Ausencia (Imperio Desmoronado)

AUSENCIA
(IMPERIO DESMORONADO)

Siento tu ausencia. Lo hago mientras miro la ventana de este apartamento que renté en un cuarto piso por sugerencia tuya. La música hace vibrar las débiles paredes. Mis manos están jugando con una pluma y sosteniendo un papel en el que, hasta hace unos minutos, te escribía algo. Ya no quiero. No puedo.

No hay lágrimas para ti, ni las habrá. Mi piel y mis ojos están secos. A todo esto se le consumió la alegría, la motivación, los suspiros…reina un silencio aterrador y un tedio visual. Fluye un temor de que la existencia esté por agotarse, en cualquier momento. Es el vacío profundo que deja tu esencia, ahora inexistente.

Nadie ha sabido algo de mí en días. Las horas se han agotado, una por una, entre evadir la realidad con programas absurdos en la televisión y lecturas trascendentales que me hacen dormir. Golpeaba con furia mi costal de boxeo hasta que acabó agujerado, igual que mis puños. No podía entenderlo, no cabía en mi mente la posibilidad.

Deseaba que volvieras, aunque era imposible. Quería que me sacaras de aquí, que me mostraras el mundo con esa perversa sonrisa llena de vitalidad, como siempre lo hiciste. Muchos te temían, huían de ti. Tú disfrutabas verlos correr en círculos, para que luego te detestaran en silencio. Pero a mí, me dabas ese encanto tan oscuro que tanto te regocijaba.

Muchas veces quise pensarlo, Lena, pero jamás fuimos una pareja. Los primeros días luego de conocerte, era ridículo y solía escribir tu nombre al lado del mío. Jamás te dejaste caer en ese pozo irresistible para la mayoría, aunque a veces, en tus momentos de debilidad, parecías desearlo. Si hubieses dejado de ser mi amiga, ese pacto extraño que formamos habría perdido lucidez.

Éramos una combinación ácida entre adrenalina, humor negro, rachas de odio hacia el mundo, conversaciones dispares, placeres felizmente inconclusos y esbozos de un idealismo asfixiado. A veces jugábamos a ser buenos, caritativos, dulces…para luego estallar en carcajadas, por haber sido demasiado ficticios.

Veíamos a nuestros enemigos como diminutos seres que vociferaban y daban pataletas. Nuestro trabajo se prestaba para eso, para que fuesen demasiados, para llenarlos de frustración cada semana. Algunas noches me preguntaba cómo habíamos llegado hasta ese punto, de ser tan odiados y peligrosos. No era tu culpa, ni la mía. Fue cuestión de decisiones, de obedecer a deseos inconscientes.

Nos dedicábamos a sabotear y robar los cargamentos millonarios que venían de Sudamérica. Era cuestión de coordinación, de nuestra inteligencia y de un valor que aún nos dejaba dormir por las noches. Los otros se creían tan listos con sus movimientos tan predecibles…además había tanta gente con la suficiente codicia y los nervios de acero para seguir nuestras órdenes.

Disfrutábamos con lo que obteníamos de esos tesoros. No fuimos ostentosos ni ridículos, pero sí muy cuidadosos. Siempre nos mandaban buscar. Nos hicimos expertos en el escapismo. Los rostros de nuestros probables asesinos iban llenos de miedo cuando volvían con sus jefes, para desaparecer en un estallido escarlata.

El día que le dispararon a nuestro auto conseguimos escapar. La mezcla de nerviosismo y adrenalina nos hizo reír a carcajadas. Nadie podía alcanzarnos. Ni siquiera los agentes gringos que quisieron volverse los clientes preferenciales con tal de no llevarnos a su país el día que nos capturaran. Tampoco los jugosos acuerdos que ofrecían el presidente y su séquito de sirvientes.

Teníamos el poder en nuestras manos, ¿recuerdas? Lo sentías al tener un arma larga en tus manos y dispararla con eficaz puntería en un campo abierto. Lo sentía yo al saber que podíamos convertir la sonrisa de cualquier engreído en una expresión de profundo terror. Que, literalmente, éramos capaces de volar el mundo y no sentir remordimiento al respecto.

