Bienvenido



Bienvenido

Lorena Mejía se ofreció a llevar a Rubén a la reunión. Mientras iban en el auto, él observaba con atención las calles oscurecidas de la ciudad en pleno mediodía. Los numerosos pasos viales elevados hacían de las calles una telaraña de sombras en la que personas iban y venían sin rumbo fijo. La pintura chillante de los locales comerciales luchaba por sobresalir y marcar el contraste.

El motivo y los participantes de la reunión se mantenían en secreto. Rubén se había acostumbrado a conocer los detalles al final y había ido dejando poco a poco su ansiedad por la incertidumbre. Platicaba con Mejía de las pasadas fiestas de fin de año, de los días soleados en la preparatoria y los matrimonios, que ahora duraban menos todavía que los noviazgos de secundaria. Ella hablaba y su voz avanzaba como un río a la mitad de un bosque tupido.

Cuando estaban por llegar, Rubén cerró los ojos. Mejía lo despertó de su naciente sueño al darle una violenta sacudida. Su sonrisa, flanqueada por sus labios escarlata, mostraba un silencioso poder. Rubén bajó del auto, y se encontró en la esquina de dos avenidas muy transitadas. El aire ahí parecía aún más gris. El destino estaba en una pequeña cafetería casi asfixiada entre dos edificios de oficinas. Él recordó que antes ahí hubo un restaurante con juegos para niños, lugar de muchas fiestas en su infancia.

Ambos caminaron a la entrada y abrieron una puerta transparente llena de polvo. Adentro, todas las mesas cuadradas estaban juntas y las sillas estaban dispuestas como si se tratara de la última cena. Las luces eran débiles y fallaban por lo menos tres veces por minuto. Los empleados los miraron con atención, pero no los saludaron ni les ofrecieron la carta. Al fondo de la mesa aguardaban seis personas, sus rasgos no se distinguían.

Uno de ellos lo invitó a sentarse, su voz era ronca como el sonido de un caracol prehispánico. Detrás de esa invitación señorial, Rubén encontró a su maestro de primaria. En su sonrisa de dientes naranjas halló los recuerdos de su pueblo, de sus maltrechos años de educación básica en los que no había donde sentarse, los libros eran insuficientes y el hambre una constante. En su voz parecieron volver a sonar las viejas lecciones, las promesas de un futuro mejor allá afuera en la urbanidad.

El viejo maestro siguió hablando pero Rubén ya no entendió palabra alguna. Le pidió que repitiera lo que decía una y otra vez. El otro hombre no se desesperaba, iniciaba de nuevo. El mismo bullicio que subía y bajaba como los caminos viejos entre los cerros. Finalmente Rubén asintió con la cabeza sin saber una palabra. Entendía que el mensaje era de paz, aunque el dialecto fuera sumamente extraño.

Tomó la palabra entonces una mujer a su lado. Su aroma era penetrante, como si alguien hubiera mezclado la fragancia de diez flores en una. Rubén encontró a su propia nariz actuando por su cuenta, olfateando como un perro. Distinguió en ella a la joven que le ayudaba a su madre cuando era niño, venida de un pueblo todavía más pobre. Con los años, su cuerpo se había vuelto imponente y su rostro mostraba un poder que nunca vio en ella.

Pese a que entendió las palabras en un inicio, una vez más hubo un punto en que dejó de entender. El aroma terminó por absorberlo. El aroma es la mejor fuente de memorias, por lo que sintió que estaba nuevamente mirando a su madre cocinar y hacer tortillas en tardes soleadas. Sintió que escuchaba al viento acariciar las milpas y a los animales dialogar a berridos entre ellos, a los perros ladrarle a la nada. Recordó cómo el silencio y el aroma fresco del campo cambió en su juventud por el bullicio de una ciudad que jamás se callaba. Sintió un dolor en la espalda, en los pulmones. Tuvo impulsos de toser, pero no pudo.

Volteó a ver con cierta desesperación a Lorena Mejía, quien estaba a su izquierda. Ella estaba sentada, pero completamente dormida. Su cabeza se balanceaba al ritmo de ese viento. Su respiración era profunda. Intentó despertarla, una y otra vez agitándola, pero no pudo. Cuando se rindió, ella tocó su mano y la retiró al instante. Rubén volteó a ver a los otros comensales de la mesa. La luz pareció disminuir más.

Otra mujer, mucho más joven, empezó a hablar. Esta vez sus palabras eran tan claras como un manantial recién descubierto. Le dio la bienvenida y empezó a hablar de ella misma. Como si se encontrara en una entrevista de trabajo, empezó a contar su trayectoria profesional. Rubén se sorprendió de que ella había logrado todo lo que él se había propuesto. Todo en un perfecto orden. Él distinguió todos sus sueños caídos y frustrados, algunos por su aspecto, y otros por no tomar el valor suficiente.

Él abrió la boca y por un momento no pudo cerrarla. Buscó mirar el rostro de la mujer, hallar respuestas, pero no pudo. Sólo distinguía un abrigo rojo, intenso y llamativo como una flama a medianoche. Incluso sentía que ella despedía calor. Hubo un momento en que ella guardó silencio. Entonces su rostro salió de la oscuridad, sonriente y fresco como una primera cosecha. Rubén sonrió sin darse cuenta, se pellizcó discretamente.

El rostro de la mujer era de rasgos finos. Sus ojos eran color caoba, su piel brillaba discretamente y su sonrisa era cálida como una fogata; el cabello caía libre por la espalda. Era la mujer más hermosa que él había visto en su vida. Ella le tendió la mano, y estaba fría como el hielo. Pero apenas un instante después del contacto, sintió que en sus venas casi volaba una inquietud eléctrica que le hizo sentir un placer nunca experimentado. Tuvo muchas visiones en pocos segundos.

Ella le dijo que era bienvenido y que de ahora en adelante pasarían largos ratos juntos. Rubén se entusiasmó, aceptó lleno de alegría y dejó de pensar. Sintió que sus tensiones se liberaban, ya no escuchaba su respiración ni sus latidos. La contempló y sintió que olvidaba lo demás. El cielo había dejado de ser oscuro, las luces funcionaban bien de nuevo. Sobre la mesa había un pequeño banquete.

Mejía despertó y le habló a Rubén: “Te han dicho ya que eres bienvenido. Todos ellos están muertos. Ahora tú también lo estás. Del pasado, del futuro, del ti mismo han venido a saludarte”. La mujer bella habló enseguida: “Celebrarás ahora el día de tu muerte, como celebraste el día de tu cumpleaños”. Luego, el maestro: “Los muertos habitamos en ciudades muertas”. Rubén se paró de la silla y quiso gritar. Habló, pero ya no entendía su voz. Tenía un nuevo lenguaje por aprender, uno sin vida.



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