Cosmogonía
COSMOGONÍA
Dicen que en otros lugares se puede contar el tiempo,
de manera estable y predecible, que pueden establecerse ciclos para ciertas
cosas. Eso da más certeza, permite llamar a las cosas por su nombre y saber de
mejor forma cuál es nuestro lugar. Pero aquí eso no puede medirse, porque el
cambio es tan constante, repentino o cadencioso, que nadie se atreve a
establecer algo como guía. Nos movemos en una serie de lugares y circunstancias
que no permanecen por mucho tiempo.
No podría definir cuántos vivimos en estas tierras.
Hay unas diez o quince personas que he visto a menudo desde que llegué aquí,
sin saber por qué. Pero en ocasiones parece vivir a nuestro lado una multitud
mucho mayor, bulliciosa, desordenada y vociferante. En otras el silencio es muy
penetrante, no somos capaces de vernos más que a nosotros mismos o reconocer
apenas nuestra propia identidad. Algunas personas cambian de nombre
repentinamente.
En este mundo no hay científicos que intenten explicar
todo, o religiosos que dirijan un culto para perderse en la fe y olvidar las
incertidumbres interminables. Nadie es consciente de eso, y parece que nunca
surgirá. Yo sé estas cosas porque provengo de otra parte, de un sitio no tan
alucinante como éste, donde si bien había grandes mentiras, por lo menos
podíamos irnos a dormir con la tranquilidad de que despertaríamos en nuestra
cama siendo las mismas personas.
No es mi intención fundar nada porque apenas me
escuchan cuando hablo de mis recuerdos. Convivo con el resto de las personas en distintos idiomas y siempre
conseguimos entendernos. Vivimos al límite, sin saber en qué momento podemos
desaparecer entre los vastos espacios de estas tierras. Siempre que creemos que
algo es imposible, aparece materializado al día siguiente, como una curiosidad
banal o como una seria amenaza.
Ayer caminé por una gran selva que bordeaba una
montaña. Los caminos estaban bien trazados, vestía como un explorador, con un
traje de color caqui y un chaleco de múltiples bolsas. Portaba una cámara
fotográfica y las herramientas de un biólogo. Los animales empezaron a
aparecerse frente a mí, a atravesarse en mi camino y a mirarse entre ellos, con
una curiosidad inherente. No les asustaba mi presencia, se exhibían ante mí.
Así veía a los jaguares, tapires, venados, ocelotes, guacamayas, monos
aulladores, caimanes y tantos otros.
Me permitieron acercarme más y tocarlos por breves
momentos. En el sitio del que provengo, eso era imposible, porque los animales
le tenían un temor y recelo a los humanos que se traducía en huidas o ataques
esporádicos. Aquí era todo lo contrario. De vez en cuando los depredadores
emprendían cacerías rápidas. Sólo escuchaba el ruido de las pisadas sobre las
hojas caídas, un rugido y un golpe. No había más. Nada de sangre. Sólo la
sensación de que la vida continuaba en una calma imperturbable, donde la
preocupación no existía.
Me contaron que los desiertos, más allá de los límites
que había visitado, estaban llenos de toros gigantescos, de cuernos afilados. Y
que, en los bosques, los lobos y los pumas mantenían un extraño estado de paz
entre sí, que se convertía en un orden natural que todos parecían disfrutar. El
tamaño de los árboles se extendía en vertical hacia el infinito. El follaje y
las ramas cubrían en el cielo, se movían al ritmo de las olas del mar y las
hojas caídas cubrían el suelo dejando un aroma dulce, embriagante.
Si algo tenemos en común todos los que vivimos aquí es
estar viajando todo el tiempo, de un lado a otro, en exploraciones ociosas que
tienen la intención de formar grandes libros de cosas nunca antes vistas o
revisitadas. Tenemos la encomienda insistente de encontrar más detalles, de
amplificar las experiencias y de retratar ese cambio que a veces pone en duda hasta
nuestro nombre. Es una tarea casi imposible, pero nos causa cierto regocijo.
Otra cosa que no deja de desconcertarme de este lugar
es la muerte. Aparece en principio no como dolor, sino como un resplandor
rojizo, como si los tonos del atardecer se proyectan en espiral desde el cielo
hasta la tierra. Y del suelo donde está el ente sin vida, su cuerpo asciende
hacia las nubes lentamente. La tierra no se lleva nada a sus entrañas, sino que
el cielo se encarga de desaparecerlo todo. Sólo duele en todo el ambiente hasta
después, con los espasmos de los recuerdos que se muestran como visiones
esporádicas.
La propia noción del espacio se rompe en ocasiones. A
veces he visto a alguien irse a mis espaldas, para luego aparecer delante de mí
sin ruido alguno y luego desvanecerse en unos cuantos instantes. Cuando
hablamos, nuestras palabras son soñadoras, provenientes de otra parte,
materializadas de forma sencilla. Algunos objetos inanimados parecen cobrar
vida en esos momentos, y dicen palabras breves. El recuerdo de las
conversaciones se mantiene en nuestras mentes antes de dormir.
El amor y el miedo forman una dualidad dominante. A
veces siento que estoy acompañado, en el regocijo de todos estos seres de
apariciones esporádicas, pero en otras me siento profundamente solo. Y el clima
es reflejo de este estado anímico del mundo. En los momentos tranquilos y
felices llueve con calma, y fluyen los ríos, o a veces incluso hace frío. Pero
en los tristes o iracundos, hace calor. En los misteriosos, donde nadie sabe
qué ocurre, el cielo, los árboles y hasta el suelo se vuelven azul índigo.
Me han pedido que entregue un informe extenso de todo
lo que he visto y anotado en este mundo, en mis viajes de un lado para otro. No
pretendo escapar de aquí, porque la curiosidad me vence. No sé ni siquiera
quién es mi jefe o a quién habré de contarle de todas mis observaciones. Esta
falta de certeza no me genera temor. Me presentaré de manera humilde, quizás
con más preguntas que respuestas. Podría saber al fin qué estoy haciendo aquí.
Y ahí, en el centro de todos los caminos, a espaldas
de un acantilado donde las olas rompen con fuerza está sentado un niño. Me mira
con un gesto serio al principio, pero después ríe, ríe como nunca. Me escucha,
gesticula, se tiende al suelo e imagina con sus manos en el aire. El libro de
mis anotaciones pasa a sus manos. Él controla todo, crea y deshace. Puede
llamar a quién desee, dialogar con animales, humanos o seres desconocidos que
él mismo inventa o trae de otra parte. Es un pequeño creador, es poderoso. Ama
con profundidad, como el océano, pero está solo. Suyo es su mundo, y sé que no
estará aquí para siempre. Cuando se tenga que ir a la realidad descarnada, ¿qué
será de nosotros?

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