Teluria
TELURIA
La noche del jueves me fui a dormir y me recosté.
Estaba cansada, con un pequeño dolor de cabeza que no me había dejado en paz en
todo el día. Me envolví entre mis cobijas, cerré los ojos. Hubo unos instantes
de silencio en que no ocurría nada, los autos no pasaban por las calles y nadie
hablaba. Antes de quedarme dormida me quedé contemplando la oscuridad de la
noche sin luna, ensombrecida aún más por las nubes oscuras.
Aquellos días había llovido mucho en la Ciudad de
México, mi hogar al que quería y detestaba a la vez; me nacía el amor en las
tardes de verano, pero se me moría en el caos infinito de personas en el
transporte público aplastando sus cuerpos para poder llegar a tiempo a sus
trabajos o escuelas. Me gustaba que fuera tan vibrante, misteriosa y que
explorarla fuera una tarea eterna, pero me desgastaba lo suficiente para querer
huir de ella cada que eran vacaciones.
Me pregunto un par de cosas: ¿dónde quedó el sentido
común en construir una ciudad de más de quince millones de habitantes sobre un
gran lago? ¿en qué momento se le ocurrió a Tláloc que nuestra ciudad podía ser
Macondo? La hilera de huracanes que tienen al Golfo destruyéndose con los
vientos nos ha traído estos diluvios. Los riachuelos se desbordan; las calles
vuelven a ser canales. Tenemos los pies fríos, los resfriados crónicos. No
extraño al sol, pero estoy harta de toser todo el día.
Pienso en mañana. Mi corazón late con fuerza. La noche
parece oscurecerse más. Por mi mente pasan escenas de las calles inundadas, de
las nubes huracanadas desafiando a nuestras murallas-las sierras enormes-,
y la extraña ironía de que el agua nos haga sufrir, cuando venimos de ella.
Pienso en salir de casa con aletas de buzo guardadas en mi mochila y en tomar
el próximo bote que me lleve a la escuela. Cierro los ojos.
Segundos después me despierta la alarma sísmica con
esa voz setentera de domingo por la tarde que repite sin cesar “Alerta sísmica”,
complementada con una sirena de garganta torcida. Me despierto malhumorada,
maldigo el nombre de Miguel Ángel Mancera y pienso en lo patético que es que no
puedan controlarla. Apenas ayer sonó a las seis de la tarde: resultó ser un
error cualquiera. Sólo nos hacen perder el tiempo. Esta ciudad obligadamente
rosa falla en todo. Quiero dormir.
Vuelvo a cerrar los ojos. Pongo mi mano en la pared
fría. Siento que late. Recuerdo aquella historia del niño que creía que latía
la tierra y al poco tiempo nació un volcán en su pueblo. Seguramente son mis
propios latidos inquietos, las pulsaciones que alteran mi mano. Pero el
movimiento sigue. Me vuelvo a acurrucar. Ahora el movimiento es horizontal. Mi
cama se mueve de lado a lado, mi cuerpo gira. Estoy confundida.
Me incorporo tan pronto como puedo y salgo en pijama.
Los árboles parecen querer escapar de sus raíces, las puertas son azotadas por
espíritus enfurecidos y la estabilidad deja de existir. Me sostengo a una
columna. Escucho bullicio en la calle. Han pasado más de 30 segundos. Miro con
cierto temor las paredes que parece que crujirán por dentro. Corro hacia mi
azotea. El movimiento me hace azotarme de un lado a otro del pasillo. Es
cierto, después de todo, que los terremotos embriagan y generan pánico a la
vez.
Cuando salgo, ahí sigue el cielo oscuro y nuboso,
apenas perceptible. Entonces miro un destello verde en esa profundidad, seguido
de otro azul. Mi mandíbula se endurece, veo alrededor con temor. Los vecinos
desde sus azoteas miran intrigados, con el rostro compungido, llamando
constantemente a sus familiares por su nombre para saber que están ahí con
ellos. Invocan a Dios sin parar, las luces celestes los hacen pensar en él.
Pienso en que será una tormenta solar o que las auroras boreales se
confundieron de país. Confío en que nadie nos llamará al Día del Juicio jugando
con lucecitas de navidad gigantes.
Espero lo peor con cierta resignación. Imagino en qué
momento empezarán a caer los techos y los árboles. Mi corazón late con fuerza.
