Dafne Montufar (Parte 6)

La oscuridad invadía los cerros hacia donde se dirigían Román y Dafne. Por unos momentos no dijeron nada y sólo escucharon sus respiraciones y el cadente trotar del caballo. El ruido de la fiesta se perdía cada vez más.

A Dafne le preocupaba la probable reacción violenta de su padre. Pensó que quizás terminaría ebrio, como en algunas otras fiestas. Poco a poco fue olvidando y se concentró en lo que estaba por vivir. Román enfrentaba la situación como quien  sabe que nada puede perder ya. 

El caballo ascendió presuroso por la ladera del cerro y pronto llegaron a la pequeña cabaña que resguardaba el horizonte. Estaba casi abandonada, hacía mucho que Egidio no la visitaba. Román entró primero y consiguió encender unas velas. Dafne cerró la puerta y fue entonces que ambos se sintieron en su espacio.

-Necesitábamos esto, un momento para conversar. No hay mejor lugar, para estar solos-dijo Román mientras se sentaba en una vieja silla.

-Sí, algo para entender esta locura-respondió Dafne, cabizbaja.

-No creo en el amor a primera vista, Dafne. Jamás lo he visto así. Pero las circunstancias tan extraordinarias y la forma en que no puedo olvidarte me han confundido. Me han hecho temer y a la vez, sentir ilusión.

-Yo tampoco creo en eso Román. Y a veces tengo miedo de que sólo seamos un capricho para el otro, un capricho del destino, del viento.

-No lo creo, no creo que sea un capricho. Podría pensarlo, pero las experiencias cercanas a la muerte abren los ojos. La mente puede crear el razonamiento perfecto. Los sentimientos y la atracción lo vuelven pedazos en segundos.

-Lo sé. Yo no creía en esto. Mis padres casi se odiaban. La mayoría de las parejas se veían con desinterés o con indiferencia. Por eso detestaba leer a Shakespeare y a Bécquer, no sé si sepas algo de ellos. Pero contigo Román, hay algo distinto, algo que no sabía que existía.

-Sí, sé quiénes son. Los leí cuando era muy joven y terminarían por destrozarme. Ambos somos tan diferentes a los otros,-rió irónico-pero compartimos la locura, el pensamiento y la atracción. La pasión, silenciosa, viene y va…es eso lo que nos trae vueltos locos.

-Es verdad. En ti veo un escape a mi mundo cotidiano, cada día más tedioso, cruel y desesperante. Mi escape antes de ti, era irme lejos, a Europa. Pero contigo aquí, el destino luce borroso. Sólo sería mi deseo que el camino fuera contigo.

Román la miró, ladeó la cabeza y suspiró. Cerró los ojos con fuerza.

-Perdona si dije demasiado, perdona si parezco tan ingenua y soñadora.

-No, no. Puede que digamos las cosas más profundas y arriesgadas esta noche. Soñar es arriesgado y vivir aún más. Comparto lo que dices, de verdad-la miró a los ojos-. Contigo, quizás, mi existencia podría dejar de ser miserable.

-¿No eres feliz, Román?

-Lo fui alguna vez. Lo fui cuando creí que podría vivir siendo quien soy y quien me gusta ser. Cuando el mundo cerró cruelmente sus puertas a esa posibilidad, mi existencia comenzó a perder importancia. Ocurrieron muchas cosas. Y en un tumulto de días y vivencias, terminé siendo mensajero. Terminé aquí, planteándome nuevamente el ser feliz. Y no, no sería feliz por ti. Más bien, lo sería contigo. ¿Tú tampoco eres feliz, verdad?

-La felicidad es subjetiva, Román. Sólo puedo asegurarte que la mía no es como se supone, debería de ser. La felicidad para una mujer convencional es sólo una inconsistencia para lo que yo deseo. Muchas desean estabilidad y yo sólo deseo vivir, sentir…lo impredecible…y tú lo eres. No comprendo del todo el cómo serías feliz conmigo.

-No se trata de que yo no pudiera vivir sin ti. Sólo quisiera compartir mi existencia contigo, impredecible, así como dices. Y entonces sería feliz, porque contigo sería quien soy realmente, quien me gustaría ser. Sé que te has empezado a enamorar de lo poco que conoces de mí, así como yo de ti. Podrías odiarme después, cuando me conozcas más, pero lo dudo. Soy tan libre como tú.

-El tiempo puede cambiarnos. La juventud puede escaparse como arena entre los dedos. ¿No le temes a eso?

