Dafne Montufar (Parte 7, Final)
A la
espera. Así se encontraba Dafne Montufar ante las palabras de Román, acerca de
escapar, tal y como soñaban. Las cosas en la hacienda transcurrían sin mayor
novedad. Egidio se encontraba de mejor humor que de costumbre, sólo una cosa
pudo perturbar por momentos su estado de ánimo:
-Ya se lo
dije, compadre, negociar con los gringos es negociar con el diablo. Van a dejar
en puras piedras estas tierras, hizo mal.
-Ya,
Gonzalo-respondió Egidio-que no les he otorgado derechos sobre todas las
tierras. Además, lo necesitábamos. Nos llenaremos de oro con estos negocios.
-El dinero
viene y se va, compadre. La tierra puede durar y durar. Tenga cuidado.
-Deje de
preocuparse, que yo sé de estas cosas.
El compadre
se encogió de hombros y la conversación continuó en torno a temas más
triviales. Cierto miedo pesaba sobre Egidio, pero a pesar de todo, confiaba en
que había tomado la decisión correcta. Los negocios eran consuelo para su
propio vacío.
Los días
comenzaron a volverse oscuros. Las nubes negras rodeaban los cerros y el valle,
no se iban pero tampoco llovía. El viento tampoco les hacía nada. La falta de
luz solar comenzó a deteriorar los cultivos y los ánimos de trabajadores,
capataces y del propio hacendado.
Comenzaron
entonces a entonar rezos y a celebrar rosarios, como si de un difunto se
tratara. Las plegarias no daban resultado, ni siquiera con la llegada de un
sacerdote proveniente de la capital. La incertidumbre reinaba.
Dafne se
preguntaba si el oscuro clima impediría que Román volviera o que al menos
enviara algo. Ella sólo miraba las nubes y le otorgaban más dudas que
respuestas. Trató de deshacerse de su ansiedad dibujando y consiguió un sombrío
paisaje, aterrador a la vista.
Al poco
tiempo, los capataces comenzaron a reportar robos en los almacenes. La primera
medida del hacendado fue castigar con furia a los trabajadores, que juraban no
haber robado en absoluto. Algunos de ellos perdieron la vida, entre sollozos o
entre gritos de furia desbordada.
Se
establecieron guardias nocturnas en los almacenes, dirigidas por los capataces
de mayor confianza. No encontraron nada. El propio Egidio fue a vigilarlos en
la mitad de la madrugada, sin encontrar más novedad que el silencio de la noche
y el canto de los grillos.
El
escándalo invadió la mañana siguiente. Había más robos que antes de establecer
las guardias. Los capataces no daban crédito y juraban no haber pegado sus
pestañas en toda la noche. Las bolsas en los ojos denotaban que decían la
verdad.
Ante esa
situación, Egidio y sus hombres establecieron varias trampas en todo el
almacén. El sacerdote sugirió agregar cruces y santos a los costados del lugar.
El hacendado aceptó de mala gana y los puso. El panorama oscuro de las nubes
seguía sin irse. Las guardias fueron duplicadas y surgieron recompensas que
alimentaron el empeño de los capataces.
A la mitad
de la madrugada, un par de guardias cayeron sin que se escuchara un solo ruido.
Los demás voltearon de inmediato. Los que portaban escopetas las dispararon en
todas direcciones y los que montaban a caballo comenzaron a dar vueltas. Las
luces de las antorchas se avivaron para ver a lo lejos.
Los que
entraron al almacén encontraron todas las trampas inservibles. El caos reinaba,
todo lo ahí guardado estaba en completo desorden. Un terror indescriptible se
apoderó de los guardias que vieron el desorden. Salieron corriendo tan pronto
como pudieron.
Los jinetes
salieron a recorrer todos los lindes de la hacienda sin encontrar rastro
alguno. Uno de ellos se acercó al río y creyó ver una silueta a lo lejos. Se
aproximó con cautela con machete en mano. No veía con claridad.
Estando a
centímetros y a punto de alzar tanto la voz como el machete, su caballo dio un
relincho y escapó a todo galope, asustado. En un abrir y cerrar de ojos, el
jinete escucho pasos veloces cruzando la ribera del río y una carcajada.
Disparó su pistola hacia donde se escuchaban los sonidos. Retrocedió cuando sus
piernas se lo permitieron y volvió a la hacienda. Tuvieron que curarlo de
espanto.
