Fénix

FÉNIX

¿Qué me creo yo?, ¿qué es la grandeza para mí? Sólo el ocaso y el honor que no se me ha muerto. Desertaron, se fueron, no resistieron. Dios los perdonará sólo porque tuvieron el valor de verme la cara antes de irse, a una mejor vida. No entienden un carajo del sacrificio, de la patria. Yo no creo en el indulto, ni en el perdón de los enemigos. O conseguimos la libertad o somos nada. Yo no me hago más pequeño. Sólo me tengo a mí bajo mi mando. No sé si volveré. Pero mis huesos puros abonarán estas tierras húmedas.

Recuerdo, me acuerdo. La mañana del 25 de noviembre, 1812. “Coronel Miguel Fernández Félix, usted encabezará el ataque a la guarnición de El Juego de Pelota”. Las ordenes venían del generalísimo José María Morelos-quien caminaba de un lado a otro como endemoniado, cerrando los ojos a ratos y mirando el horizonte, calculando con la mente-, comunicadas por el coronel Mier y Terán. Las asumí con gesto serio. Miré a mis hombres. Allá, enfrente de nosotros, estaba la orgullosa Oaxaca con sus altas iglesias y edificios. La gloria nos aguardaba.

Siempre supe que estaba destinado a hacer grandes cosas, a dejar una huella en mi tierra. Por eso decidí venir a donde estaban ocurriendo los cambios, las revoluciones. Abandoné mi querido Durango y los rigores del seminario para unirme a una rebelión que revivía en manos del señor Morelos. Galeana me aceptó sin mayores dificultades. Así me acostumbre a las montañas laberínticas del sur, tan diferentes a los matorrales desérticos del norte. Conocí los caminos, recordé los rostros, me sentí parte de lo que nos llevaría a ser independientes. Ese día sólo sería un paso más para la victoria.

Comenzó el ataque con toda su fuerza, con las trampas y genialidades combinadas de Matamoros con Galeana. El jaleo en Oaxaca se respiraba por todas partes, la ciudad misma tenía un rasgo grandilocuente y parecía absorbernos entre sus grandes paredes. Los realistas, gachupines malditos y defensores de un rey que abandonó a su suerte a su pueblo frente a las tropas de Napoleón, peleaban con fuerza desde la fortaleza de La Soledad. Me llegaba la hora.

Al llegar a la guarnición que tenía que tomar, noté que era la más complicada de todas. Pero no lo consideré una afrenta personal, eso habría sido cobarde. Lo que nos separaba del triunfo era un condenado foso de agua que se extendía por varios metros y protegía al enemigo de nuestros ataques, en tanto que ellos nos disparaban con su artillería. Mis hombres retrocedían, me imploraban por alguna solución. Yo haría la diferencia, ese era mi destino. Si a los míos les faltaba valor, yo me quemaría para dárselos. Porque la nación sólo se iba a construir con coraje, con nada más.

Pensé el plan y lo ejecuté al instante. No dejé que el miedo se apoderara de mí, quise arrojar el hierro de las balas con la sorpresa. Sólo le pedí a la virgen de Guadalupe que me protegiera. “¡Va mi espada en prenda, voy por ella!” grité, lancé mi espada al otro lado y me arrojé al foso. Sólo escuché un instante la exclamación antes de caer al agua y nadar varios metros hasta alcanzar el otro borde. Los enemigos, desesperados, me disparaban. Mis hombres se arrojaron detrás de mí. Cortamos unas cuerdas para subir a la otra orilla. En cuanto pude, tomé mi sable de nuevo y empecé a acuchillar gachupines.

Los atacamos con toda nuestra ira, cuerpo a cuerpo, como los hombres. Nos tomó sólo media hora acabar con ellos y confirmar la victoria del glorioso Ejército de la América Septentrional. Repicaban las campanas: yo personalmente agité con fuerza una. Sentí que cada golpeteo nos recordaba que luchábamos para ser libres, sin depender de ningún europeo nunca más. Por ahí ondeaba la bandera de cuadros azules con el escudo del águila sobre el nopal que había traído Morelos.

