Plaga


Deberíamos sentirnos más a salvo. La gente lo pidió después de la ola de crímenes que llevaba más de diez años y que más bien parecía huracán permanente. Vinieron y desaparecieron los vengadores anónimos a deshacerse de ellos en momentos precisos. Los demás les aplaudían, mientras huían de la escena del crimen. Recordaban en sus mentes los rostros del “justiciero” del día, les contaban a sus familias del incidente. Y al final deseaban ser como ellos.

Yo se los dije, no me bajaron de pendejo. Había algo sospechoso en todo esto. De pronto veíamos muchos anuncios o escenas en series y películas con armas empuñadas por civiles, con las que protegían a sus familias, parejas o a sí mismos de los oscuros criminales que asolaban la ciudad. Aparecían súper policías que todo lo sabían y que daban con el culpable a la primera. Se volvieron masivas las imágenes de ladronzuelos abatidos por las calles, como si la plaga que nos invadía comenzara a caer.

Y luego vino la demanda social al congreso, apoyada por empresarios de todo tipo. La premisa era clara: permitir la legalización de las armas de fuego para los ciudadanos, al igual que en Estados Unidos. Poco importó que las organizaciones pacifistas y defensoras de derechos humanos pegaran el grito en cielo. Sus voces fueron ignoradas, como si fueran molestos ruidos del tráfico. La aprobó el alcalde, se ganó el apoyo de la gente que le había mentado la madre por el alza de las multas.

Ahí vino la verdadera tragedia, pero nadie lo entendió. Las empresas armamentistas ganaron millones con paquetes económicos de pistolas y cartuchos. Se eliminaron filtros, se permitió acceder a algunas armas de más alto poder para casos especiales. En otros tiempos, los traficantes controlaban todo ese mercado y los comerciantes solían ser quienes recurrían a ellos para intentar proteger sus negocios. Ahora parecía algo tan elemental como tener un automóvil o electricidad en casa.

Los padres les compraron armas pequeñas a los estudiantes que atravesaban rutas de transporte público asoladas por los asaltos (“Para que te defiendas, mijo. Le apuntas rápido y ya”). Los empleados y trabajadores hicieron lo mismo. Los guardaespaldas incrementaron su arsenal. Las amas de casa adquirieron su propia pistola para guardarla hasta arriba del estante, donde no la alcanzaran sus hijos pequeños, en caso de que el ladrón intentara robar en el día. El estado de terror y la variedad de crímenes era enorme.

Jalaron el gatillo, una y otra vez. Cayeron ladrones, sí. Pero también gente que no tenía nada que ver. Las manos se ponían sudorosas, nerviosas. El cañón del arma parecía endiablado, apuntaba a cualquier parte frente a las miradas de pánico. Los habituales pleitos callejeros en el metro o en las aceras terminaban con saldo rojo. La policía creció en número por el desempleo, para tratar de contener el caos urbano de histeria colectiva.

Mi calle no fue la excepción. Han pasado 400 días desde que nos volvimos la ciudad más peligrosa del mundo. El enemigo está difuso, es poco claro. Las iniciativas para el desarme han sido nulificadas por el gran negocio que es: afirman que es un derecho humano poder armarse. Y mientras pienso esto una vez más, es tiempo de ir a las compras para el desayuno de mañana. Sólo son unas cuadras, unos minutos y regreso. Ya no han sonado tantos balazos como antes, después de todo.

Es de noche, camino al amparo de los árboles.  El viento mueve las hojas, los pájaros intentan dormir en sus nidos. La gente va y viene con rapidez, algunos parecen rezar mientras caminan. Avanzo sin mirar a los ojos a nadie, con la cabeza gacha. Contra mi voluntad, yo mismo cargo una pistola con feas cachas de madera, fabricada en cualquier infierno y testigo de no sé cuántas muertes antes de que llegara a mis manos.

¿Dónde están sus vengadores anónimos y a quién le van a disparar ahora que todos somos el enemigo? Me apresuro para evadir a un borracho, también armado, que avanza tambaleante con la botella frágilmente sostenida de una mano. Dice no sé cuántas maldiciones, grita insultos contra los velatorios mientras solloza por lo bajo. Quisiera sentir lástima, pero su miseria no me toca. Estamos enfermos de algo que quizás no tenga nombre.

Ahí está la papelería de siempre, con gente comprando cartulinas o papeles de última hora. Distingo de lejos sus rostros cansados, sus sonrisas por compromiso. En ese momento dos tipos me empujan a un lado, van con pasamontañas. Con pocas palabras, ponen a la gente bajo el suelo, incluyendo a el que despacha. Piden el dinero en efectivo y el acceso a la cuenta bancaria. El encargado se los da tan pronto como puede. Del interior oscuro del local brilla una luz.

Suena la descarga, varios tiros impactan a los dos hombres que pronto caen al suelo. Veo esos instantes en que el proyectil impacta contra el cuerpo y brota la sangre. Quedan agujerados, se ven torpes en el suelo por no pensar que eso podría pasar. Pero la gente no respira aliviada. Hay dos heridos más, de entre los clientes; uno del brazo, otra de la pierna. Los demás, en cuanto pueden, huyen despavoridos. El tirador sale a la luz con el arma temblando en sus manos. Ve a los dos caídos como un par de parásitos abatidos por antibiótico.

A los pocos minutos llegan refuerzos de los ladrones, bajan de la camioneta. Pero al instante, llega la policía, que se ha vuelto peligrosamente eficiente para reprimir y abatir. Sus cascos, máscaras y chalecos parecen diseñados para aterrorizar. Contemplo desde la esquina más cercana. Ambos grupos se apuntan mutuamente, pero los ladrones flaquean. Ellos alzan las manos, pero los policías los ejecutan. La ráfaga doma los oídos y produce escalofríos. Ahora ellos también están en el suelo.

La policía va por el tirador de la papelería y se lo lleva arrastrando, deja caer el arma. Hay mucha sangre vertida en el suelo que nadie limpiará. Los peritos sólo se ocupan de llevarse los cuerpos, no investigan más por falta de tiempo y de ganas. La gente sigue circulando, aún con miedo. Algunos durante toda la escena permanecieron con la mano escondida en la bolsa, acariciando el arma, en caso de que la violencia se tornara contra ellos.

Voy a hacer las compras, luego me dirijo a mi casa. Fuera de sus casas, la gente chismea sobre el altercado, el primero de gravedad en la semana. Minutos después,  escucho los golpes de cuerpos contra el suelo. Y luego balazos que parecen provenir de todas partes: izquierda, derecha, cielo, subsuelo. La tormenta sigue. A dos cuadras de llegar a mi hogar me intercepta el hombre ebrio que había visto antes. Me apunta, pone el dedo en el gatillo.

Un instante…saco la pistola y le disparo a sangre fría sin pensarlo. El disparo le da en el vientre. El hombre cae, su cuerpo azota contra el piso y suena la botella que se rompe. La pistola se me cae de la mano derecha. Todo mi cuerpo tiembla sin parar, sudo frío. Contemplo su rostro ebrio sin vida. Nadie me mira. Los ruidos violentos siguen alrededor. Tengo las piernas salpicadas de sangre. Estoy vivo, pero él no. Y mucha gente tampoco.


Las armas son la plaga que pagamos con sangre.





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