Cuxcatlán

CUXCATLÁN

Sabía que este podía convertirse en un viaje largo. Manejar entre esta niebla, con el cuerpo deshecho, cansado de permanecer sentado por tantas horas, no es conveniente. Quizás no nací para ser transportista, pero no me quedó de otra cuando los empleos se empezaron a agotar. Había que sobrevivir de algún modo, era difícil pensar que ya no íbamos tras nuestros sueños, sino por mantener nuestro propio estómago lleno.

Es de madrugada de un miércoles, y la carretera luce poco transitada. En estos días en que es más barato volar en avión que conducir, sólo los transportistas usamos las carreteras. Vengo desde Chiapas, crucé por los riscos y voladeros de la Sierra Madre en Oaxaca y ahora voy hasta Querétaro a llevar esta carga de metales para las fábricas.

Apenas alcanzo a mirar unos dos metros delante de mí, aún con los potentes faros de niebla. No había pasado por este lugar, pero me habían contado de sus curvas prolongadas y vistas alucinantes. Sé que a este lugar enrarecido le llaman Tehuacán-Cuxcatlán. El calor es interrumpido por un sutil viento helado que me impide escuchar la radio y a veces hasta mi propia voz. Poco a poco los sonidos mismos del motor desaparecen, aunque sigo circulando. Después sólo escucho mis latidos y mi respiración. Luego nada: el silencio.

Segundos después siento un impacto atroz, seguido del tronido de los vidrios del parabrisas. Me salvo de salir disparado gracias al cinturón de seguridad. Acabo de chocar, mi cabeza da vueltas. Luego de unos minutos noto que me salí del camino y que choqué con unas rocas que fueron cortadas para que hubiera carretera. Trato de llamar a la aseguradora, pero no tengo señal alguna. La niebla prevalece y no escucho que venga otro camión más que me auxilie.

Tengo ganas de orinar por el miedo, así que me alejo un poco, llevo una linterna. Pero al querer volver, me pierdo entre la niebla y ya no encuentro el camión. Apunto con la luz a todas partes, confundido, pero no soy capaz ni de ver mis propios dedos entre ese mar blanco que lo cubre todo. Trato de guiarme a tientas, tropezando con las rocas hasta que caigo sobre una superficie espinosa. El dolor me hace gritar y pegar un salto. Es una cactácea circular, una gigantesca biznaga. Las espinas provocan la sangre y el adormecimiento de los músculos.

A unos cuantos metros se distingue una superficie iluminada por luz blanca, que supongo es de la luna. Trato de acercarme ahí, mientras me pregunto porque la niebla no pasa por ahí. Llego con facilidad y trato de sentarme en el suelo. Está húmedo, a pesar de que no ha llovido en las últimas semanas. Pronto empiezo a temblar de frío, pero me cubro con mi propio cuerpo.

Desde ese espacio casi inerte puedo contemplar como la niebla lo cubre todo. Aún no distingo el camión. El agotamiento me hace cerrar los ojos pronto y me quedo dormido sobre la tierra, recargado en mis propias manos. Tengo sueños vacíos, blancos, de silencios letárgicos y melancólicos. Despierto después de poco tiempo, con calambres en varias partes del cuerpo.

Al mirar a mi alrededor noto que ya no hay niebla alguna. Estoy en un lugar muy alto. Con la luz lunar puedo contemplar, ahora sí, los bordes de la sierra, los precipicios enormes y la forma caprichosa de las rocas talladas con el viento. La vegetación abunda, pero toda es desértica. Los cactus se elevan por varios metros hasta el cielo, las sábilas se cuelgan de las rocas y las púas abundan por todas partes. Mis heridas ya no duelen, pero sangran aún de vez en cuando.

En la carretera distingo el lugar del impacto, pero ya no está el camión. Siento ira y deseo bajar a ver lo que pasó, aunque soy consciente de que no lo volveré a ver. Unas manos invisibles me detienen, luego me arrojan contra el piso. Contemplo de nuevo el paisaje y noto más detalles. Pareciera que las rocas mismas respiraran. Me invade una sensación de soledad apabullante que me mantiene en el suelo. Veo demasiado para ser de madrugada.

Algunos animales como zorros y liebres circulan a mi lado con la mayor indiferencia. Las lechuzas y murciélagos comparten el aire en busca de alimento. Primero los veo pequeños, pero después gigantescos y solemnes. Me siento ridículo. Grito por ayuda, pero sólo escucho mi propia voz amplificada hasta el infinito; perdura por varios segundos y se pierde poco a poco entre ráfagas tenues de colores que distingo con mis ojos.

Sin la menor esperanza me pongo a gritar cualquier cosa. Primero los nombres de algunas personas, luego el mío, después de todas las cosas que veo, los días, los meses, los años, los colores y acabo contando hasta que me canso. Las horas parecen no transcurrir, no tengo reloj para comprobarlo. El frío me mantiene inmóvil, pero no siento que me congelo. El rocío parece aparecer en las cactáceas como hielo, que se condensa después con fuegos diminutos hasta hervirse.

Empiezo a llorar como un niño hasta que a mis lágrimas les ocurre lo mismo que las gotitas del rocío. Poco después los animales parecen quedarse quietos y el viento deja de soplar. Otra vez llega el silencio. Mis pensamientos tienen voz, los ruidos de mis manos parecen formar una sinfonía extraña. Entonces veo fuegos intermitentes en la sierra, como fuegos artificiales.

Me río de ellos sin saber por qué. Termino carcajeándome de mí y olvido lo que habrá de ocurrirme por haber perdido mi camión en la niebla. Finalmente siento que soy capaz de moverme y desciendo hasta la carretera luego de trastabillar varias veces. Me dirijo hacia el punto del impacto del camión, que parece volverse cada vez más distante.

Cuando estoy a punto de alcanzarlo, tropiezo y caigo de bruces. Me desmayo. Despierto poco después con el golpe enorme en la cabeza y las púas todavía clavadas en mi piel. Está amaneciendo. Detrás de mí está mi camión sin golpe alguno, a unos centímetros de las rocas con las que creía haberme estrellado. Siento un profundo dolor en el estómago. Tengo una gran púa clavada con una nota en una lengua que no entiendo. Sin mayores preámbulos y con escalofríos, me subo al camión y emprendo el camino a Querétaro.
*  *  *
Aquella tarde que me quedé solo en la cantina, terminé platicando con un hombre proveniente de Oaxaca. Le hablé de mi historia que escucho con gran atención, sin reírse ni una sola vez o ponerme en duda. Su certeza me hizo mostrarle el papel que aún conservaba en mi cartera. Lo leyó y alzó las cejas. Me lo tradujo, estaba en mixteca: “No te vuelvas a orinar en un santuario”.


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