Luminiscencia

LUMINISCENCIA
ΦΩΣ

Eran tiempos de vacas flacas. No porque a la gente le faltara dinero-aunque tampoco disponía de demasiado-, sino debido a que ya no había espacio para seguir trabajando. Para él, un agente inmobiliario independiente que había gozado por muchos años de convertir casas y vecindades viejas en edificios de departamentos, el tiempo de bonanza se estaba terminando. Ya no habría jugosas comisiones ni familias de tres o cuatro personas mudándose repentinamente con todas sus cosas a espacios diminutos de materiales endebles.

Con el tiempo, la ciudad se había sobrepoblado y fragmentado. Las casas donde vivían familias numerosas se habían agotado para dar paso a hogares diminutos, que ya no estaban firmes sobre la tierra, sino que parecían flotar sobre el aire. El viento sólo entraba a ratos por ventanas minimalistas o balcones en donde sólo cabían tres bonsáis. Las vecindades se habían vuelto verticales, pero los vecinos no se conocían entre sí.

Entre varios edificios luminosos, cerca de la principal avenida de la ciudad había un edificio chaparro de unos tres pisos, muy viejo y abandonado desde hacía años. Tenía permanentemente un letrero de “No se renta, ni se vende”. Las plantas y enredaderas crecían poco a poco, de manera irregular y con las hojas trozadas, como si alguien las mordiera al salir. Durante algunos años vivieron algunos vagabundos ahí, pero un día cualquiera se marcharon en total silencio.

La noticia le cayó como un baño refrescante en un día caluroso. Las autoridades de la ciudad habían expropiado el terreno por sus condiciones de abandono (se daban el lujo de hacerlo desde la desaparición de las corruptas asambleas barriales), y lo habían puesto en concurso mercantil. Era una gran oportunidad para volverlo un flamante edificio, más alto, ancho y reluciente que los que estaban en la misma calle. Pero seguramente habría muchos participantes en el concurso mercantil.

Al final, sólo alguien más participó y un día antes del veredicto, se retiró. El terreno, con un programa de crédito, estaba destinado a él. Las autoridades no le dieron más que los papeles correspondientes, con la orden de pago a dos años. Ese día era martes 4 de abril y fue el mismo en que decidió adentrarse a su terreno recién ganado. Quería proyectar ahí la visión de su siguiente trabajo, contarle al arquitecto y buscar a algún inversionista ambicioso.

Fue solo, porque ninguno de aquellos a los que llamó quisieron acompañarlo bajo distintos pretextos. En realidad, ni siquiera parecían entusiasmados. Pero él no perdió el ánimo y decidió pasar su tarde en ese lugar, para después ir a cenar con una vieja amante. Le tomó unos minutos llegar. El lugar se veía más tétrico que en años anteriores: parte de la fachada se había derrumbado en una tormenta reciente y dos ventanas se habían caído.

Mientras se adentraba en el jardín, que parecía jurásico por estar cubierto de helechos y matorrales crecidos, escuchó que las hojas siseaban. Recordó sus temores de niño, en donde su imaginación le sugería que había culebras, víboras de cascabel y arañas venenosas por todas partes, aún en una desencantada zona urbana. Pero no sucumbió ante los recuerdos y continuó con paso seguro hacia la puerta principal, que abrió sin mayor dificultad.

No quedaba ni rastro de los vagabundos. El piso estaba cubierto por varias capas de polvo, las paredes lagrimeaban y estaban blancas de salitre. Él sabía que la solución instantánea era la demolición de ese lugar carcomido por el olvido. Las escaleras estaban incompletas, como si un temblor las hubiera derribado. Los distintos apartamentos o habitaciones estaban casi derruidos. Sólo la parte superior, en el tercer piso, parecía más conservada.

El agente inmobiliario se dirigió hacia allí, con la inusual ansia de encontrar algo de valor. Por cada paso imaginaba un piso nuevo en ese terreno, un jardín renovado con pasto sintético y una fuente de agua de tonos fluorescentes, como las que recién se había puesto de moda. Un diseño sobrio pero elegante, de colores frescos pero contrastantes y una azotea para ver los atardeceres psicodélicos y venenosos de la ciudad.

La parte superior era un penthouse, construido principalmente a base de madera, pero que no parecía ser tan viejo. Había numerosas pinturas colgadas en la pared. En varias mesas estaban regadas algunas pinturas de óleo y rollos fotográficos. Parecía la casa de un artista o de algún aspirante a serlo. Él no se entusiasmó demasiado, pero examinó las obras en busca de algo valioso. Al examinar uno grande de un paisaje francés, similar a un Cézanne, con unas marcas de grafitti diminutas, sintió algo en su cuello.

