Adieu
Él no había llegado a la cita. Leila lo había esperado
por más de una hora en el bar que habían acordado. Se conocían de la noche
anterior, por la fiesta de un amigo en común. No había ocurrido nada más allá
de unos besos de aroma seco, caricias como chispas y la insistencia de él,
conversador e ingenioso, por conocerla. Ella sintió que no tenía nada que
perder, le dio su número y acordaron verse la noche siguiente en el bar que les
quedaba más cerca, en la calle Marsella.
Leila era pequeña de estatura y facciones muy ligeras,
siempre le calculaban edad de colegiala a pesar de sus 23 años. Unos lentes
negros redondos enmarcaban su rostro esquivo, vestía de tonos grises, se
camuflaba fácilmente en la ciudad. Mientras esperaba a su cita entre las
sombras del lugar, varios hombres la habían mirado insistentemente, pero ella
los ignoraba mientras intentaba llamarle. Rechazó dos cervezas de cortesía de
sus pretendientes mientras bebía una copa de vino blanco agrio.
Pasada la hora de espera, estaba a punto de irse hasta
que distinguió a un hombre sentado en un extremo del bar, solo, con un sombrero
negro extendido en sus costados, que sólo había visto en películas antiguas.
Vestía un saco de charreteras azul con botones dorados, además de camisa y
pantalón blanco. Usaba botas de cuero, tenía un sable colgado de su cinturón.
Era un soldado venido de otra parte.
No era común ver gente disfrazada en marzo, menos de
soldado. Parecía haber aparecido en un parpadeo. Él bebía de una botella regordeta
algo que a todas luces parecía coñac. Leila tomó su copa y se acercó con
curiosidad. Nadie parecía prestarle atención. El soldado tenía la mirada
hundida, los labios tristes y la piel sucia. En su saco tenía algunas insignias
que parecían cruces de honor.
Cuando Leila estaba a unos cinco metros, él volteó.
Sus ojos eran de un color cobrizo claro, con una energía de furia. Pero
amablemente se puso de pie y le ofreció sentarse en un francés fluido. Ella
aceptó, se sintió parte de algún hechizo. Recibió una copa de coñac. El soldado
parecía hablar consigo mismo, su tono era rebuscado, con ecos profundos.
Leila agradeció llevar dos años estudiando francés a
pesar de jamás haber hablado con un nativo. Le preguntó su nombre. “Thierry
Joyce, capitán del 52° regimiento de Lyon, al servicio del emperador de los
franceses” respondió. Ella mencionó, con cierto temor de ser imprudente, el
nombre de Napoleón Bonaparte. Él negó con la cabeza, apretó su vaso hasta casi
romperlo, después bebió amargamente. Terminó por decir: “Sí, nuestro
emperador”.
Cuando Leila pensaba en Napoleón, lo veía como un
zorro astuto disfrazado de león que estuvo cerca de dominar toda Europa y que
por sus acciones terminó por precipitar la independencia de su país, al igual
que de muchos otros en América. Pero Joyce lo veía casi como un semidiós que
había venido para unir Francia y llevar luz al resto del mundo con la
Revolución. “La gloriosa revolución” repetía él insistentemente, mientras no
dejaba de hablar de libertad, de igualdad, de la sangre que nunca fue azul
derramada en París y por toda Europa.
Ella pensó que Joyce quizás era un fanático
disfrazado, vuelto un personaje de la historia antigua; alguien que prefería
ocultarse en una identidad heroica. Pero hablaba el francés como nadie en
tiempos modernos. Leila notó que tenía una cicatriz en la mano derecha que le
atravesaba casi toda la palma. Él respondió que la herida venía de la Batalla
del Nilo, de un sablazo de un soldado inglés al que después él derribaría de
una patada a las aguas oscuras, mientras sonaba el estruendo de los cañones.
Joyce no pasaba de los 35 años, no era muy alto ni
fornido, pero tenía un aspecto ágil. Hablaba de su familia que vivía en
Alsacia, hasta que un ataque prusiano había borrado su pueblito del mapa. No
sabía si su mujer y sus hijos estaban vivos o muertos; pero luchó con más
fuerza persiguiendo un ideal que apenas podía describir con palabras, pero que
vivía con sus propias expresiones en la conversación. Maldecía a los reyes de
antaño, a los cardenales hipócritas. Creía en la guerra como forma de
liberación, hablaba de utopías fraternas como si él mismo las hubiera visto en
sus incontables campañas.
Él preguntó por la televisión que estaba colgada en
uno de los extremos del bar, con un video de música pop en la pantalla. Los
sonidos le parecían horribles, pero la imagen en movimiento de mujeres en plena
coreografía le causaba gran curiosidad. “Yo sé que éste no es mi tiempo, ¿qué
ha sido del mundo?” preguntó con curiosidad.
Primero le dijo el año, luego como habían pasado ya
200 años de sus campañas, que eran recordadas en casi todos los libros de
Historia, y de que a la Francia de Napoleón la describían de muchas formas,
buenas y malas. “¿Cambiamos la historia?” preguntó. Leila contestó que sí, pero
que aún no vivíamos en ninguna utopía. “Me alegro, un humano que no contribuye
a cambiar la historia tiene una existencia irrelevante. Entregaría mi vida a
mis ideas una vez más” contestó.
Leila tocó la piel de su mano, y era ceniza, se sentía
como papel viejo. En sus muñecas no tenía venas, sólo cicatrices diminutas.
Joyce sabía que estaba muerto, pero no entendía cómo había llegado a ese bar,
ni quienes estaban a su alrededor. El cantinero le llevó esa botella sin decir
nada. Se sentía exiliado como su emperador. Contemplaba, pensaba, filosofaba.
Sus recuerdos le parecían cruentos pero luminosos.
Él encontraba en la juventud de ella que su vida había
tenido un poco de sentido después de todo. Tenía algo de intelectual, gustaba
de leer libros en las noches oscuras de guardia en las campiñas europeas.
Pensaba en Leila más como una hermana menor venida de un sitio lejano, que como
una amante de tiempos de guerra. Por eso cuando ella intentó besarlo, él la
detuvo suavemente. Le pidió algo con qué escribir y ella le dio un bolígrafo.
Dibujó en la servilleta el águila imperial, símbolo de
sus tiempos y una frase que apenas se entendía. Después bebió largamente y
terminó por maldecir Waterloo tres veces, para concluir con un: “Si no hubiera
sido por Waterloo…pero tenía que ser, habríamos alcanzado el cielo y estamos
condenados a la tierra, a perecer, a perseguir la libertad.”
Leila pensaba que él se contradecía, pero admiraba la
fiereza de su discurso. Cuando se terminó la botella, una corriente de aire
entró por la puerta. Joyce se fue desvaneciendo poco a poco, se volvió polvo
que después salió flotando por la puerta. En la mesa quedó la servilleta con el
dibujo. Llovía. Brilló con fuerza un relámpago y en ese instante la taberna
pareció rodeada de soldados franceses riendo y conversando.
Después ella se dio cuenta de que estaba hablando sola
en francés. Y continuó en un monólogo de horas hasta que el bar cerró. Aquella
noche soñó entre nubes de ansiedad con esos pueblos y ciudades. Al mes
siguiente, ya estaba depositando flores en la tumba del Capitán Thierry Joyce,
en un rincón apartado de Los Inválidos, en París.

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