Pienso en muchas cosas: en que no traje mi celular para tuitear mis ansiedades
y el humor ridículo que tenemos los mexicanos, en lo ridícula que me veo con mi
pijama de Cowco, en mi familia manteniendo la calma frente al desastre, en las
personas en pánico sosteniéndose de los peores lugares y en que la tierra nos
haría volar por los aires en cualquier momento… No se detiene, continúa. Ya son
dos minutos.
Entonces siento un placer extraño por sentir mi cuerpo
sacudido desde los pies. Cierro los ojos hasta que termina. Los perros en las
azoteas ladran con fuerza, vueltos locos. Desde la azotea se ve la ciudad:
progresivamente se apagan regiones de la capital, por cortos eléctricos. En la
televisión y la internet es la locura. Sonrío y a la vez siento miedo: casi
somos borrados entre escombros. Fueron 8.4 grados Richter en la noche del 7 de septiembre
de 2017 sin que ningún edificio cayera. La noche sigue. No hay consuelo, sólo
incertidumbre. Volveré a la cama. Que la tierra me despierte de nuevo.
* * *
Los cientos de réplicas me hicieron despertar con un
gran mareo. La ciudad sigue en pie, pero no amaneció igual que ayer. Los miles
y millones de cuerpos despiertan, mientras que las almas tiemblan en silencio:
a todo terremoto le sigue una réplica. El Centro se revuelve en sus entrañas,
Tlatelolco ruega por no derramar más sangre entre sus edificios, los caseríos
de Iztapalapa y Azcapotzalco se mueven incómodos, el sur permanece tranquilo
pero alerta; Ecatepec, Nezahualcóyotl y el rosario de municipios mexiquenses
construidos sobre el lago seco reviven en la adversidad. Los de Protección
Civil no han dormido esta noche: muchos mexicanos tampoco.
Han cancelado clases en las escuelas, hasta en la mía.
Salgo a la calle y mi tranquilidad se va en unos instantes. Sobre mi espalda
pesa la carga del temor colectivo expresado en los rostros y en las
conversaciones nerviosas, en las miradas a todas partes, en los oídos atentos.
Pero el día sigue en la capital. Nada nos dice que nos salvaremos o que nos
enfrentaremos al desastre. Sólo tenemos la incertidumbre, que trata de ser
aliviada con la fe de personas que han vuelto a ser católicas desde anoche.
¿Hemos sido maldecidos esta semana de inundaciones y
terremotos? ¿Fuimos maldecidos desde nuestros inicios a vivir en una tierra
hermosa y matarnos entre nosotros mismos o perecer gracias a la naturaleza?
Nadie ha muerto en la Ciudad de México, pero he visto las escenas trágicas en
la televisión de Chiapas y Oaxaca, lugares más próximos al epicentro. Han caído
casas y edificios de gobierno por igual. El istmo en su enclave más hermoso,
Juchitán, fue azotado con crueldad. Y ahí, en esas tierras tan bellas, tan
marginadas, aún ondea la bandera mexicana renacida de entre los escombros.
O quizás sólo hemos sido maldecidos como Job,
condenados a soportarlo todo para ganar el amor, la paz y la armonía que
parecen inalcanzables. Recuerdo el viejo adagio, vuelto un mantra de nuestra
ciudad “In quexquichcauh maniz cemanahuatl, ayc pollihuiz
itenyo yn itauhca in Mexico-Tenochtitlan.” (En tanto permanezca el mundo, no
acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlán). Ni los 5 años de inundación
en el Virreinato ni los sismos del 85 destruyeron totalmente la ciudad. Quizás
estamos condenados a existir.
Las nubes han vuelto, empieza a llover. Los recuerdos
de la noche permanecen como una herida. Iré a seguir con mi vida, como cada
día. Todos sabemos que en cualquier momento habrá una réplica brutal que nos
suma en el caos y nos haga abandonar nuestra soberbia. No somos más que
amos de nosotros mismos. Pienso en mi propio miedo, en el amor, en lo ridículas
que parecen mis labores en este momento y en que la ciudad no habrá de negarme
como yo suelo negarla a ella. Creo mirar luces brillantes en el cielo.
Permanezco quieta: respiro, la ciudad respira, la tierra está indecisa de
nuestro destino.
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