Tiempo
TIEMPO
(Y Los Años)
Diana está sentada en su sillón. Su mente inquieta se detiene
unos instantes y concentra su vista en un punto ciego de la pared enfrente de
ella. Algo la saca de su distracción y le hace sudar las manos; es el sonido de
varias alarmas de relojes que rompen el silencio con su agudo estruendo. Son
las tres de la tarde.
Los deja sonar un rato, confía en que la despierten del
letargo inconsciente en que ha pasado las últimas horas. Estira sus piernas con
lentitud y apoya con fuerza sus delgados brazos sobre los bordes del sillón
para ponerse de pie. Evade el espejo que tiene a su derecha por miedo y se
dirige a detener cada uno de los relojes poco a poco.
La sinfonía de alarmas termina. Diana mira por la ventana y
sólo ve las calles que rodean a su edificio, con poca gente transitando como el
martes cualquiera que es. Luego se sirve una copa de un vino tinto más que
añejo, como si hubiese estado encerrado en una barrica por cientos de años. El
sabor amargo le provoca un gesto y sus labios quedan manchados de un tenue
color púrpura.
Ahora se dirige a su habitación con pasos vacilantes.
Encuentra el desorden habitual y las sábanas casi tendidas sobre el piso, cerca
de un pequeño montículo de ropa. Abre su armario y busca afanosamente detrás de
unas cajas bordeadas por telarañas. Finalmente encuentra lo que busca, lo toma
entre sus manos y lo deja caer sobre el piso. Suspira y se sienta en posición
de loto.
Son calendarios. Grandes y pequeños, viejos y otros envueltos
con plástico protector, de años que la humanidad ni siquiera ha visto. Es su
colección, su secreto. Los trae de vuelta a sus manos porque ha olvidado el día
en el que vive así como la época en la que se encuentra. Nada le trae indicios,
todo le parece atemporal.
Los más antiguos tienen litografías, delicados relieves y
números curveados. Los más nuevos reaccionan a proximidad, con un sensor que
detecta el calor de la mano que se acerca presurosa. Todos tienen notas,
recordatorios, fotografías y marcadores en cada uno de los espacios que dedican
a cada día. Son tantos que abruman, causan confusión.
Diana siente que el papel se desvanece entre sus manos, que
los días se vuelven polvo fino y luego se escurren por el espacio entre sus
dedos. Las notas le traen recuerdos fugaces que desaparecen entre una creciente
ansiedad por no hallar lo que busca. Ve rostros, figuras, papeles
caligrafiados, corazones mal trazados y sellos postales. El número de los años
la enreda y siente que no pertenece a ningún lugar.
Echa la cabeza para atrás y deja caer su peso para terminar
acostada sobre el frío suelo. En las manos sostiene aún un calendario de 1999,
que culmina con un collage del siglo que terminaba y los convencionales deseos
que cada año la gente pronuncia sin detenerse a pensar. Pronuncia siglos y años
en total desorden, pero comienza a ver con mayor claridad.
La fuerza de su voz domina a sus ideas y le provoca visiones;
los recuerdos que yacían agónicos en lo más profundo de sus pensamientos
despiertan para materializarse. Su habitación muta constantemente; las paredes
cambian, los adornos aparecen para esfumarse en segundos, las canciones que
suenan de fondo hacen parecer que se trata de una radio descompuesta.
Diana guarda silencio, cansada de hablar y se detiene a
observar. Hay un LP girando, reproduciendo música de The Beatles y hay una
lámpara de lava a su derecha. El símbolo de la paz está tatuado en su brazo; su
vestimenta luce colorida y desenfadada. Son los ’60. Ella sonríe y canta por
unos minutos. Sólo la inquietud interior del error detiene el breve idilio.
Sus pensamientos van veinte años más tarde, ocurre algo
similar. El panorama se vuelve más oscuro. El montículo de ropa se vuelve de
chamarras de cuero, las paredes se llenan de ilustraciones y consignas de
hartazgo político. La música trae de vuelta al legendario movimiento punk
británico. Diana siente fluir la ira y la euforia por sus venas. Pero ese
tampoco es su lugar.
Va más adelante en el transcurrir del tiempo y recrea una
gigantesca telaraña que lo cubre todo: su habitación, el cielo, las calles, su
cabeza y sus dedos. Por las delgadas líneas de esta pasan luces fugaces
mensajeras que activan sonidos monótonos al llegar a su destinatario. Ella
interactúa, juega y se entretiene. El placer adictivo la hace evadir sus
problemas, pero le genera una ansiedad incontrolable.
Tampoco hay tiempo en esa época: todo se desplaza con
fugacidad y nunca es suficiente. El mundo exterior desaparece. La luz blanca
que la conecta con la telaraña dilata sus pupilas y le impide apartar la vista.
Todo parece estar ahí, en sus manos, más rápido que sus pensamientos. Su
intuición desaparece, su capacidad de sorprenderse también.
Ella se vuelve pequeña, diminuta y es absorbida entre la
telaraña. Su presencia desaparece, siente que flota en el aire. Suenan
demasiadas voces y fluyen demasiadas letras en desorden. El orden absoluto de
ese espacio le genera una profunda sensación de pánico que la enajena y,
finalmente, la hace desaparecer.
* *
*
Diana abre los ojos. Se limpia el sudor frío de su rostro, se
levanta del suelo y camina hacia la puerta. Se siente asfixiada. Sus piernas
están duras y comprimidas, a punto de sufrir un calambre. Su cabello está
desordenado; tiene una expresión tétrica en el rostro. El terror de no saber
cuál es su tiempo persiste, pese a que ya es capaz de recordar su identidad.
Las personas que mira, los autos que pasan veloces y los
camiones repletos de gente no le dicen nada. Ella ya desconfía de todo. Piensa
en un lugar, sin saber por qué. No duda en ir hacia allá, tan pronto como
puede. Siente un alivio diminuto al mirar una fuente vieja, con agua clara y
reluciente que brota en un flujo interminable.
Ahí está sentado un hombre menudo, con abundantes canas,
vestido de manera elegante con un traje café y un sombrero de copa.
Constantemente da bocanadas a una pipa. Él, al mirar a Diana, no duda en
ofrecerle de su tabaco. Ella acepta sin razón. Tose un momento con el humo. Después
un aire fresco recorre sus pulmones.
-Señor, disculpe, ¿qué tiempo es? ¿En qué tiempo estamos?
-Y yo como voy a saberlo. En todos y en ninguno a la vez. En
el que respiras, en el que existes. Mi percepción al final es nada, se consume
cuando mis palabras terminan.
Diana no entendió sus palabras. El hombre se alejó entre
risas y caminó lejos de ahí. Ella miró el flujo del agua cristalina por unos segundos,
luego pudo ver su reflejo. Ahí estaba todo lo que sus visiones no le habían
traído, el objetivo final de su búsqueda. Su expresión sonriente, sus cabellos
agitados por el viento y la sensación de que millones de cosas nacían y morían
cada segundo. Así existía.
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