Alberca
Alberca
Mientras
caminabas hacia el Malecón recordaste el momento en que se empezó a joder todo.
Pero una parte de ti decía que más que jodido te sentías redescubierto. Esa
ansiedad que no te daba tregua ni en el desayuno y en la cena; esa inquietud
que mantenía tus ojos en un letargo líquido durante las noches donde escuchabas
un sinfín de voces escupiendo los pensamientos del día y veías líneas blancas
que fluían como serpientes. Sabías que quizás todo estaba mal, pero no hacías
nada por evitarlo.
Caminabas
y tu historia le era indiferente a las familias que paseaban en esa tarde de vientos
frescos y aromáticos. Entre las construcciones blancas y la brisa marina
sentiste frío. Miraste buscando piedad en el horizonte, como si la visión te
devolviera una pizca de paz mental. Descubriste tu reflejo en un charco
solitario: ahí viste tu mirada extraviada, tu cabello desordenado, tu cuerpo
menudo y la barba que empezaba a crecer como un jardín descuidado. Pero al
final viste tu sonrisa. Y esa sonrisa maldita era la brújula.
Fue
en un viaje ocasional de la universidad a un gran balneario en Morelos, después
del final de semestre. Habían ido más de cien. Era el pretexto para una
borrachera interminable bajo el intenso sol del trópico y las frescas aguas que
bañaban a miles de personas al año. Bebiste con tus amigos, pero con cierta
lentitud y melancolía. Nadie notó tu estado de ánimo, quizás porque ya era
normal en ti. Contemplabas las albercas con extrañeza, como si fuera un terreno
hostil y desconocido.
Siempre
le tuviste desconfianza a las albercas desde aquel incidente cuando eras niño y
tus primos te arrojaron a carcajadas a la zona más profunda, donde casi pereces
ahogado de no ser por la valiente intervención de uno de tus tíos borrachos,
quien también casi perecía al intentar salvarte. Desde entonces, tu piel
parecía ser repelente al agua y las veías con la misma desconfianza que un
claustrofóbico a los elevadores.
Tu
vida privada era un misterio en el que casi nadie se interesaba. Aquella noche
tus amigos terminaron ebrios más rápidos de lo usual, y luego de ir a
depositarlos en sus habitaciones, volviste a las cercanías de una alberca para
contemplar la noche. Allá en el cielo se extendían los cinturones de estrellas
que nunca veías en la ciudad. Pero aquí, bajo tus pies, seguía el agua fresca
de la alberca y el murmullo de risas y voces que prevalecía. Sentiste ese
pinchazo, de esos que cambian la historia.
Pensaste
que sería buena idea caminar alrededor de la alberca, pero no sabías para qué. Tus
pasos eran lentos, los clavados ocasionales de la gente te hacían voltear. El
olor a cloro ya te era indistinto. En el
instante en el que estabas más distraído, escuchaste su voz. Volteaste y la
saludaste, te pusiste en cuclillas. Era Mónica, una compañera tuya con quien
solías intercambiar miradas o sonrisas ocasionales en clase. La misma con la
que habías platicado quince minutos en una fiesta. Con la que soñaste sin razón
un domingo, aquella que te parecía bonita e interesante.
Siempre
supiste que algo raro había ahí, pero preferiste ignorar tus pensamientos. Ella
te miró sin interrupción por varios segundos, estaba con varias de sus amigas.
Te invitó a entrar a la alberca. Por instinto, te negaste, dijiste que no
tenías ganas. Pero ella insistió, te tomó del brazo. Estuviste cerca de caerte,
sentiste un vacío en el estómago. A pesar de tu negativa, ella seguía sonriendo
con sus labios de durazno. En un instante viste su piel que parecía de arena
suave. Pasaron tres segundos y ya estabas dentro de la alberca.
Platicaron,
quizás, por un par de horas. Sus amigas se fueron alejando progresivamente. Le
hiciste un cumplido torpe acerca de lo bien que se veía con su bikini negro con
detalles floreados. La semidesnudez la hacía lucir distinta. Cuando pensabas en
ella la recordabas con sus vestidos largos que ocultaban sus piernas largas y
torneadas de ciclista, y con su cabello largo que caía como cascada sobre su
espalda. Al ritmo que su conversación se hacía más profunda, iban acercándose.
Hasta que sentiste su respiración cerca y creíste ver a través de sus ojos.