El generalísimo me reconoció en persona, junto con los otros generales. Agradecí el gesto con la frente en alto, deposité nuevamente todos mis servicios y sacrificios en favor de la nación. Esa noche lo supe. Yo ya no era Miguel Fernández: mi nombre ahora era Guadalupe Victoria. Ese día no sería olvidado, ni mi nombre tampoco. La victoria y la fe ante la desesperación. Mi espada sería para la gloria nacional. Había ganado mi lugar, mi honor, mi trascendencia ante Dios y ante mi tierra.

Luego vinieron los días difíciles, la desgracia, la crueldad de los soldados virreinales asediándonos por todos los frentes junto con la debilidad de nuestro Congreso de Anáhuac que huía sin poder establecerse en ninguna parte. Fui comisionado a otro sitio que no conocía: Veracruz. Ahí habría de quedarme por tanto tiempo. La gente aún me recordaba por Oaxaca, contaban la anécdota en las comidas o cenas. Había hecho mi propio mito, mi nombre importaba.

Cuando los ejércitos son aplastados, pero queda algo de dignidad y sed de venganza, nacen las guerrillas. ¡Ah, el Puente del Rey fue mío! Se desvanecían de miedo los españoles. Ahí en ese lugar que comunicaba Xalapa con Veracruz, donde pasaron todos los virreyes mientras se preguntaban qué les deparaba esta tierra. Los pequeños actos también son grandeza, Morelos me lo había dicho en Chilpancingo en esos días que anduvo más inspirado que Lope de Vega.  Ataqué y ataqué con mi grupo de hombres, pero desertaron. Se cansaron, sintieron que era inútil. No entendieron el sacrificio, no.

En poco tiempo ya sólo quedaban dos de ellos, Juan y Jesús, que venían de un pueblo totonaca venido a menos. Me sugirieron que nos escondiéramos en las selvas del sur, a unas cien millas del puerto. Las tropas virreinales-mil de ellos-, venían en camino, no tuvimos opción. Sabía que tendríamos que comer frutos, raíces, hierbas, animales, lo que fuera. Sólo tenía mi espada y mis ropas conmigo. Ellos tampoco resistieron mucho tiempo. Al irse me pidieron indicaciones de dónde encontrarme. Señalé una montaña en el horizonte. Los soldados me dieron por muerto.

Desde ese día he estado aquí, tomando agua de los ríos, comiendo en verano frutas de la selva y sufriendo de hambre en invierno. He perdido la cuenta de los meses, no sé nada del mundo. Decidí venir a recolectar algunos frutos a las riberas del río. Me sorprende lo que veo: cuatro tortillas en hilera colgando de un árbol. Me importa un carajo que sea una trampa. Las devoro en menos de un minuto. Un hombre sale a mi encuentro: es Juan.

Él se asusta y retrocede. Yo alzo mi espada en reconocimiento, pero también como protección. Me observa con cautela. “¡Coronel Guadalupe Victoria!” repite una y otra vez, con miedo. Escucho mi nombre repetido una y otra vez. Lo llamo por su nombre. Observo mi reflejo en el río. Mi piel blanca y mis patillas prominentes se han deshecho; tengo la piel quemada, el cuerpo herido por todas partes, además de una gran barba y el cabello desaliñado. Me llevan a un pueblo que se llama La Soledad; como Oaxaca. Ha sido mi momento de volver.

*   *   *

Les tomó unos días contarme y a mí más creerles. ¿En qué momento se había volteado la tortilla? El desgraciado de Agustín de Iturbide, que tanto nos había atacado y que casi odiaba personalmente a Morelos, ¿quería la independencia? Hasta Vicente Guerrero, hombre desconfiado como ninguno, le había creído. ¿En qué estaba pensando todo el mundo, quién era el enemigo ahora que todos parecían amigos? La política es más incierta que la guerra.