Uno de los
trabajadores, al iniciar la mañana reunió en círculo a sus compañeros. Era uno
de los yaquis, traído de Sonora. Comenzó a vociferar que él sabía quiénes
estaban detrás de los robos de los almacenes.
Algunos
capataces se acercaron. Con aires de sabiduría, el hombre recordó algunas
anécdotas de las tierras de sus ancestros. No se trataba de humanos, se trataba
de otros seres. Los describió como pequeños, burlones y veloces. Verlos era
peligrosísimo. Los nombró en su dialecto, pero los capataces no supieron
escribirlo.
Los
capataces al reportar de esto a Egidio les dieron el nombre con el que creían
conocer a seres así: duendes. El hacendado en principio no les creyó, tachando
esas historias de ridículas supersticiones. Pero los múltiples testimonios de
la desastrosa noche anterior lo hicieron dudar.
Aún
escéptico, permitió que algunos capataces y trabajadores prepararan una ofrenda
para “calmar” a estos seres. Dejaron de haber desastres en el almacén y caos en
las noches, al menos por un tiempo. Sin embargo, el hacendado comenzó a
llenarse de pesadillas y a encontrar cosas fuera de lugar. El insomnio terminó
volviéndolo su presa.
Por
aquellos días, Román tramaba su plan con todo detalle. No lo haría sólo, ya
quera prácticamente imposible. Necesitaba personas de confianza y para un alma
solitaria como él, eso representaba un problema. Confiar en bandidos para su
misión, era confiar en la muerte misma.
Se detuvo a
descansar a orillas de un pequeño riachuelo, bajo la sombra de un árbol.
Comenzó a trazar un eventual camino, con una piedra picuda en un pequeño trozo
de arena de río. Se concentró como nunca. Sólo algo pudo sacarlo de su
inspiración.
El galopar
de un caballo. Román lo escuchó, se puso en pie y sacó su pistola. El caballo
se detuvo y alguien, cubierto del rostro y portando un sombrero descendió de
él. Se aproximó y se descubrió la cara, sonrió entonces.
Román lo
reconoció y ambos se saludaron, felices. Eran dos amigos que se veían hace
años, desde los tiempos caóticos que Román quería olvidar. El nombre del recién
llegado era Otilio. Tenían mucho que contarse.
Recordaron
viejos tiempos. Román le contó de su aventura con el Maestro y algunas andanzas
desde que había tomado el trabajo de mensajero. Otilio las tomó con
incredulidad al principio, pero terminó por confiar en él.
Otilio también
contó sus vivencias, las más increíbles relacionadas con bandidos y cosas
extrañas invadiendo los caminos nocturnos. El trabajo de Otilio era distinto, trabajaba como transportista, recorriendo en
su carruaje kilómetros y kilómetros.
-¿Qué son
esos rayones en el suelo?-preguntó Otilio.
-Es…un
plan. Escucha, tengo que hacer algo, probablemente lo más importante que he
hecho en mi desgraciada vida. No lo creerás, pero encontré el amor.
Otilio
soltó una carcajada. No esperaba que Román Nava, al menos el que recordaba de
años atrás dijera alguna vez eso en su vida. Ambos fueron fervientes creyentes
de los romances pasajeros y los alababan como cosas de la vida. “¿Este hombre
enamorado?...imposible” pensó.
Román le
contó entonces todo lo que había pasado con Dafne, incluso antes de entablar
una conversación por primera vez. Otilio interrumpió varias veces, con
constantes: “¿Cómo puede ser eso posible?”. Pero Román lucía demasiado seguro
para mentir.
Le contó
entonces de sus intenciones de escapar, de las nuevas guardias que cubrirían
las inmediaciones del lugar y de las dificultades de esa tarea. “Te necesito,
Otilio, a ti y a otros cuantos” le dijo.
Román creía que la suerte le había sonreído al aparecer su amigo.
Otilio veía
la misión como algo difícil, particularmente por sus consecuencias. Y puso en
el fuego una pregunta que Román aún no se había planteado: “Y luego, ¿qué?”.
Ambos
comenzaron a pensar. Román sugirió que podrían escapar a las entrañas de la
sierra, a alguno de los pueblos que aún vivían libres de haciendas, pidiendo un
solidario asilo temporal. Pero no dejaba de ser temporal. Otilio continuó la
idea y propuso que escaparan tan pronto como pudieran al gran puerto y se
infiltraran en un barco con rumbo a Colombia o Cuba. Ambos se mostraron de
acuerdo.
