Espectros
ESPECTROS
Lo único que lo mantenía tranquilo cada noche era ese
portentoso bombillo que alumbraba su pequeña choza. Veía a la luz con una
sonrisa reprimida y una reconfortante sensación de seguridad en el estómago. Se
negaba a confesarlo mientras tomaba con calma su cena, a base de amargo café y
un trozo de pan. Pepe quería olvidar que era un niño de ocho años, quería
sentirse valiente.
Fuera de esa luz que a veces parpadeaba había una oscuridad
que se tragaba todo lo que sus ojos conocían de día. A veces la Luna iluminaba
el contorno de los cerros o en días despejados se alcanzaban a ver las tenues
luces de las casas lejanas. Lo demás era el ruido de los insectos y de los
murciélagos revoloteando en lo alto.
A Pepe no le gustaba salir a esas horas, menos aun cuando no
había luz alguna afuera. Siempre pedía a sus hermanos que lo hicieran o trataba
de hacer que su madre le pidiera otra cosa. Le asustaba tener que guiarse
tentando el terreno, sin siquiera poder ver sus manos. El barril de agua estaba
a unos cuantos pasos de día, pero a cientos de metros en la noche.
No le interesaba en lo más mínimo cómo funcionaba la electricidad.
Sabía que un día, antes de que él recordara, su tío había hecho un artilugio de
magia para llevar la corriente eléctrica de un viejo poste hasta su hogar.
Temía que algún día lo mágico se fuera, pero no le agradaba pensar en ello. Ni
siquiera confiaba en las velas como alternativa.
Y aquel día, antes de terminar su último bocado junto con sus
hermanos escuchó una explosión diminuta y vio una bengala frente a sus ojos: se fue la luz. El bombillo siguió tronando hasta despedir un olor a plástico
quemado. Pepe ahogó un grito. Su madre profirió una maldición. Sus otros cuatro
hermanos vieron confusos al lucero caído, murmurando.
Antes de que reinara el caos, la madre tanteó un pequeño
mueble en la oscuridad para encontrar velas y cerillos. Un movimiento ágil de
su mano trajo de vuelta el fuego; los demás volvieron a ver sus rostros. No
había mucho que decir, sólo pedir que terminaran de cenar y se fueran a dormir
de una vez. Ya sería mañana.
La puerta de la choza cerraba a medias: quedaba una pequeña
rendija y no había sido reparada. Por ahí se coló una corriente de aire frío
que entró sutil para causarles escalofríos y consumir la cera. Los bocados se
acabaron al mismo tiempo que la vela misma. Las cobijas de lana que se habían
echado encima eran insuficientes, todos temblaban.
La madre no hizo mucho caso de las quejas de sus hijos.
Olvidó el propio frío que ella sentía y los acomodó a cada uno, perfectamente
arropados, en sus catres. Los hizo callar y esperó hasta que sintió su
respiración calmada. Luego a ella misma la venció el sueño y no despertó hasta
el día siguiente.
Pero Pepe seguía asustado. Había tratado de dormir pero le
era imposible conciliar el sueño. Su corazón latía rápidamente y sus ojos se
perdían en la oscuridad que había disuelto ya las paredes. A su mente le daba
por imaginar todo tipo de cosas, por recordar esas historias de adultos que había
escuchado a escondidas una tarde, de misterios que nadie se atrevía a resolver.
Tenía dos hermanos mayores, que dormían al lado de él. Ellos
tampoco lograban dormir y no pasó mucho tiempo antes de que notaran que no eran
los únicos con insomnio. Ellos estaban inquietos, no asustados. Susurraron en
la oscuridad y evitaron algunas risas que habrían despertado a su madre. Tenían
curiosidad de ver qué pasaba fuera de su casa, antes de volver a sus camas.
Cada uno de ellos se fue parando y caminando sigilosamente.
Estuvieron a punto de tirar unas ollas y unos vasos que estaban acomodados en
la mesa. Vieron a su madre moverse…para volver a dormir otra vez. Evitaron el
rechinido de la puerta de madera y salieron a la intemperie. El viento helado
ya se había ido y en su lugar quedaba una noche cálida, llena de insectos.
