse afónicos, pero no dejaban de gritar. Veía a las personas que me rodeaban, sentía que estaban llenos de secretos y de ideas; encerraban misterio en sus ojos. A pesar de eso, me sentía en confianza con ellos, pese a que no supiera sus nombres.

El reloj siguió corriendo sin que nadie se percatara, pues los cadentes pasos se comían a los segundos. Pronto alguien comenzó a difundir que a las 16:00 habría un Huélum general de todos los contingentes, todos aceptaron con entusiasmo y lo difundieron. Seguimos caminando, cada que pasábamos por un edificio de gobierno, los apuntábamos con el dedo diciendo: “Esos son, esos son los que chingan la nación”.

Llegaron las 16:00, los líderes de contingentes alzaron sus manos pidiendo silencio y comenzaron el conteo. Alzamos la vista expectantes. “Huélum, Huélum… ¡Gloria! A la cachi cachi porra, pim pom porra, pim pom porra…Politécnico, Politécnico, ¡Gloria!” gritamos al unísono y el aire se contagió de nuestras voces llevando el mensaje a cualquiera que pudiera escuchar. Esta vez las paredes no llevaron el eco, el viento sí.

La gente del IPN creció como gigante en esos instantes, ya parecía más una marcha de gigantes que de estudiantes. El frenesí guinda se contagió por todas partes. ¿Alguna otra vez el Politécnico había rugido de esa manera en la arteria más significativa de la ciudad? Probablemente no.

La marcha comenzó a hacerse más lenta, estábamos llegando al final. Los vendedores se hicieron presentes y vendieron sus productos como pan caliente, particularmente la comida. Nos alcanzó un pequeño contingente de la FES de Iztacala y pronto comenzamos a platicar con ellos.

Avanzamos hasta Bucareli, a escasas cuadras de la SEGOB. Los contingentes avanzaban unos cuantos pasos cada 10 minutos. Bajamos las pancartas y algunos se sentaron. Pronto no pude resistir a la tentación de sentarme y comencé a ver los árboles, el cielo y escuchaba los diálogos que estaban a mí alrededor.

Hubo un punto en el que ya no avanzamos más. Acompañé a mis compañeras y hablamos fugazmente sobre lo que había ocurrido. Saqué la cámara de mi celular y tomé unas pocas fotografías. No fueron las que hubiera querido, pero representaban el clima de la situación. Las emociones de todos se mezclaban, había orgullo, esperanza, temor, solidaridad, unión, tenacidad…los valores se hacían presentes y se unían.

¿Quién con argumentos justos podía jactarse de llamarnos revoltosos? Nadie había causado un solo disturbio, las calles estaban limpias a nuestro paso. El derecho de protestar no hace a nadie malo por naturaleza, el que no cuestiona simplemente no comprende.

La gente del Excélsior El Universal nos grabó, ellos comentaban entre sí, no muchas personas les prestaban atención. Naturalmente, ya habían conseguido la nota del día siguiente y tendrían muchas cosas que decir, de una de las marchas más organizadas y pacíficas en años.

Unas  chavas pasaron a informar que los contingentes no iban a avanzar más. Los granaderos estaban a la distancia y no iban a aceptar el paso más allá. La cabeza de la marcha ya habría llegado probablemente al punto de reunión y esperarían a que los uniformados de corbata salieran recibir el pliego o a que los acogieran en las instalaciones de la Secretaría.

Por cuestiones de tiempo, decidimos irnos. Pensaban que la respuesta de Osorio Chong no sería favorable. Yo creía que era mejor esperar, era un tanto impredecible. Pero pedía que se facilitara el diálogo como solución del problema. El diálogo es hasta hoy, la forma más racional de resolver los problemas.

El cansancio ya nos dominaba pero nuestros pasos no se detenían. El Metro estaba lleno de gente, pero a pesar de eso, el orden parecía seguir siendo una constante. Cada quien tomó direcciones distintas y terminé por quedarme solo, luego de transbordar a la línea 3 del Metro.

Me senté donde pude y noté que había muchos compañeros a mi alrededor. Jamás los había visto, pero parecía conocerlos y ellos probablemente sentían lo mismo. Nos veíamos sin articular palabra, pero nos veíamos con orgullo. Las consignas a todo pulmón aún reverberaban en mis oídos y no se fueron hasta una hora más tarde.

El camino a casa fue largo y cansado. Todas las imágenes que había visto en el día pasaban en mi mente. Consulté rápidamente Twitter, Osorio Chong los iba a recibir en Bucareli, unos cuantos metros delante de dónde estábamos, Tuve esperanza real.

Llegué a casa en el momento culminante, la televisión estaba prendida y se desarrollaba en la pantalla un hecho histórico. Osorio Chong recibió el pliego petitorio y dio lectura a los diez puntos,  entre los que brillaba por su ausencia la autonomía. Algún motivo debía de haber.

El secretario hizo reconocimiento del movimiento y de sus acciones pacíficas. Sonaba el silencio mientras él hablaba y los Huélums mientras el dejaba el micrófono. Un par de jóvenes tomaron el micrófono como representantes de la Asamblea General; habían rechazado la respuesta express en 30 minutos que había ofrecido el Secretario, deseaban mayor profundidad.

Ambas partes llegaron a un acuerdo. Las diferentes instancias de gobierno llegarían a un acuerdo para el viernes 3 de octubre a las 3 de la tarde, en el mismo lugar. Los estudiantes aceptaron. El diálogo estaba pactado y el movimiento era más legítimo y poderoso que nunca. La marcha del 30 de septiembre había triunfado en su cometido. Faltaba un triunfo final, la respuesta que podía cambiar todo lo que se tenía pensado.

El Politécnico había destruido esa tarde todos los prejuicios que se tenían de las manifestaciones y había planteado un verdadero movimiento estudiantil, coherente y solidario. La marea guinda se había propagado por la ciudad y en las pláticas de muchas personas aquel día. Y descubrí una cosa…el guinda jamás me iba a abandonar.



Politécnicamente Universitario.

Īsan Rokr

Nota: (Dafne Montufar continuará en breve, lo prometo).

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