Fuegos
FUEGOS
LST II
La paz fue una ilusión. Llevaba
varias horas sin sentir el paso del tiempo, aunque sabía que tendría que venir
el final. No me importó el insoportable calor de la primavera. No sentía cosquilleos
en el estómago tampoco. Ella caminaba a mi lado, y eso estaba bien. Las cosas
parecían estar en orden. Cuando abordamos el metro sonreí para mis adentros sin
saber la razón.
Ella accedió a acompañarme
por varias estaciones más, sin importar que tuviera que volver después. Sus
pies marcaban un ritmo desconocido. Pasaron varios minutos de silencio hasta
que seguimos platicando de los viejos tiempos. Ese lapso ambiguo en que
solíamos vernos a diario, cuando ella solía ser un extraño oasis para mí. Y yo
era un suspiro en su nuca. Esos días que habían muerto para bien. Le dije, por
segunda vez: “Es bueno que estés aquí”. Sonrió, volvió el silencio.
Por mi mente pasó un vago
recuerdo de algo que le dije a una amiga cercana de aquel entonces: “sé que
vendrá un futuro”. Me burlé de mi propia ingenuidad, porque no había venido
nada después de eso. Pero al final, ella seguía aquí. Nos aparecíamos de vez en
cuando, al menos un par de veces al año. Éramos amigos cercanos a la distancia.
Sólo hasta aquella tarde ese pasado que parecía encerrado en un congelador
volvió a aparecer como un viento suave.
Nunca el trayecto de un
metro agónico y moribundo fue tan corto. Descendimos del tren, hasta el punto
donde nuestros caminos se desviaban. Miré los contornos naranjas que daban
identidad a aquella estación, que contrastaban con la oscuridad subterránea. No
pensé en mis pasos, ni en la gente hasta que ella se detuvo. Sentí un ligero
escalofrío al ver sus pupilas dilatadas.
Ella me abrazó como si el
viento estuviera a punto de disolverme, como si me despidiera antes de un largo
viaje. Sentí su cuerpo junto al mío, sobre mi mente se posaron unas nubes
desconocidas. Luego el ansia maldita fluyendo sobre mi piel como las hileras de
una lluvia cálida. El aroma de su cabello me alejó más de la realidad. Pero
todo seguía estando bien.
El instante en que nacen
las tormentas es invisible. Ella buscó mis labios, que no se dieron a la fuga.
El beso nació con violencia, con un estallido y ondas sísmicas en nuestros
cuerpos. Nuestras manos dominaron la planicie de las espaldas del otro. Pensé
en su rostro mestizo, en su esencia de café tibio en una tarde fría. La paz había
desaparecido. Cuando nos separamos y nuestras miradas se encontraron, nos
miramos sorprendidos. Las luces naranjas nos cubrían, pero no éramos invisible.
El incendio apenas había comenzado.
* * *
Después de perder a casi
todos mis amigos por razones ociosas, había encontrado en ese grupo de chicos
una cura a las tardes solitarias. Eran menores que yo, más dispersos y con la
vitalidad de las últimas estaciones de la adolescencia. Con ellos sentía que mis
años corrían más lentamente. Me miraban con un hermano mayor, a pesar de que
sólo les llevaba cinco años.
Hoy hay una fiesta en
casa de Jorge, no muy lejos de donde vivo. Mis amigos esperan que vaya y que
sea una “peda memorable”. Tengo ganas de beber sin afán de olvidar. Los últimos
días han sido de una ansiedad insoportable y de preguntas con respuestas
dolorosas en las que no quiero pensar. A mí el alcohol no me hace sentirme
miserable, sólo siento que me lleva a otra parte donde nada tiene importancia
realmente.
Saludo a varios, me presentan
a otros. Sin demora, empiezo con mi primera cerveza. La música no me hace
pensar en nada. Veo a mis amigos riendo y me siento feliz por ellos. Platico
con algunos, decimos estupideces, hacemos concursos y jugamos cualquier cosa. A
veces fingimos que bailamos porque a nadie le importa cómo lo hagas. La vibra
me hace sentirme vivo. Todo está bien.