Otilio le
habló a Román de sus viejos compañeros. Aún tenía contacto con ellos y se veían
con frecuencia en la ciudad. A ellos quizás podrían recurrir. Ambos acordaron
de ir a la ciudad, a realizar los preparativos pertinentes.
El viaje a
la ciudad fue más corto de lo que pensaron. Uno de los tíos de Otilio que vivía
ahí, financió la misión. Era un hombre viejo y sabio que vivía rodeado de
libros y de viejas historias de guerras y amoríos. El hombre aprobó la idea con
una frase que Román jamás olvidaría: “Si esto no vale la pena, la vida sólo sería
una maldita mentira”.
Prepararon
los caballos, consiguieron mapas de rutas de escape por la sierra y algunos
consejos de hombres de cantinas. Compraron ropas oscuras y capuchones, si no
querían sufrir persecuciones durante toda su vida, debían ocultar su identidad.
Se aprovisionaron de algunas armas de
contrabando.
Ya todo
estaba listo, sólo faltaba que sus viejos compañeros volvieran, también eran
transportistas. Román debía avisarle del plan a Dafne, así que acordó con
Otilio verse dentro de diez días en el mismo paraje donde se habían encontrado.
Desde ahí, dirigirían la misión de escape.
Román
emprendió el camino hacia la hacienda, tan rápido como pudo. Repasó el plan
tantas veces pudo. Casi nada podía estropearlo. Requería de acciones tanto de
ellos, como de Dafne.
Dafne debía
salir de su habitación y permanecer escondida cerca del patio central de la
Hacienda, se aseguraría de que su padre y varios de los capataces enfermaran
del estómago para luego preparar una infusión que no los dejara despertar en
toda la noche.
Algunos
guardias probablemente quedarían en pie y de ellos se encargarían Otilio y los
demás en el mayor silencio posible. Lo importante era que no hicieran sonar la
voz de alarma. Román iría por Dafne. Escaparían con los demás entre la
confusión de los capataces. Los rurales que el gobierno recién había enviado a
los caminos podrían perseguirlos y encontrarlos, ese era un riesgo.
Para ello, Otilio crearía un rastro falso y
luego escaparía entre senderos que sólo él conocía. Los demás escaparían a un
profundo y oscuro bosque de altos
árboles, donde era fácil perder el rastro de la persecución. Otilio los
alcanzaría ahí, el camino del bosque los llevaría a las montañas, donde podrían
refugiarse y donde aún no había rurales.
Román
confiaba más que nunca. El plan parecía perfecto. Se escabulló entre los
terrenos de la hacienda. Aún los capataces hacían guardias nocturnas para
evitar robos y Román escapó con mucha dificultad de ellos.
Preparó la
nota para Dafne y la dejó en un lugar que sólo ambos conocían, en un pequeño
agujero que había entre las rocas de un pozo de agua al que ella acudía a
diario. Respiró hondo y la dejó. Se fue a esperar cerca del río. La nota decía:
“Dafne:
Todo está listo ya. Necesito verte, necesito
explicarte el plan con mis propias palabras. Serán unos cuántos minutos en el
río, cerca de los árboles de durazno. Nadie trabaja por ahora esas tierras y
están algo abandonadas, no creo que nadie nos vea. Te esperaré ahí cerca del
mediodía. Te quiero.
Román N.”
A la mañana
siguiente, Dafne acudió al pozo como cada día y con gran emoción encontró la
nota. La leyó rápidamente. Desayunó ocultando su ansiedad y en cuanto el Sol
comenzó a ponerse en alto, se fue hacia el río con el pretexto de dar una
caminata. Un capataz se ofreció a acompañarla, pero ella se negó.
Ambos
amantes se encontraron detrás de unas rocas enormes que bordeaban el río. Ella
fue a sus brazos y él sintió que el cansancio del viaje se esfumaba. Le explicó
el plan y las recetas para hacer caer a su padre y a los capataces.
Le sugirió
preparar una nota para su padre, a pesar de que era un déspota, seguía siendo
su padre. Dafne elegiría las palabras correctas para esa nota. Se despidieron con un beso, suave y
prolongado. Nadie los había descubierto.
Dentro de
siete días ambos volverían a encontrarse.
Cuatro días
más tarde, un hombre llegó a las afueras de la hacienda por la noche, deseando
fervientemente hablar con Egidio. El capataz lo dejó pasar y el hacendado
aceptó hablar con aquel hombre, que le resultaba familiar.