Sentiste
ese hormigueo maldito que ya no te iba a abandonar en mucho tiempo. Se apagó un
interruptor en tu mente. Las aguas de la alberca parecieron ralentizarse y la
voz de ella danzaba alrededor de ti. Fue ella quien se aproximó a tus labios.
Hubo un instante de miedo, de sudor en tu frente. Sentiste sus labios que
sabían a por lo menos diez frutas distintas. Un escalofrío recorrió tu espalda.
Cuando tu mente volvió a pensar de nuevo, tus manos estaban alrededor de su
cuello y las suyas en tu espalda. Ambos sonrieron. Ya no sentías ansiedad de las
albercas. Ella se recargó en tu mejilla, te susurró algo. Luego vino un beso
más. Otro, otro y otro. Nadie parecía mirarlos.
Ese
amorío que había nacido en la alberca continuó entre rumores y pausas. Se
encontraron al otro día, en las visitas a distintos pueblos cercanos.
Anduvieron juntos platicando de cualquier cosa. A veces se besaban en alguna
callecita o fuente. Se sentían más cómodos estando solos, sin las vistas de los
demás. No dijeron nada del futuro o de lo que vendría. Parecía haber un pacto
implícito en donde no fluían las preguntas incómodas. Descubriste más detalles
de ella y deseaste que todo eso hubiera ocurrido antes. Porque quizás ahora no
había futuro suficiente.
Al
volver del viaje te encontraste a ti mismo buscando su recuerdo al morder una
naranja. Sentías que tenías una flecha atravesada en la garganta y una
inquietud en el estómago. Nada fue normal desde entonces. Los más cercanos te
vieron más silencioso, con la mirada perdida en cualquier parte. Golpeaste tu
costal de box con más fuerza, corriste con más furia sobre la playa. Sentías
que el sudor te devolvía las sensaciones placenteras y te ponía en paz.
A
pesar de todo, no habías dejado de ver a Mónica. Ya eran las vacaciones, pero a
veces acordaban salir por un café, al cine o simplemente a caminar. Con el paso
de las semanas, esas citas se habían hecho menos frecuentes. No tener Facebook
te daba la privacidad que te gustaba, pero a veces deseabas saber más de ella.
En sus besos y conversaciones seguía sin existir un horizonte. A veces ni tú
mismo sabías si realmente querías que lo hubiera.
Y
aquel día que caminaste hacia el Malecón sabías que estabas en medio de una
tormenta que no tenía salida. Te preguntabas por qué las cosas no podían ser
más sencillas, por qué no podías tener el valor suficiente de romper con todo.
Esa tarde las olas rompían con un poco más de fuerza, y la brisa te alcanzó
varias veces. En tu mente, las escenas de la alberca seguían repitiéndose. Era
una secuencia deliciosa que dejaba una punzada de dolor al final.
Tu
mente se resolvió al fin y decidió que buscarías un futuro, aunque fuera pequeño,
con Mónica. Se te olvidó a qué habías ido al Malecón y seguiste caminando,
aunque tuviste la sensación de que habías extraviado algo. Diste cinco pasos
más y la encontraste. Ahí estaba caminando ella con un helado en mano. Verte la
asustó al punto de que casi tiraba el cono en la acera. Te llamó por tu nombre,
te sonrió y te abrazó. Cerraste los ojos, sentiste la calidez de su cuerpo. Fue
en ese momento que sentiste que quizás algo estaba mal.
Su
mirada pareció dos cosas a la vez: fuego y precipicio. “Ya no puedo más”, te
dijo. Te besó, y tú la besaste. Ese beso marino se prolongó por varios
segundos, ambos se aferraron con fuerza al otro. Cuando despertaron del
ensueño, un par de personas los rodeaban, con la mirada deshecha, el gesto
incrédulo y horrorizado. Era tu novia con quien habías acordado una cita esa
tarde; era su novio, con quien Mónica había salido por un helado.
El
malecón y las olas no juzgaban a nadie. Viste la tormenta de furia y lágrimas.
Sentiste el látigo de la culpa, pero se fue derritiendo como el helado. Todo
terminaba ese día, no tenías una explicación. Te fuiste a casa con pasos de
hierro sin saber cómo sentirte. Los recuerdos del viaje seguían flotando como
si nada hubiera pasado. Para el final de la noche, en tu soledad, sólo Mónica
vagaba entre tus pensamientos. Y deseaste una maldita alberca donde estar con
ella.

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