Lo único que distinguieron fue el contorno de los árboles y
el ligero movimiento de las ramas golpeándose entre sí. Los tres aún podían
mirarse, estaban muy cerca. Los hermanos mayores no tardaron en notar la forma
en que las manos de Pepe temblaban y sus intentos de ocultar la cabeza. Se
rieron discretamente de él y lo llamaron gallina. Él no pudo ignorarlos.
Lo retaron a alejarse unos cuantos pasos de ellos, hacia las
milpas y luego regresar para demostrar su valor. Pepe se negó en un principio
pero su orgullo estaba en juego. Quería demostrar que ya no era un niño, que no
se dejaría intimidar por sus hermanos bravucones. Serían unos segundos, luego
todo estaría bien.
Dio los primeros pasos, titubeando, tropezando con las
piedras y luego continuó hasta escuchar el sonido de las milpas impulsadas por
el viento. Escuchó las risas de sus hermanos, pero pronto desaparecieron. Quiso
volver, pero se sintió desorientado. Ya no veía su casa, ni los árboles, ni sus
propias piernas.
La desesperación le provocó las primeras lágrimas. Se dejó
caer en el suelo y se sentó, con la cabeza escondida entre sus piernas. Deseaba
que todo terminara ya, que amaneciera o que su madre fuera por él para llevarlo
de la oreja hasta su cama. Pero no había nada ahí, nada más que su presencia
invisible consumida por la madrugada.
Pasaron unos minutos y escuchó el ulular de algunas lechuzas.
Recordó que simbolizaban un presagio maligno; tembló aún más. Esperaba ver al
demonio salir de entre la nada para llevárselo muy lejos de ahí o que saliera
un gigantesco animal de entre la maleza para devorarlo. No creía sobrevivir esa
noche.
Miró hacia el cielo, como si tratara de buscar algo de esperanza.
En unos segundos, unas líneas extrañas de
colores aparecieron. Iban y venían, se cruzaban entre sí y dejaban a su
mente confundida. Sus pupilas se dilataron al ver unas bolas de fuego cruzar el
cielo a toda velocidad para perderse en el infinito. Pensó en brujas, en más
seres malignos.
Luego escuchó pasos. Vio a un grupo de gente que se dirigía
hacia él con un luminoso farol. Trató de hablarles, pero lo tomaron entre sus
brazos. Se asustó al sentir que flotaba en el aire y gritó con todas sus
fuerzas. Los seres se rieron entre sí de su propia condición de espectros
eternos y lo dejaron recargado en un árbol. Los vio alejarse, entre risas y
alboroto.
Uno de ellos lo miró a los ojos antes de desaparecer. Pepe
sintió un escalofrío que lo derribó de bruces, pero se levantó para dejar de
temblar. En el transcurrir de la madrugada fue capaz de ver muchas cosas
delante de él. Los temores colectivos se materializaban delante de él con
figuras imposibles y caprichosas. Le hablaban, dialogaban y luego se iban sin
despedirse.
Los seres y él no se hicieron amigos ni prometieron salir a
jugar cada noche. Sólo compartieron unos segundos de madrugada, hablaron de su
eterno transcurrir y de cómo la inmortalidad les había arrebatado los placeres
que solían disfrutar. Se divertían de asustar a los incautos y engreídos. Pepe
les parecía un niño que veía y escuchaba demasiado, por eso deseaban dialogar
con él.
El niño dejó de temer y de extrañar la luz aquella vez. Su madre
lo encontró al otro día, recargado en el mismo árbol con la mirada perdida y
una sonrisa caprichosa en los labios. Pepe contó su historia y ella no tardó en
regañarlo por escapar de su cama, además de andar alucinando estupideces. Por
si las dudas, lo llevó con el chamán del pueblo.
El viejo sabio no supo qué hacer. No halló nada que curar y
se limitó a hacerle una rutinaria limpia con hierbas aromáticas. Años más tarde
Pepe encontró una bolsa en la carretera, con un libro, un cuaderno y una pluma.
Leyó tan pronto como pudo y sus ojos brillaron. Tenía una idea.
Escapó más seguido de su casa por las noches, a sentarse en
un árbol para interceptar seres perdidos. Charlaba con ellos, les regalaba un
rezo y los dejaba ir. En las tardes escribía lo que pasaba en el cuaderno y lo
guardaba celosamente. Por el libro tuvo la idea de lo que estaba haciendo:
literatura fantástica.

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