-No, sé que habremos de cambiar. Pero confío en que podremos enamorarnos de los cambios, o al menos, aceptarlos y vivir con ellos. Ya no puedo temer a nada, Dafne. Para bien o para mal, jamás había estado tan seguro de lo que estoy diciendo.

-Nos vamos a conocer, cada día. Vamos a aprender a querernos, Román-y entonces ella se acercó y puso sus manos sobre su rostro-, vamos a soñar hoy y mañana también. Pero podría nuestra existencia juntos, sólo durar esta noche…

-Quizás dure más o quizás nos persigan por mucho tiempo. Sea lo que sea, ya hemos revelado nuestros temores y nuestros deseos hasta hoy. El momento es nuestro y deseo, que los segundos que vengan después, también lo sean.  

Ambos se acercaron. Dafne puso sus pequeñas manos sobre el cuello de Román y él puso las suyas en la cintura de ella. Voltearon instintivamente a la ventana que llevaba el sonido del viento. Se miraron y sonrieron, quizás como nunca en sus vidas. Sus almas se fundieron en un beso. Así sellaron sus palabras, lo que sentían en ese momento.

Siguieron cada vez coqueteos menos sutiles y silenciosos. Risas. Voces alegres y a veces entrecortadas. Suspiros. Caricias. La agitada luz de la vela y el frío que se perdió aquella noche. Olvidaron lo demás y aprendieron a quererse, por primera vez.


Dwight Preston, con la piel de la cara roja, se carcajeó y dio un golpe contra la mesa. Los que estaban a su lado se reían también. Lo único que no olvidaba el inversionista con el alcohol eran los negocios. Egidio Montúfar no pudo aprovecharse. El pulque y el vino, eran consuelo o estimulante, según el caso de cada invitado.

El trato entre inversionista y hacendado estaba cerrado, con beneficios extra para el estadounidense. Los socios y trabajadores de Preston habrían de ver su nueva tierra prometida dentro de poco. Y de muchos como ellos llegarían alabanzas al gobierno de la paz y el progreso. Eso era lo que importaba.

La fiesta continuaría toda la madrugada. Algunos invitados fueron a dormir a los aposentos que les habían instalado, entre ellos el inversionista y su comitiva. En la borrachera, Egidio no se preocupó demasiado de su hija. Le había dado instrucciones de irse a dormir temprano y a sus capataces de vigilar que lo cumpliera. Varios de los capataces yacían tirados en suelo, otros se consolaban de viejas penas.

Dafne y Román bajaron a caballo del cerro, antes del amanecer. La adrenalina comenzaba a fluir por sus venas como aliciente. Atravesaban sigilosamente arbustos, árboles y plantíos. De vez en cuando sonreían felices por lo que había ocurrido.
-¿Cómo habremos de escapar después?-preguntó Dafne

-Vendré por ti, tendré para entonces un buen plan para que no nos encuentren. El trato de Preston  y tu padre hará que se refuerce la seguridad por todos los caminos y en la propia hacienda, eso vuelve las cosas difíciles. Por eso, debo planearlo bien. Te tendré al tanto, confía en mí.

-Te extrañaré Román. Ojalá el día de irnos llegue pronto.

-Llegará antes de lo que piensas, ya lo verás. Por ahora, no olvides la noche anterior. No olvides esos momentos.

-No lo haré, lo prometo-respondió ella, sus ojos brillaban.

Dafne bajó del caballo y se escabulló para llegar a su habitación sin que nadie se percatara. Esperaba que nadie los hubiera visto, aunque no estaba segura. Se recostó en su cama y cerró los ojos. Quería que la felicidad que la envolvía no se fuera jamás.
Román debía esperar a Preston, quien seguramente no saldría hasta después del mediodía. Así que decidió deshacerse del asaltante, que seguía durmiendo en el lecho de los puercos. Lo alzó ágilmente a la montura de su caballo y se lo llevó lejos, tan lejos como pudo.

En el camino el asaltante despertó y Román le asestó un golpe que lo volvió a dejar inconsciente. Llegaron pronto a una ladera no muy pronunciada. Román decidió detenerse ahí.

-Tienes una última oportunidad para vivir.

Y lo arrojó a la ladera, haciéndolo rodar, tal como habían hecho con él. Deseaba no volverlo a encontrar otra vez, aunque sabía que sí lo hacía, no habría una segunda oportunidad.



Román volvió a la hacienda a esperar al inversionista. Se quedó viendo la mañana y el diligente vuelo de los pájaros en el cielo distante. Pintaba para ser un día soleado. Comenzó a maquinar su plan para escapar, para cumplir lo que había dicho, lo que deseaba. 


Penúltima parte. El final ya viene...


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