Habían pasado casi tres años de mi estancia en la selva como salvaje: ya era 1821. Las noches de frío, de protegerme de las fieras y de comer lo que pudiera habían terminado. Los insurgentes retirados y que habían desertado por el rumbo de Veracruz habían venido a verme como si se tratara de Lázaro resucitado por Jesucristo. Se inclinaban en reverencia, me preguntaban cosas, decían que estaban a mi servicio. La independencia está más cerca que nunca.

 Me cuentan que los soldados del rey rinden sus armas a la figura de Agustín de Iturbide y que hasta la Iglesia quiere despegarse de España. Pasaron pocos días hasta que me pidieron formalmente unirme al Ejercito de las Tres Garantías. La noticia de mi regreso se esparció como pólvora por la región. Decidí tomar la pluma de nuevo y escribir algo para el flamante comandante del ejército que aparentemente nos hará libres. Este es el medio, no el fin. Libertad o muerte. Empiezo a escribir:

“He vivido solo, enfermo, botado en el suelo, sin más alimentos que yerbas y raíces de árboles, porque en las desgracias todo falta, más con la constancia todo sobra; acompañado únicamente de las fieras, errante, acosado y perseguido por todas partes, sin tener un momento en que poder respirar…¿Para qué seguir refiriendo cosas inauditas de que se resiente la misma humanidad? Me ha sido imposible salir a la luz con la brevedad que deseaba, mas por último, desde una larga distancia, solo, a pie, descalzo, atravesando sierras y bosques, y arrastrándome como pude, he tenido ya el dulce placer de verme incorporado entre los gloriosos defensores de nuestra oposición, por si de algún modo mi persona fuere de alguna utilidad…Dios, Independencia y Libertad.”

*   *   *

Al recorrer Veracruz reafirmando posiciones la gente me ha aclamado por doquier, me miran como a un héroe. Algunos creen que es mentira, pero sólo he contado la verdad porque mi honor va ante todo. ¡Ay, el general López de Santa Anna! Cuando llegamos a Alvarado después de que él hubiera tomado la plaza en contra de un regimiento de españoles, la gente me aclamaba a mí, no a él. Frunció el ceño, pateó la tierra. Me saludó con cordialidad, pero se sintió ridículo. Los hechos hablan más que nuestros reflejos.

Me reuniré mañana con Iturbide, al fin, para dialogar la independencia. Sigo sin creer que ese hombre astuto no se traiga algo entre manos. ¿Será que realmente se ha reformado por obra divina y es el verdadero libertador de la América? Lo veremos. No sé porque sigue respaldando esa vieja patraña de que el trono sea ofrecido a un monarca o príncipe europeo que venga a gobernarnos después de querer ser independientes. Se lo haré saber.

Sé que sería un buen gobernante. Ahora a estas tierras le quieren llamar México. Algún nombre tenían que encontrarle, aunque los mexicas no hayan dominado todo el territorio virreinal. Cuando veo a Iturbide pienso en esas escenas de las crónicas viejas de un caballero águila peleando contra un soldado español. No me siento como ninguno de ellos. Somos ya otra cosa los americanos, o los mexicanos si es que ese nombre recibiremos.

Estoy listo para proponerle al señor Iturbide mi colaboración y sacrificio íntegro por la nación, pero también una propuesta de gobierno. No más gobernantes extranjeros. Un insurgente deberá ocupar la presidencia o el trono del país, no debe haberse indultado (¿qué se puede esperar de un cobarde que pide traición al enemigo?) y ser soltero. Ah, sí, la soltería es importante. El gobernante debe irse a casar con una mujer de Guatemala para unificar los territorios centroamericanos a los nuestros. Es una buena idea. La tarea aún no acaba, va mi espada en prenda de nuevo. La nación surge y no pasé tantas penurias y glorias para doblegarme. 



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