En eso, llega Nelly,
quien me mira más furiosa que nunca. La botella de cerveza casi se me escurre
de los dedos. Me pide que vayamos afuera a hablar, y la sigo al instante. La
alegría se desvanece y viene una preocupación natural. Tengo un montón de secretos
y han inventado chismes sobre mí en muchas veces. Pero presiento que esto no
será sencillo de resolver.
-Sé lo que hiciste,
todo-me dice Nelly.
- ¿De qué hablas?
-No te hagas pendejo, ¿piensas
que el metro no tiene ojos? Tú siempre aconsejándonos que seamos chidos con
nuestras relaciones y ve nada más la idiotez con la que sales.
Distingo la decepción en
su mirada. Me quedo sin palabras y el miedo me invade desde el estómago hasta
el resto de mi cuerpo. Solo niego con la cabeza, me sudan las manos.
-De esta no te vas a
escapar, cabrón-me dice Nelly.
Me toma del brazo de
vuelta a la fiesta. Ahí están reunidos mis amigos en medio círculo. No hay
nadie que me cubra. Serán desmadrosos, pero leales entre ellos y ahora el
intruso soy yo. Parecen cubrir a alguien, pero no distingo quién es. En apenas
un instante, una chica se da la vuelta: es Regina, mi novia, y amiga de ellos.
Le había mentido para ir a la fiesta. Pero las lágrimas en su rostro delatan
que ahora lo sabe.
Sus lágrimas me
atraviesan como cuchillos desconocidos. Me invaden la vergüenza y el dolor. No
puedo soportarlo. Salgo corriendo, evado todo como siempre sin saber a dónde ir.
La tarde está nublada, los grandes árboles parecen oscurecerlo todo. Escucho
pasos detrás de mí. “¡Vuelve y sé un hombre, por lo menos!”, me grita Isaac. Me
tiembla el cuerpo. Logro esconderme debajo de un auto descompuesto.
Aunque sé que es el fin,
no soy capaz de decir perdón. Minutos más tardes estoy escapando por las calles
nuevamente, esta vez de mi propia conciencia. La tarde cae poco después de las
8. No quiero volver. La garganta duele y mis ojos se tragan las lágrimas.
Ignoro el historial de llamadas en el celular. Veo la foto de ella, espero que
el incendio termine y que nadie me vea.
* * *
Llueve en mí. Recién
despierto de la pesadilla, Regina no lo sabe. Nadie más que nosotros. El
secreto nos destruirá algún día, pero mientras tanto seguimos aquí y lo agradezco.
Ella duerme a mi lado. Su respiración es tranquila, como si nada existiera
aparte de nosotros y esta cama, que apenas hace una hora era un terreno de
batalla entre nuestros fuegos y tormentas.
Miro su piel desnuda,
teñida por el sol; su cuerpo pequeño y el rosario de detalles que me han hecho
desearla todo este tiempo. Con mis caricias siento que recorro un desierto
donde no puedo recordar mi nombre, ni mis ideas. Parece que nos cubre un cielo
de estrellas que no puede hablar. Que el oasis lo ponemos nosotros y que
estamos a espaldas del infierno.
Nada está bien. Ojalá el
viento borre nuestros pasos y huellas en el otro, que cualquier fábula sea más
creíble que estas tardes prohibidas juntos. Mientras tanto seguimos caminando
sobre el filo de la navaja esperando no ser destruidos. Cuando ella despierta,
ambos tenemos mucha sed.
-¿Somos demonios?-me dice
ella, con una inocencia fingida.
-A estas alturas, importa
un carajo.
Beso sus labios por
milésima vez, y luego mi boca transita por su cuerpo. No hay sentido, ni
dirección. Solamente este incendio, esas luces naranjas que nos cubrieron. Nos
escuchamos, nos sentimos. El incendio nos hace olvidarlo todo, la realidad
fuera de aquí estorba.

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