Parecía una pelusa, pero no lo era. Al voltear notó que tres grandes seres estaban frente a él flotando, con túnicas blancas y gigantescas, que ondeaban en un espacio donde no había viento. Gritó al instante al mirar que eran mujeres de cabello ondulado pelirrojo y oscuro, pero que no tenían ojos, ni nariz, sólo una boca diminuta que se abría a intervalos, como si respiraran todavía.

Pensó en que se trataba de alguna vieja leyenda del lugar. Quiso correr y tranquilizarse con la idea de que al demolerse y construirse algo nuevo, no tendría que preocuparse de esas figuras. Pero sus piernas no respondieron a sus impulsos. Los seres hicieron círculos en torno a él, más en un acto de curiosidad que de danza. En cierto momento, los tres rostros quedaron a centímetros del suyo. Entonces, gritaron con todas sus fuerzas.

Pero de sus bocas no salía sonido alguno. El agente sólo contemplaba cómo se volvían gigantescas aberturas de las que salía un humo tenue vacilante. Al contemplar la visión, sentía que la cabeza le reventaba. Se llevaba las manos a las sienes, y luchaba por mantenerse de pie, pero no tardó mucho en caer de rodillas. Él mismo gritaba con todas sus fuerzas y sólo sentía sus cuerdas vocales desgarrarse con furia. Una sensación de infinita tristeza se apoderó de sus nervios.

Entonces sintió que se consumía, como si el hielo se extendiera por sus entrañas y su piel palideciera. De pronto la vida le parecía un absurdo insostenible, deseaba terminar con ella. Aún con la sensación de los gritos sordos, se contraía cada vez más en un cúmulo de melancolía desesperante. Sintió que los retratos lo miraban curiosos, sin burlarse. Oyó caer muchas monedas, y ese sonido metálico después se volvía líquido, como si se fundieran en el aire.

De estar de rodillas, pasó a permanecer en posición fetal. Entonces vio que las ventanas se iluminaban de luces ámbar y anaranjadas. Los marcos resaltaban. Era como si todo estuviera incendiándose, pero sin llamas y sin calor alguno. Los seres parecían expandirse y brillar cada vez más. Vio por unos segundos sus rostros, que eran tan hermosos que lo conmovieron hasta el punto de derramar al instante tres lágrimas por ojo. Pero luego se borraron, y el resplandor continuó.

No supo cuántas horas pasó ahí, perdió la noción del tiempo. Los seres permanecieron ahí, de un lado a otro, creando y destruyendo en su pequeño espacio, siempre silencioso. Las luces eran tan intensas que en varias ocasiones creyó quedarse ciego. Se volvió prisionero de visiones infinitas, sintió que su carne se fundía en el suelo y que terminaría por volverse una centella efímera. Y cada respiración de su pecho parecía despedir un humo tóxico que olía a plástico quemado, el cual se difuminaba pronto entre un aroma reinante de sándalo.

Cuando despertó, estaba acomodado ingeniosamente en la reja metálica del viejo edificio de tal suerte que no se cayó hasta que abrió los ojos. Ahí seguía el lugar, tal y como lo había visto el día anterior. Al hurgar en su bolsa encontró unas fotografías. Ahí estaba una breve secuencia de los seres y su concierto de luces del que había sido testigo. Aunque parecían figuras celestiales, lucían atemorizantes.

Decidió posponer por un mes y sus planes para pensar en lo que había vivido. Ni con las fotografías alguien le creería, en un tiempo donde era posible hacer todo con la computadora. Una tarde sintió un agudo dolor en el brazo izquierdo, seguido de una repentina sordera y poco después perdió la conciencia. Tuvo visiones de colores que se fusionaban infinitamente. Despertó en la madrugada, en la cama de un hospital lujoso, que seguramente había absorbido sus ahorros. Su pulso se escuchaba inconstante.


En ese momento los seres reaparecieron, otra vez con esos gritos silenciosos. Pero venían acompañados de alguien más. Era un hombre con un rostro dual, mitad joven y mitad viejo. Tenía manchas amarillentas y azules en las manos y rostro. Lo miraba con gran entusiasmo, con una sonrisa sin dientes. Chasqueó los dedos y su cuerpo pareció volverse un montón de monedas. Lo tocó, se volvió una luz explosiva como de una supernova. El agente murió con los ojos abiertos, la enfermera encontró su cuerpo frío. En ese momento se fue la luz en el hospital.


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