Este hombre
llegaba a vengarse, con una crueldad que ni él mismo sospechaba. Egidio lo
había visto en la fiesta de Dwight Preston, pero repentinamente había
desaparecido. Ambos lo atribuyeron a algún misterio, pero al cumplir la misión
de simple guardia no les preocupó demasiado. No supieron algo de él después.
Este
hombre, de facciones duras, además de guardia era proveedor de desgracias: era
asaltante de caminos. El mismo que lideraba al grupo que había asaltado a Román
aquel día. Y este hombre deseaba vengarse de él con todos los medios posibles y
el primero era una sutil observación.
-Pasé días
de frío y hambre, don Egidio-habló el asaltante-usted sabe que yo era guardia
del señor Dwight Preston, un hombre de su entera confianza. Pero el mensajero,
que usted también conoce, me jugó una mala pasada, en una afrenta por algo que
vi. Me arrojó a tierras desconocidas, apenas y sobreviví.
-Si viene a
hacer una denuncia de un pleito de borrachos, me temo que este no es el lugar.
¿Tengo cara de policía o de soldado?-increpó Egidio.
-No, no
vine a eso. Le cuento mi historia para que sepa del hombre a quien habrá de
enfrentarse. Porque ese mensajero lo ha deshonrado. Ese hombre, en medio de la
fiesta, se llevó a su hija a quien sabe dónde. Yo los vi cuando querían huir y
él me golpeó dejándome inconsciente. Deshonró a su hija, a usted y a toda su
familia. Por eso quiso matarme. Ahora es él, quien merece la muerte.
-No puede
ser, no, no-Egidio se llevó las manos a la cabeza y golpeó la mesa con un gesto
de rabia-ese mensajero cabrón va a desaparecer, ¡Me lo voy a chingar!
El
hacendado dio una generosa recompensa en oro al asaltante, no sin antes
advertirle que si había mentido, sería el quien tendría sus días contados. El
asaltante dio su palabra de decir la verdad y se fue de la hacienda,
agradeciendo la hospitalidad y riendo entre dientes. Él mismo se ofreció a
iniciar la persecución de Román Nava, en cuanto se diera la orden.
Egidio
Montufar se detuvo a pensar y comenzó a descubrir las respuestas al misterioso
comportamiento de su hija. Probablemente no habría sido la primera vez que se
escaparan, algo debía de haber ocurrido antes. “Esa maldita se ha burlado de
mí, me ha querido hacer idiota como siempre…¡Nunca más!” pensó.
Llamó a sus
capataces y guardias, dio instrucciones de vigilar la zona en caso de que Román
se encontrara por ahí, a la espera de otra fechoría. Quería tenerlo vivo y
matarlo él mismo. Sus hombres jamás lo habían visto tan furioso.
Se dirigió
a la habitación de Dafne, que se encontraba durmiendo. La sacó de su cama a
golpes y le pidió una explicación. Ella lo negó todo, pero su padre, ciego de
furia no escuchaba y comenzó a descargar golpes contra ella.
Ella tomó
un jarrón de flores y lo estampó contra la cabeza de su padre dejándolo
inconsciente por unos momentos. “¡Jamás me volverás a tocar!” le gritó. Escapó
tan rápido como pudo hacia la caballeriza y en el camino tomó un machete.
Un capataz
vigilaba la caballeriza y recibió un golpe de Dafne, sin salir malherido. Ella
tomó un caballo y escapó con dirección al río. Se dejaba llevar por su instinto
que le decía que ya no había lugar para ella. Debía encontrar a Román, de la
forma que fuera, temía por su vida.
Entonces el
cielo nuboso por primera vez cambió. Se soltó un aguacero impresionante, como
no se había visto en muchos años en la región. Era de mal augurio para los
supersticiosos, representaba un obstáculo para todos los demás.
Al
dirigirse hacia el puente de piedra que cruzaba el río encontró una hilera de
guardias rurales a caballo preparándose para partir en busca el fugitivo. Se
percataron de la presencia de Dafne y el oficial dio la orden de apuntarle.
Ella descendió del caballo y alzó las manos. Todo estaba perdido.
Los rurales
se acercaron y la reconocieron. Habría que llevarla de vuelta con su padre.
Antes de que pudieran tomarla prisionera un disparo cortó sus voces. Uno de los
guardias cayó al piso. Otro disparo y otro guardia al suelo.
