El Encargo
EL ENCARGO
La soledad en mis noches
se había vuelto una carga tolerable. Cenaba en silencio, veía la televisión y
en ratos me perdía viendo las redes sociales. Los meses pasaban arrastrándose
como la hojarasca impulsada por el viento. El rumor cansino de mi vida había
dejado de tener sobresaltos y había entrado en una aburrida pero apacible fase
de tranquilidad. Nadie en el vecindario solía molestar ni preocuparse por
conocer a los otros.
Por eso me pareció
extraño cuando alguien tocó con insistencia mi puerta. Con algo de pereza, salí
a ver. Era un hombre con la cabeza nublada. Vestía un gran abrigo de cuadros
rojo y un pantalón de lana, pero temblaba de frío. Su rostro estaba descuidado
y sudoroso, al igual que su cabello. Su mirada era seca, irradiaba una
sensación de ruina. Me habló con la voz baja, parecía no poder elevarla.
-Tienes que escucharme-me
dijo.
- ¿Qué se le ofrece?
-La paz.
- ¿La paz del señor?
-Esté con usted y con su
espíritu
Me reí de mi propia broma,
pero su gesto se volvió más severo. Mi expresión cambió y lo miré con
extrañeza.
-Necesito que me hagas un
favor. Tú no me conoces, pero yo a ti sí. La única familia que tenía, mi
hermano, falleció cuando cayó a una barranca que no está muy lejos de aquí. Por
mucho tiempo, estuvo fichado como desaparecido, pero ahora sé dónde está. La
Policía no me ha escuchado y no ha querido ir a recoger sus restos. Pero si tú
lo haces, sé que él podrá descansar.
- ¿Qué le hace pensar que
me harán caso a mí?
-Yo lo sé. Eres un joven
listo. Además, ya te dije que sé muchas cosas de ti. Verás-me miró y su voz se
volvió más turbia-, en esta ocasión no tienes opción de decidir entre sí o no.
Es algo que tienes que hacer, es un acto de buena fe. Te diré lo que ocurrirá.
Irás a la estación de policía, darás el nombre de mi hermano. No te mostrarán
la foto, pero seguramente identificarán el caso. Ellos enviarán una partida de
búsqueda a la que te tienes que unir. Después de que pasé por el Ministerio
Público y los forenses, irás por el cuerpo a la morgue y te asegurarás de que
incineren sus restos. Yo pasaré por ellos. Ya he depositado el dinero en tu
cuenta.
- ¿Por qué no va usted en
la partida de búsqueda, por qué no le han hecho caso antes?
-Ya te he dicho que mi
cuerpo no me puede llevar ahí, además de que la Policía jamás me ha creído. No
hagas más preguntas, tómalo como una oportunidad. Sé que en tu vida ya no crees
en nada. Después de esto-me guiño un ojo-te sentirás más vivo, te lo aseguro.
Sé humano, hombre. Asegúrate de que su alma esté en paz. Y alguien más, a su
tiempo, se asegurará de que tú descanses.
- ¿Cuál es el nombre
entonces?
-Julio César Machado
Mondragón. Con ese nombre ellos sabrán. Di que eres un amigo de la familia y
que alguien te compartió el dato.
Sin esperar respuesta, el
hombre se dio la media vuelta y se perdió en las calles. Pero había dejado un
sobre en mi buzón. Era un expediente del Cisen con mis datos completos,
incluyendo una fotografía, además de una notable cronología de las actividades
de mi vida en los últimos cinco años. De paso estaban ahí números de cuentas
bancarias, datos de familiares y amigos, así como contraseñas de redes
sociales. Al mirar todo eso sentí un escalofrío. El hombre sabía quién era yo.
Su petición sonaba simple, así que accedí.
La tarde siguiente,
después del trabajo, fui a la renovada estación de policía que estaba a diez
cuadras de mi casa. Cuando dije el nombre del fallecido los policías me miraron
con atención. Aquella en particular había sido una tarde tranquila para ellos,
así que accedieron a ir por el cadáver. Llamaron también a Protección Civil y
al Servicio Médico Forense. Les di la locación: el fondo de la oscura barranca
que corría cerca de esas calles, como un brazo ennegrecido del viejo Bosque de
Chapultepec.