Tú estabas siempre llena de vitalidad. Te volviste la pesadilla de hasta los que no te sabían nombrar o que decían tu nombre tartamudeando. Me mostraste que yo tenía razón, en los tiempos de mi juventud ingenua: el mundo está podrido, sí. Podíamos elegir ser carroñeros para sobrevivir o ver como nuestros sueños se disipaban en el olvido.

La ambición nos causaba megalomanía en ocasiones. Pensábamos que ayudábamos a que el mundo se evadiera y no fuese capaz realmente de verse en el espejo. Si eso pasaba, la impresión sería fulminante. Los envenenábamos para hacerlos evitar su miseria, para seguir sobreviviendo entre toda esa oscuridad. Toda esa suerte de cuerpos desperdigados y explosiones espantosas eran necesarias, al parecer. Era la respuesta a nuestro poder. Ese era el miedo.

Algunas operaciones fallidas mermaron un poco nuestro ánimo. Tuve continuos ataques de ansiedad, ¿recuerdas? Y de ahí salió tu brillante idea de confinarme temporalmente en este apartamento mientras tú te ocupabas de lo que fuera necesario, de sostener nuestro orgulloso imperio.

He de confesarte que esos últimos días fueron los más felices. Había conocido y visto tu lado brutal, fuerte y decidido. Pero ahora mostrabas a ratos una ternura extraña; acariciabas mi cabello y masajeabas mis hombros mientras me contabas entre risas lo que había pasado en el día. Me quitabas el miedo de los ojos con tus singulares miradas.

Fui cautivo de tus deseos en aquellos días. Lo sabes y lo reconozco. Tú lo fuiste de esos sentimientos que empezaron a aflorar en ti, esos que impedían que te aprovecharas de mi debilidad temporal y acabaras con mi vida para disfrutar sola el botín de cada semana. No eras dependiente a nada, sólo a tus misterios reprimidos.

Luego vino esa tarde de feliz distracción. Veía una película, motivado con caballitos de tequila. Sonó el celular y respondí. Pocas palabras fueron suficientes para dejarme helada la sangre y salir corriendo. Pensaba que fuera un error del imbécil que me había avisado, que fuese un ataque fallido. Lo que sea. Pero no lo que escuché.

Él no se equivocaba. Y ahí estabas, Lena, bajo una sábana blanca, con policías fuertemente armados rodeándote. Con periodistas y fotógrafos amarillistas tratando de llevarse una impresión de tu cuerpo caído y deshecho, recuperado de las vías del tren. Ahí habías decidido terminar tu existencia, sin motivo, indicio o aviso. 

No podía entenderlo. No había motivos. Todos decían que había sido voluntad tuya, nadie te había obligado, pues no eran capaces de intimidarte, ni tampoco te habían empujado. Sería que esos temores y sensaciones que tanto guardabas te quitaron la razón de vivir. Ninguno de los que te rodeábamos fuimos suficiente. Tu voz desapareció para siempre. Vivo desde entonces lleno de conjeturas, de especulaciones y pensamientos absurdos.

Perdí el cuidado y la elegancia. Aquella noche corrió sangre por todas partes. Hice responsables a todos tus enemigos y la ciudad amaneció con un sulfuroso olor a muerte. Era fácil relacionar una cosa con la otra, llamarle a mis impulsivos actos como una nueva era del terror. Algo fuera de la razón, motivado por este vacío del que te hablaba.

Han pasado unos cuantos días. Y estoy aquí, en plena tarde, como cuando recibí aquella llamada. Mis hombres dijeron que iban a protegerme, pero no confío en ellos. Se van a corromper, como siempre ocurre. ¿Sabes por qué lo harán? Porque ya no estás tú, porque esto no funcionaba sin el otro. Todo tiene un final y soy capaz de oler mi propio temor. Soy capaz de atraer a los buitres.

Vendrán por mí, lo sé. Acabarán con mi existencia y, finalmente, con nuestra gloria. De nuestra memoria harán apologías y libros superventas. La sangre que vertimos se secará; y volverá a caer como si de un ciclo se tratase. Jamás volveré a verte. Nunca creímos en eso y tampoco lo merezco. Me pregunto cuántos segundos me quedan. Quizás los suficientes para recordarte. Para crear algo que no sea un infierno. 


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