Cuerdas

CUERDAS

Ayer me reencontré con ella. No la había tocado por meses, no me había acercado a ella ni pensado en volver a sentirla entre mis brazos, o recargada sobre mi pierna. A veces mis dedos extrañaban terminar marcados del contacto prolongado por horas en las tardes vacías donde no hacía otra cosa más que dedicarle tiempo. Quizás había perdido agilidad o la certeza de encontrar a oscuras los sitios correctos. Hubo un tiempo en que era lo único bueno de mi vida, aún si las cosas parecían ir lento o funcionando a cuentagotas.

Ahí estaba, oscura, de contornos claros, curvas pronunciadas sin ser atrevidas. Sólo la cubría el polvo. Era mi guitarra acústica negra de cuerdas metálicas, la misma que había adquirido en un momento tempestuoso de la adolescencia para ahuyentar mis demonios o por lo menos hacerlos bellos. La elegí más por gusto estético, que por recomendación. No importaba si tenía grabado el nombre de un guitarrista mexicano de antaño de melodías somnolientas. El instrumento brillaba en sí mismo.

Cuando la tomé por primera vez entre mis manos aquella tarde quise emular alguna de las canciones que escuchaba a diario, pensando en que mis dedos y las fuertes cuerdas cromadas se encontrarían sin mayores problemas. Fue imposible. De ellas sólo provenía un sonido vago que nunca se amplificaba en la resonancia. El mástil parecía ligero pero indomable. No habría solos alucinantes todavía, quizás nunca.

La guitarra fue mal y remedio a la vez. Para lo que menos la quería era para impresionar a alguna chica o grupo de amigos. Era más por una autocomplacencia. Primero apretar con fuerza las cuerdas hasta que las yemas dolieran, se oscurecieran, se formaran callos y surcos; después contar los trastos, uno, dos, cuatro…los nones marcados con un puntito negro sobre el contorno blanco para no olvidarlos nunca, el doce con dos para marcar la separación las más graves y las agudas.

Aprendí de un maestro apacible que el fondo odiaba tanto su vida como yo mis manos lentas de principiante. Me llené de copias de canciones, escribí tablaturas en un escueto cuaderno pautado, conocí cada nota hasta que mi velocidad se hizo decente. Toqué, con dificultad, desde melodías italianas, canciones de cuna y de Beethoven hasta fragmentos de Jimi Hendrix y Manu Chao. Por cuenta propia me grabé algunas de mis canciones favoritas. Incluso toqué en Navidad para mi familia.

Nunca fui un virtuoso, ni nada parecido y la dejé cuando mis obligaciones me absorbieron, además de darme cuenta de que tenía más de melómano que de músico. Cada vez la toqué menos y la condena fue un abandono injustificado que en principio no me hacía sentir culpable. Pero extrañaba sentir que producía melodías, por breves que fueran.

Por eso, con los pensamientos vueltos una tormenta, la piel fría de reptil y un revoltoso vacío en el estómago decidí limpiarla y volver a tomarla. La rasgué, toqué cada cuerda. No sonaba más que a recuerdos desafinados, oxidados y descompuestos. La afiné con cuidado de que los hilos de metal no se reventaran como látigo en mis manos. Lo hice con cuidado, como si estuviera a punto de recibir un grito o un regaño. Pero no ocurrió nada. Al final cada una estaba en la nota correcta, pero aún sonaban como si vinieran del pasado.

Fueron minutos escasos, de sentir que toda canción o nota grabada se había borrado hasta repasar tablaturas para revivir esos recuerdos. Y cada fragmento sonaba áspero, ahogado en el metal y prisionero de vibraciones que interrumpían las armonías. Ahí estaban los sonidos del abandono, traídos de vuelta una mañana melancólica. Los ruidos de la calle dejaron de importar, mi perro reaccionó extrañado, mis dedos volvieron a doler como los viejos días.

No conmoví a ningún espectro perdido, ni a las versiones anteriores mías, cristalizadas en mi mente como memoriales involuntarios. Mi guitarra no deseó vengarse de mí, sólo se mostró tal cual era. Las melodías suaves raspaban como el aguardiente, como si mi intención fuese hacerlas grunge. Las fuertes y graves se prolongaban en breves ronquidos de trompetas viejas, provocaban nudos lentos como un siseo en la garganta.
Después de que dejé la guitarra, pasaron unos veinte minutos y empezó a llover. Era inusual porque era enero y el sol invernal solía doblegar voluntades como cada año. Pero a mí no me importó. En la soledad en la que me encontraba, dejé con indiferencia puertas y ventabas abiertas para sentarme a mirar sin tratar de pensar en nada más que el sonido de las cuerdas de agua, el viento, y mis melodías amargas de músico efímero. 

La lluvia continuó por el resto del día. No sentí hambre ni sed. Cuando terminó, apenas faltaban unos minutos para que oscureciera. Salí a ver qué había pasado. Mi patio estaba inundado por varios centímetros de agua cristalina. El cielo permanecía con nubes oscuras. En el piso había un montón de pequeñas plantas acuáticas, semejantes a tréboles, de hojas brillantes y centros rojo escarlata. Muchas ranas diminutas saltaban por todas partes, croando y buscando insectos. Algunos sapos que parecían milenarios reposaban al lado de las paredes.

Cuando salí aún tenía la guitarra en la mano. No me importó ahuyentar a los animales ni tratar de averiguar sobre las plantas. Quise tocar otra melodía antes de que oscureciera frente a esa pequeña inundación. Las primeras notas dispares generaron pequeñas ondulaciones y una extraña quietud en las ranas. Mis pies absorbieron el frío del agua, que parecía de glaciar, y mi cuerpo se quedó temblando.


Volvió a llover después, pero ya no me preocupé por permanecer adentro. Me quedé el resto de la noche. Fue tan fuerte la tormenta que las plantas del suelo parecieron enredarse como algas en mis tobillos e incluso mis entrañas parecieron inundadas. Mis manos perdieron fuerza con el frío, soltaron la guitarra y esta se fundió en el agua hasta desaparecer. Cuando todo terminó sólo me quedó una tristeza que parecía infinita. Volví adentro, buscando notas en el aire y preguntándome si mi vida no fluiría hasta desaparecer callada en una tormenta.


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