-Ya sabíamos que estaba
ahí-me dijo un policía-, pero recibimos instrucciones de esperar a que alguien
nos confirmara por segunda vez la ubicación. Cosas raras de la comandancia.
- ¿A poco si vas a poder
bajar por la barranca, flaco? -me dijo otro-Sin ofender.
Asentí y seguí al pequeño
escuadrón de seis personas. Al cabo de unos veinte minutos de atravesar
pastizales rancios y veredas resbalosas, que parecían un trozo de olvido verde
entre la moderna ciudad, llegamos al fondo donde corría un tímido riachuelo.
Olía a basura, así como a animal muerto. El viento se estancaba entre las
ramas. Sentí un escalofrío siniestro, e incluso creí distinguir miradas
curiosas entre los árboles enfermos. Pero los policías mostraban tranquilidad.
Lo encontraron pronto. Me
tapé la boca: era el cadáver momificado de un hombre. Su ropa ya caso no se
distinguía. Los policías se asombraron y no tardaron en tomar fotografías con
su celular. Los forenses hicieron su trabajo, y uno de ellos, que no era un perito
sino un discreto fotógrafo de nota roja, tomó las imágenes que aparecerían al
día siguiente en los periodiquillos cínicos del día siguiente.
-Ya tenemos nuestras
momias, pues-comentó un policía.
- ¿Qué se asusta, joven?
Hemos hallado cosas peores que lo harían a usted guacarearse.
El ascenso fue complicado
y me caí dos veces. Los otros seguían comentando entre risas el hallazgo. Me
dieron instrucciones de recoger en la morgue los restos el día siguiente con una
clave. De paso me pidieron no comentar demasiado. Les pregunté más detalles del
fallecido, pero dejaron el chisme: cerraron la boca y me invitaron a irme a mi
casa.
Compré el “Metro” y “El Gráfico”
al día siguiente. El fotógrafo había hecho un buen trabajo. Los periodistas no
dejaron de burlarse del muerto en el titular (“La Momia regresa”) y contaron en
la nota más especulaciones que realidades. No había detalles del muerto, y permanecía
como sin identificar. El gobierno salió a decir que el caso era una rareza y
que en la zona no había delincuencia. Preferí no pensar demasiado y terminar el
encargo.
A pesar de no ser
familiar, me entregaron el cuerpo sin mayores detalles. La Policía no tenía
intenciones de investigar más y le dieron carpetazo al caso de la momia. Me
dijeron que ya habían tomado muestras de ADN y que seguramente la persona se
había caído en la barranca en estado de ebriedad en una noche lluviosa sin que
alguien pudiera saberlo. No creí demasiado esa versión, pero la acepté. Ellos
mismos me ayudaron a enviarlo a una pequeña y casi clandestina agencia
funeraria a las afueras de la ciudad. Ahí terminaría mi misión.
En la noche, otra vez
tocaron a mi puerta. Era el mismo hombre del encargo. Sonreía a plenitud, y en
sus manos cargaba una cajita con las cenizas. No me dio la mano ni me saludó,
pero me agradeció una y otra vez. Le conté que todo había ocurrido como él
había previsto y no quise ahondar más en las razones de cómo terminó momificado
su hermano en ese lugar. Le desee buenas noches, pero antes de que pudiera
cerrar la puerta él me dio unas tarjetas.
Eran la credencial de
elector, el pasaporte y la licencia de conducir de Julio César Machado Mondragón.
Al mirar las tres fotos sentí un escalofrío: era el hombre que estaba enfrente
de mí. “No es mi gemelo, ahora estoy en paz y mi paz es contigo”, me dijo. Se dio
la media vuelta y se perdió entre la noche, sin soltar la caja con sus propios
restos. Cerré la puerta de mi casa y salí a dar un paseo. Al poco rato ya
estaba en la barranca, hablando conmigo mismo, escuchando al viento atrapado en
las laderas.

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