Glaciar
GLACIAR
¿Me
dirás lo que quiero saber? Te he preguntado por algo que me intrigaba, por los
motivos de tu declarado gusto y atracción por mí, que parecen envueltos en un
halo de misterio e incertidumbre. Preferiría que tú me lo dijeras sin que te
interrogara, pero mi mente no me perdonará por no hacerlo después de que me
despida de ti. Te veo pensativa, con palabras que parecen enredarse y fundirse
en tu garganta. Mantienes el silencio.
Tu
mano en la taza de café, la vista perdida en un punto indefinido por donde
circulan muchas personas en una tarde de media semana. Evitas mi mirada, pero
no el contacto de mi mano sobre tu hombro. Busco tus ojos, esperando que, si
conservas el silencio, por lo menos el resto de ti delate lo que piensas. Pero
te mantienes hermética. Buscas un cigarro entre tus cosas, lo prendes y aspiras
una bocanada grande. El humo flota por varios segundos antes de que el viento
lo dirija a mi cara.
¿Vamos
lento o muy rápido? No lo sé, probablemente nadie tenga una certeza al
respecto. Tú tendrás tu versión. Lo que pienso es que en cualquier momento te
puedes ir, libremente como un diente de león a un plano distante, lejos de mí. Valoro
tu presencia, te quiero a mi lado. Estamos en el trance de la declaración mutua
de amor en que nadie sabe qué hacer o se atreve a intentarlo. Yo quiero que
tengamos nuestros días, y que la velocidad de las circunstancias importe tanto
como el número de hormigas que alimentan tus descuidos cuando cocinas.
Te
miro, y ahí está tu piel tallada por el viento, tu cabello corto y tus lentes
ligeramente empañados. Piensas en quién sabe qué cosa, quizás ni siquiera en mi
pregunta. Estás en cuerpo, pero no en alma. Buscas la prisión de tu mente, pero
al parecer perdiste los barrotes. Un escalofrío recorre tu espalda, suspiras,
tus mejillas se enrojecen. Me dices “No lo sé, es complicado”. Alzo las cejas,
siento un dolor incómodo en el estómago. Nos quedamos callados, el mundo habla.
* * *
Estábamos
en un lugar inusual. Era invierno, diciembre o enero tal vez. Las calles
estaban cubiertas de nieve y los autos quebraban la ligerísima capa de hielo
que se formaba en el asfalto. El viento soplaba ligeramente y dispersaba los
diminutos copos de nieve. Al lado de un centro comercial y unos edificios
pequeños de varios colores había un pequeño lago artificial de aguas casi
transparentes, sólo con un tono sutil verde esmeralda.
Pero
yo no veía esto desde afuera, sino desde adentro. Estaba nadando en el lago
helado sin sentir frío alguno. Veía la ciudad, y había una calma que parecía
prolongarse hasta en las piedras. ¿Debería usar un traje de neopreno? Qué
importa, mi piel estaba desnuda y pálida. El agua escurría de mi cabello. A lo
lejos te veía a ti, pero con el cabello largo y rojo, vuelto como la superficie
del Sol. Me mirabas con intensidad.
Nadaba
hacia ti, pero sentía que no te alcanzaba. Me sumergía y entre el esplendor verde
de las aguas veía tu cuerpo. Pataleabas suavemente, te movías en diagonal con
los brazos abiertos y a ratos tu espalda se curveaba para ir más profundo. En
esos instantes sentía vibrar mi corazón con fuerza. No eras una sirena que
intentaba ahogarme, eras tú y eso parecía mejor. Tu piel también parecía invulnerable al frío,
las gotas formaban figuras sobre ella.
Al
final, pude llegar a unos metros de ti. Te escuchaba hablar, pero no te
entendía. Tus piernas se enredaron con las mías y terminamos sumergidos. El
ruido de los autos aún se escuchaba a lo lejos. Las aguas parecían latir, como
si algo en el interior fuera a explotar. Nos miramos, nos olvidamos de respirar.
Luego, te volteaste, vi cordilleras en tu espalda y me poseyó el deseo. Sentí
que perdí la conciencia y que mi cuerpo flotaba en un espacio oscuro etéreo de
líneas blancas.
Cuando
abrí los ojos, flotaba todavía y respiraba con dificultad. Tú ya habías salido
del agua, te reías de mí. Tu risa me provocaba mareos, confundía mi mente y
provocaba que mis ojos te enfocaran y desenfocaran sin control. Sólo te cubrías
con una gran bufanda roja. Me sacaste a la superficie sin mucha dificultad.
Contemplamos nuestros cuerpos casi desnudos. Veía el tuyo, pero no era capaz de
apreciar los detalles. Tu cuerpo parecía un pequeño pero intrincado valle níveo,
con nubes errantes, visto desde las alturas.
Nadie
de los peatones parecía mirarnos. Me secaste con tu bufanda, pero aún no tenía
frío. Sólo hasta que toqué tu piel comencé a temblar, y tú también. Nos hicimos
conscientes de la vergüenza de la desnudez. Superamos la incomodidad con
prolongados besos que parecían ser la versión furiosa de la ligera ventisca de
aquella tarde. Nuestras pieles permanecieron erizadas y se volvieron más
blancas aún. En el instante en que sentí que nade lo que hiciéramos tendría
retorno, volvimos a caer al agua. Flotamos, nos sostuvimos, reímos. Aún
teníamos tiempo para nosotros. El mundo estaba allá afuera.
* * *
Me
respondiste con palabras, cuando tus actos mismos ya habían contestado mi
pregunta. Sólo fue una reafirmación, de esas que permiten que la gente duerma
tranquila en las noches. Te abracé, besé tu mejilla. Esta vez al sentir tu piel
no temblé, y el aire sí me pareció frío. Otra vez estabas dispersa, ida, con la
mente en otra parte. Pero en ese lugar de tus pensamientos había algún recuerdo
mío y eso hacía la diferencia.
Recordé
ese sueño quimérico, del lago helado, en que tu cuerpo parecía una continuación
de la nieve y en que nos fundíamos en el corazón helado de una ciudad
desconocida, que parecía latir con más fuerza con nuestros deseos. Y al igual que esa visión, todo esto tiene una
duración indefinida. Aún puedes irte con el correr de los días y yo todavía
puedo sucumbir ahogado en un vacío oscuro del que quizás no vuelva. Podemos
irnos ambos, lejos, muy lejos. Pero por ahora, nos quedamos, con nuestra aura
de hielo y fuego. El mundo nos ha concedido los días.

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