Los demás
se voltearon y apuntaron sus escopetas. Soltaron una carga sin impactar nada.
Uno de ellos seguía apuntando a Dafne. La confusión se apoderó de los guardias.
Sonó otro disparo, esta vez parecía provenir de la maleza que estaba cruzando
el río. Se dirigieron hacia allá.
Dafne
aprovechó la distracción del rural que le apuntaba y lo hizo descender al suelo
de un golpe en la cabeza. Lo remató con una patada y el hombre no se levantó en
un buen rato. De entre las sombras de los árboles, salió un hombre vestido con
ropajes oscuros. Se descubrió el rostro y Dafne lo reconoció. Era Román.
-El
asaltante nos delató Román, mi padre ya ha mandado buscarte por toda la región.
Ha desatado toda su locura y su furia. El plan está arruinado.
-Ven
conmigo, vámonos de una vez, No queda tiempo.
-No, Román,
piénsalo. Tú sabes mejor como escapar de aquí, por tus propios medios. Ve con
tus compañeros, diles lo que pasó. Estaré bien, mi padre me encerrará, pero sé
que en algún momento me liberaré. Nuestras vidas corren riesgo ahora si estamos
juntos.
-No puedo
resistir la idea de que quedes prisionera mientras yo quedo libre. No puedo.
-Es mejor
que terminar muertos ambos, créeme. No estaré prisionera mucho tiempo. Conozco
a mi padre, me sacará de aquí en secreto. Querrá mantenerme presa en otro
lugar, tratará de ser impredecible. Sólo dime donde estarás, iré hacia a ti.
-Cerca del
mar, cerca de los astilleros del gran puerto. Ahí te esperaré.
-Y ahí te
veré, Román. No te diré que confiemos en el destino, confiemos en la vida y sus
caminos.
-Confiemos
pues, en que nos llevará a encontrarnos de nuevo, de la misma forma en que nos
encontramos por primera vez. Te esperaré un tiempo o vendré por ti.
-No vengas,
espérame ahí. Las mujeres guardamos secretos insospechados y una convicción que
rebasa la imaginación. Llegaré, Román, llegaré.
Los
guardias se aproximaban de nuevo.
-Te
quiero-dijo Román con la voz quebrada.
-Y yo te
quiero a ti-dijo ella con lágrimas, le puso algo en su mano-ten y corre. Lee
esto cuando puedas.
Los
guardias llegaron, Dafne se entregó a ellos y un par la llevaron de vuelta a la
hacienda, hasta toda la ira de Egidio. Ella sabía que le aguardarían días
difíciles. Tendría que valer la pena, tendría que importar todo lo que vendría.
Román tomó
su caballo y huyó a todo galope, derramando lágrimas por primera vez en mucho
tiempo. Fue perseguido por varios rurales por varias horas sin descanso. Su
caballo resistió, de manera impresionante.
Al llegar
al oscuro bosque Román perdió a los guardias cabalgando en un intrincado camino
entre árboles y arbustos. Cuando se supo seguro, se detuvo en una roca y abrió
el pequeño trozo de papel que Dafne le había dado. Suspiró y se dispuso a leer:
“Román:
Como mujer, no puedo dejar de ser desconfiada. Y
aunque deseo con toda mi alma que el plan salga bien, sé que las cosas pueden
complicarse. He preparado esto para un caso así. Tienes que saber, que a ti ya
te he entregado mi ser y que te he querido como jamás pensé hacerlo en mi vida.
No importó que fuera poco el tiempo. Que me hiciste la mujer más feliz del
mundo aquella noche y que quisiera tener mil de esas más. Y ahora que nuestras
vidas peligran y nuestros destinos también, quiero decirte que sin importar lo
que pase, siempre te habré de querer. Conseguiste derretir mi frialdad y
enamorarme. Sé que esto no será en vano. No temas, Román. Confía en mí, en ti y
en la vida misma. Confía en que no fue casualidad ni tampoco será lo que nos
espera. Te alcanzaré Román, donde estés, lo prometo.
Con todo mi corazón,
Dafne Montufar”.
FIN
Gracias a todos los que leyeron esta historia, gracias por llegar hasta el final. Es melancólico para mí terminar esta historia. Sin embargo, debo afirmar, felizmente, que fue una gran experiencia y que esta historia será en el futuro una de mis novelas, con muchos más detalles y circunstancias. Por favor, compartan :) quiero hacer llegar esta historia a cualquiera que necesite de ella.
Īsan Rokr

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